Uruguay – Mujeres en situación de calle. Yo tengo algún derecho en algún lugar. [Azul Cordo]

Tener como techo el cielo implica más riesgos para las mujeres y las personas trans que para los varones. Si se concretan los refugios mixtos que propone el Ministerio de Desarrollo Social, tampoco allí estarán a salvo.

Brecha, 5-3-2021

Correspondencia de Prensa, 5-3-2021

Son las 8.30 del sábado. El sol fuerte de febrero se levanta sobre Cordón. Gabi sale del refugio, como sus compañeras, caminando lento. Carga una mochila pequeña, una bolsa con ropa de abrigo y alguna que otra pilcha más; otras, una cartera, papeles de su vida, carpetas y una foto carnet del hijo en la billetera vacía. Mate en mano, termo atajado con el antebrazo contra el pecho y un refuerzo de jamón y queso: el desayuno. No hay apuro. Hay todo un día por delante.

Gabi, como la mayoría de sus compañeras, está preocupada porque el equipo del refugio le avisó que los nuevos planes para personas en situación de calle en el Ministerio de Desarrollo Social (MIDES) incluyen la creación de centros nocturnos para mayores de 18 años donde varones, mujeres y personas trans convivirían.

—Estamos todas desocupadas, por eso estamos en la calle –dice sentada en el refilón de la entrada a un comercio que todavía está cerrado, al lado del refugio en la calle Cassinoni–. Al no tener buena presencia, no puedo conseguir trabajo. Como no podemos trabajar, todas dijimos: «Vamos a estudiar».

Según los últimos datos del MIDES, compartidos el jueves 25 de febrero por el ministro Pablo Bartol y su equipo en la Comisión Especial de Población y Desarrollo de la Cámara de Diputados, a la que fueron convocados para hablar específicamente de la atención a personas en situación de calle, la mitad de esta población vive a la intemperie o en refugios debido a la «ruptura de vínculos». Al escuchar los testimonios de mujeres y personas trans, esto se traduce en quedar en la calle por haber sufrido violencia de género en sus distintas versiones (física, psicológica, patrimonial, económica) durante años, hasta haberse hartado, hasta haberse ido del hogar para no ser violadas una vez más, para evitar ser asesinadas. Volver a vivir con hombres les significa riesgo, amenaza, revictimización.

—Yo tenía una casa. Diecisiete años estuvimos casados, pero se puso loco. El tipo es un bandido. Primero ponía candado en la tranquera para que no saliera, después me echó de mi casa y metió a un hijo que no tuvo conmigo. Yo terminé acá. Mi hijo estuvo dos años en un hogar, pero ya salió porque tiene 18 y se fue a vivir con otra gurisa del hogar que tiene dos hijos, pero no son de él. Es un asentamiento, está bien, pero yo compré la casa. Él tiene una pensión y un sueldo. Yo, nada. ¿Dónde estarán los papeles? –se pregunta María Julia.

—Las que vivimos violencia sabemos que no se supera: siguen imponiendo su fuerza –dice Olga, de 62 años, que terminó de desayunar en el refugio y se suma brevemente a la improvisada entrevista en la vereda antes de seguir su camino con una amiga hacia el centro diurno para adultos mayores, donde asiste a talleres y se mantiene ocupada durante media jornada.

El sábado es quizás el día más difícil para estar en la calle: los comedores del Instituto Nacional de Alimentación están cerrados (son pocos, muchos quedan lejos de los refugios y el ambiente no siempre es el mejor) y se estrechan las chances de acceder a los baños de distintas instituciones que durante la semana están abiertas. Los centros diurnos reciben a personas que, como Olga y su amiga, ya tienen más de 60 años, pero no son de libre acceso: ingresan quienes fueron «derivadas» por el equipo del refugio. El resto camina por la ciudad, busca un rincón, tiene algún baño predilecto (el del Pereira Rossell, el del Parque Rodó, el de la heladería de la vuelta).

—Estamos obligadas a vivir por la calle y eso te lleva a situaciones como playa, alcohol y droga –sigue Gabi.

Para estar limpia la calle es jodida. La hora más crítica es la madrugada. A nuestro alrededor se arma un semicírculo de mujeres y trans. Son casi las últimas en salir del refugio antes de que cierre, a las 21.00.

A comienzos de la semana pasada, este grupo de mujeres en situación de calle dirigió una carta a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento para dar a conocer su «sorpresa y preocupación» por los cambios en la forma de gestionar y conformar una población mixta en cada refugio en las futuras licitaciones. «Creemos que nos afectan y vulneran nuestros derechos, tan claramente conseguidos», dice el papel.

A esto se sumó un comunicado de Feminitep (grupo de mujeres y disidencias que participan del colectivo de personas en situación de calle Ni Todo Está Perdido) en el que comparten la preocupación y afirman que, «en caso de que sólo hubiera refugios mixtos, estos no contemplarían a mujeres y disidencias que manifiestan sentirse amenazadas en su integridad física, psíquica y emocional si tuvieran que convivir con varones de forma involuntaria». Este comunicado hace hincapié en que, además de asegurar un plato de comida, un baño y una cama, «los refugios deberían ser un lugar de acogida para no estar en la calle expuestas a las violencias intrínsecas». «Si los espacios para convivir propuestos desde el Estado son sólo mixtos, se potencia el terreno fértil para la violencia de género, la transfobia, la misoginia, el acoso, los abusos», agrega.

Esta preocupación de las usuarias por la conformación de refugios mixtos y el presunto cierre de los refugios de mujeres fue transmitida a Bartol por la diputada Cecilia Cairo (Frente Amplio) en la Comisión Especial de Población y Desarrollo. El ministro respondió que ya hay refugios mixtos. Lo ejemplificó con el Instituto Artigas, donde «hay hombres, mujeres, personas trans», y con otros refugios: «Como el que tenemos en Sayago, donde viven cerca de 80 personas». Dijo que estas experiencias son «un ensayo» y que «hasta el momento la evaluación es muy positiva por parte de todos los equipos de acompañamiento», según consta en la versión taquigráfica de la sesión. Sin embargo, el Instituto Artigas no es un refugio, sino el sistema de viviendas autogestionadas para 48 personas en situación de calle inaugurado el 1 de octubre en Camino Maldonado. Son contenedores donde se convive de a dos personas «para ganar autonomía» y donde se espera que estas vivan hasta dos años, mientras consiguen una vivienda definitiva, explicó Bartol en aquel momento. La otra experiencia mixta referida abarca a personas mayores, que suelen tener menos conflictos en la convivencia.

Las usuarias de refugios nocturnos dicen que esto no es comparable a la nueva propuesta. El llamado realizado a fines de enero informa a las organizaciones interesadas en gestionar que serán centros nocturnos para mayores de 18 años y que cada uno deberá tener una capacidad máxima de 24 cupos, 20 habilitados y cuatro de contingencia, para prever el aumento de usuarios en invierno. El 80 por ciento de esos 20 cupos es para varones y el 20 restante, para mujeres. O sea, cada refugio alojaría a 16 varones y cuatro mujeres.

—No están pensando en la calidad del servicio, no están visualizando que si compartimos refugio, podemos ser violentadas. El patriarcado no es sólo que nos maten: es también el macho que domina. Imaginate que te impongan convivir con 16 hombres. El Estado nos está imponiendo eso –argumenta Nicole, una mujer trans de 30 años, alta, morocha, de voz segura, que recibe al semanario en la puerta de Cassinoni y recita de memoria un poema pintado en el muro del pasillo de esta casa, unos versos que su tía Mercedes le regaló en la niñez–. Sin los demás, la vida, el amor y la felicidad son una utopía. Estamos enlazados unos con otros mediante infinidad de hilos. Una vida depende de otra vida y ninguna se desarrolla sin los demás.

Si bien bajaría la cantidad de personas por refugio, de un promedio de 30 a un promedio de 20, causa alarma entre las usuarias y las trabajadoras la sobrecarga que podría implicar para los equipos de coordinación. El llamado establece que cada organización interesada en gestionar este nuevo modelo debe hacerse cargo de tres refugios y manejarlos con un único equipo técnico (integrado por un coordinador, un psicólogo y un trabajador social); dos educadores quedarían a cargo de la gestión cotidiana de cada centro.

Desde hace un año, luego de haberse separado de su marido, Olga duerme en centros nocturnos. Duerme tranquila, dentro de lo que se puede, entre mujeres.

—No podemos compartir refugios con hombres que están en la calle, porque la vulnerabilidad de su propio ser los vuelve peligrosos –dice y se va.

—En 2010 me violaron en el refugio para hombres de Fernández Crespo cuando fui al baño y me iba a duchar –dice una usuaria trans–. Yo no tenía las uñas largas; las tenía pintadas, como ahora. En un momento entraron tres, me vieron y uno me violó mientras otros dos hacían guardia por si venía alguien.

—¡Como en la cárcel!

—¡Peor! Ni en la cárcel me pasó. Si tengo que compartir de nuevo refugio con hombres, prefiero volver a la calle.

Ya bastante tienen que protegerse durante el día. Dormir en la calle es recibir golpes en plena oscuridad.

—Acá, alrededor del ojo, hematomas en el pecho, puntos en la frente –enumera Elidiana, con un dejo de portuñol en su acento.

«Es una propuesta. Estamos abiertos a que opinen», dijo la directora de Protección Social del MIDES, Fernanda Auersperg, a Brecha, en respuesta a las críticas de las usuarias. Aclaró que al menos mantendrían «un refugio cien por ciento de mujeres» y consideró que el nuevo modelo respeta la proporción de mujeres en situación de calle que vive en refugios.(1) Los varones representan ocho de cada diez personas en refugios o centros de acogida y nueve de cada diez que duermen a la intemperie. «Esta cifra está conformada mayormente por varones en edades jóvenes-adultas, y hay una sobrerrepresentación de la población afro, indígena y trans», dijo la funcionaria en la Cámara de Diputados.

—Nos tratan como a un número –continúa Nicole, indignada.

Hace al menos un año que está en este refugio. Cuando se sintió bien, después de «toda una vida de prostitución», probó salir del centro, pero no se acostumbró y volvió a refugiarse para estar mejor, para no volver al trabajo sexual, porque sabía que podía y quería otra cosa. Lo consiguió: hoy trabaja en el programa de barrido de la Intendencia de Montevideo.

—Acá estoy supercuidada, superacompañada, y necesito un tiempito más para animarme a encarar sola la vida afuera –expresa.

La licitación para crear 36 refugios mixtos se hará en los próximos meses para que el nuevo modelo comience a funcionar en enero de 2022, aclaró Auersperg a Brecha.

Mientras tanto

—No tengo noción del día. No tengo un plan. Hace diez años llegué desde Brasil, huérfana, abandonada por mi madre adoptiva. La abuela que me crio se murió cuando yo tenía 14 y fui violada. Me vine para acá y me casé, pero mi marido me maltrataba, y hace cinco años me separé. Él se quedó con todo en la casa de Punta de Rieles. Durante el día salgo. No sé qué buscar. La esperanza que tengo es encontrar un trabajo. No hablo mucho porque no me entienden. Fui trabajadora doméstica en Pocitos, hice algo de gastronomía, pero no terminé los estudios porque son muy caros. Puedo cortar el pasto, limpiar baños. No vivo de sueños –dice Elidiana. Tiene 39 años y se ha quedado un rato más charlando con Rubí, Gabi y María Julia.

Gabi llegó a Cassinoni tras ser derivada de un refugio en Pando, donde estaba desde que perdió su trabajo como cuidadora de ancianos apenas comenzó la pandemia.

—Perdí ese trabajo y no podía pagar la pensión donde vivía. Cuando vi que ya no se movía nada, me derivaron para acá.

Ella es parte del 21 por ciento que actualmente está en la calle por haber perdido el empleo y del 48 por ciento de esta población (in)visible desde hace menos de un año, siguiendo los datos que presentó Bartol hace una semana.

En el Parlamento, Auersperg detalló que en Montevideo el 66 por ciento de las personas que se encuentran a la intemperie tienen algún tipo de trabajo; menos del 1 por ciento está formalizado: «Los trabajos más comunes son el cuidado, el lavado de autos, la venta de artículos en ferias o en puestos callejeros, la carga y la descarga de materiales, las tareas de limpieza en hogares».

—Hace diez años que estoy sin trabajo –cuenta Rubí, de 60 años–. No te toman si ponés en el currículum que vivís en un refugio. No me puedo anotar en algunos llamados porque tengo el liceo terminado. Limpio mejor que muchas, pero no me contratan porque no tengo el curso que lo certifique. Fui cuidacoches, pero no saqué mucha plata por día porque no iba a las bocas. Compré un carro de supermercado por 400 pesos para hacer tortas fritas, pero lo tengo guardado porque con este calor quién te compra.

Llega el dueño del comercio a levantar la persiana. No nos echa, pero igual nos vamos a la vuelta, al descanso de un edificio. Rubí se queda pensando en la casa que tuvo, en sus hijos:

—Me cansé. Es como que todas las cosas mías quedaron mal –dice y mueve las manos como colocando estrellas en el cielo, acá y allá–. Yo tengo algún derecho en algún lugar.

Este 8M, las mujeres y las personas trans en situación de calle se suman a la movilización por el centro de la ciudad. «No a la desaparición de refugios femeninos. No a la precarización de nuestras vidas» será su consigna.

Nota

1) Se mantendría ese refugio exclusivo, además de los centros para mujeres con niños a cargo (831 mujeres con hijos estaban en esta situación en julio de 2020).

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Setenta por ciento más

A consecuencia de la crisis, conseguir un lugar en un refugio en forma permanente es algo cada vez más codiciado. Entre las mujeres que los buscan hay limpiadoras, cuidadoras, profesoras. Ocupan camas en refugios nocturnos junto a expresas, pacientes psiquiátricas, egresadas del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay, trabajadoras sexuales.

Hay datos recientes sobre las personas en situación de calle. De 2019 hay datos de Montevideo: eran 2.038 personas, de las cuales 1.043 pernoctaban a la intemperie y 995 en refugios (entre varones y mujeres). De 2020, datos nacionales: para julio esa población era de 3.917 personas en todo el país: 2.830 en centros de atención y 1.087 a la intemperie. En Montevideo el número de personas en situación de calle había aumentado un 70 por ciento: eran 3.466.