Emmanuel Macron y Abdel Fattah al-Sissi en Charm el-Cheikh, 13-10-2025
Contrarrevolución en Egipto: Cómo Sissi ha roto el sueño de una nueva república
A l’encontre, 27-4-2026
Traducción de Faustino Eguberri
Satorzulo Gorria, 28-5-2026
Correspondencia de Prensa, 31-5-2026
Cuando los egipcios se levantaron contra el gobierno de Hosni Mubarak en 2011, muchos de nosotros creíamos que estábamos viviendo el fin de una dictadura.
Quince años después, está más claro que nunca que lo que siguió no fue simplemente el regreso del antiguo régimen. La contrarrevolución de Egipto no restauró el mubarakismo. Produjo algo más duro, más centralizado y más ambicioso en su violencia. Estableció un nuevo orden.
Ese es el argumento en el corazón de mi nuevo libro, Counterrevolution in Egypt: Sissi’s New Republic, 5-5-2026, Editions Verso, Londres. (Contrarrevolución en Egipto: La nueva república de Sissi).
El libro es el fruto de años de investigación, pero también de experiencias vividas. Escribo no solo como un erudito del sector de seguridad de Egipto, sino como alguien que fue arrestado, torturado, vigilado e incluido en la lista negra por las mismas instituciones que estoy tratando de entender (ver entrevista en A l’encontre).
Para mí, esta no es una cuestión abstracta de resiliencia autoritaria. Es un intento de explicar cómo una revolución que sacudió al régimen hasta la médula fue derrotada, y por qué el Estado que surgió de esa derrota parece tan diferente de lo existía antes.
Una lectura superficial de la trayectoria de Egipto atribuye el fracaso de la revolución a culpables muy conocidos: la incompetencia de los Hermanos Musulmanes, el oportunismo liberal, la fragmentación de la izquierda o la intromisión extranjera.
Hay verdad en partes de esa historia, pero no es la historia completa. Las revoluciones no fracasan solo porque los revolucionarios cometen errores. También fracasan porque las fuerzas de la contrarrevolución aprenden, se reagrupan y contraatacan.
En Egipto el factor decisivo fue la supervivencia y la posterior unificación del aparato coercitivo: el ejército, la policía, los servicios de inteligencia y la extensa burocracia de seguridad que protegía desde hacía mucho tiempo al régimen.
La llegada del estado policial
Bajo Mubarak, estas instituciones eran poderosas pero estaban fragmentadas. Esa fragmentación no era un defecto, sino que formaba parte del dispositivo.
Los gobernantes egipcios habían organizado el aparato coercitivo desde 1952 [Nasser funda el “Movimiento de los oficiales libres” que derrocó al rey Faruk en 1952, luego se impondrá a la cabeza del régimen] para evitar golpes de Estado. Las agencias rivales con mandatos superpuestos se controlaban mutuamente.
El ejército, la Inteligencia General, la Inteligencia Militar y el Ministerio del Interior tenían su propio territorio, sus propias fuentes de clientelismo y sus propias sospechas.
El miedo central de Mubarak no era a un levantamiento popular sino que, como muchos autócratas, temía un golpe de Estado desde dentro.
Ese miedo dio forma a la estructura del Estado. También ayuda a explicar por qué la policía se volvió tan central bajo Mubarak.
El régimen necesitaba una fuerza capaz de reprimir los disturbios sin depender demasiado del ejército.
Con el tiempo, la policía se militarizó a gran escala. La llamada guerra contra el terrorismo de la década de 1990 fue crítica a este respecto.
Proporcionó cobertura para ampliar el poder policial, normalizar la tortura y tratar a grandes sectores de la población, especialmente a los pobres, como comunidades sospechosas que tenían que ser pacificadas en lugar de como ciudadanos que tenían que ser protegidos.
En la década de 2000, la policía no se limitaba a aplastar la disidencia política. Estaban gobernando a través del terror diario. Casi todos los egipcios sabían lo que significaba ser detenidos, abofeteados, extorsionados, humillados o torturados.
Las comisarías eran cámaras de tortura y los puestos de control se convirtieron en instrumentos de dominación de clase.
Barrios enteros eran tratados como territorio hostil. Cuando el levantamiento estalló en enero de 2011, no fue casualidad que los manifestantes incendiaran las estaciones de policía y se dirigieran a las oficinas de Seguridad del Estado.
Esos ataques no fueron una rabia sin sentido. Eran actos de gran lucidez política. La gente entendió dónde residía la represión.
Orden antiguo, nuevas condiciones
Las famosas escenas de la Plaza Tahrir a menudo ocultan un hecho esencial: el 28 de enero de 2011 la policía se derrumbó.
Ese colapso fue un shock histórico para el régimen y Mubarak no tuvo más remedio que llamar al ejército.
Aquí es donde otro mito debe ser demolido: el ejército no estaba a favor de la revolución. No intervino en El Cairo para salvar el levantamiento. Se puso en marcha para salvar al Estado.
Lo que impedía a los generales aplastar inmediatamente la revuelta no era la simpatía con las demandas democráticas, sino más bien el cálculo.
El alto mando del ejército entendió que una masacre podría desencadenar un motín entre los oficiales o reclutas de rango inferior y medio, muchos de los cuales estaban mucho más cerca socialmente de los manifestantes que de los cuadros del ejército.
Así que el ejército jugó un juego más paciente. Dejó que Mubarak cayera para preservar el sistema.
Luego se hizo cargo de la transición y trabajó metódicamente para contener, fragmentar y agotar el proceso revolucionario.
Esta es una de las argumentaciones centrales del libro. Durante años, ha habido una tendencia a idealizar la postura inicial del ejército en 2011, como si estuviera por encima de la política. No lo estaba.
Siempre fue un actor contrarrevolucionario, incluso cuando se movía con cautela.
El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) gestionó la transición no para desmantelar el antiguo orden, sino para rescatarlo en nuevas condiciones.
Eso se hizo obvio en los meses que siguieron. La Seguridad del Estado se disolvió formalmente, pero su personal y funciones principales sobrevivieron con un nuevo nombre.
Los militares reprimieron a los manifestantes, utilizaron juicios militares contra civiles y defendieron la arquitectura de la impunidad.
Mala interpretación del Estado
Mientras tanto, los Hermanos Musulmanes, una vez que obtuvieron el poder parlamentario y presidencial, eligieron el acomodamiento en lugar de la confrontación.
En lugar de reformar seriamente a la policía o a los servicios de inteligencia, trataron de ganárselos y fracasaron.
El presidente Mohamed Morsi y los Hermanos Musulmanes comprendieron mal el Estado. Se comportaron como si la legitimidad electoral significara poder real.
En realidad, heredaron cargos políticos, pero no un poder real. Intentaron llegar a acuerdos con instituciones que no tenían intención de renunciar a su autonomía o sus privilegios.
Peor aún, se separaron de amplios sectores del campo revolucionario mientras adoptaban la retórica de la ley y el orden contra la disidencia.
Para cuando llegaron las movilizaciones contra la Hermandad del 30 de junio de 2013, el terreno ya estaba preparado para un golpe contrarrevolucionario decisivo.
La coalición que permitió el golpe de estado de 2013 fue amplia y contradictoria. Incluía restos del orden de Mubarak, élites empresariales, secciones del poder judicial, burócratas estatales, figuras de los medios de comunicación, liberales, naseristas, algunos izquierdistas, grupos de mujeres y electores coptos, todos unidos por la hostilidad al gobierno de la Hermandad.
Muchos de ellos creían que los militares intervendrían, eliminarían a Morsi y luego darían un paso atrás. Fueron engañados.
La nueva república
El ascenso de Sissi marcó un cambio estructural, no solo otra rotación dentro del bloque gobernante. Después de 2011, el miedo dominante dentro del Estado ya no era a un golpe de Estado. Era al pueblo.
La lección aprendida por el aparato coercitivo en el levantamiento fue contundente: nunca más permitir a la sociedad el espacio necesario para amenazar la supervivencia del régimen.
Eso exigía poner fin a la vieja fragmentación y reemplazarla por coordinación, jerarquía y una mentalidad de guerra común.
Por primera vez desde 1952, el aparato represivo de Egipto se unificó efectivamente. La rivalidad no desapareció por completo, pero estaba subordinada a un imperativo superior: evitar otra revolución.
Sissi utilizó el clientelismo, las purgas, la vigilancia y la autonomización selectiva para poner a las agencias bajo estricto control.
El intercambio de información aumentó, los órganos de coordinación proliferaron, los jefes de seguridad se volvieron fundamentales para la gobernanza. El resultado no fue simplemente más represión, sino un tipo diferente de Estado.
Esta es la razón por la que la llamo la Nueva República, o la Segunda República en el propio lenguaje del régimen.
El término capta algo que muchos observadores todavía extrañan. El orden de Sissi es un nuevo modelo de gobernanza, en la que el ejército y los servicios de seguridad no solo protegen al Estado desde el exterior, sino que lo colonizan cada vez más desde dentro.
Se ve esto en la burocracia, donde los oficiales retirados ocupan puestos civiles a todos los niveles.
Se ve en los medios de comunicación, donde el control es más estricto y directo que bajo Mubarak.
Se ve en la planificación urbana, donde las demoliciones, la expansión de carreteras, las ciudades inteligentes y el nuevo capital administrativo están vinculados a la vigilancia y la seguridad.
Se ve en el tratamiento del propio espacio público, que ya no está simplemente vigilado, sino que está rediseñado para prevenir toda acción colectiva.
Este orden no se basa en ningún contrato social significativo. No ofrece ni la redistribución nasserista ni siquiera el compromiso autoritario más flexible de Mubarak.
Se basa menos en la hegemonía que en la fuerza, menos en la persuasión que en la aniquilación.
Esa es la razón de que la violencia masiva bajo Sissi no es de naturaleza reactiva como a menudo lo era bajo Mubarak.
Es proactiva, demostrativa y con frecuencia teatral. Rabaa no fue una aberración [masacre en agosto de 2013 que produjo más de 1000 muertes, en particular miembros de los Hermanos Musulmanes en la plaza Rabaa al-Adawiya en El Cairo nde] . Fue un acontecimiento fundador. Anunció los términos del nuevo orden.
Ese orden sigue siendo sólido no porque sea amado, sino porque está organizado. Sus instituciones aprendieron las lecciones de 2011.
Estudiaron sus debilidades, cerraron filas y rediseñaron el Estado en consecuencia. Cualquier intento serio de entender el Egipto contemporáneo tiene que comenzar por ahí.
Durante demasiado tiempo, la historia del Egipto posterior a 2011 se ha contado a través de personalidades, elecciones o intrigas de élite. Pero la historia más profunda es institucional.
Se trata de cómo se construyó el poder coercitivo, cómo se adaptó bajo presión y cómo convirtió la derrota en un proyecto de reconstrucción.
Esa es la historia que cuento en Counterrevolution in Egypt: Sissi’s New Republic. (Contrarrevolución en Egipto: La nueva república de Sissi) de Hossam el-Hamalawy, publicado por Verso.
-Artículo original, Middle East Eye, 24-4-2026