Un repartidor conduce una moto eléctrica frente a rascacielos en Shenzhen, China.(Cheng Xin / Getty Images).
Jacobin en inglés, 13-6-2026
Traducción: Pedro Perucca
Jacobin, 4-7-2026
Correspondencia de Prensa, 10-7-2026
–Reseña de Adrift in the South (A la deriva en el Sur), de Xiao Hai, traducido al inglés por Tony Hao, aún sin versión en español (Granta Books, 2026)
China fue testigo del período de crecimiento y reducción de la pobreza más extraordinario de la historia humana, que fue posible gracias a la brutal explotación de millones de trabajadores. Un nuevo libro recorre la vida de uno de ellos y ofrece un vistazo al lado oscuro del éxito chino.
El notable desarrollo económico de China es el acontecimiento más importante del último medio siglo. La República Popular pasó de ser una economía campesina que se sostenía con agricultura de subsistencia a convertirse en una potencia global que domina la manufactura de alta tecnología y construye relucientes megaciudades.
Pero detrás del relato más amplio del maravilloso éxito macroeconómico se encuentran las historias de cientos de millones de trabajadores chinos explotados y arrojados a un nuevo paradigma capitalista. El proyecto de urbanización más grande de la historia mundial es inseparable del crecimiento chino. A medida que China desarrollaba su ecosistema manufacturero, cientos de millones de campesinos rurales inundaron las ciudades costeras en busca de las oportunidades económicas que traían los nuevos empleos fabriles. En las ciudades buscaron escapar de la pobreza rural, pero se encontraron con los horrores del capitalismo industrial.
El otro lado del progreso
A la deriva en el Sur es la autobiografía de uno de esos trabajadores, Xiao Hai, un poeta que pasó buena parte de su adolescencia y sus veinte años trabajando en los empleos más duros disponibles para los obreros chinos.
Como muchos chinos rurales, sus padres eludieron clandestinamente la política del hijo único, lo que lo convirtió en un «hijo por encima de la cuota». Esto significaba que tendría que ser entregado a otra familia durante cinco años para evitar un severo castigo gubernamental por tener varios hijos. Si bien sus padres lograron evitar ser sancionados, el costo de sostener a dos hijos en edad escolar era demasiado pesado de soportar, así que a los quince años Xiao dejó la escuela para convertirse en un trabajador infantil.
El periplo de Xiao comenzó en Shenzhen, una ciudad conocida hoy como el Silicon Valley chino, que se convirtió en el epicentro del salto del país hacia la manufactura de alta tecnología tras la liberalización del mercado impulsada por Deng Xiaoping en 1978.
Apropiadamente, el recorrido de Xiao por el Sur comienza allí. Su primer empleo es en una gran fábrica, en una línea de ensamblaje donde arma cajas de baterías con un destornillador. Allí trabaja quince horas diarias y descansa un día por mes. Por sus largas jornadas recibe un magro salario mensual de ¥400, aproximadamente 48 dólares. Un día, exhausto en el trabajo, se queda dormido durante un turno nocturno y lo despierta una cuchilla que le abre el dedo índice, provocándole una herida dolorosa que sangra abundantemente. Su supervisor se acerca, le envuelve el dedo con una gasa y le dice que termine el turno.
Al terminar la jornada, advierte que un fragmento de plástico tóxico de la cuchilla entró en la herida abierta y causó una infección. Sin acceso a servicios médicos, Xiao debe recurrir a un tratamiento improvisado de un compañero que le desinfecta la herida con un encendedor y una aguja de coser.
Historias como esta se pierden con frecuencia en los relatos entusiastas sobre el desarrollo chino, que señalan con razón cuán extraordinariamente exitosas fueron Shenzhen y otras zonas manufactureras. Xiao nos recuerda que ese éxito se construyó sobre las espaldas de millones de trabajadores que sufrieron lo peor de la explotación capitalista.
Xiao narra cómo deambuló por el sur de China de trabajo en trabajo con la esperanza de una vida mejor. En ese empeño, encontró poco éxito. En sus andanzas tuvo una serie de encuentros sombríos: en una fábrica de serigrafía, Xiao queda expuesto a productos químicos tóxicos que dejan estéril a una compañera de trabajo; el uso de calzado comunitario en el piso de la fábrica le provoca una infección micótica en el pie; y cada vez que un supervisor considera que el trabajo de Xiao no cumple con los estándares, se le descuenta una multa de su propio salario.
La industria textil no trata a Xiao mucho mejor. La mayoría de sus compañeros desarrollan lesiones en la columna por pasar encorvados sobre máquinas de coser doce horas al día. En un episodio dramático, la mano de su hermano es atravesada cuatro veces por una máquina, con la aguja fracturándose dentro del hueso. Tras un breve período de recuperación en una clínica, el hermano herido de Xiao regresa a la fábrica a continuar su turno.
En un momento dado, Xiao abandona el trabajo fabril para probar suerte en la economía de plataformas de Shanghái. Su tiempo en esa ciudad pone de manifiesto la extrema desigualdad que persiste en China. La clase media de cuello blanco del país adora sus entregas baratas en quince minutos, pero esos servicios son subsidiados por una subclase de trabajadores migrantes. Como trabajador de plataforma, Xiao recorre la ciudad a toda velocidad y sube decenas de pisos de escaleras para entregar más de cien paquetes al día. Incluso después de una década en fábricas, dice que el trabajo de reparto es el más físicamente agotador que ha tenido. Perder un paquete acarrea una multa importante, y una queja de un cliente equivale a una sentencia de muerte. Mientras apura el paso hacia la siguiente entrega en su ajustado horario, Xiao choca accidentalmente con un automóvil. Sin seguro, se ve obligado a entregarle dinero en efectivo al conductor para evitar que llame a la policía.
A pesar de sus miserables condiciones laborales, Xiao encuentra consuelo en la escritura de poesía. En algunos de sus primeros empleos, la supervisión es lo bastante laxa como para que pueda robarle breves momentos a la jornada. Pero cuando Xiao empieza a trabajar para el gigante tecnológico chino BOE —una empresa cuyos talleres combinan una supervisión intensa con una cinta transportadora que marca un ritmo vertiginoso— hasta ese pequeño placer de escribir poesía le es arrebatado. Con el tiempo, comienza a perder su sentido de independencia respecto de las máquinas con las que trabaja. «Nuestra sangre y nuestros músculos se integraron a las máquinas: cuando presionábamos los botones de START, nosotros también nos encendíamos», escribe. En lugar de ser una herramienta que facilite el trabajo de Xiao, la línea de ensamblaje sofoca su única fuente de placer.
Esto no significa que todo sea negativo. En muchos países del Sur Global los trabajadores enfrentan condiciones de explotación sin haber gozado de los niveles milagrosos de crecimiento de China. Durante el tiempo de Xiao en la fábrica, muchos en el país sentían que el trabajo arduo estaba conduciendo al país hacia un futuro más próspero. A pesar de las condiciones extenuantes que enfrentó en Shenzhen, Xiao siente todavía un orgullo por haber contribuido a convertir esa ciudad en una metrópoli resplandeciente.
Sin embargo, vista desde una perspectiva histórica, la ascensión china, aunque astronómica, tiene contrapartes evidentes. En el siglo XIX, Gran Bretaña experimentó un crecimiento sin precedentes históricos. El ritmo de ese cambio impresionó a los observadores extranjeros, maravillados por la proliferación de nuevos ferrocarriles, canales y puentes, de un modo similar a como Occidente contempla hoy con asombro el desarrollo urbano chino. Pero Karl Marx era agudamente consciente de la «miseria bajo el milagro» y se propuso exponer la explotación que subyacía a esa maravillosa abundancia.
El Capital recoge las historias de niños trabajadores en las alfarerías de Staffordshire que cumplen turnos de 6 de la mañana a 9 de la noche, tal como lo hizo el joven Xiao Hai. El fósforo de las fábricas de fósforos de Mánchester y las toxinas de las serigrafías de Shenzhen envenenaron por igual a sus trabajadores. Y la industria moderna redujo tanto a los obreros ingleses como a los chinos a apéndices de un «monstruoso autómata». A pesar de estar separadas por cientos de años y miles de kilómetros, la vida laboral en la Gran Bretaña industrial de finales del siglo XVIII y en la China industrial en desarrollo todavía se parecen bastante.
Los analistas de China suelen rechazar las comparaciones con Occidente señalando diferencias culturales como las que existen entre el pensamiento confuciano y el protestantismo. Pero la autobiografía de Xiao muestra que, bajo el capitalismo, nuestras culturas son cada vez más similares. Los relatos de Xiao sobre la vida fabril tocan algo universal dentro del capitalismo: la degradación y la alienación del trabajo. Pero junto al sufrimiento universal existe, insiste Xiao, también el deseo universal de liberarse de la explotación. El libro concluye con estas líneas: «Solo tengo un deseo humilde: vivir como un ser humano, con dignidad. Eso es todo lo que puedo pedir. Eso es todo». En un mundo mejor más allá del capitalismo, el deseo de Xiao no sería «humilde», sino un derecho básico garantizado para todos.