Foto: Anne Paq / Activestills
«La ecología de la desposesión»: el «sionismo verde» como instrumento de limpieza étnica.
A l’encontre, 11-7-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 12-7-2026
A fines de abril del año pasado, las autoridades israelíes entregaron tres notificaciones en las que le informaba a Bassem Mansour, un agricultor de la comunidad palestina de Deir Istiya, en el norte de Cisjordania ocupada, de que tres de sus parcelas de cítricos invadían los límites de Wadi Qana, una reserva natural protegida. Dichas notificaciones ordenaban a Bassem Mansour que arrancara inmediatamente sus árboles jóvenes, bajo pena de «detención, acciones judiciales y sanciones». Bassem Mansour, al igual que muchos otros agricultores palestinos de la región, se vio obligado a arrancar sus árboles jóvenes. Seis meses más tarde, a solo unos kilómetros de las parcelas de cítricos de Bassem Mansour, el puesto avanzado colonial israelí de El Matan celebró su integración oficial como barrio de la colonia más amplia de Karnei Shomron. Cuando se fundó en el año 2000, el puesto avanzado de los colonos se encontraba dentro de los límites de la reserva, lo que suponía una violación de la legislación israelí; sin embargo, en 2014, el Gobierno israelí redefinió discretamente los límites de Wadi Qana con el fin de excluir la parcela de 25 acres (algo más de 10 hectáreas, CdP) en la que se encuentra el puesto avanzado. Y aunque El Matan vierte regularmente aguas residuales sin tratar en el valle protegido situado más abajo, la ministra israelí de Protección del Medio Ambiente [Idit Silman] asistió a la ceremonia de integración, durante la cual destacó la importancia de esta medida para la expansión judía en la región. «Nuestra presencia sobre el terreno […] determinará la seguridad de todo el Estado de Israel», declaró durante dicho acto.
El uso que hace Israel de los espacios protegidos es uno de los elementos de lo que a menudo se denomina sionismo «verde» o «ecológico», que postula que la protección del medio ambiente es esencial para mantener el carácter judío del territorio. En teoría, el objetivo de las reservas naturales israelíes es proteger la flora y la fauna autóctonas, tanto dentro de las fronteras de 1948 como en Cisjordania ocupada. A raíz de un decreto militar de 1970 que otorgaba al ejército la facultad de reservar terrenos en Cisjordania para la creación de parques o la conservación de la naturaleza, el ejército encargó a la Autoridad Israelí de Naturaleza y Parques (INPA), un organismo gubernamental dependiente del Ministerio de Protección del Medio Ambiente, que administrara en su nombre los parques de la zona C [bajo control total israelí, definida en los Acuerdos de Oslo], que constituye la mayor parte de Cisjordania. La misión oficial de la INPA es «preservar y gestionar el carácter particular de los paisajes típicos en todo el país, en beneficio de todos los habitantes», e Israel amplió los límites de más de una docena de reservas en Cisjordania durante los últimos cinco años, en particular la de Wadi Qana, en cumplimiento de este objetivo declarado.
El «sionismo verde» le permite así al Estado de Israel ocultar su ocupación del territorio y la limpieza étnica de los palestinos detrás del discurso progresista de la ecología, poniendo de relieve las iniciativas de plantación de árboles y las reservas naturales como prueba del papel indispensable de Israel como guardián de la tierra. Los expertos y las organizaciones de defensa de los derechos de los palestinos llevan mucho tiempo afirmando que estas «medidas de protección» medioambientales no son más que un pretexto utilizado para justificar la expulsión de los palestinos de sus hogares, mientras que se permite que las colonias israelíes ilegales se multipliquen. Wadi Qana, por ejemplo, está rodeado por siete colonias de este tipo. Tal y como me explicó Alon Cohen-Lifshitz, de la organización israelí de defensa de los derechos urbanísticos Bimkom, el objetivo principal de las autoridades israelíes al crear reservas naturales es «limitar el desarrollo de los palestinos e impedir el acceso de los pastores y sus rebaños… Utilizan la planificación [medioambiental] como herramienta para facilitar la apropiación de más tierras».
La instrumentalización de la ecología por parte de Israel remonta a su fundación. Por ejemplo, el Keren Kayemeth Le-Israel —el Fondo Nacional Judío (JNF), una asociación sin fines de lucro fundada en 1901 por Theodor Herzl, padre del sionismo político moderno—, llevó adelante una política de «reforestación del desierto», plantando pinos a lo largo del desierto del Naqab (o Néguev) y, en ese proceso, expulsó a los ganaderos beduinos. En la actualidad, el JNF posee más del 13 % de las tierras de Israel, cuyo arrendamiento prohíbe a los no judíos. Ha plantado cientos de millones de árboles, que históricamente sirvieron para ocultar las aldeas palestinas destruidas durante la Nakba de 1948 y que siguen utilizándose para impedir las «invasiones» palestinas y permitir un «control firme» sobre las tierras, según los términos de los documentos del Gobierno israelí. Con el objetivo de promover esta iniciativa, el JNF-USA registró la marca «Eco-sionismo», que describe como «uno de los movimientos medioambientales más exitosos del siglo XXI».
Esta afirmación, según la cual las organizaciones y organismos gubernamentales israelíes se presentan como defensores de la naturaleza, sigue un patrón habitual que la jurista Irus Braverman califica de «excepcionalismo ecológico», según el cual el Estado se presenta como el único capaz de salvar el medio ambiente, a menudo de los daños supuestamente causados por los pueblos indígenas. En este contexto, los responsables israelíes y la INPA «aparecen como las fuerzas civilizadas que salvan a animales no humanos inocentes de los actos criminales e inhumanos de los palestinos», escribió Irus Braverman en su obra de 2023 titulada Settling Nature: The Conservation Regime in Palestine-Israel (University of Minnesota Press). Esta postura es similar a la de otros gobiernos coloniales de colonización a la hora de desplazar a los pueblos indígenas, me explicó Ghada Sasa, politóloga y militante palestina. Por ejemplo, en Tanzania, el pueblo indígena masái fue expulsado de sus tierras ancestrales para permitir la ampliación de los parques de safari, y el Parque Nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, se creó en el marco de una oleada de expansión hacia el oeste que provocó el desplazamiento de los pueblos Crow, Blackfeet (Pies Negros), Bannock, Nez Perce y los Shoshones. En Israel/Palestina, aproximadamente el 25 % del territorio ha quedado bajo la jurisdicción de la INPA, un porcentaje aún mayor que en países que dependen en gran medida del turismo relacionado con la fauna silvestre, como Kenia y Sudáfrica.
Las pretensiones de Israel en materia de gestión medioambiental contradicen su bien documentada destrucción del medio ambiente, como el desvío de las aguas del Jordán; la tala de bosques para la construcción del muro de separación, que desde entonces ha resultado ser catastrófica para la fauna silvestre; la protección de los colonos que arrancan olivos en Cisjordania y el envenenamiento de las tierras agrícolas en Gaza y el Líbano con fósforo blanco. Desde octubre de 2023, los efectos tóxicos para la salud y el medio ambiente del genocidio en Gaza —en particular, el bombardeo de las infraestructuras de saneamiento y la destrucción casi total de las tierras agrícolas— han dado lugar a nuevos llamados para que el ecocidio sea considerado un crimen de guerra. Las pretensiones de Israel en materia de gestión ecológica también quedan en entredicho por el hecho de que muchas de las agresiones medioambientales atribuidas a los palestinos, como la quema de residuos (un diputado de extrema derecha de la Knesset ha propuesto que se convierta en un delito sujeto a la pena de muerte) o la tala de árboles, se deben al hecho de vivir bajo ocupación y de no tener acceso a sistemas adecuados de eliminación de residuos ni al suministro de combustible. En paralelo, los palestinos tienen una huella de carbono inferior a la de los israelíes, consumen mucha menos agua y son más vulnerables a los efectos del cambio climático.
Además, Israel actúa a menudo en función de motivaciones políticas, más que medioambientales, a la hora de tomar decisiones en materia de ecología. Un artículo de 2023 publicado en la revista Parks reveló que la mayoría de las reservas naturales de Cisjordania se habían creado «sin una justificación biológica suficiente»; aproximadamente un tercio de ellas estaban designadas al mismo tiempo como campos de entrenamiento militar, mientras que otro tercio se utilizaba para la expansión de los asentamientos israelíes vecinos. En las zonas de entrenamiento militar, el ejército «entra literalmente con tanques y helicópteros […] para prepararse para invadir Gaza u otros lugares», declaró a Jewish Currents Mazin Qumsiyeh, uno de los coautores del artículo y director del Instituto Palestino para la Biodiversidad y la Sostenibilidad. «Por lo tanto, es evidente que no se trata de la protección de la naturaleza. Se trata de un uso en beneficio del ejército israelí y de la limpieza étnica de los palestinos».
Wadi Qana da un ejemplo elocuente sobre cómo se materializan estas dinámicas en el terreno. Durante la mayor parte de los últimos cien años, cincuenta familias palestinas vivieron en el valle, donde cultivaban olivares, huertos de cítricos y huertos de hortalizas. El primer asentamiento israelí de la región, Karnei Shomron, se fundó en 1977 en las colinas que dominan el valle. Seis años más tarde, el ejército israelí declaró la zona reserva natural, lo que significaba que los agricultores palestinos que vivían allí ya no tenían derecho a construir nuevas estructuras ni a plantar nuevos árboles. Al mismo tiempo, los colonos continuaron construyendo. Las aguas residuales procedentes de los siete asentamientos establecidos en los años siguientes obligaron a la mayoría de los habitantes del valle a abandonar la zona en la década de 1990.
En 2006, varios de las colonias más grandes se equiparon con instalaciones de tratamiento de aguas residuales, y las familias de agricultores palestinos que habían abandonado el valle pudieron regresar. Sin embargo, su regreso se vio marcado por nuevas destrucciones. A lo largo de la década de 2010, la INPA destruyó los canales de riego palestinos y arrancó de raíz miles de árboles; mientras tanto, los colonos construyeron carreteras que atravesaban la zona protegida para conectar los asentamientos con nuevos puestos avanzados. Si bien finalmente algunos de ellos fueron acusados de delitos medioambientales en la reserva, en 2015 las autoridades israelíes, con el objetivo de conectar los asentamientos de El Matan y Ma’ale Shomron, comenzaron a construir una nueva carretera que dividiría la reserva en dos, separando a muchos agricultores palestinos de sus tierras. El impacto de las construcciones de los colonos en Wadi Qana pone de manifiesto cómo se utilizan las reservas naturales para impulsar la política de colonización israelí en Cisjordania, explicó Mazin Qumsiyeh. Aunque la región es efectivamente rica en biodiversidad, los asentamientos israelíes destruyen los hábitats de especies amenazadas, como el sapo sirio de patas en forma de pala, que, en Cisjordania, solo se encuentra en un único estanque de la región de Wadi Qana. «Debido a los asentamientos y a sus infraestructuras, estamos asistiendo a una lenta destrucción del medio ambiente», declaró Mazin Qumsiyeh.
Este esquema se repite en toda Cisjordania. Si bien algunas zonas —como al-Arqoub, cerca de Belén, y Wadi al-Quff, cerca de Hebrón— están clasificadas como reservas naturales por constituir reservas valiosas de biodiversidad y belleza natural, la INPA tiende a dar prioridad a las colonias en lugar de a las comunidades palestinas que viven en esas tierras, o incluso a la propia naturaleza. Esto significa que las mismas leyes que se utilizan para justificar la expulsión de los palestinos de estas zonas tienden a ser ignoradas cuando las colonias le causan daños al medio ambiente, explicó Mazin Qumsiyeh. En Wadi Qana, la INPA colaboró con la administración municipal de la colonia de Karnei Shomron para acondicionar un parque de atracciones destinado a los colonos. Tal y como relata la obra de Irus Braverman, el objetivo, según las palabras del expresidente del consejo municipal de Karnei Shomron, es transformar la reserva «en el jardín de Karnei Shomron».
Las reservas naturales no son más que una herramienta entre otras que utiliza el Estado de Israel para consolidar su control sobre los territorios palestinos, según señalan los expertos con los que he hablado. Pero, tal y como explica Irus Braverman, es especialmente importante reconocer la ecología como una estrategia específica de control colonial debido a su carácter invisible. «La naturaleza es poderosa precisamente porque se presenta como apolítica», me confió. Tal representación, argumentó, oculta el papel político que tienen los discursos medioambientales. Este proceso, a menudo denominado «greenwashing», puede complicar la tarea de los organismos internacionales y de los observadores ocasionales a la hora de denunciar y cuestionar el despojo.
Mientras tanto, en Wadi Qana y, en general, en Cisjordania, los procesos de expropiación de tierras continúan y no hay señales de que el proceso vaya a disminuir. En enero, Israel confiscó 170 acres (unas 69 hectáreas) cerca de Wadi Qana y los declaró terrenos del Estado, lo que casi siempre precede a la creación de nuevas colonias. Por otra parte, el recrudecimiento de la violencia perpetrada por los colonos ha aumentado la presión sobre las familias palestinas que aún quedan. Othman Odeh, un responsable de la comunidad palestina de Ayun Khirbet Qara —que agrupa a una docena de familias que viven en Wadi Qana—, me confió que, desde el 7 de octubre, los colonos se sienten autorizados a ampliar sus actividades ganaderas en Wadi Qana, sabiendo que la INPA no intervendrá, a pesar de la prohibición legal de pastar ganado en las reservas naturales protegidas. Desde agosto del año pasado, tres familias palestinas abandonaron el valle tras sufrir acosos reiterados por parte de los colonos, que llevan sus vacas a pastar al valle y destruyen los cultivos de la comunidad. «La situación es catastrófica», explicó Othman Odeh. «Los ataques diarios y organizados contra los agricultores, la destrucción de sus cultivos y olivos, así como el robo de los rebaños, son insoportables. Nos enfrentamos a la disyuntiva de ser desplazados o de morir»
-Artículo original publicado en Jewish Currents, 9-7-2026