Teherán, marzo de 2026
Panorama de la guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán y sus consecuencias. 1
Solidaridad Socialista con los Trabajadores de Irán
Echo d’Iran, 15-6-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 21-6-2026
La guerra imperialista estadounidense-israelí contra Irán, desencadenada por Netanyahu, entra en su tercer mes. A pesar del alto el fuego proclamado el 8 de abril, la situación sigue sin cambios en lo fundamental. No entra en el marco de este análisis examinar los orígenes de este conflicto.
La República Islámica, su estrategia y su política tienen sus errores. Desde hace 47 años, los pueblos de Irán sufren la sangrienta dictadura de este régimen. La sangrienta represión de la oposición comenzó desde el día siguiente a la instauración de la República Islámica. Miles de personas han sido asesinadas y decenas de miles más torturadas en la cárcel. La represión ejercida por la República Islámica y el terror que ha sembrado entre la población no lograron detener la lucha de diversos grupos sociales, en particular los trabajadores y trabajadoras, las mujeres, los estudiantes, los empleados de diversas instituciones y también los grupos étnicos. La República Islámica no ha conseguido quebrantar la voluntad de lucha del pueblo.
La oposición iraní, especialmente la de izquierda, está muy fragmentada y carece de la influencia necesaria en las luchas populares. La política del régimen ha provocado el fortalecimiento de ciertos monárquicos y de la extrema derecha. Durante las manifestaciones de diciembre, que se saldaron con miles de muertos, el príncipe heredero de Irán, Reza Pahlavi, hijo del ex-sha, trató de apoderarse del movimiento. Contó con el apoyo de Israel y de diversos medios de comunicación con sede en Londres y en Estados Unidos, entre ellos «Iran International», financiado por Arabia Saudita y, en la actualidad, por Israel. Reza Pahlavi trató de convertirse en el único líder del movimiento de oposición exagerando el número de sus seguidores en Irán y afirmando a los cuatro vientos que era el líder indiscutible de la oposición. Sus seguidores enarbolaron banderas israelíes y estadounidenses durante manifestaciones ruidosas en Estados Unidos y Europa, y agradecieron oficialmente a Trump y a Netanyahu por sus ataques contra Irán.
Esta guerra de agresión, contraria a todas las normas del derecho internacional, provocó, además de la destrucción masiva de infraestructuras industriales, científicas, sanitarias, productivas y educativas, un corte total del acceso a Internet, una medida sin precedentes en el mundo. El régimen instaló controles en las carreteras y un estricto control de los ciudadanos y ciudadanas en las calles, sembrando el terror entre la población con detenciones, encarcelamientos y ejecuciones.
Estados Unidos e Israel pensaban derrocar al régimen en cuestión de días. Sin embargo, el Líder Supremo y los comandantes del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica fueron sustituidos tras haber sido asesinados, mientras que la represión contra el pueblo seguía adelante. Contrariamente a la imagen que transmiten algunos medios de comunicación, que reducen la República Islámica a un régimen de mulás, este régimen se sustenta en un capitalismo neoliberal y mafioso. Las rentas y la corrupción constituyen los pilares del poder. Tras el asesinato de Jamenei, nos enfrentamos ahora a una dictadura que, a pesar de sus disensiones internas, se obstina en oprimir al pueblo y explotar a los trabajadores.
A causa de esta guerra, cientos de miles de personas se han quedado sin empleo. Las cifras oficiales indican un total de 630 000 desempleados, de los cuales 170 000 pertenecen a los sectores petroquímico y siderúrgico. Sin embargo, las cifras reales son sin duda mucho más elevadas. El corte de Internet desde el 8 de enero provocó la pérdida de empleo de cientos de miles de personas. De hecho, muchos jóvenes suelen ganarse la vida gracias a Internet. El desempleo afecta especialmente a las pequeñas empresas, cuyas actividades quedaron en la práctica totalmente paralizadas. La industria automovilística está casi parada. La gran mayoría de los trabajadores de la construcción perdieron su empleo. La guerra provocó una fuerte depreciación de la moneda nacional frente al dólar y los precios en Irán están indexados a la moneda estadounidense. La inflación sobrepasa el 100 %. Las clases populares ya ni siquiera pueden permitirse comprar huevos.
Casi un tercio de las solicitudes de prestación por desempleo registradas durante los primeros cuarenta días de la guerra correspondían a mujeres; una cifra que, teniendo en cuenta su baja tasa de empleo formal, pone de manifiesto su sobrerrepresentación entre las personas que se vieron obligadas a abandonar el mercado laboral.
El desempleo relega a las mujeres a los niveles más bajos de la escala social y de la jerarquía de género. En las clases populares, esta crisis genera un aumento de la pobreza, una precariedad cada vez mayor, inseguridad alimentaria, un acceso limitado a la asistencia médica y un mayor riesgo de desnutrición, exclusión social y de quedarse sin hogar. En las clases medias, la pérdida de independencia económica hace que las mujeres dependan más de los hombres y las priva de la posibilidad de defenderse frente a la violencia doméstica. Teniendo en cuenta que solo el 13,5 % de las mujeres tiene empleo en el país, cualquier crisis —desde las sanciones hasta la pandemia del COVID-19, pasando por la guerra— reduce considerablemente este ya de por sí escaso porcentaje de acceso al empleo.
Los estereotipos de género constituyen un mecanismo estructural de victimización de las mujeres en tiempos de crisis, como durante las guerras. Las sanciones y las recesiones económicas contribuyen de manera significativa a la reproducción de las desigualdades de género en la sociedad.
En lo que respecta al trabajo doméstico, conviene señalar que estas actividades no están reconocidas como empleos y no se tienen en cuenta en el PIB. No dan lugar a salario, ni a seguro, ni a vacaciones, ni a prestaciones sociales.
A fines de marzo, las fuerzas estadounidenses e israelíes atacaron en dos ocasiones la planta siderúrgica de Mobarakeh. Allí, mientras los hornos crepitaban y las cadenas de producción funcionaban al máximo, miles de trabajadores habían organizado su vida al ritmo del metal y el fuego. Con el segundo ataque, todo se detuvo bruscamente. Más de 27 000 empleados de la siderúrgica de Mobarakeh se quedaron atónitos; la fábrica, que el día anterior aún simbolizaba la estabilidad industrial del país, ahora está prácticamente en silencio.
Conforme a la naturaleza antiobrera e inhumana del orden capitalista, las consecuencias económicas de esta guerra se traducen en ataques contra los medios de subsistencia, la vida y los puestos de trabajo de la clase obrera y de las poblaciones en situación de precariedad. La lógica del beneficio del capitalismo se traduce en el aumento de los precios, el agravamiento de la pobreza y un desempleo masivo que afecta a los trabajadores y trabajadoras y a los más desfavorecidos. Estos no son más que los efectos más inmediatos y dolorosos de esta situación. Las consecuencias más profundas y destructivas, a medio y largo plazo, de las guerras en Irán, en otros países de Oriente Medio, en Ucrania y en África ponen gravemente en peligro al mundo entero, así como el futuro de miles de millones de personas. El peligro de conflictos destructivos de una magnitud aún mayor, incluso de alcance mundial, amenaza el futuro de la humanidad. A través de estas guerras, el «nuevo orden mundial» y el «nuevo Medio Oriente» que persiguen las fuerzas fascistas en el poder en Estados Unidos e Israel se forjarían a costa del genocidio, las masacres y la ruina de las sociedades humanas.
En un principio, Trump había declarado que la destrucción de las instalaciones nucleares iraníes constituía el principal motivo de la guerra. Sin embargo, al término de doce días de conflicto, en junio de 2025, tanto Estados Unidos como Israel ya habían afirmado haber alcanzado sus objetivos y habían proclamado su victoria. No obstante, el objetivo de Israel sigue siendo la destrucción y la desintegración de Irán. Netanyahu ha mencionado en repetidas ocasiones su voluntad de transformar el Medio Oriente.
La guerra retomó con mayor intensidad el 28 de febrero, precisamente cuando las negociaciones con la República Islámica parecían prometedoras. Varios observadores internacionales consideraron que se había cometido un grave error de valoración en cuanto a la capacidad de resistencia y resiliencia del régimen iraní. En estos momentos, el principal desafío parece centrarse en la apertura del estrecho de Ormuz y la libertad de navegación en el golfo Pérsico, cuestiones que, a su vez, son consecuencia de una guerra impuesta e imperialista.
El mayor costo de la guerra lo soporta el pueblo iraní y seguirá siendo así durante muchos años. La República Islámica trata de frenar las luchas populares con el pretexto de la guerra, intensificando la represión y, en particular, las ejecuciones.
A pesar de esta situación, la lucha continuará y, por ello, los pueblos de Irán necesitan la solidaridad internacional de las fuerzas progresistas, de las personas que anhelan la libertad y de los trabajadores y trabajadoras de todo el mundo.
¡Viva la Solidaridad internacional entre los pueblos!
Nota
- Intervención del representante de SSTI en la Fiesta de Bir-Kar, en París. Bir-Kar (Plataforma por la unidad de los trabajadores y trabajadores y la fraternidad entre los pueblos), una asociación militante turco/kurda en Francia. ↩