Puerto de Bandar Abbas bombardeado.
Écho d’Iran, Solidarité Socialiste avec les Travailleurs en Iran, 15-7-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 30-7-2026
El frágil alto el fuego que entró en vigor el 18 de junio, tras el memorando de entendimiento firmado entre Estados Unidos y la República Islámica de Irán, mostró una vez más sus límites. Este acuerdo, que abría un periodo de negociaciones de 60 días, fue objeto desde el principio de interpretaciones divergentes. El principal escollo es el control del estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20 % del petróleo mundial. Teherán pretende imponer un derecho de paso, mientras que Donald Trump se niega a ceder el control de esta vía estratégica al régimen iraní.
Ruptura del alto el fuego
Luego de que Teherán hubiera obtenido garantías de Washington para organizar el funeral del antiguo líder Ali Jamenei, víctima de un bombardeo israelí-estadounidense el 28 de febrero, la Guardia Revolucionaria atacó varios buques mercantes en el estrecho. Estas operaciones desencadenaron una nueva campaña de bombardeos estadounidenses contra las regiones costeras iraníes, que son también las que concentran gran parte de las riquezas en hidrocarburos del país. Estas zonas, fuertemente militarizadas, permiten a la Guardia Revolucionaria controlar el estrecho y atacar las bases estadounidenses del Golfo. La población, en particular los baluchis y los árabes —que ya se encuentran entre los más pobres y oprimidos de Irán—, sufre de lleno estos bombardeos, sin contar con la más mínima protección por parte del régimen.
Mientras anunciaba ante el Congreso estadounidense la reanudación de la guerra, Trump indicó que restablecería el bloqueo de los puertos iraníes con el objetivo de estrangular económicamente a la República Islámica de Irán.
Crisis y evoluciones en Irán
Esta confrontación entre el imperialismo estadounidense y el Estado reaccionario que es la República Islámica de Irán conoce, desde el 28 de febrero, una alternancia entre fases de enfrentamientos y de negociaciones. Tiene importantes consecuencias económicas a escala mundial, pero también provoca una exacerbación de las crisis en Irán y pone de manifiesto las divisiones en las altas esferas del Estado. El presidente Pezeshkian y el ministro de Asuntos Exteriores, Araghchi, buscan alcanzar un acuerdo con Washington para aliviar las sanciones, aumentar las exportaciones de petróleo y recuperar parte de los activos congelados. Mientras tanto, los Guardianes de la Revolución, que concentran cada vez más los poderes político, económico, de seguridad y militar, controlan los canales para eludir las sanciones —lo que constituye una fuente de enriquecimiento considerable— y rechazan cualquier normalización de las relaciones con Estados Unidos, así como cualquier abandono de los programas nucleares y balísticos. Las imágenes que muestran cómo Araghchi fue sacado durante el funeral del Guía son elocuentes. Esas ceremonias fueron una oportunidad para que las corrientes hostiles a las negociaciones organizaran a las multitudes, que trataban a Araghchi y a Pezeshkian de traidores a la patria.
El futuro de los pueblos de Irán
El régimen, que podría avanzar hacia una dictadura militar y de seguridad más clásica, concede algunas flexibilizaciones en determinadas cuestiones sociales. Esto se traduce, en particular, en una cierta tolerancia respecto a determinadas formas de vestir de las mujeres «consideradas contrarias a la ley islámica», o en la aceptación de una mayor presencia mixta en el espacio público.
Sin embargo, estos cambios no colmarán la brecha existente entre el poder y los pueblos de Irán. De hecho, la represión, las duras penas de prisión y las ejecuciones nos recuerdan cada día la brutalidad y la violencia de la República Islámica de Irán. Las dificultades actuales no son solo consecuencia de las sanciones o de la guerra, sino de más de cuarenta años de despotismo, capitalismo salvaje, corrupción estructural, enriquecimiento de las élites y represión de los sectores más combativos de la sociedad. La dictadura, el apartheid de género, la opresión de las minorías nacionales, la caída del salario real, la inflación, el desempleo, la pobreza, la crisis de la vivienda y la destrucción del medio ambiente siguen agravándose.
El levantamiento de enero de 2026 demostró una vez más que la inmensa mayoría de la población aspira al fin de la República Islámica de Irán. La sangrienta represión, seguida de la intervención militar de Estados Unidos e Israel, interrumpió esta dinámica, pero sin llegar a hacerla desaparecer. El descontento popular ya vuelve a asomar.
Los trabajadores y trabajadoras, las mujeres, la juventud y las minorías nacionales no tienen nada que esperar de las negociaciones actuales, ni de los ejércitos estadounidense o israelí. Nadie en Irán confía en que se produzca una evolución interna del régimen que conduzca a la libertad, la igualdad y el progreso social. El futuro de los pueblos de Irán no se decidirá ni en Washington, ni en Tel Aviv, ni en los círculos dirigentes de la República Islámica de Irán, sino mediante la organización, las luchas sociales y democráticas, así como la solidaridad entre los pueblos de Medio Oriente que luchan contra el imperialismo, el colonialismo y los despotismos.