Manifestación en Kyiv contra una decisión del gobierno sobre los organismos de lucha contra la corrupción, 07-2025.
Anna Colin Lebdebev*
A l’encontre, 26-8-2026
Traducción: Faustino Eguberri
Viento Sur, 4-9-2026
Correspondencia de Prensa, 5-9-2026
Cuando pienso en las trayectorias entrelazadas pero divergentes de Rusia y Ucrania, a menudo pienso en la historia de una de las personas que entrevisté, Slava. Conocí a Slava por primera vez en 2015 en Kiev, como parte de un proyecto de investigación sobre los veteranos ucranianos de la guerra soviética en Afganistán. Nacido en el Donbass industrial, hijo de un trabajador siderúrgico y una ingeniera que se habían conocido en Rusia, ingresó en la escuela militar de Kiev en 1981 y se convirtió en oficial de las fuerzas especiales soviéticas. Fue uno de los militares que vieron las últimas columnas de vehículos blindados salir de Afganistán durante los últimos años de la URSS. Tras el colapso de la Unión Sovietica, cuando su unidad estaba estacionada en Uzbekistán, dejó el ejército y regresó a Ucrania.
En el caótico contexto de la década de 1990, Slava se vio obligado a asegurar la supervivencia de su familia. Encontróun trabajo en una importante empresa de excavadoras mecánicas de China. Para un exoficial de élite, esto representóuna profunda crisis y una pérdida total de estatus social. Sin embargo, perseveró, ganó lo suficiente para comprar un apartamento en los suburbios de Kiev y se orientó gradualmente hacia nuevas vías profesionales, para finalmente convertirse en escritor y músico. Desde 2014, su ciudad natal de Alchevsk [en el óblast de Luhansk] está ocupada por fuerzas prorrusas y luego ha sido anexionada por Rusia.
Cuando se le preguntó sobre su identidad, confesó que, aunque tenía orígenes mixtos -rusos, ucranianos y bielorrusos-, durante mucho tiempo se había considerado ruso. Sin embargo, poco a poco se dio cuenta de lo poco que sabía de la historia de Ucrania, el país donde nació y el que había elegido. Entonces se puso a leer mucho, reevaluando la historia de su familia, en particular su deportación a Siberia durante las represiones soviéticas. Su hermana, que se había instalado en Rusia, no compartía este punto de vista: “Es completamente rusa”, nos comentó Slava.
En el momento de nuestra primera entrevista en 2015, escribía y cantaba exclusivamente en ruso; sin embargo, cuando volvimos a ponernos en contacto unos años más tarde, había pasado completamente al ucraniano. Desde el comienzo de la guerra en Donbass, Slava se ha implicado mucho como voluntario para apoyar a las fuerzas armadas ucranianas, yendo con frecuencia a la línea del frente para actuar ante las tropas. “Alchevsk es una ciudad ucraniana”, publicórecientemente en las redes sociales sobre su ciudad natal, “y la liberaremos de la ocupación”.
La trayectoria de Slava ilustra perfectamente la complejidad de los destinos soviéticos y postsoviéticos en esta parte de Europa: identidades híbridas, vidas entrelazadas, una historia dolorosa y momentos de transformación radical. Aunque llamativa, su evolución de oficial militar soviético a compositor ucraniano es muy representativa de los cambios más amplios observados en el espacio postsoviético.
Comparación entre Rusia y Ucrania
Rusia y Ucrania comparten una parte -pero solo una parte, punto al que volveré- de su pasado. Este contexto común ha dado forma a sociedades que se parecen en muchos aspectos. Antes del conflicto armado, un viajero de paso por estos dos países podría haber observado evidentes similitudes en la arquitectura y los estilos de vida. Estas similitudes también eran institucionales. Obligadas a establecer rápidamente sus marcos legislativos e institucionales después de la independencia, la Rusia y la Ucrania postsoviéticas siguieron caminos paralelos, mezclando la herencia soviética con adaptaciones a las nuevas condiciones.
La legislación militar es un excelente ejemplo de ello. Mientras que el sistema soviético se basaba en un modelo de ejército masivo, los dos países implementaron un modelo híbrido después del colapso de la URSS, combinando el servicio militar y el personal militar profesional. Ambos han conservado la infraestructura de reclutamiento y las instituciones militares heredadas del pasado. Un observador al entrar en una oficina de contratación en Rusia o Ucrania durante la década de 1990 habría tenido dificultades para distinguir estas dos instituciones. Existían puntos en común similares en áreas como la vivienda, la atención médica y la educación, junto con referencias culturales compartidas. Esto abarca no solo figuras canónicas clásicas como Alejandro Pushkin, sino también, y sobre todo, el tejido de la cultura cotidiana: canciones infantiles, música pop, cine emblemático y televisión.
Sin embargo, cuando la Unión Soviética colapsó en 1991, Rusia y Ucrania ya formaban dos sociedades distintas. Básicamente, Rusia había sido el centro de la URSS, mientras que Ucrania estaba en la periferia. Además, la historia de Ucrania era mucho más compleja de lo que reconocía la historiografía soviética. Por último, cada país postsoviético estaba moldeado por características geográficas distintas, recursos naturales y económicos únicos, así como una posición geopolítica diferente.
El discurso del Estado ruso bajo Vladimir Putin ha negado sistemáticamente la soberanía y la existencia misma de Ucrania como sociedad distinta. Este punto de vista se formuló explícitamente en el ensayo del presidente ruso de 2021, «De la unidad histórica de los rusos y los ucranianos», que afirmaba que Ucrania era un estado títere y una nación artificial. Sin embargo, desde el comienzo de la guerra, la resistencia ucraniana no ha dejado de demostrar lo contrario. Hacerse preguntas sobre estos puntos en común no significa respaldar la lectura que el Kremlin hace de la historia o del presente. El análisis de los legados compartidos pone de relieve las divergencias y, más concretamente, los caminos divergentes que han tomado estas dos sociedades desde la disolución de la Unión Soviética, en particular desde el inicio de las hostilidades en 2014 [Crimea].
Según la idea comúnmente aceptada, la guerra es profundamente transformadora: modifica la lógica social al tiempo que forja nuevos estatus sociales, nuevas prácticas y nuevas relaciones con el Estado. Por supuesto, esto es cierto en muchos aspectos. No hay nada normal en vivir bajo los bombardeos, tomar las armas o vivir en una sociedad relativamente movilizada. Sin embargo, la sociología de las sociedades en guerra demuestra que los comportamientos en tiempos de guerra están fuertemente arraigados en la dinámica social en tiempos de paz. Las transformaciones en tiempos de guerra están profundamente arraigadas en las experiencias sociales, la historia y los valores preexistentes.
Los analistas a menudo se basan en patrones binarios familiares cuando comparan Rusia y Ucrania: autoritarismo contra democracia, un círculo restringido envejecido alrededor de Putin contra una joven dirección ucraniana, agresión contra resistencia y represión contra movilización. Mi análisis adopta una perspectiva diferente, explorando tres dimensiones clave que dan forma a la evolución de estas dos sociedades: la importancia de la adaptación como habilidad social fundamental; la relación de los ciudadanos con el Estado; y la evolución de las percepciones de uno mismo y del otro.
1. Las dos facetas de la adaptabilidad
La primera dimensión a tener en cuenta es la adaptabilidad. Adaptarse a un entorno hostil es una habilidad en la que sobresalen tanto los actores sociales rusos como los ucranianos. La resiliencia y las prácticas informales eran habilidades bien arraigadas en las y los ciudadanos soviéticos, desarrolladas en un contexto de escasez crónica, presiones ideológicas e ineficacia sistémica. Los ciudadanos soviéticos tenían que hacer malabarismos constantemente entre los discursos ideológicos y las realidades cotidianas.
Estas habilidades se volvieron cruciales tras la disolución de la Unión Soviética. Durante la caótica transición a la economía de mercado y la desintegración de las políticas sociales, era imperativo sobrevivir en condiciones impredecibles. Quienes perseveraron, en ambos países, demostraron una innovación notable: evolucionar en economías criminalizadas, crear empresas, aprender a sobrevivir independientemente del Estado y eludir las normas impuestas por él. Por el contrario, quienes no lograron adaptarse rápidamente experimentaron nostalgia por el régimen soviético, que ofrecía condiciones sociales estables, así como un sentido de orgullo y pertenencia.
Estas habilidades han permitido a las y los rusos y ucranianos aguantar durante las duras décadas postsoviéticas. La corrupción, que los observadores externos a menudo consideran una disfunción, a menudo se percibía a nivel local como un mecanismo de adaptación a condiciones en las que era simplemente imposible dirigir una empresa con total transparencia.
1.1. La estrategia privada de autoprotección
Si bien esta capacidad de adaptación común ha desempeñado un papel central en la forma en que ambas sociedades han reaccionado al conflicto, sus efectos estructurales han divergido profundamente. En Rusia, esta capacidad de adaptación permite a la sociedad soportar el impacto de la guerra. Económicamente, permite a las empresas continuar sus actividades a pesar de las severas sanciones. Las previsiones generalizadas en 2022, que esperaban un rápido colapso económico de Rusia, pasaban por alto las estrategias creativas a las que las empresas recurrían habitualmente: empresas pantalla, intermediarios y contabilidad paralela.
Para los rusos comunes, la adaptación se traduce en una autoprotección de bajo riesgo: volverse invisible a los ojos del Estado, trabajar en la economía informal y obtener recursos alternativos. Más importante aún, la investigación etnográfica realizada por el Laboratoire de sociologie publique/Laboratorio de Sociología Pública muestra que los rusos utilizan estas habilidades para hacer que la guerra sea invisible a sus propios ojos. Hacen esfuerzos considerables para centrarse en su vida privada, convenciéndose a sí mismos de esperar pacientemente a que termine el conflicto. Esta actitud a menudo es calificada de «fatalismo». Este término solo es pertinente si se entiende como una estrategia racional en un contexto de posibilidades de acción restringidas, más que como un rasgo cultural inherente. Las y los ciudadanos rusos toman decisiones a diario. Si optan por adaptarse, es porque parece ser la opción más viable.
Al estudiar la sociedad rusa actual, muchos analistas tienden a priorizar la estructura en detrimento de la capacidad de acción, centrándose principalmente en lo que impone desde arriba el Estado autoritario, en lugar de en la acción de los ciudadanos. Aunque esto refleja un debate clásico en las ciencias sociales, es necesario comprender mejor la acción cotidiana de los actores sociales ordinarios, más allá de las iniciativas aisladas de oposición y protesta.
La capacidad de adaptación también permite a las fuerzas armadas rusas innovar sobre el terreno y sentirse orgullosas de hacerlo. Antes de la guerra, un ingeniero ruso me había señalado que los centros de reparación autorizados y los servicios posventa eran “para los débiles”. El verdadero saber hacer consistía en reparar máquinas de alta tecnologíabajo licencia con un destornillador y un alambre. Hoy en día, esta actitud persiste en la producción militar, donde los ingenieros se enorgullecen de improvisar contramedidas frente a las innovaciones ucranianas.
1.2. La lógica social de la innovación en la base
En esta guerra, Rusia se enfrenta a una sociedad ucraniana donde las capacidades de adaptación son aún más pronunciadas. Décadas de debilidad institucional e incertidumbre han enseñado a las y los ucranianos a funcionar en condiciones imposibles. Si bien los medios de comunicación utilizan con frecuencia el término «resiliencia» para describir a Ucrania, este término es inadecuado porque sugiere una realidad de naturaleza reactiva. Por el contrario, Ucrania muestra un «arte de la adaptación» activo, impulsado por un fuerte componente creativo.
El uso de drones en el campo de batalla está ampliamente documentado, pero su lógica social subyacente, un proceso de abajo hacia arriba, es menos comprendida. Los testimonios que recojo de mis observaciones sobre el terreno y de los informes de analistas militares de primera línea revelan el nivel de innovación en la base: soldados ordinarios experimentando con drones FPV [gracias a la cámara a bordo, tiene imágenes en tiempo real como si estuviera en el avión], grupos de amigos diseñando armas o equipos de bajo costo. Las restricciones occidentales y los retrasos en la entrega de armas han acelerado aún más esta innovación de la base. Los expertos militares oponen este entorno «de selva», propicio para la adaptación, con el contexto altamente estandarizado «de zoológico» de las fuerzas armadas occidentales.
Esta innovación se extiende profundamente dentro de la sociedad civil. Por ejemplo, la aplicación «Air Alert», ampliamente utilizada, fue desarrollada en solo 72 horas después de la invasión de 2022 por una empresa privada que buscaba un sistema de alerta más eficiente que las sirenas tradicionales. En el espacio de tres días, los desarrolladores encontraron un socio técnico y implementaron un intercambio de datos en tiempo real con el Ministerio de Defensa. Esta capacidad de adaptación es muy apreciada en Ucrania; es una fuente de orgullo y un elemento central de la identidad nacional contemporánea.
Naturalmente, la adaptación tiene un lado más oscuro, ya que algunos ciudadanos intentan escapar de la movilización militar utilizando estrategias de autoprotección similares a las utilizadas por la sociedad rusa, tratando de hacerse invisibles a los ojos del Estado. Sin embargo, mientras que la insumisión o el hecho de ignorar la guerra son socialmente aceptados en Rusia, Ucrania, esto conlleva un alto costo social y socava el estatus social de la persona. Para comprender esta divergencia, es necesario examinar una segunda variable esencial: la evolución de las relaciones entre los ciudadanos y el Estado.
2. Tratar con (o eludir) el Estado
La desconfianza hacia el Estado ha sido una característica común a las dos sociedades postsoviéticas. Antes de 2014, las instituciones políticas de Rusia y Ucrania registraban sistemáticamente tasas de confianza inferiores al 30%, o incluso a veces inferiores al 15%, según las encuestas de opinión.
En el sistema político competitivo ucraniano, al igual que en el marco cada vez más autoritario de Rusia, las instituciones públicas eran percibidas como cuerpos extraños, potencialmente perjudiciales para los ciudadanos. Desde el comienzo del conflicto, esta dinámica ha tomado dos caminos opuestos: una forma de alienación leal al Estado en Rusia y una apropiación crítica del Estado por parte de sus ciudadanos y ciudadanas en Ucrania.
2.1. Rusia: la alienación leal al Estado
Los observadores a menudo consideran a la población rusa como ardientemente favorable al régimen o como totalmente víctima de la represión. Esto equivale a no tener en cuenta el modo de funcionamiento de los regímenes autoritarios, que se basan principalmente en una desmovilización sistemática de la población. Las encuestas de opinión favorables al régimen, al igual que las realizadas por institutos independientes, informan de altas tasas de popularidad para Putin. Paradójicamente, estas cifras confirman la despolitización de los ciudadanos rusos: el aumento de la popularidad del presidente está en contradicción con los bajos niveles de satisfacción con respecto a la gobernanza. Existe una brecha persistente de 20 puntos entre el apoyo al presidente y la confianza depositada en el gobierno, el parlamento o los partidos políticos. Los ciudadanos afirman confiar en el presidente, pero rechazan las instituciones que controla. Las innovadoras encuestas de opinión independientes confirman este desfase, demostrando que las personas que tienen la intención de votar por Putin en 2024 no esperaban que implementara sus políticas preferidas.
Esta coexistencia entre lealtad y descontento se mantiene mediante un contrato social autoritario. A cambio de estabilidad, previsibilidad o acceso a los recursos, los ciudadanos mantienen su distancia de la vida política, dejando las manos libres al régimen mientras muestran públicamente su apoyo. Un ejemplo notable de esta alienación leal ocurriódurante la ocupación parcial del óblast de Kursk por parte de Ucrania. Una investigación etnográfica realizada in situ por el Laboratorio de Sociología Pública revela que, incluso ante una amenaza directa, los habitantes no consideran que les corresponde expresar opiniones o tomar iniciativas. Las y los encuestados compararon la guerra con una condición meteorológica, fuera de su control, que exigía paciencia y adaptación. Al percibir al Estado como poderoso y represivo, los ciudadanos optan por no inmiscuirse en ámbitos considerados de la exclusiva prerrogativa de las autoridades.
Las autoridades fomentan activamente esta postura apolítica, desconfiando de cualquier activismo autónomo, ya sea pro o anti-Kremlin. Las estrategias de reclutamiento militar son un reflejo de esto, haciendo hincapié en las altas recompensas financieras y el estatus social en lugar de la movilización patriótica. Cualquier deslizamiento hacia una verdadera movilización política y militar abierta representaría una ruptura total del contrato social establecido en las últimas dos décadas.
2.2. Ucrania: la apropiación crítica del Estado
Por el contrario, la relación de las y los ciudadanos ucranianos con el Estado ha evolucionado más hacia un sentido inesperado de apropiación cívica que hacia la alienación. Si la desconfianza alcanzó su punto álgido durante la Revolución de la Dignidad de 2013-2014, que rechazó un aparato estatal corrupto, el punto de inflexión fue la amenaza de invasión rusa que siguió, combinada con la evidente debilidad del Estado. La anexión de Crimea y el conflicto que siguió en Donbass se interpretaron inequívocamente como actos de agresión exterior contra la soberanía del Estado. Conscientes de que las debilitadas instituciones estatales no podían hacer frente solas a esta agresión, las y los ciudadanos comunes intervinieron para llenar el vacío. Mientras que un Estado fuerte ha desmovilizado a los rusos, un Estado débil ha galvanizado a los ucranianos.
Como he señalado en otro lugar [Ukraine: la force des faibles/Ucrania: la fuerza de los débiles, Seuil/Libelle, junio de 2025] las y los ucranianos ordinarios se han dado cuenta de que sus instituciones políticas y sus fuerzas armadas debilitadas no podían resistir esta agresión sin ayuda externa. Mientras que algunos analistas externos anticipaban un colapso del Estado, el impacto de la invasión finalmente invirtió esta dinámica, ya que los ciudadanos se dieron cuenta de que las instituciones públicas no podían defender el país por sí solas.
Las y los civiles que tomaron las armas en 2014 a menudo han subrayado esta distinción durante las entrevistas: “No tomamos las armas para luchar por nuestro Estado, sino para luchar por nuestro país”. A pesar de su desconfianza en las instituciones políticas, entendieron que la construcción de un Estado sólido, capaz de resistir las presiones externas, requería el compromiso directo y sostenido de civiles movilizados. Entre 2014 y 2022, el conflicto actual se convirtióen el principal motor de reformas institucionales llevadas a cabo desde la base hacia arriba. Los civiles intervinieron dondequiera que las estructuras del Estado se consideraran frágiles. Personas sin experiencia militar previa se han unido a las fuerzas armadas; las iniciativas ciudadanas se han hecho cargo de la logística, el equipo y los suministros médicos; se han formado organizaciones no gubernamentales para apoyar a las y los veteranos, hacer campaña por la transparencia institucional o proporcionar experiencia técnica. Es importante señalar que esta movilización se extendió más allá de la defensa: los movimientos de lucha contra la corrupción y la aparición de medios de comunicación independientes y de alta calidad fueron consecuencias directas de la movilización en tiempos de guerra. La lucha contra las amenazas híbridas también ha requerido una coproducción activa de la seguridad entre la sociedad civil y los actores del Estado. Esta asunción temporal de las funciones del Estado se ha transformado gradualmente en una asociación colaborativa. Muchas personas voluntarias y veteranas se han unido a las instituciones del Estado o les han asesorado para institucionalizar las reformas.
Al comienzo de la invasión a gran escala en febrero de 2022, la relación de los ciudadanos ucranianos con el Estado era radicalmente diferente a la de 2014. La confianza en el ejército y las autoridades locales había aumentado considerablemente, aunque la desconfianza hacia la clase política persistía. “El Estado se ha acercado a nosotros”, me dijo un joven oficial en 2023. Fue uno de los primeros civiles en llegar al frente en 2014 y siguió siendo un activista muy conocido en los años siguientes. Inmediatamente después de decir esto, agregó: “pero eso no excluye ciertos matices”, refiriéndose a los incumplimientos del Estado.
El corazón del modelo cívico ucraniano contemporáneo radica precisamente en estos matices. Si bien los ciudadanos ucranianos apoyan y ayudan hoy claramente a las instituciones públicas, para ellos es una forma de apropiación crítica del Estado, que implica un examen minucioso de los errores, fracasos y disfunciones. Como subrayó otro oficial en una entrevista: “Debemos estar atentos y ayudar, porque sabemos que siempre existe el riesgo de que el Estado fracase”. Dado que los ucranianos no pueden permitirse el fracaso del Estado, este modelo cívico es de vital importancia para cualquier reflexión futura en materia de diplomacia o posguerra. La resiliencia institucional de Ucrania se basa fundamentalmente en su sociedad civil, y no se puede establecer una regulación estable de la posguerra sin su apoyo.
3. Una fraternidad deconstruida
La tercera dimensión se refiere a la evolución de las percepciones mutuas entre las sociedades rusa y ucraniana. Dos sociedades profundamente interconectadas están actualmente involucradas en una guerra cuya duración ya supera la de la Gran Guerra Patriótica, un término técnico utilizado por la Unión Soviética para designar la Segunda Guerra Mundial. La guerra ha transformado profundamente la forma en que los ucranianos y los rusos se perciben mutuamente, una brecha que se profundiza día a día. Al examinar hoy encuestas comparativas anteriores sobre la percepción mutua, es sorprendente ver la fuerte simpatía entre rusos y ucranianos revelada por los resultados: antes de la guerra, en 2013, alrededor del 70% de los rusos y el 80% de los ucranianos expresaban su simpatía por el otro bando, aunque lo que hemos observado durante estos doce años de confrontación debe incitarnos a la mayor cautela en cuanto a lo que implica esta simpatía.
3.1. Rusia y Ucrania a través del prisma colonial
En la época soviética, las relaciones entre los pueblos de la URSS se inscribían oficialmente en el marco del concepto de “fraternidad de pueblos”. Esta fraternidad era explícitamente desigual. Rusia, como «hermano mayor», dirigía el destino de las naciones periféricas, supuestamente inferiores. Detrás de la igualdad formal de todos los ciudadanos y territorios de la Unión Soviética, una lógica de dominación y control ejercida por Moscú sobre sus periferias funcionó a lo largo del siglo XX. Mientras que las primeras concepciones institucionales estructuraban la URSS como un “imperio de discriminación positiva” [ver Terry Martin, The Affirmative Action Empire. Nations and Nationalism in the Soviet Union, 1923-1939, Cornell University Press, 2001], las políticas de rusificación posteriores degradaron el estatus de las lenguas, culturas e identidades locales.
El discurso ucraniano contemporáneo califica este legado de colonial, una perspectiva que ha sido cuestionada durante mucho tiempo en el mundo académico occidental. Los investigadores postcoloniales han excluido tradicionalmente a la Unión Soviética de su campo de estudio debido a sus compromisos formales con la igualdad cívica, el reconocimiento formal de las repúblicas nacionales y su política exterior calificada como antiimperialista. Hoy en día, este prisma analítico está validado por la retórica contemporánea de las élites rusas, que niegan abiertamente la existencia misma de Ucrania. Por lo tanto, la guerra actual es cada vez más calificada como una guerra colonial por los ucranianos, una visión apoyada por eminentes investigadores como Timothy Snyder.
Esta interpretación se ve reforzada por los movimientos de minorías nacionales en el exilio de la Federación de Rusia, que expresan su solidaridad con Ucrania, reconociendo en esta guerra los patrones familiares de borrado de identidad de los que ellos mismos han sido víctimas. En la propia Rusia, cualquier debate sobre su dominio sobre las periferias es inexistente, ya que se considera peligroso para la estabilidad del régimen. Por lo tanto, las y los rusos comunes y corrientes tienen dificultades para entender sinceramente por qué Ucrania rechaza activamente la lengua y la cultura rusas, no percibiéndolas como armas de dominación.
Este marco tiene profundas implicaciones para cualquier posible resolución de la guerra. Si bien los analistas políticos a veces afirman que todos los conflictos armados terminan en un acuerdo y concesiones mutuas, cabe preguntarse si las guerras de descolonización siguen la misma lógica. ¿Es justificable sugerir que un pueblo colonizado responda a los requisitos del colonizador? La adopción de un marco decolonial, en armonía con los debates ucranianos contemporáneos, nos obliga a repensar la posible conclusión de esta guerra en términos completamente diferentes.
3.2. La trampa de la identidad
La historia de Ucrania es compleja, fracturada y profundamente arraigada en el trágico destino de la Europa de mediados del siglo XX. Históricamente, algunas partes de la actual Ucrania pertenecían al Imperio Ruso. Posteriormente, el este y el centro de Ucrania pasaron 70 años bajo el dominio soviético, mientras que el oeste de Ucrania solo se integró durante medio siglo, tras su ocupación por la URSS durante la Segunda Guerra Mundial. Este matiz tiene su importancia para los ucranianos. Las huellas y cicatrices dejadas por los cambios de fronteras, la represión y la violencia nunca se borraron de la memoria de las familias durante los años soviéticos. Si ucranianos como Slava recuerdan las deportaciones de sus abuelos a Siberia, es porque estos recuerdos se transmiten de generación en generación. Para Ucrania, la Segunda Guerra Mundial encarna tanto la tragedia del Holocausto como el destino de los ucranianos de Polonia atrapados entre dos potencias agresivas: la Unión Soviética y la Alemania nazi. Representa una época de dilemas imposibles, de colaboración y de violencia profundamente arraigada, tanto infligida como soportada.
Esta complejidad histórica no se reconoce en la Rusia contemporánea, donde la historiografía oficial ha prohibido legalmente cualquier discusión pública sobre los momentos en que Rusia no estaba en el lado correcto de la historia. El Holocausto ocupa un lugar marginal en los libros de texto de historia rusos. Los acontecimientos de septiembre de 1939, cuando la Unión Soviética y la Alemania nazi invadieron Polonia, incluidas partes de la actual Ucrania occidental, están ausentes de la historia soviética de la Segunda Guerra Mundial. El Holodomor, una hambruna artificial impuesta a Ucrania por las autoridades soviéticas y que causó la muerte de millones de personas, es prácticamente desconocido para los rusos. Ignorar estos ángulos muertos históricos permite a la «opinión pública» rusa echar con mayor facilidad toda la responsabilidad sobre el campo ucraniano.
Ir más allá de la manipulación de la historia por parte del régimen ruso aumenta la complejidad. La historia de la Rusia del siglo XX es la de un territorio más aislado de lo que tendemos a pensar, y ciertamente más aislado que sus antiguas periferias. Aunque la Unión Soviética se esforzó cuidadosamente por reducir al mínimo los contactos entre los ciudadanos soviéticos y los países vecinos, las poblaciones fronterizas de las repúblicas soviéticas conservaron historias comunes y vínculos transfronterizos, como los kazajos con China, los azerbaiyanos con Irán, los bielorrusos y los ucranianos con Polonia, y los moldavos con Rumanía.
La Rusia soviética, en cambio, tenía muchas menos fronteras exteriores, especialmente en su densamente poblado territorio europeo, donde solo compartía frontera con dos vecinos no soviéticos: Finlandia y Noruega. Las fronteras de Rusia se encontraban principalmente con sus repúblicas soviéticas rusificadas. Como eje central del sistema soviético, Rusia se volvió insensible a la diversidad histórica de sus vecinos, minimizando las diferencias sociales entre las repúblicas soviéticas al tiempo que se centraba en la construcción de una «nación soviética» común. La pluralidad de un país multinacional se redujo a referencias a un folklore arcaico. La única nación soviética autorizada a enseñar su historia milenaria a los escolares era Rusia, ya que la historia de otros grupos nacionales solo se tenía en cuenta en relación con la de los rusos. Desde la caída de la Unión Soviética, el pueblo ruso tiene dificultades para comprender las experiencias de sus antiguas periferias, así como las de sus propias minorías, y para darse cuenta de la medida en que las identidades de sus vecinos no solo son postsoviéticas, sino también vinculadas a otros espacios culturales y políticos.
Además, a la Rusia postsoviética le cuesta definir su propia identidad sin sus antiguas periferias. Como señala la historiadora Marlene Laruelle [ver Les idées politiques de la Russie poutinienne/Las ideas políticas de la Rusia putiniana, PUF, 2026], la autorepresentación nacional de Rusia es intrínsecamente imperial, referida a un territorio más amplio que las fronteras contemporáneas del Estado. Lo que los ucranianos exigen hoy de los rusos va mucho más alláde la simple retirada de su apoyo al régimen o la condena de la guerra. Piden a los rusos que se liberen de esa mentalidad imperial y de cualquier voluntad de injerencia en los asuntos internos de sus vecinos. En esencia, piden a Rusia que redefina su propia identidad. Esta es, para los ucranianos, una condición fundamental para cualquier reconciliación y diálogo futuros. Pero también podría ser una oportunidad para que la sociedad rusa se reconcilie finalmente con la carga de su pasado soviético.
A pesar de la notable resistencia de los ucranianos ante la guerra de interpretaciones librada por Rusia, el Kremlin ha logrado, de una forma u otra, socavar la identidad de los ucranianos. La presentación por parte de Rusia de la guerra actual como una negación de la soberanía ucraniana ha tenido un efecto de doble filo. Por un lado, la constancia de la resistencia ucraniana hoy no deja dudas sobre la existencia de una nación ucraniana. Ucrania se ha ganado con orgullo su lugar en el mapa mental del mundo, como ha formulado Karl Schögel [informe de Karl Schögel el 7 de mayo de 2026 titulado «Ukraine’s return to the mental map of Europe/El regreso de Ucrania al mapa mental de Europa», Brookings] en esta misma sala, un lugar que antes no ocupaba. Hoy en día se asocia con la valentía, la resistencia, la innovación y la fuerza. Por otro lado, el énfasis en la soberanía, impuesto a Ucrania por la guerra rusa, corre el riesgo de encerrar al país en la categoría estricta de un Estado-nación y una identidad nacional rígida. Hoy vemos los signos en Ucrania en la puesta en un primer plano de todos los símbolos nacionalistas, en las referencias a un recorrido mítico y en la legitimación de todas las luchas históricas libradas en nombre de la nación ucraniana, a pesar de sus aspectos oscuros. La reciente celebración de Andriy Melnyk [ver “En Ukraine, la “mémoire sélective” de l’héritage du XXe siècle/En Ucrania, la “memoria selectiva” de la herencia del siglo XX”, por Clara Marchaud, Mediapart, 21 de junio de 2026], uno de los principales líderes nacionalistas de mediados del siglo XX, así como el hecho de dar a una unidad militar el nombre de un grupo armado nacionalista ucraniano son síntomas de este estrechamiento del horizonte histórico.
La memoria de los movimientos nacionalistas de mediados del siglo XX ha sido objeto de muchos debates en Ucrania desde su independencia. Para algunos, estos grupos eran considerados combatientes por la liberación de Ucrania, violentamente reprimidos por la Unión Soviética debido a su hostilidad hacia Moscú. Sin embargo, miembros de estos mismos movimientos cometieron actos de violencia tanto contra polacos como contra judíos y colaboraron con los nazis. Muchas sociedades tienen culturas de memoria complejas. Francia sigue lidiando con la memoria de la violencia cometida por sus soldados durante la guerra de Argelia. En Ucrania, la guerra actual hace que este trabajo de memoria sea muy difícil. La Ucrania contemporánea no rehabilita al régimen nazi y no es ni antisemita ni antipolaca. Sin embargo, la actual resistencia ucraniana frente a la agresión rusa confiere una legitimidad renovada a todas las luchas históricas contra Moscú, haciendo del enfrentamiento con Rusia el corazón de la identidad nacional del país. Sin embargo, la noticia alentadora es que han surgido otras perspectivas históricas, perspectivas centradas en una historia global de Ucrania. Estas no se limitan a un marco nacional estrecho, sino que abarcan las increíbles experiencias de los diversos pueblos que han vivido en el territorio de la Ucrania contemporánea.
Conclusión
“Soy ucraniano.” Esta era la inscripción en la camiseta que Slava, el oficial convertido en compositor, llevaba en sus últimas fotos publicadas en las redes sociales. La próxima vez que nos veamos en Kiev, probablemente le preguntaréqué significa para él ser ucraniano. ¿Qué lugar queda en esta identidad para su infancia soviética en el Donbass industrial? ¿Por sus años de servicio como oficial de élite en el ejército soviético, sus dudas e ignorancia pasadas, su lucha por la supervivencia, su decisión de abrazar el destino de Ucrania y la elección de su hermana de adoptar Rusia? No hay historias familiares sencillas en la Rusia y Ucrania contemporáneas. El enredo de experiencias constituye el tejido social de estas dos sociedades. Sin embargo, no me atrevería a destacar esta complejidad hoy con mis amigos, colegas y contactos ucranianos. Mi maravillosa colega ucraniana Olesya Khromeychuk, autora de un libro en el que cuenta la pérdida de su hermano [The Death of a Soldier Told by His Sister/La muerte de un soldado contada por su hermana, Monoray, 2022], ha expresado su enfado al ver su libro clasificado como “literatura rusa” en una librería: “Lo único ruso en mi libro es el hecho de que mi hermano fue asesinado por un soldado ruso”. La guerra ha dividido profundamente a las dos sociedades, cavando una brecha que llevará generaciones cerrar.
-Conferencia impartida el 22 de julio de 2026 publicada en inglés por la Brookings Institution.
*Anna Colin Lebedev es profesora e investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Políticas – Universidad de París Nanterre. Publica regularmente los “Carnets d’Anna Colin Lebedev” en su sitio web.