Miembros de la familia Jabarin cargan sus ovejas y cabras en una furgoneta después de ser expulsados de sus hogares en el pueblo de al-Minya, al sur de Belén, el viernes 21 de agosto. Foto: Amira Hass.
A l’encontre, 1-9-2026
Traducción: Satorzulo Gorria, 1-9-2026
Correspondencia de Prensa, 5-9-2026
Gadi Eisenkot, el favorito electoral y líder del partido Yashar, tiene una postura sobre un estado palestino que, en última instancia, es irrelevante. Lo que está en juego hoy no es una «solución diplomática», sino la existencia misma del pueblo palestino entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Las fuerzas israelíes que se esfuerzan por “eliminarlos» no reconocen límites ni restricciones. Sus partidarios son demasiado numerosos para que dependamos únicamente de la firmeza y la resistencia de un pueblo que ya ha soportado los planes de expulsión llevados a cabo por Israel.
El mundo sigue de brazos cruzados. La izquierda israelí es diminuta, débil y sin voz a fuerza de haber lanzado demasiadas advertencias. La oposición anti-“Bibi” oscila entre la minimización del peligro, la indiferencia hacia él y el apoyo puro y simple a la expulsión. Las condenas esporádicas, provocadas principalmente por una publicación del embajador estadounidense [Mike Huckabee] en X, son casi tan útiles como un colador bajo un aguacero. Los falangistas judíos atacan constantemente y en todas partes, y no solo en Qusra [ver en alencontre.org el artículo de Oren Ziv publicado el 24 de agosto].
El debate sobre un Estado, dos Estados o una federación es más teórico que nunca. Toda solución consensuada requiere primero reconocer el problema y acordar su naturaleza. Demasiados judíos en Israel han sido condicionados a creer que el problema radica en la presencia misma, en esta tierra, de un pueblo palestino; un pueblo que de hecho está dotado de raíces, continuidad histórica y económica, capital cultural y activos materiales, un rico patrimonio agrícola y un profundo amor por su patria.
El “borrado” es la solución de pesadilla que se materializa cada día. Las leyes de la Knesset, las declaraciones de las y los políticos, las directrices militares, los libros de texto y los «batallones de las tierras sagradas» [fórmula de Bezalel Smotrich] que operan en Gaza, Cisjordania y Néguev trabajan todos, juntos y por separado, para hacer avanzar esta “solución” con diligencia y sin temor a la condena internacional.
La política israelí tiene como objetivo hacer que la vida de las y los palestinos sea insoportable dondequiera que vivan, para que su emigración pueda presentarse como un acto de libre elección. Dentro de Israel, las autoridades permiten que las organizaciones criminales árabes se armen a su antojo y maten a ciudadanos palestinos en sus hogares. En Cisjordania, estas mismas autoridades israelíes permiten que los «batallones de Dios» se armen, maten y expulsen a su antojo, mientras el ejército oficial continúa sus incursiones día y noche. En Gaza, devastada y sedienta, el gobierno y el ejército cultivan milicias armadas [ver el artículo publicado en Haaretz el 27 de agosto de 2026 por Yarden Michaeli, Yaniv Kubovich y Jack Khoury] compuestas por colaboradores criminales, mientras que los pilotos israelíes continúan lanzando misiles de venganza y represalias que cuestan la vida a aún más niños. Todas estas demostraciones alimentadas por testosterona están estrechamente relacionadas.
Al mismo tiempo, Israel está destruyendo o restringiendo severamente la capacidad de las y los palestinos para ganarse la vida. En Gaza, esta misión se ha completado. Una población de «muertos vivientes», dependientes de la ayuda humanitaria, compuesta por dos millones de personas que llevan la carga de unas 74.000 tumbas recientes, familias y recuerdos, talentos y profesiones, así como economías evaporadas, está amontonada en unos 150 kilómetros cuadrados de tierra calcinada. La creatividad, el ingenio y la ayuda mutua se ven eclipsados por la magnitud de la destrucción y por la prohibición impuesta por Israel de reconstruir y levantarse.
En Cisjordania, las clavijas financieras del Ministerio de Finanzas [bajo la dirección de Bezalel Smotrich] se aprietan alrededor del cuello de unos tres millones de personas y de la Autoridad Palestina. El robo sistemático de los ingresos fiscales [recaudados por Israel] se ve agravado por las campañas de destrucción llevadas a cabo por el ejército en las ciudades y los campos de refugiados, así como por otros métodos utilizados para evitar que las y los palestinos cultiven y desarrollen sus tierras: puestos de control, prohibiciones burocráticas, barreras y pastores judíos israelíes.
Dentro del propio Israel, la “judaización de Galilea y Neguev” fue y sigue siendo un eufemismo para designar el robo de tierras y recursos a las y los ciudadanos palestinos de Israel. La discriminación en su contra en materia de subsidios, subvenciones y empleo, así como las prohibiciones de construcción y demoliciones, siempre han ocupado un lugar destacado en la política oficial dentro de la Línea Verde [línea de demarcación establecida después de 1949 y después de 1967].
Permítanme repetirlo: la existencia misma del pueblo palestino entre el mar y el río está ahora amenazada. Demasiadas fuerzas en acción contribuyen a crear este peligro: el poder y las capacidades militares de Israel; el culto al servicio militar en todas las circunstancias y bajo todos los gobiernos; la obediencia como valor; las armas y los ataques militares como modo de operación por defecto; la normalización del síndrome de estrés postraumático entre los soldados y los suicidios de los soldados; el atractivo de una carrera militar y las perspectivas que abre; el cebo de una casa asequible en una comunidad exclusiva de Galilea o un suburbio de colonos en Samaria [Cisjordania]; las mentiras tanto de la propaganda oficial como de la oficiosa; la indiferencia ante el infierno en la tierra que Israel creó en la Franja de Gaza; la negación de 60 años de ocupación y dominación forzada; la respuesta pavlovia: “ahí está el 7 de octubre”; la sinergia entre el ejército, el gobierno, los rabinos y las milicias que llevan la kipá en Cisjordania; la indiferencia ante la destrucción del Líbano; el desprecio por la ocupación de nuevas porciones de Siria; la banalización del discurso de expulsión; los sistemas judiciales y educativos manchados por el racismo secular y religioso; y el ejército de carceleros que maltratan a miles de prisioneros palestinos, tanto obedeciendo órdenes como por su cuenta [ver el artículo del 17 Agosto en Jewish Currents de Dikla Taylor-Sheinman titulado “The Torture Regime”].
Juntas, estas fuerzas y otras similares crean dentro de la sociedad judía israelí la infraestructura material, ideológica y psicológica necesaria para una nueva expulsión masiva de las y los palestinos y lo que podría acompañarla: una masacre a gran escala.
Los héroes de las milicias de colonos declaran abiertamente que la expulsión es su objetivo. Reconocen claramente que grandes sectores de la sociedad judía israelí están dispuestos a participar en su aplicación, activa o pasivamente, directa o indirectamente. Con sus provocaciones y crímenes diarios, cometidos a la luz del día y posibles solo gracias al apoyo institucional, los falangistas intentan constantemente provocar un acto de rabia y venganza palestina que «triunfaría», para poder explotarlo como la chispa que desencadenará una nueva «guerra santa”.
Las y los falangistas judíos y las organizaciones de extrema derecha que los alimentan cuentan con una amplia movilización, incluso por parte de sus líderes, votantes y partidarios de Yashar y del Partido de los Demócratas Liberales, con vistas a una guerra a la que ya se podría atribuir el lema: «Un pueblo, un ejército, una tierra purificada de los árabes».
-Artículo original en inglés: Haaretz, 1-9-2026