Perdió Cepeda, pero la izquierda debe avanzar
Olga L. González*
La Silla Vacía, 23-6-2026
Correspondencia de Prensa, 24-6-2026
Ya sabemos que las elecciones colombianas dejaron a un ganador con un margen muy estrecho (hay 1% de diferencia entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda). Pero más allá de este y de los retos en términos de gobernabilidad que esto supone, propongo hacer un balance de la campaña de Cepeda y de los retos de la izquierda hacia el futuro.
Antes de empezar, resaltemos un hecho y es que, si bien no ganó, a Iván Cepeda le fue bien, pues por un lado obtuvo el 49% de los votos y, por otro, aumentó su votación en cerca de tres millones de personas con respecto a la primera vuelta). ¿Por qué no ganó? Hay una suma de errores que explican su derrota. El primero es que su campaña cometió el inmenso error de propagar la idea de que ganarían en primera vuelta, cuando ningún sondeo —salvo uno, propagandista y difundido por ese campo— le daba las mayorías absolutas. Señalemos que, desde la izquierda, criticamos este tipo de eslogans y de triunfalismos, tan propios del método Petro de gobierno, que consiste en decir muchas veces algo hasta hacer creer que esa es la realidad (propaganda o método Coué para autosugestionarse). El hecho objetivo es que Cepeda no tenía las mayorías y que tenía que buscarlas.
Entre la primera vuelta y el balotaje, Iván Cepeda intentó enderezar el rumbo, pero lo hizo muy tímidamente. Tardó en separarse de las teorías del fraude de Petro, tardó en buscar un acercamiento con el “centro” político, tardó en enviar señales a la ciudadanía en el sentido de modificar sus posiciones con respecto a la política de salud y de “paz total”, dos grandes lunares del gobierno Petro.
Tuvo aciertos: se dirigió mucho más a la juventud, evitó compañías de políticos cuestionados, mejoró sus comunicaciones sin dejar de ser él mismo. Todo esto, más el apoyo decidido y entusiasta de las bases, que le inyectaron creatividad y colores, alegraron la campaña.
Sin embargo, no le bastó a Cepeda. Aunque sigue recogiendo los votos de los estratos populares, los estratos medios —sobre todo en Bogotá— le fueron reacios. En Antioquia, seguramente una fracción que pudo haber votado por él no lo hizo (entre otras, repugnados de ver a Daniel Quintero premiado por el gobierno Petro en un cargo tan sensible como es el de Superintendente de Salud); en el exterior, la participación masiva e inédita —un fenómeno que amerita ser mejor estudiado— favoreció a su rival.
Como fuere, Abelardo de la Espriella logró la mayoría (cabe anotar que estoy prácticamente segura de que después del escrutinio definitivo este resultado será confirmado, pues la Registraduría tiene pocos cuestionamientos en elecciones presidenciales —no es el caso en las de corporaciones colegiadas, como he explicado en anterior columna).
¿Qué nos espera con Abelardo?
Es bien posible que en el inicio de su gobierno atraiga a personalidades moderadas de la derecha, pero hay que tener claridad sobre el hecho de que él no es un hombre moderado.
No puede serlo alguien que hace poco decía que él hubiera podido “ser paraco de verdad verdad”, que habla de “destripar a la izquierda”, que se vanagloria de tener el apoyo de Trump y usa este apoyo para chantajear a sus enemigos con el tema visas, que maniobra para lograr la deportación de un militante de izquierda en Estados Unidos, que en campaña difundió piezas agresivas contra “los mamertos” (término peyorativo que designa a los comunistas y, por extensión, a los militantes de izquierda, CdP), que se ha burlado de la homosexualidad, que le monta procesos judiciales a muchos periodistas que han investigado sobre sus opacos negocios, que ha constituido su fortuna personal sobre la base de defender a mafiosos y paramilitares.
Veremos si Abelardo es capaz de moderar su lenguaje y sus formas, si va a insistir en ser el “tigre” que “muerde duro”, si tendrá como objetivo debilitar a las fuerzas de izquierda y las voces críticas, como algunos de sus amigos presidentes de la región. En Colombia, la llegada de un presidente de ultraderecha con ínfulas de refundar la patria y darles amplias potestades a las fuerzas armadas para violar los derechos humanos no es un fenómeno novedoso: las experiencias de los conservadores (con Laureano Gómez a la cabeza) después de 1946, de Julio César Turbay en 1978 (caso recordado acá por María Emma Wills) o de Álvaro Uribe Vélez en 2002 tuvieron, todas un altísimo costo (“pájaros”, “estatuto de seguridad”, “paramilitares” son las palabras asociadas a estos gobiernos).
Lo cierto es que el próximo gobierno, con alto riesgo de violencias, con muy probables recortes al Estado, con ideas de negación de derechos individuales duramente ganados, con medios alineados a su favor, con una débil defensa de la agenda ambiental, necesita de fuertes contrapesos. Las fuerzas de izquierda, progresistas, social demócratas, feministas, ambientalistas deben empezar a trabajar juntas.
La oposición a este gobierno debería ser la ocasión de desmarcarse de las taras de una izquierda que decepcionó y que, en últimas, perdió esta elección. La izquierda caudillista, corrupta, sectaria, enemiga del estudio y de la técnica, matoneadora, machista, improvisadora, incapaz de dialogar, que convierte en enemigos a quienes desde su propio campo hacen críticas constructivas, debe ser cosa del pasado.
Necesitamos una izquierda plural, que sea estudiosa, propositiva, sinceramente comprometida con el feminismo, dialogante, capaz de estrechar alianzas sobre la base de programas e ideas, capaz de hacer autocrítica, imaginativa, decente. El trabajo iniciado por las bases entre las dos vueltas, el entusiasmo de miles de activistas, la forma ética de hacer las cosas… por ahí es el camino.
No es hora de desanimarse. El trabajo de enmendar los errores y construir una izquierda plural apenas empieza.
*Olga L. González: Es investigadora asociada de la Universidad Paris Diderot. Estudió ciencias políticas en la Universidad de los Andes, una maestría en historia latinoamericana en la Universidad Nacional de Colombia, una maestría en ciencias sociales en el Instituto de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de Marsella y se doctoró en sociología en el Instituto de Estudios Superiores en Ciencias Sociales de París.