Foto: « Destroyed UN base in Lebanon », Khiam, 2006, Wikimedia commons.
Contretemps, 15-6-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 23-6-2026
Mientras Israel se dedica a arrasar el sur del Líbano, el Gobierno libanés participó en una cuarta ronda de negociaciones con Israel, auspiciada por Estados Unidos, los días 2 y 3 de junio pasados. Al término de dicha ronda, se publicó en la página web del Departamento de Estado de Estados Unidos una declaración conjunta con Israel y Estados Unidos.
En este artículo, la académica Amal Saad analiza dicha declaración, así como la postura del Gobierno libanés. Demuestra que el Gobierno libanés sigue una lógica de capitulación total, en contraposición a la vía de la resistencia adoptada por Hezbolá.
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La declaración trilateral [entre Israel, el Líbano y Estados Unidos], con la mediación de Estados Unidos y publicada el miércoles por el Departamento de Estado estadounidense tras la última reunión de alto nivel entre los representantes libaneses e israelíes, supone una sumisión política tan extrema que resulta difícil encontrar un precedente en la historia de la política moderna.
El Líbano, un Estado atacado, firma conjuntamente un documento que supedita el alto el fuego no a la retirada de la potencia ocupante de su territorio, sino a la retirada de sus propios ciudadanos de su tierra. Así pues, el acuerdo de alto el fuego no está condicionado al fin de la agresión israelí, a la retirada de las fuerzas israelíes del territorio libanés ocupado, a la liberación de los prisioneros ni al retorno de los desplazados, sino al cese de las actividades armadas de Hezbolá y a su retirada del sur del país.
Israel ni siquiera se menciona en lo que respecta a las obligaciones relacionadas con el alto el fuego. Lo que se presenta como un cese de las hostilidades se concibe, por tanto, no como una retirada de Israel del Líbano, sino como la expulsión de ciudadanos libaneses de sus tierras.
Esta omisión no es casual. La libertad de acción de Israel ya había sido normalizada en un marco anterior, y dado que esta nueva declaración no contiene ninguna exigencia que obligue a Israel a poner fin a sus ataques, dicha disposición anterior permanece intacta.
El eje central de la declaración trilateral es el Hezbolá, el cual no es definido como una fuerza de resistencia libanesa que se enfrenta a la ocupación, sino como el problema que hay que resolver en todo el Líbano.
Al suscribir la afirmación del secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, de que Hezbolá es «un enemigo del Líbano», el Gobierno libanés confiere autoridad estatal a la afirmación de que tanto la Resistencia como la comunidad política a la que representa son ajenas a la propia nación libanesa. 1
Un acto de desnacionalización
Una encuesta reciente indica que entre el 92 % y el 96 % de la comunidad chiíta libanesa se opone a todos los aspectos de esta agenda política. Por lo tanto, la política llevada a cabo por el Gobierno libanés no responde a una disputa política, sino que constituye un acto de desnacionalización: califica a la casi totalidad de una de las comunidades más numerosas del Líbano como una fuerza hostil y antinacional, al tiempo que afirma no tener «ninguna intención hostil» hacia Israel y su ataque genocida contra el Líbano.
Las «zonas piloto» propuestas [en la declaración trilateral] refuerzan esta lógica al someter la autoridad del Estado libanés en la región del sur a una validación externa al país, situando así a las Fuerzas Armadas Libanesas no como una fuerza militar soberana, sino como un instrumento para aplicar las exigencias de seguridad israelíes y, por lo tanto, como un cobeligerante en la guerra de Israel contra el Líbano.
Algo que también resulta sorpendente es el hecho de que el Líbano haya firmado conjuntamente una condena contra Irán precisamente en el momento en que Teherán había incluido el cese de los ataques israelíes contra el Líbano como una de las condiciones fundamentales de sus propias negociaciones con Washington.
En respuesta a las continuas operaciones de Israel en el Líbano y en Gaza, el Estado iraní consideró el alto el fuego libanés como una línea roja regional. Suspendió las negociaciones con Estados Unidos, amenazó con cerrar por completo el estrecho de Ormuz si no cesaban dichos ataques y advirtió de que cualquier ataque israelí contra Beirut desencadenaría represalias directas contra Israel [lo que, de hecho, ocurrió el 7 de junio] y podría reavivar la guerra contra los propios Estados Unidos. De hecho, el Gobierno libanés renunció activamente del único contrapoder del que dispone, al tiempo que suscribió el marco estadounidense-israelí concebido precisamente para aislar dicho contrapoder, criminalizar la resistencia contra la ocupación y dejar que el Líbano negociara él solo bajo el fuego israelí.
Más allá de su contenido, el alcance de la declaración trilateral radica en las nuevas condiciones en las que un gobierno libanés podría adoptar el discurso de la seguridad israelí como si se tratara del discurso de la soberanía libanesa, y presentar el desmantelamiento de la Resistencia como la restauración del Estado.
Por lo tanto, la cuestión no es solo comprender qué se está negociando, sino también por qué un proyecto de este tipo se ha hecho posible hoy en día. En este sentido, la respuesta estructural no radica en una evolución de las dimensiones coloniales del conflicto, sino más bien en una transformación del contexto imperialista en el que se desarrolla la lucha anticolonial.
Monumentales errores de cálculo
Durante décadas, la soberanía fragmentada del Líbano ha sido consecuencia de la rivalidad entre intereses externos y/o tutelas; Siria, Arabia Saudita, Francia, Irán y Estados Unidos apoyaron cada uno a diferentes fuerzas locales y alimentaron contradicciones que impidieron que una sola potencia pudiera ejercer una hegemonía total sobre la política libanesa.
Esta fragmentación le brindó al Hezbolá un margen de maniobra estructural para actuar dentro del Estado. Asimismo, permitió a los sucesivos gobiernos oponerse políticamente al grupo en mayor o menor medida y, en ocasiones, contenerlo institucionalmente -pero sin llegar a integrarlo plenamente en el Estado ni a eliminarlo-.
El gobierno actual transformó este contexto multipolar en una unipolaridad estadounidense, eliminando las contradicciones que antes hacían estructuralmente imposible la criminalización integral de la Resistencia.
En esta nueva configuración, Washington se autoproclamó mediador exclusivo de cualquier acuerdo con Israel una designación absurda, ya que Estados Unidos es el principal promotor, proveedor de armas y escudo diplomático de Israel. Por definición, el papel de mediador debería recaer en una tercera parte neutral; hoy en día lo asume la potencia que respalda la capacidad bélica del principal beligerante.
Pero, esta iniciativa se basa en un error de cálculo. Washington, Tel Aviv y sus aliados libaneses interpretaron las pérdidas sufridas por Hezbolá en 2024 y la caída del régimen de Assad en Siria, así como la creciente presión ejercida sobre Irán, como una oportunidad histórica: el momento en que Estados Unidos, bajo el liderazgo del presidente Donald Trump, junto a un Israel triunfante, ejercería un dominio regional suficiente para establecer, por primera vez, una hegemonía exclusiva sobre el Líbano.
La normalización y el desarme van de la mano en este proyecto, ya que ambos constituyen instrumentos destinados a poner fin a las condiciones estructurales que en su día permitieron que la Resistencia sobreviviera, siendo el gobierno libanés designado como el administrador local de un orden concebido por Estados Unidos e Israel.
Sin embargo, lo que el Gobierno y sus partidarios descubren hoy es que optaron por actuar precisamente en el momento en que el Hezbolá reconstituye sus fuerzas y en que Irán consolida su posición tanto como potencia regional más fuerte como principal polo contrahegemónico frente al orden estadounidense-israelí.
El error de cálculo del gobierno libanés no es solo una interpretación estratégica errónea del equilibrio de fuerzas. También pone de manifiesto la configuración intelectual y política más profunda que hace posible, en primer lugar, tal error de valoración.
Esta configuración se estructura en torno a dos dimensiones distintas, aunque relacionadas entre sí, de interiorización colonial: la ontológica y la epistémica. Cada una de estas dos dimensiones opera a un nivel de profundidad diferente y, juntas, dan lugar a una clase política que no solo se conforma con adaptarse al poder estadounidense-israelí, sino que ha perdido la capacidad misma de pensar al margen de él.
La primera dimensión -la colonización ontológica- consiste en la interiorización del poder imperial como horizonte permanente de la realidad política. Conduce a un derrotismo tan absoluto que este último parece una lectura lúcida del mundo.
La segunda dimensión —la colonización epistémica— consiste en la adopción del sistema de conocimientos del colonizador. Con ello, el gobierno libanés percibe el conflicto a través del prisma del orden estadounidense-israelí: acepta sus clasificaciones de soberanía, resistencia, seguridad y paz como si fueran fruto de su propio terreno. Esta lógica no opera porque presente al poder estadounidense-israelí como invencible en sí mismo, sino porque hace que la interpretación estadounidense-israelí del conflicto parezca legítima y verdadera.
Horizonte invisible
En la visión derrotista del mundo que tiene el Gobierno libanés, la hegemonía estadounidense no funciona como un mecanismo de poder más entre otros, sino como el horizonte neutro e invisible en el que debe inscribirse todo cálculo político. Se trata de la hegemonía en el sentido gramsciano en su forma más consumada: no un poder que se impone por la fuerza, sino un poder que se convierte en «sentido común» -dejando de aparecer como un poder y presentándose como el horizonte permanente de lo posible-.
En este sentido, se trata de una forma de imperialismo metapolítico, que opera no solo en el ámbito de la política, sino también en un nivel más fundamental, allí donde se definen el realismo, la racionalidad y la posibilidad. Quienes han interiorizado este marco de pensamiento no se perciben a sí mismos como personas que han capitulado, sino como personas que han visto las cosas con claridad. Por ello, la resistencia les parece irracional o utópica, ya que estaría desconectada de la «realidad».
Por el contrario, la visión del mundo de la Resistencia se basa en una ontología diferente: considera el imperialismo y el colonialismo de poblamiento como fenómenos contingentes, producto de la historia y, por lo tanto, susceptibles de ser vencidos, más que como una realidad irreversible.
La visión derrotista del mundo del gobierno libanés se pone de manifiesto en el lenguaje de los representantes oficiales, que siguen expresándose en términos en los que la sumisión se redefine como realismo y en los que las negociaciones con Israel se convierten en la única salida imaginable.
Este marco ideológico queda especialmente patente en la forma en que la declaración trilateral aborda la ocupación israelí. De hecho, la ausencia de cualquier exigencia de retirada israelí no es simplemente una omisión diplomática; sino que refleja la lógica del orden estadounidense-israelí, según la cual la presencia israelí en territorio libanés es una norma implícita, la condición de fondo de la realidad que no requiere reconocimiento alguno, mientras que la Resistencia libanesa frente a dicha presencia israelí se presenta como la perturbación explícita que debe ser controlada.
Del mismo modo, esta lógica queda patente en la insistencia del ex primer ministro Fouad Siniora cuando afirma: «Nos vemos obligados a tratar con los estadounidenses», y que el Líbano se enfrenta ahora a una «amarga realidad» que no se puede rechazar, ya que ello conduciría a «algo aún más amargo». No se trata simplemente de una evaluación pragmática de las limitaciones; es la condensación verbal de una visión del mundo en la que el poder estadounidense-israelí ya ha sido aceptado como el límite de lo posible.
El presidente Joseph Aoun traduce esta lógica al lenguaje colonial de la racionalidad y la irracionalidad. Cuando afirma que «entre el suicidio y la prosperidad», él y su supuesto pueblo eligen la prosperidad, y que «entre consignas engañosas que destruyen y medidas racionales que construyen», él elige la racionalidad, entonces la Resistencia ya no se trata como una estrategia política con la que el Estado está en desacuerdo, sino como una patología de la razón.
La negativa de Hezbolá a rendirse as así calificada de «suicidio», su motivación política se atribuye al «instinto» y sus sacrificios se reducen a muertes sin sentido. En esta formulación, la soberanía se convierte en el derecho del Estado a proteger a la población frente a su aspiración, supuestamente irracional, de resistirse a la desposesión.
La lógica de la capitulación
Esta lógica es la reencarnación de la antigua máxima aislacionista de la derecha libanesa, según la cual «la fuerza del Líbano reside en su debilidad». Sin embargo, esta postura, que pretende ser racional, resulta profundamente autodestructiva, ya que insiste en que el Líbano podría negociar por sí solo, sin que Irán haga valer su poder regional en favor del Estado libanés, a pesar de la abrumadora asimetría entre el Líbano e Israel.
Resulta difícil considerar esta postura como racional, como parte de la realpolitik o de la razón de Estado, ya que la realpolitik exige maximizar la influencia propia en lugar de cederla, mientras que la razón de Estado exige subordinar todos los cálculos a la defensa del territorio, la soberanía y el pueblo -y no aceptar las condiciones estratégicas impuestas por el Estado que las viola-.
Lo que se presenta como una «razón soberana» corresponde, por tanto, más bien a una «razón del otro»: un Estado que piensa y actúa según la lógica de quienes violan su soberanía.
Esa misma lógica da por sentado que ceder el sur del Líbano garantizará la seguridad del resto del país, y que Israel recompensará la debilidad con la paz. La promoción por parte del ministro de Asuntos Exteriores, Youssef Rajji, del «Pequeño Líbano» como fórmula para asegurar la prosperidad y la protección de los libaneses cristianos ilustra bien esta fantasía de un privilegio aislado.
En cuanto a lo que se refiere a la colonización epistémica -mediante la cual el Gobierno ya no se limita a someterse al orden estadounidense-israelí, sino que piensa según sus categorías-, asistimos a un compromiso entre dos tipos de soberanía. El Gobierno cree que puede obtener una soberanía weberiana, es decir, el monopolio de la violencia dentro del Líbano, cediendo a Israel su soberanía westfaliana, es decir, el derecho del Estado a la integridad territorial y a la ausencia de intervención exterior.
A cambio del desarme de Hezbolá y de la concesión al Estado de un control formal sobre las armas, el Gobierno libanés acepta que Israel pueda seguir bombardeando, ocupando, imponiendo sus condiciones de seguridad y decidiendo cuándo se habrá plegado el Líbano lo suficiente a sus exigencias. De este modo, se ofrece al Estado una soberanía ilusoria sobre su propia población a cambio de que renuncie a la soberanía frente al enemigo.
Esta posición política tiene además una dimensión normativa. De hecho, la posición del gobierno parte del principio de que una vida organizada en torno a la adaptación, la estabilidad y la prosperidad material es más plenamente humana que una vida política organizada en torno a la liberación colectiva, la justicia, la dignidad y el sacrificio. Como tal, la postura del gobierno no se limita a cuestionar la estrategia de Hezbolá, sino que rechaza el universo de valores que da sentido a la resistencia.
En este sentido, el conflicto no se centra únicamente en la cuestión de las armas, sino también en la cuestión fundamental del sentido mismo de la soberanía.
-Artículo original publicado por Middle East Eye, 4-6-2026
Nota de Correspondencia de Prensa
- Sunitas y chiítas representan juntos alrededor del 60% de la población. Entre 27 y 31 % cada comunidad religiosa ↩