Marco Rubio, Raúl Castro y Raúl Guillermo Rodríguez Castro.
Entrevista a Samuel Farber
Tempest, 16-3-2026
A l’encontre, 18-3-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 20-03-2026
El 3 de enero, Estados Unidos bombardeó Caracas, donde, según algunas fuentes, murieron 80 personas, y secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, así como a su esposa, Cilia Flores.
Durante las semanas posteriores a ese ataque, la atención se centró en gran medida en Cuba, contra la cual Trump y altos responsables de su administración endurecieron su discurso. Además de las nuevas sanciones ya impuestas por Trump, le fue impuesto al país un bloqueo petrolero, lo que agravó las condiciones de vida de los ciudadanos ubanos y provocó una crisis humanitaria.
Esta entrevista a Samuel Farber sobre la desastrosa situación en Cuba tuvo lugar en los días posteriores al inicio de la guerra criminal librada por Estados Unidos e Israel contra Irán, y se inscribe en el contexto más amplio de la intensificación de las medidas contra los inmigrantes en Estados Unidos y de los ataques imperialistas en el extranjero [véase el artículo de Samuel Farber La situación precaria de Cuba, Correspondencia de Prensa, 7-2-2026]
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Tempest: A raíz de los ataques imperialistas contra Venezuela, vemos cómo la Administración Trump ha intensificado abiertamente la presión sobre Cuba. Es algo que también debe situarse en el contexto del último ataque militar no provocado contra Irán y del intento de orquestar un cambio de régimen en Teherán. Trump ha declarado una «emergencia nacional» en relación con Cuba e impone un bloqueo petrolero. ¿Podría hablarnos de la naturaleza de esta campaña de escalada y del impacto que, en su opinión, tendrá sobre los cubanos comunes y corrientes?
Samuel Farber: Esta escalada creó la situación más difícil para Cuba desde el 1 de enero de 1959, y resulta muy difícil vislumbrar una solución aceptable, al menos a corto plazo. Es particularmente así en este momento porque la represión gubernamental rompió el consenso político mínimo que habría permitido un rechazo lo más inclusivo y generalizado posible de la injerencia imperialista en los asuntos internos de Cuba.
Es una situación espantosa. Los suministros de petróleo procedentes de Venezuela ya se habían reducido antes del golpe de Estado y el secuestro perpetrado por Estados Unidos el 3 de enero. Pero hoy en día se han interrumpido por completo.
El presidente brasileño, Lula, se comprometió, al igual que varios otros mandatarios de izquierda en América Latina, a manifestar su amistad hacia el Gobierno cubano. Sin embargo, Petrobras, en Brasil, no dice ni una palabra sobre el envío de petróleo.
México había comenzado a enviar petróleo a Cuba, pero suspendió esos envíos porque Claudia Sheinbaum no quiere enemistarse con Trump. Es muy revelador que los buques de la Armada mexicana hayan transportado ropa, alimentos, etc., a Cuba, pero no petróleo, que es absolutamente esencial.
Quiero destacar que la situación antes de esta reciente crisis ya era muy difícil. Entre 2022 y 2025, la emigración alcanzó al menos a un millón de cubanos, en una población de 11 millones. Abandonaron el país en masa con el consentimiento indirecto del Gobierno, lo que, de hecho, fue facilitado por Nicaragua, que acogió a los cubanos sin necesidad de visado. Es evidente que Nicaragua no habría actuado así sin el consentimiento del Gobierno cubano. El 8 de febrero, Nicaragua anunció que ponía fin al acceso sin visado para los cubanos.
La situación es, por tanto, crítica. El país está paralizado. Prácticamente ya no se ven vehículos en las calles de La Habana. Se suspendieron todo tipo de intervenciones médicas. Los cortes de electricidad ya eran frecuentes y prolongados antes del 3 de enero, pero hoy en día son aún peores.
Al mismo tiempo, Estados Unidos trata a los cubanos en su territorio casi tan mal como al resto de latinoamericanos y a los refugiados, ya que la xenofobia de Trump supera incluso a su anticomunismo.
¿Cómo describiría las perspectivas de que Estados Unidos provoque un cambio de rumbo y una cooptación del Gobierno, como en Venezuela?
A corto plazo, no veo que pueda ocurrir otra cosa que un posible golpe de Estado dentro del Gobierno —similar, pero no idéntico, al de Venezuela, ya que el sistema cubano está mucho más arraigado y lleva 67 años en pie—. La estructura del poder cubano ha sido mucho más sólida políticamente que la de Venezuela, en términos comparativos. También es mucho más implacable en la represión enérgica de la oposición. Hay que señalar que en Cuba hay alrededor de mil presos políticos. Además, según el Instituto de Investigación sobre Política Criminal y Judicial del Birkbeck College de Londres, desde hace varias décadas, Cuba figura entre el 10 % de los países (de un total de 224 países y territorios) con el índice de encarcelamiento per cápita más elevado por delitos comunes, aunque se sitúa por detrás de El Salvador y Estados Unidos.
Hay rumores que apuntan a negociaciones secretas entre el Gobierno cubano y el Gobierno estadounidense en relación con un cambio.
El presidente cubano Díaz-Canel confirmó que el Gobierno cubano había mantenido conversaciones con Estados Unidos sobre la situación actual.
Y, tal y como informó inicialmente el Miami Herald a finales de febrero, antes de que la noticia fuera difundida más ampliamente por los medios de comunicación estadounidenses, durante una reciente conferencia de la CARICOM (Comunidad del Caribe), Marco Rubio y miembros de su equipo se reunieron con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro e hijo del antiguo dirigente de larga trayectoria de GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.), el imperio comercial del ejército cubano que controla al menos el 40 % de la economía cubana.
No trascendió nada sobre el contenido de este encuentro, pero las declaraciones posteriores de Rubio dan a entender que el Gobierno de Trump podría intentar reproducir el escenario venezolano en Cuba. Tal y como lo expresó Rubio: «Cuba debe cambiar. Y no necesita cambiar de golpe. No necesita cambiar de la noche a la mañana. Somos todos maduros y realistas.»
Como es habitual en él, Trump parece a veces sugerir este enfoque un día, para luego adoptar una línea más dura al día siguiente. Aunque esto no ha sido objeto de un amplio debate, incluso a ojos de los responsables políticos de derecha en Washington, Cuba difiere de Venezuela en un punto importante: mientras que algunos venezolanos se han refugiado en Estados Unidos en los últimos años, la gran mayoría se dirigió a países como Colombia y Chile. En el caso de Cuba, cualquier «resolución» violenta de la crisis cubana provocaría la llegada de cientos de miles de refugiados a las costas estadounidenses.
El propio grupo GAESA podría ver amenazado su futuro e intentar actuar, pero esto no es más que una mera suposición, ya que por el momento no hay indicios de que sus dirigentes hayan tomado medidas concretas. De entre todos los escenarios posibles en Cuba, creo que podríamos asistir a una especie de transición militar orquestada por el propio Raúl Castro.
Raúl Castro tiene 94 años, por cierto, y, a diferencia de su hermano mayor, Fidel, siempre mostró un pragmatismo mucho más marcado. Raúl fue miembro de las juventudes del Partido Comunista en la década de 1950 y estaba mucho más imbuido de la línea política tradicional de Moscú —y, por tanto, del pragmatismo— que Fidel.
La prensa cubana de derecha, a la que sigo de cerca, ha mencionado la toma del poder por parte de un miembro destacado de la Asamblea Nacional, que podría ser el equivalente a Delcy Rodríguez en Venezuela. Por lo que sé, podría tratarse de un rumor difundido por la CIA, sin ningún fundamento, destinado a fomentar las divisiones dentro del régimen cubano.
Pero creo que hay un elemento nuevo y muy preocupante en Cuba, a saber, el auge de una corriente política proestadounidense entre las élites intelectuales y políticas, que cuenta con un apoyo popular significativo. No hay ninguna posibilidad de anexión a los Estados Unidos, ya que el Congreso, ya sea dominado por los republicanos o por los demócratas, nunca lo aprobará. Pero lo que sí puede ocurrir es el auge de una política «platista» proestadounidense [véase la explicación más adelante].
Algunos cubanos expresan esta actitud: «Estamos hartos de esta crisis. Que vengan los Estados Unidos y mejoren nuestra situación». Esto es preocupante, y tiene su origen en el hecho de que, desde principios de la década de 1990, las nuevas generaciones de cubanos han vivido sin conocer ningún período de relativa estabilidad económica y prosperidad.
Desde un punto de vista histórico, los años 80 se consideran retrospectivamente como el mejor período económico desde la revolución desde el punto de vista de la población en su conjunto, en términos de acceso a elementos básicos como la alimentación y el transporte (poder desplazarse al trabajo y volver en un tiempo razonable) Todo resultaba relativamente satisfactorio, según los estándares históricos y en comparación con el pasado de Cuba desde la victoria de la revolución en 1959.
No me refiero aquí a una comparación con otros países. Cuba se sitúa ahora en el tercio inferior de los países de América Latina en términos de desarrollo económico, mientras que antes de la revolución se encontraba entre el 20 % superior. Lo más importante es que el Gobierno cubano lleva al menos dos décadas sin publicar datos relativos a la pobreza y la desigualdad en el país.
Así, cualquier persona que haya nacido y crecido en Cuba después de la década de 1990 solo ha conocido crisis económicas y escaseces persistentes. Todos los indicadores económicos actuales, comparados con los de 1989, son desastrosos. No representan más que una fracción —y a menudo una fracción muy pequeña— de lo que era antes. Existe todo un grupo de personas, de entre 40 y 45 años, que nunca conoció ni recuerda ningún tipo de bienestar económico, ni siquiera en términos relativos.
También hay una crisis demográfica. La población cubana contaba con 11 millones de personas no hace mucho tiempo. Hoy en día, las estimaciones se sitúan en algo más de 8 millones, ya que, además de la emigración masiva, la tasa de natalidad ha descendido considerablemente. Esto significa, por tanto, desde un punto de vista económico, que una población de edad avanzada más numerosa debe ser sustentada por una población joven mucho más reducida.
¿Podría explicar a qué se refiere cuando habla de la política platista?
Me refiero aquí a la Enmienda Platt. Recuerden que Cuba obtuvo oficialmente su independencia en 1902. Entre 1902 y 1934, la independencia de Cuba era jurídicamente cuestionable, ya que, para que Estados Unidos abandonara Cuba, la Asamblea Constituyente cubana tuvo que aprobar en 1901 una enmienda presentada por el senador Orville Platt (R-CT) y aprobada por el Congreso estadounidense. Esta enmienda reservaba a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en Cuba en caso de que se produjera un fallo en la seguridad que pudiera poner en peligro los intereses estadounidenses. Finalmente, después de la revolución de 1933, la enmienda fue derogada en 1934, pero a cambio Estados Unidos obtuvo autorización para conservar la base naval de Guantánamo indefinidamente.
¿Podría explicarnos un poco más las razones de la actual escalada y cómo percibe la presencia creciente de la potencia militar estadounidense en el Caribe y en América Latina?
La presión ejercida sobre Cuba forma parte de una ofensiva de extrema derecha mucho más amplia en América Latina, no solo en el ámbito militar, sino también en el económico, y es necesario situar esto en ese contexto. Acabamos de ver a Trump hacer todo lo posible por ayudar al presidente de extrema derecha de Argentina, Javier Milei, con el fin de salvarlo de una crisis económica. No es cierto que el Gobierno se haya salvado definitivamente, pero Milei al menos logró ganar las elecciones de mitad de mandato tras el «rescate» de Trump.
En Chile, acabamos de asistir a la elección de José Antonio Kast, un representante de la extrema derecha. En Bolivia, hemos asistido a la derrota del Movimiento al Socialismo y a la elección de Rodrigo Paz, lo que reforzó a la derecha boliviana. También existe un gobierno de derecha en Ecuador que, de forma repentina, acaba de romper todas las relaciones con Cuba.
La izquierda enfrenta una fuerte presión política en Brasil. Lula tiene que lidiar con una oposición de derecha muy virulenta. El movimiento evangélico brasileño es probablemente el más poderoso de América Latina, con importantes organizaciones políticas a su servicio.
En México, Claudia Sheinbaum y su partido, Morena, son políticamente muy fuertes, ya que tanto el Partido Revolucionario Institucional (PRI) como el Partido de Acción Nacional (PAN) han perdido mucha credibilidad como alternativas políticas. Pero Sheinbaum se enfrenta a un gran desafío por parte de los grandes narcotraficantes, así como a dificultades económicas que Trump utiliza para presionarla fuertemente.
Vale la pena señalar que Angola, un país rico en petróleo, cuyo partido en el poder debe en gran medida su propia existencia al Gobierno cubano, no ha hecho absolutamente nada para ayudar al Gobierno cubano en este momento crítico.
El panorama que usted describe es objetivamente pesimista, tanto en lo que respecta a la crisis en Cuba como a los límites de la influencia internacional frente a Trump. Sin embargo, estamos asistiendo a un creciente descontento contra Trump, incluso dentro de la comunidad latinoamericana, frente a su racismo y su política antiinmigrante. En su opinión, ¿cuáles son las tareas fundamentales de la izquierda y los movimientos sociales aquí, en Estados Unidos, en este momento?
Los principios fundamentales consisten en impedir que Estados Unidos intervenga en Cuba y en oponerse a la arbitrariedad y a la supresión de los derechos democráticos más elementales por parte del Gobierno cubano, de por sí muy autoritario, un problema grave que persiste desde hace varias décadas.
En la medida en que podamos influir en los acontecimientos o ejercer presión, por ejemplo sobre los liberales del Congreso y, sobre todo, sobre toda clase de organizaciones progresistas de la sociedad civil, debemos intentar que cualquier intervención resulte mucho más costosa para Trump e impedir que cometa actos terribles en Cuba.
Y los demás también deben ejercer presión sobre sus gobiernos. Trump utiliza principalmente la amenaza de imponer aranceles a determinados países, en particular a México. México podría plantarle cara. El Gobierno mexicano es el más indicado para suministrar petróleo a la población cubana. La popularidad de Sheinbaum sigue siendo muy alta, y la oposición se está desmoronando, si bien, como lo he señalado anteriormente, existe una grave crisis en torno a los grandes cárteles de la droga.
En resumen, debemos oponernos a cualquier intervención estadounidense en Cuba y defender la autodeterminación nacional de este país, tal y como hicimos en el caso de Ucrania ante la invasión rusa. También deberíamos apoyar a los grupos de oposición democráticos en Cuba que, al igual que nosotros, se oponen a la intervención estadounidense en ese país.