Transcripción de la intervención de Gilbert Achcar en una reunión pública «por el fin de la guerra en Irán y en Oriente Medio», organizada por la CGT, la FSU, la Unión Sindical Solidaires y Solidaridad Socialista con los Trabajadores de Irán (SSTI), el 10 de abril en la Bourse du travail de París. El video de la reunión puede verse en el sitio de SSTI.
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“No a la guerra de agresión y, al mismo tiempo, no al régimen iraní”
Gilbert Achcar*
A l’encontre, 2-5-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 4-5-2026
Agradezco a los organizadores y organizadoras de este encuentro en solidaridad con el pueblo iraní.
Me gustaría comenzar planteando la pregunta de qué hay de nuevo en lo que está ocurriendo hoy en día, y qué no lo es.
Se puede afirmar desde el principio que la violación del derecho internacional no es algo nuevo.
La violación del derecho internacional, por citar solo el periodo posterior a la Guerra Fría, ya fue evidente en la guerra de Kosovo (del 6 de marzo de 1998 al 10 de junio de 1999), y de forma aún más flagrante durante la ocupación de Irak en 2003.
Se trata de guerras ilegales a la luz del derecho internacional. Éste solo reconoce la legalidad en dos casos: o bien la legítima defensa, o bien el respaldo del Consejo de Seguridad de la ONU. Sin embargo, en ninguno de los dos casos se dio ninguna de estas dos circunstancias.
Tampoco es nueva la idea de destruir infraestructuras civiles.
Ha habido muchas protestas por parte de algunos gobiernos occidentales ante las amenazas y la práctica real de destrucción de infraestructuras civiles en Irán.
Pero se hace como si se olvidara que la primera guerra de la posguerra fría, la primera guerra contra Irak en 1991, contó con el apoyo de todos esos regímenes occidentales, con el respaldo de la ONU.
Desde el punto de vista del derecho internacional, fue una guerra legal. Sin embargo, destruyó sistemáticamente las infraestructuras de Irak.
Donald Trump amenazó con hacer retroceder a Irán a la «Edad de Piedra». Esta expresión no es nueva.
Ya la había utilizado el relator de la ONU ante el Consejo de Seguridad, encargado de evaluar los daños causados en Irak por la guerra de 1991.
Y ese país, relegado a la Edad de Piedra, fue sometido a un embargo. Una especie de bloqueo durante una docena de años, con un costo humano considerable, que, por sus efectos significativos sobre la mortalidad, puede calificarse, por otra parte, de empresa genocida.
Por lo tanto, muchas de las cosas que están ocurriendo actualmente no son realmente nuevas. Lo que sí es nuevo, en cambio, es un punto de inflexión cualitativo con el genocidio en Gaza.
Se trata del primer genocidio perpetrado por un Estado industrialmente avanzado. Un Estado que, aunque geográficamente no se encuentra en Occidente, pertenece al bando occidental. Cuenta con el apoyo de gobiernos occidentales, esos mismos gobiernos que pretenden hablar en nombre de los derechos humanos, la democracia, etc. Todo el mundo ve en televisión el genocidio perpetrado en directo.
En cualquier caso, durante los primeros meses, todos los gobiernos occidentales, incluido el gobierno francés, apoyaron esta guerra en nombre del supuesto derecho a la legítima defensa del Estado de Israel. Hasta tal punto que sus posiciones oficiales consistían en rechazar los llamados al alto el fuego, es decir, en apoyar la continuación de la guerra. Y eso es lo que ocurrió con Gaza.
Y es en este sentido que Gaza constituye el punto culminante de un proceso. Se trata de un punto de inflexión, el final irremediable, el descrédito total del llamado orden liberal internacional, de las llamadas normas del derecho internacional, en particular en lo que respecta al llamado respeto del derecho internacional humanitario.
Hoy entramos en el reinado de la barbarie abierta, y eso es lo que practican Israel de manera muy clara, así como Estados Unidos. Si se dice que la hipocresía es el homenaje del vicio a la virtud, pues bien, aquí ya no hay homenaje alguno por parte del vicio. Es el vicio en estado puro, que no se molesta en recurrir a esa hipocresía que ha reinado durante tanto tiempo.
El Estado de Israel no solo acaba de perpetrar un genocidio, sino que también practica un expansionismo ante el cual el expansionismo ruso palidece. Porque en este caso, es en todas direcciones. No se trata solo de Gaza, sino también de Cisjordania, que está siendo anexionada de hecho, con una «limpieza étnica» que se lleva a cabo de manera solapada, pero que es muy real.
Israel aprovecha la caída del régimen de Assad para destruir todos los medios militares del Estado sirio y apoderarse de nuevos territorios en Siria, más allá del Golán.
Israel está invadiendo una parte del territorio libanés y proclama abiertamente su voluntad de extender su frontera hasta el río Litani, así como de apoderarse de ese territorio de forma permanente.
Nos encontramos ante un expansionismo de lo más descarado. Y todo ello con la complicidad, el silencio o las lágrimas de cocodrilo de los gobiernos occidentales.
El contraste entre todas estas actitudes y las de los gobiernos occidentales respecto a Ucrania no ha pasado desapercibido para nadie. Y esto ha aumentado, por supuesto, el descrédito de todas esas pretensiones de respetar las normas del derecho internacional.
Todo esto sucede en un contexto de auge del neofascismo a escala mundial. El neofascismo es aquel fascismo que pretende seguir las reglas del juego democrático pero que, por supuesto, en cuanto se instala en el poder, hace todo lo posible para quebrantar ese juego democrático.
Este neofascismo está en plena expansión. La actitud de los gobiernos denominados liberales, en lo que respecta a todo lo que he descrito, ha allanado el camino para este auge del neofascismo, del mismo modo que, por cierto, el liberal Joe Biden produjo el regreso de Donald Trump con un resultado electoral muy superior al de su primer mandato. Esta es la situación en la que nos encontramos.
Israel es un pionero de este auge del neofascismo. Netanyahu es el líder del Likud, un partido que hoy en día puede calificarse de neofascista. Netanyahu lleva en el poder desde 2009, con un paréntesis en 2021-22. Volvió al poder a finales de 2022, con miembros de su partido aún más a la derecha que él, personas que son auténticos neonazis. Se trata de personas que mantienen discursos abiertamente racistas y genocidas, y un comportamiento político que se sitúa en el extremo de la extrema derecha. Esta convergencia actual entre Netanyahu y su Gobierno, el más de derecha de la historia del Estado de Israel, es fatal.
Desde hace décadas, cada vez que hay un nuevo Gobierno en Israel, se dice que es el más de extrema derecha de la historia del país. Ahora, nos encontramos realmente, realmente en el extremo. Y la conjunción entre este gobierno y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca es una conjunción absolutamente fatal. Y para los pueblos de la región, es una conjunción catastrófica.
La agresión bipartita contra Irán no es la primera guerra conjunta entre Israel y Estados Unidos. La guerra de Gaza fue una guerra conjunta, aunque en Gaza no hubo participación directa de Estados Unidos en los bombardeos aéreos. Las Fuerzas Armadas israelíes no necesitaron refuerzos en ese ámbito. Pero sí hubo un puente aéreo, así como el suministro de miles y miles de bombas de una tonelada y de media tonelada, que constituyen el principal medio del genocidio. Cuando se lanzan bombas de este tipo sobre zonas urbanas densamente pobladas, el efecto, inevitablemente, es una matanza de civiles.
La segunda guerra conjunta es la que se libra contra Irán. En esta ocasión se trata de una guerra dirigida directamente por ambos países, que bombardean conjuntamente, coordinan sus acciones militares y, sin embargo, pueden tener diferencias en cuanto a los objetivos.
Ahora me gustaría detenerme un momento en las diferencias entre Estados Unidos e Israel. Trump y Netanyahu no comparten los mismos objetivos con respecto a Irán. Hay que dejarlo claro. Contrariamente a lo que se ha dicho en los medios de comunicación, Trump, como él mismo afirma, no es en absoluto partidario de un cambio de régimen en el sentido de lo que supuso la ocupación de Irak en 2003. De hecho, considera que fue un error monumental. Trump cree que no sirve de nada intentar cambiar los regímenes, y mucho menos querer sustituirlos por regímenes democráticos.
La democracia no es precisamente lo que más le gusta a Trump. No le importa lo más mínimo la democracia. Su objetivo es obligar al régimen iraní a plegarse a los deseos e intereses de Estados Unidos. Pensó que esto sería casi tan fácil como lo que había hecho en Venezuela, donde secuestró al presidente. Y hoy en día, los sucesores de Maduro colaboran con Estados Unidos en todos los sentidos de la palabra.
Con Irán no funcionó, calculó mal al meterse en eso. Se ve en todas sus amenazas, que se vuelven cada vez más descabelladas, como destruir la civilización iraní, etc. Lo que pretende conseguir es lo que se está negociando hoy en Pakistán. Se trata de un acuerdo con el régimen iraní, un intercambio de favores:
– Levantamos las sanciones, colaboramos económicamente con ustedes, realizaré inversiones y construiré rascacielos Trump en Teherán.
– Y a cambio, detienen el enriquecimiento nuclear y colaboran conmigo como lo hacen los venezolanos.
Pero ese no es el objetivo de Netanyahu. Su objetivo es la destrucción de Irán y, de hecho, un cambio de régimen. Sin embargo, los israelíes no se hacen ilusiones. Sus servicios de inteligencia saben que el régimen no va a caer de la noche a la mañana. Lo que quieren va más allá: es el colapso del Estado, no solo del régimen, sino del Estado iraní: la desintegración del país, cuya población está compuesta en su mitad por minorías étnicas.
Netanyahu quiere deshacerse de este Irán que, desde el punto de vista israelí, es considerado una especie de amenaza existencial y es objeto de una verdadera obsesión. Nos encontramos, por tanto, ante dos objetivos diferentes.
Pero son los Estados Unidos quienes “llevan la batuta”, e Israel no puede sino seguirles el juego. Lo vimos cuando Trump decretó un alto el fuego sin siquiera consultar a Netanyahu.
Lo que busca Trump es el control del petróleo iraní, al igual que en Venezuela, el control de los recursos del país en colaboración con el régimen. Se trata claramente de una guerra imperialista, en toda su esencia.
Se trata de una guerra imperialista contra un régimen ultrarreaccionario. Pero esto tampoco es nada nuevo.
La guerra contra el Irak de Sadam Husein fue una guerra imperialista contra un régimen dictatorial sanguinario, un régimen reaccionario, un régimen con rasgos totalitarios. Por lo tanto, no es la primera vez. Nos encontramos en esta configuración política desde el fin de la Guerra Fría, y esto ha planteado, por otra parte, muchos problemas en los movimientos antiimperialistas. Un nuevo campismo se quedó estancado en esta cuestión de la naturaleza de los regímenes.
En Irán hay un régimen teocrático, al igual que en Afganistán y en el norte de Yemen. También podemos añadir el Vaticano, si quieren. Estos son los únicos regímenes teocráticos existentes. Se trata de regímenes que, constitucionalmente, están dirigidos por clérigos.
Irán es un régimen teocrático que hace tiempo que perdió la dimensión “espiritual” que se suponía que caracterizaba a la revolución liderada por Jomeini, y que había seducido a un Michel Foucault. Eso se terminó hace mucho tiempo, desde que un clérigo de rango inferior fue colocado en el puesto más alto del país. Es como si en el catolicismo se hubiera elegido para ser papa a un obispo en lugar de a un cardenal, tras una serie de intrigas políticas.
La supuesta dimensión «espiritual» hace tiempo que ya no existe. Se trata de un régimen de terror, un régimen de opresión de las mujeres, por supuesto. Y a Donald Trump ese régimen le viene como anillo al dedo. Ese no es su problema. Nunca ha pretendido luchar por la democracia, ni en Irán ni en ningún otro lugar.
Y por eso los pueblos de Irán no tienen nada que ganar en esta guerra. Hay que combatir las ilusiones entre los iraníes y las iraníes que aplauden esta guerra porque creen que va a provocar la caída del régimen. Eso no es en absoluto lo que pretenden los Estados Unidos, sino todo lo contrario. Esta guerra ha servido para consolidar el régimen, del mismo modo que la invasión de Irán por parte de Irak en 1981, llevada a cabo por Sadam Husein, permitió que el régimen iraní se consolidara. Esta guerra es una oportunidad para la consolidación represiva y bárbara del régimen.
No se habla mucho de ello en los medios de comunicación, pero las ejecuciones y los ahorcamientos se han multiplicado desde que comenzó esta guerra. El clima de terror que el régimen impone a la gran mayoría de esta nación se agravará aún más. Esto, sumado a los estragos en la economía del país y a la gran destrucción, explica por qué todos estamos de acuerdo aquí en decir «no» a la guerra de agresión y, al mismo tiempo, «no» al régimen iraní.
*Gilbert Achcar es profesor emérito de la SOAS (Universidad de Londres) y autor, entre otras obras, de Gaza, un genocidio anunciado: un punto de inflexión en la historia mundial, La Dispute, 2025, y de Los árabes y el Holocausto: la guerra árabe-israelí de los relatos, Actes Sud, Sindbad, 2009.