Trabajadores de PedidosYa, manifiestan frente a la Torre Ejecutiva el 27-04. FocoUy, Gastón Britos.
Deliveries, muertes en la calle y precarización laboral
Camilo Salvetti
Brecha, 30-4-2026
Correspondencia de Prensa, 2-5-2026
Alrededor de 3.500 repartidores trabajan para la plataforma PedidosYa en Uruguay. En las últimas dos semanas, dos de ellos, y un tercero que no trabajaba para la aplicación, fueron asesinados en plena vía pública. Para los cadetes –o riders– de la empresa, esta es la cara más cruel de un sistema de trabajo que no los protege e impone lógicas laborales draconianas que incluso potencian los riesgos en la vía pública.
El día que mataron a Juan por una discusión en el tránsito, Marta 1 salía de estudiar. Le avisaron que había pasado algo con un repartidor de PedidosYa, empresa para la que trabaja, y más tarde supo que se trataba de un hombre con el que había compartido algún café.
—El señor Juan era educado, buena persona, nunca lo vi molesto, tenía 5 años trabajando en PedidosYa– le dijo al semanario días después, una jornada de frío cortante a un lado de avenida Giannattasio.
—¿Te lo cruzabas mucho?
—Claro, siempre hablábamos, me invitaba un café, hablaba conmigo, compartía, así como todos compartimos.
En la moto con Marta, el viento gélido se metía por la ropa y por los championes de lona. En el centro, cinco personas cruzaron mal una esquina y hubo que frenar de golpe. En la rambla, dos autos se adelantaron intempestivamente y tocaron bocina («¡Loco de mierda!», le gritó ella a uno). Ya en la Costa, cruzamos la avenida como una centella.
—Yo me enojo, como me enojé ahorita, pero ya no digo nada a nadie porque ando con miedo. No puedo decir nada– reflexionó luego.
A veces no le daban los reflejos para frenar a tiempo, como pasó en el centro. Muchas veces porque va cansada, o porque tener un casco puesto tantas horas embota los sentidos, según explicó. Al lado del Market de Ciudad de la Costa –un centro de acopio de PedidosYa, donde los deliveries van a buscar los pedidos– hay un descampado de pastos crecidos, con un semicírculo podado contra la calle y un tronco caído, que hace las veces de lugar de esparcimiento. Allí Marta contó que le gusta escuchar salsa, vallenato y música cristiana. Cuando entra en confianza habla mucho, aunque sin ser estridente. Esa tarde de frío, dijo que extrañaba el calor de Venezuela.
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Habían pasado unas semanas desde la muerte de Juan, que también era venezolano. Su asesino, un hombre de 30 años, estaba en prisión preventiva por 100 días, a la espera de la decisión judicial, cuando otro repartidor fue alcanzado por las balas de quienes querían robarle la moto. Se llamaba Santiago, tenía 22 años, era uruguayo y estaba en el Prado con su novia. Cuando ocurrió el robo, no estaba trabajando. Algo similar ocurrió días después con José, un cubano de 31 años que llevaba un año y medio en Uruguay junto a su pareja, Claudia. Hace cinco meses su suegra y su hijo, Diego, habían llegado de la isla a vivir con ellos en una propiedad horizontal por la calle Joanicó. Lo mataron en Carrasco Norte, también para robarle la moto.
Cuatro días después, llegamos a una casa en duelo.
En el patio, donde jugaba el niño, el sol de la tarde daba un respiro al frío intenso de los últimos días. Adentro, en una casa fresca, sumida en la oscuridad, Claudia temblaba mientras ofrecía una entrevista televisiva. Tenía espasmos en una mano y a veces movía frenéticamente las rodillas, que mantenía pegadas frente a las cámaras.
Diego parecía ignorar la situación, pero resultaba claro que era muy consciente de lo que estaba ocurriendo. Se escondió contra el marco de una puerta mientras su madre era entrevistada, hasta que la abuela lo devolvió al pasillo, a jugar. Volvió para abrazar a su madre cuando terminó la nota. Un abrazo que no buscaba consuelo, sino consolar.
En el pasillo, además de Diego, había tres directivos de PedidosYa, o «la empresa», como le dicen los repartidores.
Por la muerte de José le llevaron a Claudia un surtido de comida y abrigo. A Diego le regalaron una pista de autos de carreras.
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Los directivos de PedidosYa se reunieron un rato con Claudia en el living de su casa antes de irse a una reunión con el Ministerio del Interior.
El día anterior, los repartidores habían mantenido un encuentro con el ministro Carlos Negro por la muerte de José, y habían solicitado delimitar «zonas rojas», donde se considere peligroso entregar pedidos. Algo que el gerente legal de PedidosYa, Rodrigo Turturiello, volvió a mencionar al día siguiente.
Turturiello le dijo al semanario que la empresa mapea las zonas rojas a partir de la información que reportan los deliveries sobre eventos de hurtos y rapiñas. «Vamos conversando con ellos para determinar una zona como roja, o quitarle esa categoría», explicó. Igualmente, «no se le avisa al repartidor que está en una zona roja», sino que directamente no se reparte en esa área, aclaró.
Si a un repartidor le sale un pedido en Malvín Norte, desconoce si se trata de una zona en la que la empresa entiende que no se puede repartir.
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—Si de un McDonald ‘s, de un bar, te robas las pizzas, ¿quién va a salir a defender a un parásito que viene de otro país a joder acá? No va a pasar– dijo el compañero de Marta aquella tarde gélida en la que los acompañamos en una recorrida por la ciudad. Entonces, aún no había ocurrido la muerte de José.
Lo llamaremos Pedro. Él también hablaba mucho, pero lo hacía en oraciones fluidas que conectaba mediante una dicción perfecta y poca respiración, con un astuto manejo de la ironía y de las preguntas retóricas, mientras se fumaba un pucho en el «lugar de esparcimiento», al lado del Market de Ciudad de la Costa.
—La empresa se jacta de que nosotros somos autónomos porque tenemos poder de decisión– continuó, mientras agitaba el cigarrillo mentolado entre el índice y el mayor. —No puedo tener poder de decisión si tengo que decidir en base a una propuesta finita y controlada. Hay una contradicción, tanto legal como moral. Nos están limitando el poder de decisión. Es como ir a unas elecciones en Venezuela– comparó.
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Federico Rosenbaum es abogado, docente de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) e investigador especializado en Derecho del Trabajo y Seguridad Social. Junto con otros investigadores de la UCU realizaron un relevamiento de las condiciones de trabajo en las plataformas que operan en Uruguay, enmarcado en el proyecto Fairwork, una iniciativa de la Universidad de Oxford y el Centro de Ciencias Sociales de Berlín.
Analizaron las condiciones laborales en base a cinco dimensiones: pago justo, condiciones justas, contratos justos, gestión justa y representación justa. Luego otorgaron un puntaje total con un máximo de diez. De las cinco plataformas relevadas –Uber, Cabify, PedidosYa, Rappi y SoyDelivery–, cuatro no pudieron acumular ni un punto. La única excepción a la regla fue SoyDelivery, que recibió ocho.
La primera y principal característica del trabajo en plataformas es «la asimetría de poder», sostuvo Rosenbaum la misma tarde del encuentro con los repartidores, pero a través del teléfono. Los trabajadores entran con «reglas de juego ya construidas» y sin posibilidad de modificar o negociar ninguna de ellas.
Si bien la ley que regula el trabajo para aplicaciones (20.396) de 2025 estableció un piso mínimo de condiciones para los trabajadores, sean dependientes o independientes, es sabido que la mayoría de los trabajadores tienen formalmente contratos que los consideran empresarios o socios que firman un acuerdo con la multinacional. Y aunque la norma pretendió otorgar derechos básicos a quienes presten servicios a una plataforma, para Rosenbaum es un «matafuego».
En el fondo, sostuvo, se quieren «emparchar las malas condiciones de trabajo que tienen hoy en día estos trabajadores, asignarles un piso mínimo de derechos». Pero, entre los parches, se pierde la discusión de fondo: ¿son o no son dependientes? «Porque si son dependientes, tienen el 100 por ciento de protección de la legislación laboral general y no un mínimo de protección tal como es el que asigna esta normativa», sentenció el académico.
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—Hay una falsa percepción de que nosotros estamos exigiendo una ley de dependencia o que pasemos todos a ser dependientes.
Al costado del descampado, el repartidor continuaba con su diatriba.
—¿Y no es así?– preguntamos.
—Nosotros no estamos teniendo una relación de dependencia laboral con la empresa. ¿Por qué? Porque entendemos que a una empresa, sobre todo en un país como Uruguay, se le va a dificultar o se le va a hacer casi imposible contratar a 3500 personas. Lo que sí exigimos, y lo hablamos con el gobierno, es que se nos respete la real autonomía que nos estás brindando. ¿Qué consideramos como «real autonomía»? Si la empresa me vende a mí la falsa publicidad de trabajar según mis condiciones, ¿por qué me sanciona?, ¿por qué me impone un horario?, ¿por qué me quita el horario?
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En el caso particular de PedidosYa, los rankings son un sistema de cinco niveles, a través del que se evalúa el desempeño del trabajador en una semana laboral concreta, y cuyos resultados luego repercuten directamente en la siguiente semana. ¿Qué quiere decir esto? Así lo explicó Rosenbaum: «Cuantas menos horas de trabajo dediques, cuantos menos pedidos aceptes, eso va a incidir en tu ranking. Las calificaciones repercuten en la siguiente. Primero, para seleccionar turnos: es decir, no vas a poder elegir el horario que quieras si tenés mala calificación. Segundo, para seleccionar zonas: lo cual implica indirectamente tener mejor o peor trabajo» porque hay zonas con más volumen de pedidos que otras.
Es básicamente un sistema de premios y castigos en el que el trabajador tiene que esforzarse al máximo y dedicar horas, pedaleos y quilómetros para quedar bien posicionado. Así, si Dios quiere, la semana siguiente podrá esforzarse al máximo y dedicar horas, pedaleos y quilómetros para, si Dios quiere, la semana siguiente poder esforzarse al máximo y dedicar horas, pedaleos y quilómetros… Para Rosenbaum, «hay una relación de causalidad directa entre el comportamiento de los trabajadores en el tránsito y esa forma de organización del trabajo y el ranking».
También está el fenómeno del «alquiler de cuentas». Si los repartidores no pueden salir a trabajar por el motivo que sea –se enferman, tienen el vehículo roto o sufren una lesión en el tránsito– saben que a la semana siguiente van a estar en el peor lugar del ranking, lo que se traduce en malos trabajos y peores ingresos. Por eso, es usual que recurran a distintos trucos para subsanarlo: por ejemplo, consiguen a alguien que trabaje en su nombre a cambio de una determinada suma y le ceden a ese «suplente» la recaudación del día. Funcionan «como un salvataje para la protección de condiciones que son inexistentes», dijo Rosenbaum.
Este y otros aspectos del intrincado mundo de plataformas digitales de reparto es desgranado en el libro Emprendedores ya! Capitalismo de plataformas en Uruguay, publicado en 2023 por Ediciones del Berretín, de los académicos Nicolás Marrero, Alejo González, Paula Leguisamo y Noelia López.
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—¿Qué pasa, Chamo? ¿Cómo sigue?
—Todo fino, papito, todo fino. Acá, con la prensa– respondió Pedro, y rápidamente volvió a lo suyo.
—La mayoría de los compañeros vivimos en una lucha constante y una competencia entre nosotros para lograr posicionarnos en el ranking. Yo compito con todos mis compañeros por satisfacer las exigencias que me impone la empresa en cuanto a cantidad de pedidos entregados y horas, ¿correcto? Pero cuando llueve o cuando la empresa necesita, abre la zona, abre conexión libre. ¿Qué es la conexión libre? Cualquier repartidor, en cualquier momento, se puede conectar.
No hay nadie que logre la permanencia constante en el grupo uno, el mejor del ranking, aclaró. El delivery que había saludado a Pedro se mantenía parco, a una distancia prudente de la entrevista y de los argumentos de su compañero, con las manos en los bolsillos. Lanzaba una mirada que mezclaba intriga con curiosidad, pero no emitía palabra, hasta que su compañero lo señaló como un ejemplo.
—Este sí se ha mantenido, yo no sé cómo hace.
—¿Te has mantenido? ¿Cómo lo hiciste?– preguntamos.
—Sí, pero me han bajado– respondió, sin ahondar en explicaciones.
Pedro contó que oscilaba entre el grupo dos y el tres del ranking –el uno es el mejor–, mientras caminábamos hacia el Market; una estructura cuadrada, sin techo, rodeada por motos con cubos rojos en la parte de atrás. Adentro había un patio donde se depositaban los cargamentos de productos del supermercado de PedidosYa. Al fondo, una ventanilla por la que una fila de repartidores esperaba, celular en mano, para retirar los pedidos. A un costado, bancos de madera, al otro lado, entre bidones apilados, un solitario baño químico.
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La palabra santa es del algoritmo. Y, al igual que la palabra santa de los cristianos, la de los nuevos profetas tecnológicos está escrita por seres humanos.
Estas empresas, explicó Rosenbaum, no transparentan el funcionamiento de su algoritmo; cómo hace para tomar decisiones y establecer los tiempos en los que un repartidor tiene que llegar al local, levantar el pedido y trasladarlo hasta el domicilio del cliente. Tampoco hay transparencia respecto de los parámetros utilizados para evaluar el desempeño de los trabajadores, «ni eventualmente para lo que es la situación más grave para ellos, la pérdida de ingresos y de la fuente (laboral) cuando se le suspenden las cuentas a los trabajadores, ya sea en forma temporal o definitiva».
«No hay ninguna transparencia en el diseño de los algoritmos y tampoco hay comunicación por parte de las empresas en la afectación que producen esos algoritmos en las condiciones de trabajo», algo en lo que la ley de 2025 obliga a las empresas a ser transparentes. Allí se le otorga a la Inspección Nacional de Trabajo la tarea de controlar el cumplimiento de la ley, lo que incluye la fiscalización de los algoritmos.
«Me consta que, hasta hoy en día, más allá de los signos políticos, no importa el gobierno actual o anterior, ninguna de las administraciones ha puesto el punto focal en la Inspección de Trabajo para, por ejemplo, exigir a las plataformas que cumplimenten con este aspecto de la ley que es central», aseguró Rosenbaum.
La otra palabra clave es gobernanza. Es esto lo que se apresta a discutir la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en junio, en la 114.ª reunión de la Conferencia Internacional del Trabajo sobre «la eventual aprobación o no de un convenio internacional que regule el trabajo mediante plataformas digitales y complementado por una recomendación internacional».
¿El Ministerio de Trabajo deberá contratar ingenieros, entonces, para hacer las inspecciones? Consultado al respecto, Luis Puig, inspector general del Trabajo y la Seguridad Social, consideró que se deberá ver «cómo se vehiculiza esa situación» y en «esta nueva etapa que se abrió hace algún tiempo, de la inteligencia artificial y demás, la inspección tendrá que buscar los mecanismos que le permitan avanzar».
«Claramente, lo que uno ve todos los días en las calles es producto de determinada organización del trabajo que no la hace el propio trabajador, sino ese algoritmo que le marca cuántos minutos tiene para llegar al Prado, a Pocitos o a donde sea», agregó. Uruguay, adelantó, estará presente en la conferencia de la OIT donde se discutirán parámetros internacionales para regular el trabajo en plataformas.
Turturiello, por su parte, dijo que, si bien no han recibido «inspecciones» respecto al algoritmo, «no es algo que preocupe». La empresa, aseguró, está «cien por ciento en cumplimiento de la normativa». El algoritmo de PedidosYa «funciona de una manera muy simple, más allá de la complejidad que tiene detrás»; trata de «elegir al repartidor que pueda entregar ese pedido en el menor tiempo posible». Ese, agregó, es «el único criterio que tiene».
Sobre los cuestionamientos al sistema de rankings, afirmó que no lo ven como tales, sino como «una forma de organizar la zona de conexión de más de 3.500 repartidores que deciden usar la plataforma para para repartir».
«Entendemos que puede dar lugar a cuestionamientos. Es algo que es perfectible, pero bueno, es una forma de organizar», cerró.
Nota
- Se utiliza un nombre ficticio para preservar la identidad de la trabajadora. ↩