Regla, La Habana. Foto: Emilio Belin.
Revista El estornudo, 28-4-2026
Correspondencia de Prensa, 1-5-2026
En la obra Petromundo (2005), el artista cubano Roberto Fabelo representa un globo terráqueo cuya superficie está construida con casquillos de bala y otros fragmentos de proyectiles. Formula así una crítica al reducto de aniquilación al que estamos sujetos; explora y denuncia el belicismo impulsado, en muchas zonas del planeta, por las potencias del capitalismo tardío y su lógica invariable de conquista territorial con fines extractivos.
La pieza, que forma parte de la serie Mundos —donde Fabelo también aborda las hambrunas, la desertificación, la caza indiscriminada y otras problemáticas globales—, reconoce el universo de aniquilación en que se encuentra el ser humano contemporáneo, producto de la desvalorización del sujeto con respecto al capital y los distintos juegos de poder. Petromundo es un señalamiento a la normalización de la guerra y el ciclo de exterminio según el cual la vida se mide en dólares por barril de petróleo.
La crisis sistémica que tiene al límite las estructuras de la democracia liberal luego de la estocada ofrecida por la pandemia de COVID-19, desató nuevas pugnas geopolíticas que han estallado en un clima de tensión bélica constante —según diversas fuentes, habría entre 50 y 60 conflictos armados en curso. El impacto del complejo militar-industrial estadounidense en las políticas globales, y la relevancia de empresas como RTX, Boeing, Northrop Grumman o Lockheed Martin en la venta de insumos militares, desestabiliza cualquier afán pacificador para el mundo.
Se estima que solo en 2024 más de un billón de dólares fue dispuesto en fuerza militar por el gobierno de Washington, alrededor del 3.4 por ciento del PIB estadounidense. Durante 2025 se mantuvo el orden de magnitud. Para el año fiscal 2026, alrededor de 901 mil millones de dólares fueron aprobados como presupuesto militar, un monto al que presumiblemente se sumarán nuevas erogaciones.
Tras presiones de la Casa Blanca, las naciones de la OTAN también se plantean gastos sin precedentes. En junio de 2025, los 32 miembros de la alianza atlántica acordaron llevar el gasto de defensa por país hasta el cinco por ciento del PIB para 2035, con una fórmula de 3.5 por ciento para gasto militar estricto y 1.5 por ciento adicional para ámbitos como infraestructura crítica, resiliencia e innovación.
Complejizan aún más el escenario global los números estratosféricos que destinan al sector militar potencias como Rusia y China, con partidas en 2024 de unos 150 mil y 246 mil millones de dólares, respectivamente. En 2025, fueron unos 245 mil 700 millones, según presupuesto oficial chino —aunque otras estimaciones sitúan el gasto real en torno a 251 mil 300 millones—, y 186 mil 200 millones de dólares por parte de Rusia.
Conocer el todo para construir lo nuestro
El asentamiento de élites económicas y políticas, el crecimiento desigual cada vez más acentuado y el nuevo auge autoritario, conducen a la normalización de prácticas y sistemas ideológicos que sirven a la conflictividad. Florecen convenientes enemigos en los discursos de los diferentes poderes globales, mientras en diversas geografías se imponen, entre el hambre y los bombardeos, condiciones de supervivencia. De Haití a Sudán, de Palestina a El Congo, de Yemen a Etiopía, de Somalia a Líbano, del Sahel a Ucrania, de Siria a Myanmar o Irán; se impone hacer justicia, pero la atención mediática de las hegemonías comunicacionales solo se centra en ciertos casos.
Por ejemplo, tras la intervención estadounidense en Venezuela y la guerra contra Irán, la propaganda occidental intentó enfocar los hechos simplemente como consecuencia de problemas internos en esos países, de sus habitantes y los regímenes del apresado Nicolás Maduro y el asesinado Alí Khamenei. En cambio, resultan cuestiones geopolíticas de gran escala, que han expuesto una vez la violencia que promueve el presidente del país más poderoso del mundo. Una intervención militar, sea donde sea, es cuestión de toda la comunidad internacional y nadie debería estar exento de posicionarse ante una arbitrariedad que viola todo tipo de orden. Es de una ingenuidad terrible pensar que tales acontecimientos solo incumben a los países agredidos y que solo sus nacionales tienen el derecho a opinar legítimamente. Más aún cuando, en lo que va de su segundo mandato, Estados Unidos ha bombardeado al menos siete países.
Por su parte, Cuba se halla a las puertas de un cambio histórico. Luego de décadas bajo el yugo del régimen castrista, la zarabanda del 2026 anuncia la reestructuración de la política nacional. Pero este impulso de renovación y aspiraciones democráticas intenta ser secuestrado por determinados lobbies a los que poco o nada les importa el bienestar y el futuro del pueblo cubano. La isla, de un modo romántico y maquiavélico, existe actualmente como sistema narrativo para extremistas ideológicos y como ejemplo conveniente para oportunistas que ven ventajas en el sufrimiento de millones.
Para la extrema derecha, Cuba representa «el fracaso del “comunismo”», y como tal debe existir y persistir —sancionada, empobrecida y hambreada—, porque es la forma de «demostrar» que el capitalismo es, supuestamente, el único modelo legítimo dentro del mundo contemporáneo. Para la izquierda estalinista, enamorada de todo afán autoritario que se diga opuesto a las políticas de Estados Unidos y sus aliados, la mayor de las Antillas no es más que un souvenir ideológico, una postal de viaje, un paisaje en videos de redes sociales donde fabulan algún tipo de «resistencia antiimperialista», «construcción socialista», «conciencia revolucionaria» y otras distorsiones por el estilo que sirven solo para satisfacer deseos trasnochados y, en no pocos casos, intereses personalistas muy marcados.
Estamos en un tiempo histórico de renovación nacional. Décadas de crisis, cerrazón y miedo tienen a este pueblo inerme. Se impone la responsabilidad política de entender al mundo para construir Cuba. Un país de todos y para todos los cubanos y cubanas.
La Cuba mitológica frente a un mundo en rebelión
El fetiche político en torno a Cuba tiene nicho en disímiles zonas de la narrativa internacional donde, como anteriormente expuse, la isla y quienes la habitamos somos simples objetos de experimentación ideológica. Ese constructo polarizado constituye, simplemente, un escalón legitimador de formas preconcebidas de analizar los escenarios posibles, siempre dentro del binarismo que impuso la Guerra Fría. Cuba no logra ser, en ese reducto, más que «el último bastión moral de la lucha antiimperialista» o «el cadáver andante del comunismo». Dos posibilidades carentes de cualquier objetividad y descreídas del elemento principal para cualquier análisis de ese tipo: la realpolitik.
Para, supuestamente, romper el cerco económico impuesto por el gobierno de Estados Unidos contra Cuba, ayudar a paliar la crisis económica y dar al mundo una lección moral, zarpó de México el pasado marzo la llamada Flotilla Nuestra América. Pero nada más alejado de la realidad. Mientras la inmensa mayoría del pueblo cubano padecía las condiciones extremas en que se encuentra el país, esos paladines del internacionalismo disfrutaron de todos los privilegios que les ofreció el poder político, desde hospedajes en hoteles de lujo hasta toures fetichizantes por sitios históricos de La Habana. Más que impactar directamente en la población, la Flotilla pasó desapercibida y solo consiguió blanquear —gracias a toneladas de contenido para redes sociales— el rostro del régimen a ojos de una parte de la opinión internacional al tiempo que, probablemente, generó mayor afiliación entre los cubanos hacia apuestas políticas reaccionarias.
En lo que nunca repararon quienes sostuvieron el show fue en que este pueblo no necesita ni quiso ninguna «Flotilla de solidaridad con Cuba», porque entiende que al interior de ese supuesto acto de internacionalismo solo existe un apoyo explícito y descarado al gobierno cubano. El pueblo de Cuba no quiere ni necesita ninguna muestra «solidaria» que legitime a los dictadores que lo oprimen. No necesita un performance que cuesta cientos de miles de dólares mientras millones permanecen hambreados junto a la opulencia en que nada la burguesía militar/partidista que dirige el país. No queremos que los tankies descarados, que irrespetan a todo un pueblo sumido en la desesperación, vengan a hacer turismo ideológico en «el paraíso socialista» que nunca existió.
De igual modo, en un gesto de terrible oportunismo, los principales voceros de la Flotilla buscaron equiparar la situación de Cuba con la de Gaza como medio de justificación para su travesía marítima. Esa vileza constituyó la plataforma mediante la cual los líderes tankies de la Flotilla y la propia dictadura castrista pretendieron usurpar gran parte del capital político de la izquierda internacional, relegando incluso a un segundo plano cuestiones más urgentes. El genocidio en Palestina y el apartheid sionista no pueden ser un comodín, una carta que se usa a la ligera. Tal parece que a los voceros de la Flotilla Nuestra América y al gobierno cubano eso les importó poco o nada. Si esa «izquierda» trasnochada tuviera un poco de dignidad, entendería que la postura más ética respecto a los conflictos en cualquier región es escuchar la voz de sus pueblos, no de sus gobernantes. El mismo truco de comparar Cuba con Gaza lo utiliza la extrema derecha para deslegitimar cualquier apoyo al pueblo palestino. Los tankies estalinistas y la extrema derecha imperialista padecen del mismo mal: el oportunismo ideológico que les garantiza alacenas llenas e incontables privilegios.
Lo que a los flotilleros no interesó mostrar de Cuba son los altos índices de empobrecimiento, la desasistencia social y las brechas de clase cada vez más notables, como tampoco la escalada represiva, la población penal y un sinnúmero de opresiones del régimen castrista. Tampoco fue su interés analizar la estructura económica de capitalismo centralizado que impone la burguesía militar/partidista en el poder, ni los niveles de corrupción y la nula transparencia en la gestión económica de la isla. Tampoco se cuestionaron por qué un gobierno supuestamente socialista mantiene un Código de Trabajo antiobrero, el salario mínimo más bajo de la región respecto a la tasa cambiaria oficial y un programa de gobierno que parece redactado por los mismísimos arquitectos del neoliberalismo: el «Programa de Gobierno para Corregir Distorsiones e Impulsar la Economía», que se presentó a finales de 2025 y resultó ser básicamente la licitación de más violencia institucional contra la población cubana.
Ese panfleto de casi 90 páginas, más allá de ofrecer algún tipo de alternativa a la terrible crisis que padece la isla, promueve un principio de producción y «crecimiento económico» basado en recortes del gasto público y el fomento de la actividad parasitaria de empresas y capitales extranjeros. La respuesta «socialista» a la hecatombe actual que propone el castrismo se limita a paquetazos, la disminución de subvenciones y la desprotección ciudadana, así como el enfoque en sectores tan poco estratégicos en las circunstancias actuales como «ciencia e innovación, la comunicación social y la transformación digital» —para sostener el discurso de plaza sitiada mediante el típico comodín del bloqueo económico estadounidense.
En ningún lugar del documente se establece un plan de acción y/o medidas que puedan arrojar un poco de luz sobre la supuesta efectividad del proceso. En cambio, se utiliza un tono perogrullero, triunfalista en que las citas de Raúl Castro o Díaz-Canel tienen más relieve que las presuntas consecuencias de estas medidas en la vida de las cubanas y los cubanos. Una nueva pantomima en la larga lista del burocratismo y la violencia política del castrismo.
Por otra parte, está el poco rigor de muchísimos medios y actores de la oposición que se quejan de las medidas del gobierno «comunista» mientras apoyan administraciones como la de Milei, Noboa o Trump, basadas también en el recorte del gasto público y las subvenciones, los paquetazos en sectores claves como salud o educación, la apertura al extractivismo empresarial extranjero y el establecimiento prioritario del «crecimiento económico» por encima de la dignidad de vida de los pueblos. El castrismo lleva décadas implementando medidas neoliberales y formulando su economía en las mismas claves del capitalismo caníbal al que responden los regímenes favoritos de esa oposición que repite de memoria el mantra del «comunismo castrista» como si fuera la tabla de multiplicar.
Esos grupos son los mismos que hacen escándalos cuando desde cualquier otro lugar del mundo se apoya al régimen castrista, pero no se cansan de alabar y reivindicar extremistas como Pinochet, Videla, Netanyahu, Trump, Milei, Bukele, Abascal, Kast, Meloni, Reagan, Thatcher, Meier, Churchill y una larga lista de personajes que o no tienen mucho que envidiarle a Castro o fueron, sin mucho debate, peores. Lamentablemente, la coherencia es un bien escaso por estos lares y donde se dice digo rectifican Diego a conveniencia del discurso mainstream del momento.
La lucha por una Cuba sin dictadura no puede aislarse del paso que dicta el mundo contemporáneo. Tantas décadas de castrismo y de cubanocentrismo han fomentado cierta idea de la exclusividad. Tanto la redundancia triunfalista del régimen como el victimismo conveniente de parte de la oposición han creado la idea de que Cuba y su gente son el rojo en la diana. «Tenemos la Revolución más grande del hemisferio» gritan de un lado. «Sufrimos una de las dictaduras más terribles del mundo» sostienen del otro. Mientras, la realidad queda dispersa entre tantas fabulaciones y la idea política alrededor de Cuba atrapada entre La Habana y Miami, entre el castrismo y la extrema derecha.
No existen luchas aisladas. Los ejemplos de los últimos años en Serbia, Madagascar, Marruecos, Nepal, Bulgaria, Perú, Indonesia, Irán, Argentina, Ecuador, Estados Unidos, así como los movimientos propalestinos alrededor del mundo, y tantos y tantos más, nos demuestran que la resistencia popular es la única vía para combatir la opresión y conseguir la dignidad. No necesitamos imperios salvadores, ni líderes o lideresas, mucho menos a quienes añoran el sueño rojo del gulag soviético. Necesitamos emancipación popular, autonomía, solidaridad y conciencia cívica. La lucha no se basa en la absurda dicotomía entre imperialismo versus supuestas «alternativas» autoritarias. Esa ficción polarizada es solo un esquema más de control en manos de los distintos poderes. Ambos son modelos asesinos, empobrecedores y tiránicos. La lucha es por la emancipación y la dignidad de los pueblos.
Cada revuelta popular es una victoria contra el imperio del poder, contra la obsoleta ilusión democrática y los caducos sentimientos de «revoluciones» toreadas por oligarcas y tiranos. No existen muestras aisladas de rebeldía. Sea en Nepal, Ecuador, Argentina, Sri Lanka, Estados Unidos, Serbia, Italia, el Estado español, Venezuela, Yemen o los territorios palestinos ocupados, geografías que para la mayoría de cubanos parecen distantes, insignificantes o idílicas, o sea en Gibara, Santiago de Cuba, El Güirito, Los Caneyes, La Habana, Morón o Villa Clara, lugares más nuestros.
Cada victoria popular es de todos los pueblos, así como cada derrota. Cada vida arrebatada en Gaza es nuestra también, como cada víctima de ICE [Servicio de Inmigración y Control de Aduanas] en Estados Unidos, cada muerto del narcotráfico, cada preso político, cada oprimido por el totalitarismo, cada ciudadano pisoteado por «la democracia». El hambre del mundo es nuestra hambre y la lucha no puede identificar fronteras. El Poder, esa «bestia magnífica», es la ilusión que imponen las clases dominantes para hacernos obviar que nosotros, las mayorías, somos su terror más presente.
Esta es «la guerra de todos los estados contra toda la gente», como definieron John Holloway y Eloísa Peláez. El Estado con sus estructuras de opresión, el Estado como entidad construida por y para el poder, el Estado como noción oligárquica, el Estado como constructo fronterizo y segregador, el Estado como praxis inexistente dentro de la globalización del capitalismo imperialista, el Estado como el supuesto trozo soberano donde operan las maquinarias de la industria del sometimiento. Siempre la lucha es por la emancipación de los pueblos y por la ruptura del sistema. Pueden disfrazarla de lo que quieran, puede que ni siquiera la entiendan quienes la llevan a cabo. Puede incluso ser una ilusión comprada en Burger King o Krusty Krab. Pero siempre romperá con las lógicas de control que impone la maquinaria del poder.