Imagen: manaramagazine.org
Gilbert Achcar
Sitio web del autor, 28-4-2026
Traducción: César Ayala
Correspondencia de Prensa, 1-5-2026
Irán tiende hacia un modelo similar al de la Rusia de Vladimir Putin, basado en la militarización y el rentismo, en marcado contraste con el modelo chino que defienden los reformistas.
Donald Trump afirmó que perseguía un «cambio de régimen» en Irán, pero de una manera distinta a como lo utilizó la administración de George W. Bush para justificar la invasión de Iraq en 2003, que se presentó como un proceso para llevar la democracia tras el derrocamiento de Sadam Husein. Como hemos argumentado repetidamente en estas páginas, incluso antes de la agresión conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán (véase, por ejemplo, «Washington no llevará la democracia a Irán» [en árabe], 10 de febrero de 2026), el objetivo de Trump era —y sigue siendo— replicar su estrategia venezolana: secuestrar al presidente para allanar el camino a un sucesor dispuesto a cooperar con Washington y sus intereses petroleros. En otras palabras, su objetivo era «cambiar el comportamiento del régimen», no cambiar el régimen en sí.
Sin embargo, el resultado de las acciones de Trump en Irán ha sido contrario a su intención. No ha fortalecido al ala reformista «pragmática» dentro del régimen iraní. Estos reformistas sostienen que lo mejor para Irán es detener su programa de enriquecimiento de uranio, que se encuentra en una incómoda posición a medio camino entre los umbrales de las armas nucleares y el uso pacífico de la energía nuclear. La verdad es que Irán no necesita energía nuclear: cuenta con abundantes combustibles fósiles y un potencial aún mayor de energías renovables, en particular la energía solar, de la que China —su principal socio económico— es el principal productor mundial. Los reformistas también sostienen que la política de Irán de expandir su influencia en el mundo árabe no ha logrado disuadir a sus adversarios, sino que ha desencadenado guerras destructivas en las que se han visto envueltos Irán y su aliado libanés, Hezbolá. Lo más importante es que creen que la liberalización económica y el acercamiento a Occidente podrían revitalizar la economía iraní, aprovechar sus recursos humanos y tecnológicos, y reparar la relación fracturada entre el Gobierno y una población cada vez más hostil hacia el régimen actual.
Sin embargo, la agresión bipartita liderada por Washington ha reforzado el ala militar del régimen iraní, centrada en el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC). Esta ala se sustenta en un modelo económico rentista alimentado por los ingresos del petróleo y el gas y muestra escaso interés en desarrollar una economía productiva e integrada a nivel mundial —del tipo que China logró mediante la histórica apertura económica que le permitió llevar a cabo el mayor milagro económico de la historia moderna—. En efecto, Irán tiende hacia un modelo similar al de la Rusia de Vladimir Putin, basado en la militarización y el rentismo, en marcado contraste con el modelo chino preferido por los reformistas.
Es importante señalar que la ideología religiosa no ha sido una fuerza rectora de la República Islámica desde la muerte de su fundador, el Gran Ayatolá Ruhollah Jomeini, en 1989, y el posterior ascenso de Hojjatoleslam Ali Jamenei —entonces un clérigo de rango medio cuya elevación requirió cambios constitucionales que, en la práctica, rebajaron los requisitos teológicos para el liderazgo. El ascenso de Jamenei, facilitado por Ali Akbar Hashemi Rafsanjani, fue el resultado de una maniobra política que erosionó gradualmente el liderazgo espiritual y religioso de la era Jomeini. Sin embargo, contrariamente a la aspiración pragmática de Rafsanjani, Irán se transformó en una república militar dominada por la Guardia Revolucionaria, estrechamente aliada con Jamenei, abandonando cada vez más sus amplias reivindicaciones ideológicas islámicas en favor del oportunismo sectario para expandir su influencia regional.
Esta expansión comenzó en el Líbano durante la era de Jomeini, justificada legítimamente como un apoyo contra la ocupación sionista del sur del Líbano. Posteriormente, la expansión se extendió de forma mucho menos legítima a Irak, donde Teherán animó a sus representantes sectarios a cooperar con la invasión y ocupación estadounidenses para reforzar la influencia iraní. En Siria, el apoyo al régimen de Assad —aparentemente un régimen perteneciente a la ideología «socialista árabe baasista» que Irán había detestado durante mucho tiempo— formaba parte de una estrategia más amplia para construir un eje sectario leal a Teherán, que se extendía desde Irán hasta las costas mediterráneas del Líbano y Siria, pasando por Irak. Los hutíes yemeníes se unieron posteriormente a este eje, rebelándose inicialmente contra el gobierno electo que surgió del levantamiento popular de 2011 y del derrocamiento de Ali Abdullah Saleh. Se aliaron temporalmente con el dictador derrocado, con quien no compartían nada más que la afiliación sectaria, solo para asesinarlo poco después.
La agresión bipartita liderada por EE. UU. ha reforzado aún más esta orientación expansionista militarizada, lo que explica el estancamiento de las negociaciones entre Teherán y Washington. Este resultado se ajusta a los deseos del Gobierno israelí, que, a diferencia de Trump, no busca un mero cambio de comportamiento, sino el derrocamiento total del régimen iraní, e incluso la fragmentación del país según líneas étnicas. Netanyahu, por lo tanto, favorece el estancamiento, con la esperanza de que fracasen los esfuerzos reformistas iraníes por alcanzar un acuerdo negociado (véase «Esbozo de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán» [en árabe], 7 de abril de 2026).
Trump se enfrenta ahora a las consecuencias de su miopía política y de su confianza en replicar el escenario de Venezuela en Irán, sin apreciar las profundas diferencias entre ambos países. Se enfrenta a un dilema: continuar con la agresión bipartita tal y como insta Netanyahu, asumiendo inmensos riesgos económicos y políticos en EE. UU., especialmente con las elecciones al Congreso a la vuelta de la esquina, o retirarse bajo un pretexto que no engañaría a nadie y erosionaría aún más la confianza tanto entre los aliados regionales como entre los occidentales. En cualquier caso, la actual situación de «ni guerra ni paz» no puede prolongarse indefinidamente.
–El original en árabe fue publicado en Al-Quds al-Arabi, 28-4-2026. Puede republicarlo o publicarse en otros idiomas, citando la fuente.