Portada : Kateryna Gritseva
Maia Barkaia
Commons, «Diálogos de las periferias», 13-1-2025
Traducción de Correspondencia de Prensa, 21-1-2025
Desde el 28 de noviembre, un río de gente fluye sin cesar por la céntrica avenida Rustaveli de Tiflis, con diversas columnas de manifestantes que marchan de día y se funden en un poderoso torrente de noche. Desde que Georgia recuperó la independencia en 1991, nunca había vivido una movilización tan masiva sin un líder político al frente del movimiento. Algunos han intentado enmarcar las protestas como un conflicto entre el partido gobernante Sueño Georgiano y su oposición política, pero éste es uno de esos raros momentos en los que la gente, y no los políticos, lidera las protestas. En cuanto a la presidenta Salomé Zourabichvili, es considerada en general como un instrumento para amplificar la voz del pueblo georgiano ante la comunidad internacional, al tiempo que busca apoyo para la política que defiende.
El movimiento actual encarna una lucha entre una realidad política brutal y grupos resistentes que se unen en la protesta, unidos en su determinación de forjar solidaridades y de reconquistar el futuro de Georgia. ¿Cómo pueden entenderse estas protestas sin precedentes? ¿Se trata de manifestaciones proeuropeas del pueblo contra un gobierno percibido como proclive a Rusia? ¿Es una lucha por los derechos democráticos, que están siendo suprimidos por un giro creciente hacia el autoritarismo? ¿O forma parte de una «contienda geopolítica» entre las principales potencias mundiales? ¿De qué manera Sueño Georgiano saca provecho de la soberanía y la descolonización en su afán por consolidar su poder político?
En este artículo, me veo obligada a dirigirme a mis colegas, amigos y camaradas no georgianos para cuestionar varios análisis existentes de los acontecimientos que están teniendo lugar en Georgia, al tiempo que emprendo la tarea casi imposible de traducir el contexto local. No haré referencia directa a las voces específicas a las que respondo, ya que reflejan una narrativa colectiva amplia y sintomática. Estas voces incluyen perspectivas de la izquierda, de países del Sur y de los defensores de la neutralidad, aquellos que dicen guiarse por un paradigma antiimperial. En los párrafos siguientes, me referiré a esta narrativa colectiva como «campista», describiendo a aquellos que ven el mundo como dividido en campos o esferas de influencia en competencia, con las grandes potencias consideradas como los principales agentes de la historia. Tienden a ponerse del lado de cualquier potencia, incluidos los gobiernos autoritarios y aquellos con sus propias historias de agresión imperial, por el simple hecho de oponerse a Occidente.
El 28 de noviembre, Sueño Georgiano, el partido que se adjudicó la victoria en las elecciones del 26 de octubre, anunció la suspensión de las negociaciones de adhesión con la UE, hasta 2028. Esta decisión, en primer lugar, sacudió las aspiraciones geopolíticas de los georgianos, señalando un claro alejamiento del rumbo al que aspira la mayoría de los georgianos, el 81% según las encuestas. El anuncio fue la gota que colmó el vaso, pero no la única razón del descontento popular actual. Hay más cosas en juego, de las que hablaré en los párrafos siguientes. La respuesta del gobierno a las protestas fue desproporcionada y represiva, con un uso generalizado de gases lacrimógenos, cañones de agua, detenciones extrajudiciales y apaleamientos. Más de 460 manifestantes, incluidos periodistas, fueron detenidos, y 300 de ellos denunciaron graves palizas y otras formas de maltrato. Incluso el Defensor del Pueblo de Georgia, acusado a menudo de parcialidad progubernamental, calificó la violencia policial durante la detención de tortura.
Las reivindicaciones inmediatas de los manifestantes, respaldadas por la presidenta de Georgia, Salome Zourabichvili, incluyen la convocación de nuevas elecciones libres y justas y la liberación de los manifestantes detenidos. Las demandas a largo plazo, basadas en la exigencia inmediata de nuevas elecciones, incluyen la revocación de las iniciativas legislativas promulgadas por el gobierno en los últimos dos años que pretenden consolidar el poder de Sueño Georgiano y restringir la democracia, y la exigencia de reafirmar el compromiso de Georgia con la vía de la integración en la UE.
Con las protestas como telón de fondo, el clima de regresión de la democracia se ha intensificado, ya que el partido Sueño Georgiano introdujo y aprobó apresuradamente en el parlamento enmiendas alarmantes a varias leyes, que afectarán gravemente al derecho a manifestar. Entre ellas, los cambios en la Ley de la Función Pública simplifican el proceso de despido de los funcionarios, facilitando su despido en función de sus opiniones políticas. Los activistas argumentan que estos cambios violan los derechos laborales y aumentan el riesgo de persecución política dentro del sector público. Además, las personas despedidas no podrán solicitar la reincorporación a sus puestos, aunque un tribunal dictamine que el despido es ilegal, por lo que sólo tendrán derecho a tres meses de salario como indemnización. Antes de las enmiendas, el alcalde de Tiflis, Kakha Kaladze, amenazó públicamente a los empleados del Ayuntamiento de Tiflis que habían firmado una petición oponiéndose a la decisión de Sueño Georgiano de suspender la integración en la UE. La semana pasada, incluso antes de que la nueva ley entrara en vigor, varios funcionarios que criticaron abiertamente al gobierno fueron despedidos del Ayuntamiento de Tiflis.
Mientras continúan las protestas, Sueño Georgiano se apresuró a introducir otro paquete de enmiendas a las infracciones administrativas, otorgando a la policía la autoridad para detener a ciudadanos durante 48 horas basándose únicamente en sospechas. Según estas enmiendas, las personas pueden ser detenidas no por preparar o intentar cometer una infracción administrativa, sino totalmente a discreción de un agente de policía que sospeche que podrían cometerla. Los nuevos cambios legislativos imponen normas más estrictas a las reuniones y manifestaciones, aumentan las penas para los manifestantes, incluidas las multas por bloquear calles, y simplifican los procedimientos de detención. En un momento en que las fuerzas del orden sacan por la fuerza a las personas de sus casas, coches y calles para detenerlas, esta enmienda es especialmente alarmante. Las protestas actuales representan un movimiento para evitar que el país, y cada hogar, se conviertan en una cárcel.

¿Peones equivocados o sujetos de la Historia?
El marco general utilizado por los campistas a los que respondo presenta a los manifestantes locales como elementos nocivos y a Georgia como un simple peón de las grandes potencias mundiales, describiendo al país como cautivo de estas fuerzas mientras ignora el dominio que ejerce sobre él un oligarca multimillonario. Este paradigma sugiere que la historia sólo la hacen las grandes potencias, enmarcando a países como Georgia como espectadores inactivos, condenados a la condición de observadores pasivos de la historia. A la inversa, una perspectiva contraria insiste demasiado en la capacidad de acción de los países independientes, ignorando a menudo las estructuras político-económicas mundiales que perpetúan el desarrollo desigual y limitan esta capacidad de acción nacional. Ninguna de las dos perspectivas capta adecuadamente la complejidad de una realidad influenciada por dinámicas tanto externas como internas. Aunque es innegable que la geopolítica importa, también importa el contexto histórico y político local.
En primer lugar, la perspectiva que describe a los manifestantes como peones desorientados que esperan ingenuamente ser salvados, supone no reconocer el potencial político dentro del contexto local georgiano. Los manifestantes forman parte de un movimiento profundamente arraigado en una larga tradición de lucha por la democracia y la independencia, que busca solidaridad y aliados, no salvadores. En segundo lugar, dentro de las narrativas campistas dominantes, las relaciones entre Occidente y el Sur Global permanecen como un tema teórico singular, incluso dentro de las críticas al occidentalocentrismo. Occidente persiste como referente implícito en todas estas discusiones. Basándome en el marco de Dipesh Chakrabarty, argumentaré que los comentaristas sobre el imperialismo se basan en paradigmas presentados como universalmente aplicables, pero que con frecuencia se desarrollan prestando poca atención a las historias e imperios no occidentales. El hecho de centrarse en el imperialismo occidental como tema central de análisis refleja un sesgo teórico. Sin embargo, no propongo descartar las teorías universales, sino ampliarlas y afinarlas, asegurándome de que abarcan toda la heterogeneidad del mundo. Si esta carta estuviera dirigida a los georgianos, habría problematizado el sesgo opuesto de ver el mundo, e incluso las cuestiones sociales internas, a través del prisma singular de las relaciones entre Georgia y Rusia.
La narrativa campista reconoce la «capacidad de acción» en el marco de las tensiones entre Occidente y el Sur Global o de la competencia de las grandes potencias por las esferas de influencia, por lo que no capta las formas de acción que quedan fuera de esta rígida concepción. Como resultado, siguen etiquetando a los manifestantes como «elementos subversivos», una «minoría que ha sufrido un lavado de cerebro» o «una masa instigada por los partidos de la oposición». Afirman que sin «instigadores», los georgianos permanecerían pasivos, ajenos e inmóviles. La verdadera cuestión es: ¿cómo entendemos la acción? ¿Es un mero sinónimo de resistencia a la dominación occidental o, como sugiere Saba Mahmood, una capacidad de acción moldeada y posibilitada por relaciones de dominación y subordinación históricamente específicas? Para comprender la naturaleza de las protestas en Georgia, debemos examinar las relaciones de dominación históricamente específicas de Georgia.
El paradigma campista limita significativamente nuestra capacidad para comprender plenamente las aspiraciones, luchas y temores de los pueblos postsoviéticos. Los especialistas que defienden puntos de vista similares sobre Ucrania han descrito este marco dominante como «imperialismo epistémico» e «interimperialismo», en el que Ucrania se analiza simultáneamente a través de perspectivas tanto occidentales como rusocéntricas. A pesar de su aparente oposición, estos dos puntos de vista a menudo confluyen cuando se trata de comprender el espacio postsoviético, reforzando una narrativa reductiva que pasa por alto la acción local al tiempo que da prioridad a las potencias externas. Estos puntos de vista, que abarcan ideologías tanto de izquierdas como de derechas, están conformados por diferentes razonamientos pero, al final, reiteran los debates dominantes de las Relaciones Internacionales, que presuponen que los Estados son actores racionales que navegan por un mundo hostil y se centran principalmente en garantizar su propia supervivencia. Paradójicamente, mientras que esta perspectiva pretende retratar a Rusia como un actor racional, enmarcando sus guerras en los países vecinos como respuestas lógicas a amenazas externas, no concede la misma importancia a los intereses de los países periféricos. Estas naciones más pequeñas también pueden tener razones existenciales para aliarse con otras como respuesta racional a la amenaza física históricamente persistente que supone un imperio vecino. ¿Tiene derecho un país pequeño y periférico como Georgia a determinar su política exterior? La cuestión no es si estamos de acuerdo con las alianzas que tal país elige, sino si tiene el derecho fundamental a tomar tales decisiones o si, por el contrario, debe rendirse a los caprichos de un imperio regional.
Sería ahistórico considerar la relación de Georgia con las instituciones europeas como un hecho aislado, desconectado de sus antecedentes contextuales. El primer gobierno georgiano postsoviético, junto con algunas otras antiguas repúblicas soviéticas, declinó unirse a la recién formada Comunidad de Estados Independientes (CEI), una asociación de países que anteriormente formaban parte de la Unión Soviética. En 1991 estalló una guerra civil que condujo al derrocamiento del primer presidente de Georgia. En 1992, Georgia estaba bajo el dominio de los oligarcas y, en 1993, la guerra civil terminó tras la intervención de la Flota del Mar Negro del comandante ruso Eduard Baltin, a petición del segundo presidente, Eduard Shevardnadze. Shevardnadze se vio obligado a firmar un decreto sobre la adhesión de Georgia a la CEI, tras lo cual se desplegaron guardias fronterizos rusos en las fronteras estratégicas de Georgia con Turquía y en sus límites marítimos. A continuación se firmó un acuerdo, nunca ratificado, para desplegar bases militares rusas en Georgia, lo que supuso un grave menoscabo de la soberanía georgiana.
Sin embargo, a partir de 1996, el gobierno georgiano intensificó sus esfuerzos por entablar relaciones con las instituciones europeas para reducir la presencia militar rusa en el país, tomar el control de sus propias fronteras y abordar dos conflictos congelados sin resolver en Abjasia y Osetia del Sur. A pesar de estos esfuerzos, la retirada de las fuerzas rusas fue un proceso largo y difícil. Comenzó en 1999 con la firma del Convenio de Estambul, que resultó decisivo para la retirada de las bases militares rusas. Las últimas bases rusas se retiraron en noviembre de 2007. Apenas un año después, en agosto de 2008, tuvo lugar la guerra entre Rusia y Georgia, que supuso otra gran escalada. Las pruebas históricas demuestran que Rusia ha tratado constantemente de mantener su influencia en la región, lo que supone una amenaza constante para la soberanía de Georgia, lo que ha convertido la postura defensiva en una segunda naturaleza para Georgia. Los campistas afirman que los georgianos han sido llevados al antagonismo contra Rusia por Occidente, pero, como en otros casos, esta conclusión se deriva de su desprecio por la historia. El antagonismo político ha definido durante mucho tiempo las relaciones entre Georgia y Rusia, y el proyecto nacional moderno georgiano ha estado moldeado por este antagonismo profundamente arraigado desde sus comienzos.
El sujeto imperial está condenado a permanecer perpetuamente alerta, temiendo salirse de la línea. La decisión deliberada de salir de la «esfera de influencia» es un acto de desafío contra esta subjetividad impuesta. Representa un movimiento hacia la desvinculación y la afirmación de la soberanía, rechazando la autoridad de un vecino imperial que se cierne como la espada de Damocles, en perpetua amenaza de intervención. Aunque los comentaristas que abogan por la neutralidad sugieren permanecer «dentro de la esfera de influencia», la historia demuestra que las constantes posturas de fuerza de Rusia distan mucho de ser mero «exhibicionismo». Como imperio contiguo, la Rusia zarista consideraba las regiones conquistadas como extensiones de su propio territorio y, por tanto, la disolución del imperio como una pérdida de sus propias tierras. Esto, unido a la negación por parte de Rusia de su pasado colonial y a su negativa a renunciar al dominio de la región, hace que el proyecto de independencia y descolonización quede incompleto, atrapado en la espiral de la historia y coloca a Georgia en un eje de poder distinto.
Los expertos en neutralidad pasan por alto esta posición geopolítica diferenciada, sus antecedentes históricos y su contexto político, y sugieren que Georgia debería evitar formar alianzas geopolíticas que pudieran desagradarle a Rusia. Sin embargo, esta posición en sí está lejos de ser neutral, ya que insiste en permanecer dentro de la «esfera de influencia» de Rusia. Por el contrario, los defensores de la neutralidad durante el Movimiento de Países No Alineados de la década de 1960 rechazaban la idea de dividir el mundo en esferas de influencia y abogaban por la independencia y la autodeterminación. Además, la neutralidad tiene dos condiciones previas específicas del contexto y del poder. En primer lugar, la neutralidad en ausencia de una amenaza inmediata por parte de una de las grandes potencias rivales difiere fundamentalmente de la neutralidad bajo la sombra de dicha amenaza. En segundo lugar, la neutralidad entre potencias de fuerza relativamente igual no es lo mismo que la neutralidad con un desequilibrio de poder significativo. El ejemplo de la relación gestionada de India con China es irrelevante para las repúblicas postsoviéticas, que carecen de la influencia o la igualdad con Rusia para adoptar una postura negociadora similar. El mundo moderno, ya sea en fase monopolar, bipolar o multipolar, nunca ha estado dividido entre naciones igual de poderosas y de impotentes. El llamado «resto del mundo» nunca ha experimentado una vulnerabilidad u opresión uniformes, sino que existe dentro de jerarquías estratificadas de potencias imbricadas. Mientras las naciones más poderosas compiten por el dominio en un paisaje multipolar de imperios, el «resto» busca alianzas para contrarrestar a la potencia que supone la amenaza más inmediata para ellas.
La narrativa campista de la que hablo ignora por completo las experiencias democráticas locales y descarta las protestas actuales como un caso más de «lavado de cerebro» por parte de la democracia liberal occidental. Mientras que la actual configuración del poder mundial tiene como resultado el predominio de ciertos modelos de democracia, las protestas actuales pueden interpretarse como un indicador de que la aspiración de Georgia a la democracia tiene la capacidad de ir más allá de la mera imitación de los modelos establecidos. Nuestra memoria colectiva está formada por varias experiencias democráticas, aunque incompletas, de nuestro pasado. Estas protestas tienen el potencial de abordar no sólo la crisis local sino también la crisis más amplia de la democracia mediante la búsqueda de formas de democracia de base local, emancipadoras y polifónicas enraizadas en la justicia social y la igualdad económica.
Uno de los primeros experimentos de democracia en Georgia tuvo lugar entre 1902 y 1906 en la pequeña región de Guria, donde los campesinos se rebelaron inicialmente por los derechos sobre la tierra y pronto exigieron impuestos progresivos, educación gratuita y obligatoria para todos, libertad de expresión, prensa y reunión. Este levantamiento culminó finalmente en el autogobierno campesino, pero fue violentamente reprimido por las fuerzas de la Rusia zarista. El experimento democrático se reactivó cuando surgió la oportunidad de la independencia durante la Primera República Democrática de Georgia (1918-1921), dirigida por un gobierno de coalición de socialdemócratas georgianos. La Primera República, como sostienen los estudiosos del derecho político Vakhtang Menabde y Vakhtang Natsvlishvili, fue fundada sobre el principio de la democracia directa. Los socialdemócratas ampliaron esta idea al concepto de «democracia no intermediaria», un modelo centrado en la soberanía popular que se convirtió en el principio rector tanto de la constitución como del enfoque gubernamental de la gobernanza. Este marco pretendía contrarrestar la concentración de poder en manos del parlamento y de las clases dominantes, un desequilibrio que los líderes de la Primera República, como Noe Zhordania, criticaron por privar a las masas de oportunidades para participar e influir en la gestión pública. El poder político no recaía únicamente en el cuerpo legislativo, sino que era compartido con el pueblo. Esta estructura permitía a los ciudadanos participar en la gobernanza y ejercer un control sobre las instituciones que operaban fuera de la jurisdicción de la mayoría parlamentaria. Un volumen recientemente publicado, editado por Luka Nakhutsrishvili, destaca que la Primera República fue un experimento verdaderamente polifónico y democrático. Trató de trasladar la soberanía de las clases dominantes y hacia el principio de la soberanía popular. Así pues, la democracia en Georgia tiene una genealogía dual; históricamente, fue algo más que un instrumento a copiar. En cambio, evolucionó como un experimento único, impulsado por las bases, moldeado en gran medida por las luchas locales.

Zonas sacrificadas y miedo instrumentalizado: la mano soberana del autoritarismo en Georgia
En respuesta a los campistas, también es necesario examinar de qué manera conceptos como la soberanía son invocados y distorsionados por Sueño Georgiano para camuflar su consolidación autoritaria del poder. Los campistas presentan los recientes cambios legislativos como algo que sirve a los intereses nacionales de Georgia, equiparando a la élite política y económica gobernante con el pueblo. Para descubrir el propósito subyacente tras la apropiación de estas ideas por parte de Sueño Georgiano, es necesario examinar las implicaciones de las iniciativas legislativas aprobadas en 2024 en el contexto de los movimientos populares. La soberanía se ha convertido en una palabra de moda en la política internacional contemporánea, a menudo invocada y manipulada con fines divergentes. Resulta crucial diferenciar las implicaciones ideológicamente diversas de la soberanía, ya que confundir su uso por parte de actores igualitarios con su apropiación por parte de poderes autoritarios antiigualitarios resulta engañoso y manipulador. Desde un punto de vista igualitario, la soberanía gira en torno a la capacidad del pueblo para influir en la política y en la gobernanza económica mundial, lo que perpetúa el desarrollo desigual. Por el contrario, el Partido Sueño georgiano y otros Estados que siguen trayectorias similares esgrimen la retórica de la soberanía para monopolizar el poder en contra del pueblo. Su planteamiento pretende restringir la influencia de las instituciones supranacionales, no en interés del bienestar público o de la autonomización democrática, sino para proteger y afianzar el dominio del capital controlado por unos pocos.
Poco después de la independencia, en la década de 1990, el desorden del régimen político permitió que unos pocos concentraran en sus manos la riqueza de la nación. La primera oleada de privatización del patrimonio nacional se produjo durante este periodo. Tras la Revolución de las Rosas de 2003, el recién formado Movimiento Nacional Unido aplicó reformas económicas neoliberales que, por un lado, estimularon el crecimiento económico general pero, por otro, no abordaron los reclamos básicos de la sociedad georgiana, como el desempleo y la pobreza. Algunos califican este periodo de «neoliberalismo autoritario». La confianza del gobierno en la privatización continuó durante la década de 2000, y para cuando Sueño Georgiano llegó al poder en 2012, quedaba poco que vender – excepto la vasta cadena de montañas con sus ríos, que son reservas de energía que ofrecen un potencial lucrativo. Siguiendo una trayectoria económica similar, Sueño Georgiano ha intensificado recientemente las medidas autoritarias mediante cambios legislativos y violencia contra los opositores, acaparando el Estado y monopolizando las instituciones gubernamentales bajo un régimen oligárquico. El régimen ha pasado a centrarse en la extracción y privatización de los recursos naturales para generar más riqueza. Sin embargo, para monetizar estos recursos es necesario acallar la disidencia y sacrificar zonas enteras.
La serie de leyes que amenazan la democracia y garantizan los intereses de la élite económica y política, aprobadas el año pasado, deben considerarse en el contexto de la consolidación absoluta del poder por parte de la oligarquía. Por esta razón, Sueño Georgiano aprobó la «Ley Offshore» en 2024, que ofrece incentivos fiscales a las empresas offshore que transfieran activos offshore a Georgia eximiéndolas del impuesto sobre beneficios, del impuesto sobre la renta de las personas físicas, del impuesto sobre bienes inmuebles y de los derechos de importación. Esta ley aumenta el riesgo de que Georgia se convierta en un canal para actividades de blanqueo de dinero, incluidas las que implican a oligarcas rusos que han sido sancionados. El mismo Sueño georgiano, que se había opuesto a cualquier impuesto progresivo que beneficiara a los miembros más pobres de la sociedad, adoptó apresuradamente esta ley, que impone una fiscalidad regresiva en beneficio de los más ricos. Los datos demuestran sistemáticamente que los países con una fiscalidad menos progresiva registran una mayor desigualdad económica. Esta desigualdad, a su vez, refuerza la desigualdad política, ya que las sociedades con fuertes divisiones económicas tienden a tener sistemas políticos moldeados por los intereses de los ricos. En el caso de Georgia, esta dinámica le ha permitido al principal oligarca en el poder ejercer una influencia desproporcionada, lo que ha dado lugar a políticas centradas en su propio interés, en la consolidación del poder y en el mayor enriquecimiento de unos pocos privilegiados.
Otro texto legislativo que contribuye a la consolidación autoritaria del poder es la llamada Ley de Agentes Extranjeros, que obliga a las ONG, incluidos los medios de comunicación, que reciban más del 20% de su financiación del extranjero a registrarse como «agentes extranjeros.» Sin embargo, no sólo sectores como la sociedad civil, la investigación y los proyectos humanitarios reciben financiación extranjera. La economía de Georgia en su conjunto depende en gran medida de la inversión extranjera directa, que a menudo implica la extracción de recursos y proyectos de desarrollo de infraestructuras que pueden requerir la creación de «zonas sacrificadas». En consecuencia, la Ley de agentes extranjeros no es una simple amenaza abstracta para la democracia de Georgia, sino que constituye un mecanismo para criminalizar cualquier disidencia, incluidas las críticas a las políticas económicas nefastas. Por ejemplo, uno de los mayores movimientos sociales de base de la historia reciente, ‘Salvemos el valle del Rioni’, que se opone a las grandes centrales hidroeléctricas y que fue financiado en su totalidad por simples ciudadanos, incluidos inmigrantes, ya ha sido tachado por el gobierno de «instigado desde el extranjero» debido a su apoyo por parte de organizaciones de la sociedad civil que trabajan en temas medioambientales. La cuestión de la Ley de Agentes Extranjeros no es meramente «semántica», como sugieren algunos comentaristas de los estudios sobre neutralidad, sino más bien un intento deliberado de deslegitimar movimientos como el del Valle de Rioni. Sirve como herramienta para diabolizarlos, silenciar sus voces y excluirlos del orden jurídico, político y moral.
Otro ejemplo de zona sacrificada es el yacimiento de la antigua mina de oro de Sakdrisi, donde la empresa de propiedad rusa RMG obtuvo una licencia para realizar operaciones mineras. A pesar de la firme oposición de arqueólogos, expertos y la sociedad civil, el Ministerio de Cultura retiró el yacimiento de la lista de patrimonios protegidos, lo que permitió a la empresa proceder a explosiones en uno de los yacimientos más antiguos del mundo. Las investigaciones georgiano-alemanas han demostrado que los artefactos hallados en Sakdrisi datan de principios del tercer milenio a.C., lo que la convierte en una de las minas de oro conocidas más antiguas del mundo. RMG propuso un compromiso: construir un museo arqueológico para albergar los artefactos encontrados durante las excavaciones mientras la empresa seguía extrayendo oro y obteniendo licencias adicionales para las operaciones en los pueblos cercanos. La voluntad del gobierno georgiano de dar prioridad a la explotación minera de los pozos ha provocado el sacrificio y la desaparición de pueblos enteros. Por ejemplo, en el municipio de Chiatura, las operaciones de extracción de manganeso han devastado el pueblo de Shukruti. La mayoría de las casas del pueblo han sufrido graves daños, ya que el terreno se hunde debido a la extracción excesiva, tragándose las casas y convirtiendo a los aldeanos en testigos de la destrucción de sus viviendas.
La promoción internacional de la democracia en la Georgia postsoviética se ha basado en una disociación entre las esferas política y económica, basada en el supuesto de que las libertades y los derechos civiles pueden abstraerse de la igualdad social. Durante el gobierno del Movimiento Nacional Unido (2003-2012), la disociación se hizo evidente al centrarse en la desregulación y las reformas institucionales, con poco énfasis en la democratización de las esferas social y económica. Paradójicamente, los derechos laborales mínimos que tenemos actualmente fueron modificados no como resultado de la presión popular -ya que los gobiernos suelen desatender los reclamos de la población- sino como parte del proceso de europeización. El gobierno georgiano tuvo que alinear su código laboral con las normas de la UE, tal y como lo establece el Acuerdo de Asociación UE-Georgia de 2014. Como resultado, el nuevo Código Laboral fue aprobado en 2020 con el telón de fondo de unas condiciones laborales devastadoras, como la discriminación en el lugar de trabajo, las largas jornadas laborales, muertes en el lugar de trabajo y accidentes laborales. Este es un ejemplo más de cómo se utilizan las normas laborales internacionales como instrumento para obtener derechos del régimen oligárquico local. Del mismo modo, militantes populares como Tsotne Tvaradze invocan estas normas internacionales para apoyar su argumento a favor del derecho democrático de la comunidad a participar en la toma de decisiones sobre las políticas que afectan a su entorno, como la privatización del cañón de Balda.
El concepto de «democracia soberana», una narrativa de los ideólogos del Kremlin, sirve a dos propósitos principales: consolidar gobiernos de tendencia autoritaria y, como sostiene Ivan Krastev, apelar ideológicamente al Sur Global a través de su aparente asociación con la soberanía antiimperial. La soberanía antiimperial desafió históricamente las presiones internacionales que entraban en conflicto con los intereses del pueblo. Por el contrario, Sueño Georgiano despliega el discurso de la «soberanía» para proteger a la autoridad de la vigilancia pública y eludir la adhesión a los principios democráticos y la capacidad de respuesta a las demandas del pueblo. Así, el autoritarismo de Sueño Georgiano es a la vez antioccidental y antipopular, impulsado por un profundo temor a la participación democrática del pueblo. Dentro de este marco, oponerse a Sueño Georgiano es equiparado a oponerse al pueblo georgiano, reflejando la retórica en Rusia, donde la disidencia contra Putin es equiparada a la disidencia contra la nación. Además, el hecho de oponerse a los líderes de Sueño Georgiano es presentado como un ataque contra el propio pueblo georgiano. Esta fusión de los intereses del público con los de la élite gobernante ofrece una versión deformada de la democracia, una visión en la que «los pobres no pueden ganar». Esta versión diluida de la democracia, que pretende conciliar la irreconciliable desigualdad económica con los ideales democráticos, se ha convertido en un marco seguro y aceptable para la élite gobernante de la Georgia contemporánea, ya que deja intactas las esferas centrales de la explotación y la dominación. Las protestas que están teniendo lugar en defensa de la democracia tienen la capacidad de cuestionar esta disociación entre las esferas política y económica, ya que la verdadera igualdad política y la participación directa son herramientas esenciales para influir en los procesos políticos generales, pero también para abordar y transformar las arraigadas desigualdades socioeconómicas de la sociedad.
La sociedad georgiana tiene varias razones legítimas para sentir miedo en el mundo actual: miedo no tener trabajo o miedo a perderlo, miedo a la guerra, miedo al desplazamiento forzoso y miedo a la inseguridad sanitaria. Sin embargo, estos temores y agravios legítimos se ven eclipsados por el miedo políticamente fabricado a los derechos LGBTQI+, que ha sido instigado por el gobierno actual, junto con el miedo a la guerra. El antigenerismo es un fenómeno global que surge del nexo ideológico de diversas fuerzas globales. Sin embargo, sus variantes locales suelen reforzar la narrativa de un Occidente «gay-friendly» frente a una Rusia «tradicional», utilizando la homofobia como arma al servicio del objetivo primordial de consolidar el poder de Sueño Georgiano. Mientras que la serie de iniciativas legislativas llevadas a cabo por el gobierno durante el último año amenazan la capacidad de los ciudadanos para participar e influir en los procesos políticos, el paquete legislativo aprobado el 17 de septiembre de 2024, dirigido contra los derechos y libertades de la comunidad LGBTQI+, pretende dividir aún más a la sociedad. Esta división llega en un momento en el que, en otras circunstancias, la sociedad podría estar unida por un sentimiento compartido de miedo y vulnerabilidad, fomentando potencialmente el apoyo mutuo y las solidaridades.
Las leyes contra los derechos LGBTQI+ pueden interpretarse como una iniciativa polivalente que canaliza los temores socioeconómicos hacia las fobias sociales y canaliza la ira de la élite gobernante hacia los grupos sociales oprimidos. A través de la guerra cultural, demoniza a la UE en nombre de la «soberanía nacional», principalmente para suprimir la disidencia y la resistencia a las diversas políticas antisociales, al tiempo que consolida el poder. El partido Sueño Georgiano refuerza la división cultural fabricada entre categorías totalizadoras, como el Occidente «amigo de los homosexuales» y el mundo ortodoxo «tradicional», tal y como lo promueven los defensores de la violencia en el Mundo Ruso. Estas tajantes categorías binarias sirven a los defensores del Mundo Ruso para insistir en la «igualdad» con las antiguas repúblicas soviéticas, al tiempo que subrayan las diferencias culturales con Occidente. El discurso de la igualdad pretende equiparar los intereses de la potencia dominante con los de todos los «países postsoviéticos», ignorando las diferencias y la tensa historia de las relaciones con Rusia. Por último, la insistencia en la uniformidad cultural y la creación de una división civilizacional ayuda a Rusia a desviar el foco de atención de la amenaza real de intervención que representa, redirigiendo la atención a la amenaza fabricada de sociedades «culturalmente diferentes». Un intercambio entre el jefe de las fuerzas especiales y un periodista ilustra cómo funciona este cambio de enfoque. Periodista: «¿Quieren ser gobernados por Rusia?». El jefe de las fuerzas especiales: «¿Quiere usted que lo gobiernen los pedarastas (autor: término denigrante para referirse a los homosexuales)?» Una yuxtaposición similar fue utilizada en Ucrania en 2015, cuando un diputado comentó que «es mejor tener un desfile gay» en Kyiv «que tanques rusos en el centro de la capital de Ucrania».
Si bien el partido Sueño Georgiano, al militarizar los temores legítimos de la gente sobre el mundo en que vivimos, se apropia de conceptos emancipadores como la soberanía, la descolonización y la paz, estos conceptos no son más que una caparazón hueca cuando son despojados de su esencia ética. Por ejemplo, mientras que la descolonización busca sustituir la explotación de la naturaleza por la unidad con la naturaleza y desmantelar las jerarquías entre humanos y no humanos, entre naciones y entre individuos, la «descolonización» que proclaman los regímenes autoritarios sólo busca ampliar su capacidad para perpetuar esas mismas jerarquías. Las protestas actuales tienen el potencial de devolver el sentido a estos conceptos y completar el proyecto inacabado de la independencia, lo que podría allanar el camino para una nueva relación con la justicia, la libertad y la solidaridad. El movimiento de protesta en Georgia está arraigado en una doble temporalidad: resistir al autoritarismo en el presente y al mismo tiempo dar forma colectivamente a una Tercera República socialmente justa, igualitaria y democrática basada en la unidad.