Nicolás Maduro Guerra
Gustavo Martínez Rubio
Aporrea, 13-5-2026
Correspondencia de Prensa, 14-5-2026
Recientemente, Nicolás Maduro Guerra, hijo del mandatario venezolano secuestrado en New York, ofreció una entrevista a un medio alemán que ha levantado una polvareda de indignación. En un tono pretendidamente reflexivo, «Nicolasito» admitió que el chavismo debe pedir perdón por los «excesos» cometidos, especialmente en los ámbitos policial y judicial. Habla de errores, de corregir el rumbo y de una supuesta introspección política. Sin embargo, tras la fachada de la autocrítica se esconde una operación de maquillaje que pretende despachar largos años de tragedia nacional con una simple disculpa.
El problema fundamental de las declaraciones de Maduro Junior es conceptual, ético y también político, por supuesto. No estamos ante «equivocaciones» fortuitas. Lo que él llama «excesos» son, en realidad, resultados concretos y deliberados de un diseño político ejecutado por el gobierno que encabezaba hasta hace nada su padre. No se «comete un error» cuando se desmontan sistemáticamente los derechos fundamentales de una población; se ejecuta un plan de control social.
Llamar «exceso» a la represión feroz es un insulto a la memoria de las víctimas. Lo que el heredero del madurismo intenta suavizar es, en rigor, una política de Estado basada en la persecución política, el encarcelamiento de la disidencia y la muerte. Las cárceles llenas de presos políticos y los informes sobre torturas no son fallos en el sistema; son el sistema mismo funcionando para perpetuar un régimen profundamente antidemocrático.
El inventario de este supuesto «error» incluye el saqueo de las arcas públicas, un desfalco histórico que ha dejado al país en los huesos, y un autoritarismo que ha aniquilado la separación de poderes y asfixiado a la población. El perdón no restituye los miles de millones de dólares desaparecidos ni devuelve la vida a quienes cayeron bajo el fuego de cuerpos policiales que actuaron con absoluta impunidad.
Dentro de ese paquete de «excesos» que ahora parece lamentar Maduro Guerra, se encuentra el brutal ajuste económico aplicado contra la clase trabajadora. Bajo la mirada de su gobierno y de su partido, se ha barrido con las conquistas históricas del movimiento obrero, pulverizando salarios y derechos contractuales. Quienes han osado protestar por hambre o por dignidad laboral han recibido, como única respuesta, más represión y más cárcel. ¿Cómo se pide perdón por el hambre programada y la destrucción de la familia venezolana a través de la migración forzada?
Si Maduro Guerra estuviera realmente en una «onda de reflexión», su mirada debería dirigirse también al presente inmediato. Hoy asistimos a una entrega vergonzosa y humillante de la soberanía. El país, tras años de retórica «antiimperialista» oficial, ahora es entregado en bandeja de plata a los intereses de potencias extranjeras, incluyendo un acercamiento pragmático y opaco (bombas de por medio) con los Estados Unidos que no es más que claudicación neocolonial.
Si «Nicolasito» quiere dejar de ser parte de los «excesos», no basta con una entrevista cómoda frente a un periodista extranjero. El verdadero desmarque público implicaría denunciar el rumbo que hoy condena al pueblo venezolano a mayor miseria y a la pérdida de su autodeterminación.
El perdón sin justicia es solo una estrategia de sobrevivencia política. Mientras no haya responsabilidad penal, reparación real a las víctimas y un desmontaje total de la estructura represiva y corrupta, las palabras de Maduro Guerra no serán más que retórica vacía. El país, y sobre todo los trabajadores y los sectores populares no necesitan disculpas de quienes ostentan el poder; necesitan que cese la violación de derechos y vivir con dignidad.