Ziad Majed*
A l’encontre, 16-2-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 16-2-2026
La relatora especial de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, es una vez más objeto de una campaña política en su contra. Francesca Albanese es una pesadilla para los poderosos: una mujer libre de miedo, que defiende los derechos de los débiles frente a la autoridad de los protegidos.
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La relatora especial de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados, Francesca Albanese, vuelve a ser objeto de una campaña política que la ataca, no solo como persona, sino también como encarnación de una ética jurídica y como defensora de una postura independiente, que rechaza cualquier transacción que suponga una rebaja del derecho internacional y de las exigencias que éste impone en lo que respecta a los palestinos y a los crímenes israelíes perpetrados contra ellos.
Esta nueva ofensiva contra la abogada italiana —que, desde el inicio de la guerra genocida en Gaza, se convirtió en una de las voces más audibles en la documentación de las violaciones y la determinación de responsabilidades— se basa en la falsificación de una intervención grabada que ella había dirigido al Foro Al Jazeera, celebrado recientemente en Doha. Allí participó (a través de un video pregrabado) en una sesión titulada «La cuestión palestina: desafíos y oportunidades de la determinación de responsabilidades y el imperio de la ley», junto a Fatou Bensouda, exfiscal de la Corte Penal Internacional, y otros juristas y defensores de los derechos humanos.
En su discurso, Albanese se refirió a un sistema mundial en el que se entrelazan y se refuerzan los intereses económicos y políticos, en detrimento de los derechos y la ley, y que hizo posible, y sigue haciendo posible, el genocidio en Gaza. Consideraba este sistema como un enemigo común de la humanidad. La manipulación, o más bien la falsificación política, consistió en recortar su vídeo, eliminar algunas palabras y volver a difundirlo para dar la impresión de que, cuando hablaba de «enemigo de la humanidad», se refería directamente a Israel.
Desde ese momento, la campaña se aceleró en Francia, impulsada por la diputada del octavo distrito de los franceses en el extranjero, Caroline Yadan, conocida por su total alineamiento con Tel Aviv, hasta el punto de que algunos llegan a calificarla de representante de Benjamín Netanyahu en el Parlamento francés. Yadan publicó el fragmento parcial en las redes sociales y lo presentó como prueba suficiente para acusar a Albanese de antisemitismo e incitación al odio contra Israel. Varios diputados de derecha siguieron su ejemplo; periodistas de diversos medios de comunicación se hicieron eco de su falsificación, y luego el ministro francés de Asuntos Exteriores, Jean-Noël Barrot, adoptó la misma postura con una despreocupación y una irresponsabilidad poco habituales para alguien de su cargo, sin siquiera pedir a ninguno de los miembros de su equipo en el Quai d’Orsay (Sede del Ministerio de relaciones exteriores francés) que verificara los hechos antes de hacerlos públicos.
El ministro francés alcanzó un nivel de ligereza inconcebible y llegó a exigir la dimisión de Albanese, o su destitución. Y lo que es aún más grave: mientras que los medios de comunicación y los periódicos —empezando por Le Parisien y la cadena France 24— basándose en servicios de verificación, desmintieron lo que se le atribuía, y después de que el portavoz del ministerio reconociera la manipulación y el error, sin disculparse ni retirar realmente la información, los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania, Hungría y la República Checa se sumaron a la campaña y, a su vez, exigieron su destitución. Cabe recordar, sin embargo, que el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas ha renovado su mandato hasta 2028.
Reprimir el derecho internacional y a quienes lo defienden
No es la primera vez que Albanese es objeto de campañas de hostilidad y acusaciones orquestadas por la propaganda israelí y sus portavoces en Francia y, más ampliamente, en Europa. Albanese ha sido blanco de ataques repetidos cada vez que ha publicado, en su calidad de relatora especial de la ONU, informes sobre el crimen de genocidio en Gaza. Y debido a que ha sabido imponerse, tanto en el ámbito jurídico como en el mediático, en gran parte del mundo, captando la atención de millones de personas —especialmente entre los estudiantes de las universidades occidentales—, ahora sufre dos tipos de ataques. El primero, liderado directamente por Israel, sus aliados y sus agentes, tiene como objetivo desacreditar todo lo que ella hace y dice, y arruinar su reputación. El segundo proviene de los responsables políticos occidentales: a veces partidarios de Israel, a veces mudos ante sus crímenes, a veces paralizados por temor a oponerse; todos atónitos al ver a una mujer italiana defender el derecho internacional y los principios humanos que ellos pretenden silenciar cuando se trata de víctimas palestinas, o temerosos de pronunciar lo que ella proclama, y atacándola con tanta saña cuanto más pone al descubierto su cobardía e indignidad.
Albanese fue, recientemente, objeto de sanciones estadounidenses impuestas por la administración de Donald Trump, al igual que las sanciones impuestas al Tribunal Penal Internacional, su fiscal y tres de sus jueces (entre ellos un francés), por haber emitido dos órdenes de detención por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad contra el primer ministro israelí y su antiguo ministro de Defensa. En el caso de Albanese, el motivo de las sanciones de Trump se debe, esencialmente, a su informe dedicado a las dimensiones económicas y utilitarias del genocidio, así como a la participación de multinacionales en la financiación de dicho genocidio o en la acumulación de beneficios derivados de la prolongación del mismo.
Pero lo que dicen estas sanciones estadounidenses —y, conscientemente o no, la campaña de algunos responsables europeos contra Albanese— es la expresión más clara, hasta la fecha, de la nueva ecuación que impera en Washington: revocar todas las normas y neutralizar todas las instituciones internacionales que puedan limitar la libertad de matar en cualquier «conflicto» en el que estén implicados Estados Unidos o su aliado Israel, y reducir todo el sistema de la ONU a una arquitectura sin autoridad, ni siquiera simbólica, cuando sus referencias y decisiones contradigan las inclinaciones y posiciones estadounidenses.
Epstein, o la ética del capitalismo y la dominación masculina
En el mismo momento en que la campaña contra Albanese se ponía en marcha, el mundo seguía la publicación autorizada de episodios del caso Jeffrey Epstein, que ponen al descubierto el grado de decadencia que ha reunido a políticos, miembros de familias reales, empresarios y hombres de negocios de América y Europa, junto con delincuentes similares de otros continentes, todos ellos implicados en delitos financieros y sexuales. Escapan a los impuestos mediante la evasión y la fuga de capitales; violan a adolescentes o a mujeres a las que se les prometió un trabajo y un futuro, y que criminales influyentes, en busca de más poder y puestos, las envían a su famosa isla del Caribe. Algunos mantienen vínculos con agentes de inteligencia, diplomáticos y líderes de opinión pertenecientes a este «club de poderosos» acostumbrados a la impunidad. Y Epstein, muy a menudo, los conectaba con empresas o personalidades israelíes, o cercanas a Tel Aviv, en montajes en los que se puede ver fácilmente la maraña de política, intereses financieros y corrupción globalizada.
Si del caso Epstein nos quedamos con la imagen de un capitalismo desenfrenado, sustraído a cualquier marco jurídico capaz de contener su depredación, y aliado con la dominación masculina, la cultura de la violación y el sentimiento de impunidad frente a los abusos, la arbitrariedad, la violencia y el crimen, entonces es posible comparar lo que ocurrió en la isla del multimillonario estadounidense —donde no existe otra ley que la del más fuerte— con lo que ocurrió en la guerra de exterminio en Gaza. Del mismo modo, es posible comparar la complicidad, durante décadas, de los poderosos del mundo con Epstein y sus socios, y la reciente complicidad con los crímenes israelíes en Gaza, a lo largo de meses y años.
Sin embargo, todo eso, o incluso la reflexión que suscita sobre la ética de un mundo en el que se busca marginar a las instituciones jurídicas, sancionar a los organismos de defensa de los derechos y prohibir la investigación de crímenes y violaciones, evidentemente es algo que no haya llamado la atención de los ministros de Relaciones Exteriores de Francia y Alemania, ni de sus homólogos. Tampoco los había conmovido anteriormente el asesinato de decenas de miles de niños y mujeres, ni la persecución de quienes buscaban harina y agua potable en Gaza. Esas víctimas eran débiles, en un momento en que los poderosos solo se preocupan por aquellos que son superiores a ellos en poder: aquellos que, más que ellos, pueden violar las leyes y considerse por encima de las mismas.
Es precisamente por eso que Francesca Albanese es para ellos una pesadilla: una mujer libre de miedo, que defiende los derechos de los débiles frente a la autoridad de los protegidos. Actúa enérgicamente a pesar de las sanciones. En sus informes, desafía un sistema global de dominación que recuerda al de Epstein. Alimenta la indignación y la lucidez de una nueva generación, en Europa y más allá, a la que los partidarios de la impunidad absoluta de Israel se niegan a concederle voz y capacidad de influencia en las decisiones políticas. Así es como se desatan las campañas y sanciones contra Albanese.
Sus detractores nunca se refieren al fondo de su trabajo ni al contenido de sus declaraciones: el derecho internacional y su respeto en la Palestina ocupada, la aplicación de las resoluciones de las Naciones Unidas, las recomendaciones de la Corte Internacional de Justicia y las órdenes de detención de la Corte Penal Internacional. Su verdadero objetivo —y la ironía no puede ser más significativa— consiste en rebatir lo que ella no ha dicho, en aprovecharlo para reclamar su destitución, cuando en realidad lo que critican es lo que ella sí ha dicho y repetido durante años, y que está perfectamente demostrado.
Como si nos enfrentáramos a un orden que le permitió a Epstein y a sus cómplices cometer sus crímenes, y a Israel llevar a cabo su genocidio, y que luego juzga a una relatora de la ONU porque no optó, como ellos, por el silencio, o porque no trató de integrarse en el club de los poderosos.
De ahí la necesidad de afirmar hoy, sin ningún tipo de titubeo, que apoyar a Albanese frente a la campaña de la que es objeto es un deber que va más allá de cualquier relación con ella, o con su persona, e incluso del aprecio por su probidad y su valentía en lo que respecta a Palestina. Es un apoyo a lo que aún queda de derechos y principios, negándose a ceder ante la lógica de la brutalidad, el chantaje, la falsificación y el crimen organizado, en un momento en que el mundo está dirigido por un hombre como Donald Trump y por otros viejos amigos de Epstein.
*Ziad Majed, politólogo franco-libanés, profesor universitario y autor, en particular, de Le Proche-Orient, miroir du monde. Comprendre le basculement en cours, La Découverte, París, octubre de 2025.
-Artículo publicado en Mediapart, 14-2-2026
-Ver video https://www.youtube.com/watch?v=CClBvRzxrCI&t=14s y el montaje hecho para acusar a Francesca Albanese: https://www.youtube.com/shorts/hLVwsjkJ8Dw