Viento Sur, 14-2-2026
Correspondencia de Prensa, 16-2-2026
Con motivo del 90 aniversario de la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936, publicamos a continuación un artículo de Andreu Nin, escrito poco después de aquellas elecciones, precedido por otro de Andy Durgan, en el que explica el contexto y la evolución de los debates en torno a la formación del Frente Popular y las perspectivas que se abrieron entonces. Estos artículos forman parte de un Dosier (que adjuntamos), en el que, como hicimos con ocasión del 150 centenario de la Primera República, distintas revistas (sinpermiso, Debats pel demá, El Salto, CTXT, Nortes, Realitat, Memoria del futuro y viento sur) colaboramos con diferentes artículos en la conmemoración de esta efeméride. (Redacción de Viento Sur)
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El POUM y el Frente Popular
Andy Durgan
Con el colapso del gobierno de derechas y la convocatoria de elecciones para el 16 de febrero de 1936, la izquierda estableció un pacto electoral que, de entrada, fue la reconstitución de la coalición electoral de 1931 entre republicanos y socialistas. Con la inclusión del PCE, el acuerdo electoral se parecería al “frente popular contra el fascismo” propagado por la Internacional Comunista desde mediados de 1935. La nueva política representó un giro de 180º en la línea del movimiento comunista internacional, después del llamado Tercer Periodo (1928-1934) cuando, en una situación de una supuesta ofensiva revolucionaria, el principal enemigo eran los partidos socialistas, tildados de social-fascistas. Esta línea sectaria tuvo consecuencias catastróficas en Alemania, donde el movimiento obrero más poderoso del mundo se quedó dividido ante la amenaza nazi. Ahora, Stalin buscaba una alianza con las democracias occidentales contra Hitler. Así, la propuesta del PCE de crear un Frente Popular era la expresión nacional de las necesidades de la política exterior soviética.
El POUM (fundado el 29 de septiembre 1935 con la unificación del Bloc Obrer i Camperol y la Izquierda Comunista de España), denunció el giro hacia el frente popular por parte del movimiento comunista como la subordinación del movimiento obrero a la pequeña burguesía. Era una estrategia que ignoraba la naturaleza del fascismo como producto del propio sistema capitalista. No era posible derrotar las fuerzas contrarrevolucionarias defendiendo el propio sistema que las había generado.
Para derrotar el fascismo, y abrir el camino hacia el socialismo, el POUM creía que era necesario formar un frente único obrero con unos fines específicos, dentro del cual las distintas organizaciones mantendrían su independencia política. El modelo para el POUM era la Alianza Obrera, formada a finales de 1933 en Catalunya, y después en muchos otros lugares. En Asturias –el único lugar donde participó la CNT– las Alianzas estuvieron en el centro del gran movimiento revolucionario de octubre 1934.
No obstante, esa política de unidad obrera no excluyó la necesidad de ganar a la pequeña burguesía al lado de la clase obrera. Joaquim Maurín, líder principal del BOC y, después el POUM, advertía que “sería una monstruosa equivocación” que la clase trabajadora rompiese completamente con la pequeña burguesía y que la considerase un adversario, sobre todo en el Estado español donde el campesinado tuvo un gran peso social. Así, la posición del POUM giraba en torno a dos ejes: que las organizaciones obreras conservasen su independencia y que se demostrase en la práctica a la pequeña burguesía que sus aspiraciones sólo podía ser satisfechas por el proletariado. Según José Luis Arenillas, antiguo militante vasco de la ICE [Izquierda Comunista de España], el partido revolucionario debía atraerse a esa clase sobre la “base de un programa de reivindicaciones concretas” y demostrando que la solución a los problemas de la pequeña burguesía sólo podía lograrse si las masas obreras controlaban los medios de producción y de intercambio. 1
El sistema electoral de la República favorecía las coaliciones, sin las cuales era muy difícil que los partidos más pequeños entraran en el parlamento. Esta realidad hacia inevitable algún tipo de acuerdo electoral con los republicanos para que la derecha fuera “derrotada en las urnas”. Por eso, el POUM propuso la formación de un “Frente Obrero”, con el PSOE y el PCE, que negociaría un acuerdo puramente “coyuntural” con los partidos pequeños burgueses sin comprometer su independencia política. No obstante, los demás partidos obreros no mostraron ningún interés en tal propuesta y optaron por formar una alianza directamente con los republicanos. Ante esta situación, el POUM decidió apoyar lo que sería el Frente Popular con una serie de condiciones: que fuese transitorio, que estuviese dirigido a “derrotar a la contrarrevolución en las elecciones”, que garantizase la proclamación de una amnistía para todos los presos políticos y que se restableciera el Estatuto de Autonomía de Catalunya. 2
Finalmente, el POUM no tuvo más opción que firmar el 15 de enero el pacto alcanzado sobre la base de la política de los republicanos. El programa del Frente Popular tuvo como meta “rectificar” la contrarreforma del gobierno derechista del Bienio Negro (1933-1935), poniendo en marcha de nuevo la reforma agraria, restableciendo el Estatuto de Autonomía de Catalunya y concediendo una amnistía a los represaliados de octubre 1934. Rechazó explícitamente la posibilidad de la nacionalización de la banca y de la tierra, como habían propuesto los partidos obreros.
Juan Andrade justificaría su firma en nombre del POUM porque su partido había sido obligadoa reconocer “la existencia material de una ley electoral”, por lo que habían tenido que llegar a acuerdos provisionales con el republicanismo de izquierda para evitar “la victoria de la burguesía”. 3 El POUM más tarde declaró que el pacto había sido “un mal necesario para cerrarle el paso al fascismo” y para lograr que se concediese una amnistía a los prisioneros políticos. Además, según la dirección del partido, le interesaba “extraordinariamente obtener una representación parlamentaria” que le permitiera defender una “posición netamente de clase” en las Cortes. 4 De todas maneras, lejos de sus esperanzas, a raíz de las maniobras del sector más socialdemócrata del PSOE (liderado por Indalecio Prieto) y el PCE, el POUM se quedaría con un solo candidato en las listas electorales, el propio Maurín, que finalmente salió elegido.
A pesar de esta situación, poco halagüeña para el POUM, el partido se volcó en la campaña electoral con entusiasmo, defendiendo su propia política revolucionaria. Según el POUM, las multitudes que acudían a los mítines del pacto electoral de izquierda “escuchan con verdadera indiferencia, cuando no con frialdad, los postulados democráticos pequeñoburgueses y en cambio, su entusiasmo rebasa toda descripción cuando los oradores hablan el lenguaje revolucionario de clase”. En Barcelona, en su primer acto público desde octubre de 1934, ante unas 12 000 personas, Jordi Arquer resumió la posición del partido al declarar que el POUM no contraponía “la democracia burguesa al fascismo, sino (…) el comunismo, la dictadura del proletariado». 5
En Madrid una semana antes de las elecciones, Maurín se dirigió a una multitud “eufórica” de 5 000 personas, con la sala adornada con gigantes retratos de Lenin y Trotsky, declarando que “a un lado (estaba) el frente democrático-socialista, el frente obrero-republicano, el frente progresivo (y) por el otro el frente de los asesinos y los ladrones”. El POUM participó en las elecciones no solamente “pensando en los muertos de las jornadas de octubre, en los 30 000 camaradas presos, sino pensando además en el triunfo de nuestra revolución, que trace entre Madrid y Moscú una diagonal sobre Europa que contribuya al hundimiento del fascismo en todo el mundo”. 6
La inmediata reacción del POUM ante los resultados electorales fue publicar un manifiesto en el que se afirmaba que los comicios representaban una gran victoria proletaria y campesina y una importante derrota de la contrarrevolución. La victoria del Frente Popular no era la de la democracia burguesa, ni tampoco significaba que los partidos pequeñoburgueses gozasen del apoyo de las masas, sino que constituía un resultado colateral de la lucha revolucionaria. Comenzaba una nueva etapa de la revolución española. 7
Unos días más tarde, Andreu Nin 8 ampliaría esta visión en la revista teórica del POUM, La Nueva Era, de la cual era director (que reproducimos a continuación). Según Nin, constituía un “crimen y una traición” exigir, en las circunstancias reinantes, que la clase trabajadora renunciase a destruir el Estado burgués y a tomar el poder, sus máximas aspiraciones, “en nombre de la necesidad de consolidar la República”. Aceptar tal cosa significaba, en pocas palabras, brindar a la burguesía la posibilidad de consolidar “su dominación de clase bajo la forma republicana”. Como declararía el POUM en marzo de 1936: “dos caminos (se abrían) ante las masas: el de Alemania y Austria y el de Asturias”. 9
Mientras tanto, el nuevo gobierno republicano (sin la participación de los socialistas y comunistas) cumplió poco de su programa. Maurin, como único diputado del POUM, retó al PSOE y PCE el 15 de abril:
“A mi entender lo que procede es que aquellos partidos obreros que creen en la eficacia del Frente popular (y yo no creo en su eficacia) formen con los republicanos de la izquierda un Gobierno de Frente popular. Este Gobierno de Frente popular se desgastará también; pero, en tanto se desgaste este Gobierno del Frente popular, no habrá habido tiempo para que la reacción pueda prepararse. Y entonces los obreros deben ir más allá del Gobierno del Frente popular: a la formación de un Gobierno obrero que solucione los problemas de la revolución española.” 10
Tres meses más tarde, en vísperas de la Guerra Civil, en medio de una gran agitación sociopolítica (ocupación de las tierras, huelga de la construcción en Madrid, tiroteos callejeros entre los fascistas y jóvenes de izquierdas, rumores de un inminente golpe de Estado…), Nin escribiría de nuevo en La Nueva Era un artículo titulado “La acción directa del proletariado y la revolución española”. Sus conclusiones no pudieron ser más claras:
La lucha está planteada crudamente entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. O el proletariado conquista el poder y emprende el camino de la organización socialista o el mundo se hundirá en la barbarie. De aquí que la política del Frente Popular, al presentar el problema como una lucha entre la democracia burguesa y el fascismo, siembre funestas ilusiones entre las masas trabajadoras y las desvíe del cumplimiento de su misión histórica, preparando, por ello mismo, la victoria del fascismo. En la literatura oficial de la Internacional ex comunista y de sus secciones, los términos clásicos, “lucha de clases”, “proletariado”, son sistemáticamente sustituidos por los de “lucha antifascista” y “antifascistas”… No hay más lucha antifascista que la lucha revolucionaria de la clase obrera por la conquista del poder. La clase obrera puede aliarse con los sectores pequeñoburgueses de la población, y muy particularmente con los campesinos, pero no para mantener en ellos la ilusión de una lucha eficaz contra el fascismo por medio de la democracia burguesa, sino para convencerles de que la situación no tiene más salida que la revolución proletaria, que es el único antifascismo eficaz.
*Andy Durgan es historiador y autor, entre otras obras, de El POUM, república, revolución y contrarrevolución (Sylone y viento sur) y Voluntarios por la revolución. La milicia internacional del POUM en la Guerra Civil española (Laertes)
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1936. Después de las elecciones del 16 de febrero
Andreu Nin
La Nueva Era, n° 2. febrero 1936
Con la victoria de la coalición obrero-republicana en las elecciones del 16 del actual, se ha logrado el fin que fundamentalmente se perseguía: cortar el paso a la reacción vaticanista, a los siniestros héroes de la represión de Octubre, y la amnistía para los treinta mil combatientes encarcelados.
No seremos ciertamente nosotros los que regateemos la importancia de esa victoria. La magnitud de lo conseguido es considerable, pero faltaríamos a nuestro deber si no pusiéramos en guardia a los trabajadores contra un optimismo irreflexivo, hijo de cándidas ilusiones democráticas, que llevaría indefectiblemente la revolución a la catástrofe.
La primera lección de la victoria
Los republicanos de izquierda se apresuran a atribuirse primordialmente el triunfo. Que no se hagan ilusiones. La victoria ha sido obtenida gracias a la participación entusiasta y activa de las masas obreras del país. Estas masas, alma del movimiento de Octubre, han expresado con su voto su voluntad inquebrantable de que se abran las cárceles y de que la revolución no dé ni un solo paso atrás. Pero la contradicción fundamental entre las aspiraciones históricas del proletariado y los partidos republicanos no tardará en manifestarse. Los dos sectores que han participado en la lucha se proponían contener el avance de la reacción; pero llegará indefectiblemente el momento en que la burguesía republicana se estacionará en un punto determinado, mientras que la clase obrera empujará la revolución hacia adelante.
La representación obtenida por los partidos obreros es indudablemente inferior a su fuerza real. En cambio, nadie pondrá en duda que, por lo que se refiere a los republicanos, esta representación es superior al volumen de opinión y a los efectivos con que cuentan en el país. Si después de los acontecimientos de Octubre, el Partido Socialista, que es el que ejerce la hegemonía en el movimiento obrero, hubiera sido un partido revolucionario homogéneo, la lucha se habría planteado en términos completamente distintos, y la hegemonía de la lucha contra la reacción no la habrían ejercido los partidos republicanos, sino el proletariado.
Pero el movimiento tiene su lógica. A pesar de la ausencia de un verdadero partido socialista revolucionario, la clase obrera ha sido el factor determinante de la victoria, y esta circunstancia ha de pesar de una manera decisiva en el desenvolvimiento ulterior de la revolución, sobre todo si se tiene en cuenta que nuestro proletariado ha vivido durante estos últimos tiempos una experiencia extraordinariamente rica en enseñanzas.
La primera lección, pues, que hay que sacar de la victoria del 16 de febrero es la siguiente: el factor decisivo de la revolución es la clase obrera; la fuerza de los partidos republicanos es simplemente una fuerza de reflejo.
Eficacia de la insurrección de Octubre
Los apologistas de la democracia burguesa no dejarán de señalar el resultado de las elecciones de febrero como una prueba de la eficacia y la superioridad de los procedimientos democráticos, respecto a la lucha directa de las masas. Nada sería más erróneo que dejarse llevar por esta ilusión sembrada ya profusamente en 1931, con motivo de la proclamación pacifica de la República, como consecuencia inmediata de la victoria electoral del 12 de abril.
De la misma manera que la caída de la monarquía fue en definitiva el resultado de las grandes luchas de la clase obrera durante largos años, de un tenaz y prolongado combate, que tuvo sus etapas más características en el levantamiento de Cataluña de 1909, la huelga revolucionaria de agosto de 1917, las intensas agitaciones obreras y campesinas de 1930 y la sublevación de Jaca, la victoria electoral reciente ha sido el resultado inmediato de la insurrección de Octubre.
El argumento de los demócratas burgueses se vuelve Contra ellos mismos. Es indiscutible que si en Octubre de 1934 Cataluña y Asturias no se hubieran insurreccionado contra los poderes constituidos, es decir, si se hubiera actuado de acuerdo con la legalidad en virtud de la cual las derechas habían conseguido las mayorías en las elecciones del año anterior, la situación sería hoy completamente distinta: la reacción filofascista de Gil Robles se habría adueñado del poder, habrían desaparecido todas las esperanzas de reconquista de las libertades constitucionales, y Cataluña se habría visto obligada a renunciar a su autonomía. Es aquí donde aparece, con particular evidencia, la falsedad de la posición de aquellos, que en nombre de la defensa de las libertades constitucionales, pretenden relegar a segundo término la lucha emancipadora de la clase obrera, para diluir su acción en un bloque permanente con los partidos de la democracia burguesa. La conquista de las libertades democráticas es siempre un producto accesorio de la lucha del proletariado por la conquista del poder. Con la política de la colaboración permanente con la burguesía, no se defienden las libertades democráticas, sino que éstas son libradas al enemigo. Gracias a la colaboración, la clase obrera olvida sus fines fundamentales, desarma su fuerza combativa y se pone objetivamente al servicio de los intereses de la burguesía.
La nueva etapa democrática
La reacción ha sido aplastada en las urnas, pero la lucha continúa. Las fuerzas derrotadas el 16 de febrero no han desaparecido de la escena. Por el contrario, gracias a la política del primer bienio, que dejó intactos sus privilegios, disfrutan todavía de un enorme poderío en el país. Nuevos y encarnizados combates será preciso sostener con esas fuerzas, y la única garantía de la victoria sobre las mismas radica, no en la acción que puedan realizar los gobiernos burgueses más o menos de izquierda, sino en la lucha directa de la clase trabajadora.
No puede existir ninguna duda sobre el verdadero carácter del gobierno constituido por el señor Azaña. Por si pudiera existir alguna duda sobre el particular, la alocución radiada por el presidente del Consejo el día siguiente de tomar posesión de su cargo, bastaría para desvanecerla. El gobierno Azaña no es, por su espíritu, el gobierno a que instintivamente aspiraban las masas populares que votaron la candidatura de izquierdas, sino un gobierno de tendencia profundamente burguesa y moderada.
Las predicciones hechas por nosotros durante la campaña electoral no tardarán en verse plenamente confirmadas; la gestión de las izquierdas republicanas en el poder defraudará todavía más a las clases trabajadoras que la del primer bienio. Azaña -sus propios discursos preelectorales y especialmente el del campo de Lassarre lo demuestran- aspira a polarizar a su alrededor a todos los sectores de la burguesía, contener la revolución en los límites de una moderada política liberal. Los que esperaban una ofensiva decidida contra los restos de la España monárquica y feudal se verán cruelmente defraudados. Azaña perseguirá como fin gobernar «para todos los españoles», que es lo peor que se puede hacer en un periodo como el actual caracterizado por profundas y agudas contradicciones de clase.
En estas circunstancias, exigir de la clase obrera que renuncie a sus aspiraciones máximas -destrucción del régimen burgués y conquista del poder- en nombre de la necesidad de «consolidar» la República, es un crimen y una traición. Traducida al lenguaje real, la frase «consolidar la República» significa dar la posibilidad a la burguesía de consolidar su dominación de clase bajo la forma republicana. Este y no otro es el sentido de la política de «Frente Popular», con carácter orgánico y permanente, preconizada por el comunismo oficial.
¿Significa esto que la clase trabajadora debe lanzarse a acciones esporádicas, de carácter «putchista», a perturbar por perturbar, sin otro objeto que provocar la inconsistencia de los gobiernos republicanos? De ninguna manera. De lo que se trata es de delimitar claramente la actuación del movimiento obrero con respecto a los partidos burgueses, dándole la indispensable independencia para que pueda continuar, con las mayores garantías de eficacia, la lucha por la realización de los fines que históricamente le están confiados.
El deber del momento
Es evidente que el proceso revolucionario continúa, que la revolución no ha terminado, pero no lo es menos que el problema de la conquista del poder por el proletariado no se plantea de una manera inmediata. Al decir que no se plantea de una manera inmediata no queremos significar que se trata de un objetivo remoto, y que, por lo tanto, la clase obrera debe limitarse a una lucha de carácter meramente reformista. No. La conquista del poder es el fin al que debe subordinar toda su acción el proletariado español. La solución del problema pertenece a un provenir inmediato. Del acierto o desacierto con que este problema sea resuelto, depende que el proceso revolucionario desemboque en la revolución socialista o en el fascismo.
Las condiciones no están maduras para que la clase obrera pueda tomar el poder hoy, pero si para que se prepare debidamente para tomarlo en breve. El deber del momento consiste, pues, en forjar las armas necesarias para la victoria: organismos capaces de agrupar a grandes masas, de realizar la unidad de acción efectiva de la clase obrera y de convertirse en órganos de poder, como lo fueron los soviets en Rusia, y un gran partido revolucionario. Esos organismos son las Alianzas obreras; a las cuales hay que incorporar las fuerzas que permanecen todavía fuera de ellas y coordinarlas en el terreno general, creando un centro directivo para todo el país. El gran partido revolucionario surgirá indefectiblemente como consecuencia del proceso de diferenciación ideológica, que se está operando en el seno del movimiento obrero español.
Pero forjar estas armas indispensables será absolutamente imposible sin una clara política de clase, sin la más completa independencia del movimiento obrero revolucionario con respecto a los partidos burgueses. Queda dicho con ello que la política del Frente Popular no responde a los intereses vitales del proletariado y de la revolución en el momento presente.
Se objetará a esto la necesidad de atraer a la pequeña burguesía. La objeción carece en absoluto de valor. Si como es fatal, los gobiernos de izquierda republicana, en esta segunda etapa, defraudan las esperanzas de las masas populares, dejan sin resolver los grandes problemas que tiene planteados el país y, como consecuencia, la pequeña burguesía sigue debatiéndose con insuperables dificultades económicas, se muestran incapaces de asegurar a ésta unas condiciones de existencia más llevaderas, las masas campesinas y pequeño burguesas, decepcionadas, se echarán en brazos de la reacción. Y en este caso, el fascismo contará con la base social de que hasta ahora había carecido.
Sólo una política clara y decidida es capaz de arrastrar a las grandes masas populares. Esta política no puede realizarla Azaña ni ningún partido político burgués o pequeño burgués, sino la clase trabajadora, que sabe lo que quiere y adónde va, y que no vacilará en atacar a fondo los intereses de las clases privilegiadas, que no gobernará «para todo el país» sino en favor de la mayoría del país y contra la minoría de explotadores.
Independencia, pues, del movimiento obrero frente a los partidos republicanos, organización, unidad sindical, Alianza Obrera, formación rápida del partido revolucionario: he aquí el deber del momento.
Notas
- Joaquin Maurín, “Las relaciones del proletariado con los partidos pequeñoburgueses” La Batalla 19.7.35; José Luis Arenillas, “Las clases medias en relación con el proletariado” La Nueva Era, julio 1936. ↩
- «Ante las próximas elecciones”, La Batalla, 27/12/35. ↩
- Juan Andrade “El Partido Obrero de Unificación Marxista y el alcance y significación del bloque de izquierdas” La Batalla, 24/1/36. Andrade fue fundador del PCE y, en 1930, de la ICE. ↩
- Acta del Comité Central del POUM, 5/6/36. ↩
- La Batalla, 10/1/36. ↩
- La Batalla, 14/2/36. ↩
- Comité Executiu del POUM, “Després del triomf electoral”, 18/2/36. ↩
- Nin, como Andrade, era antiguo líder de la ICE. Durante el primer año de la Guerra Civil, hasta su asesinato por agentes estalinistas en junio de 1937, en ausencia de Maurín, atrapado en la zona fascista, Nin sería el principal dirigente del POUM. ↩
- Comité Ejecutivo del POUM y Comité Central de la JCI, 10.3.36., “Ante la nueva situación política. A todos los trabajadores”, La Batalla, 13.3.36. ↩
- Joaquin Maurín, Intervenciones parlamentarias, Barcelona 1937. ↩