Argentina – El país que bajó de los barcos negreros. [Débora Campos]

Serie tomada en Santa Fe, 2011 (foto Pablo Cirio)

Mientras persiste la versión romantizada de esclavos integrados y negros muertos o emigrados con la Fiebre Amarilla, un grupo de historiadores rastrea a los descendientes a partir de la colonia. Y vindican sus nombres: Rivadavia, Rosas, Lamadrid, Thompson, Díaz Vélez, Belgrano.

Revista Ñ, 2-6-2023

Correspondencia de Prensa, 5-6-2023

A fines de agosto de 2020, mientras el mundo luchaba contra la pandemia, la Universidad de Columbia, en EE.UU., borró el nombre del fundador de su escuela de medicina por haber sido dueño de esclavos. Dos meses después, la Universidad Johns Hopkins, en su momento de mayor reconocimiento mundial por su labor de referencia sobre el covid, reconoció y se disculpó por el pasado esclavista de su fundador, el magnate y filántropo Johns Hopkins. Otro tanto hicieron la Universidad de Virginia –que inauguró en 2021 el Memorial a los Trabajadores Esclavizados, para agradecer el aporte de aquellos que construyeron esa institución–; la de Georgetown –que facilitará el acceso a los descendientes de 272 esclavos vendidos en 1838–; o en el Reino Unido, la Universidad de Edimburgo – que quitó de una torre el nombre del filósofo David Hume por sus antecedentes racistas–. Sin embargo, el arrepentimiento quizá más resonante es el del British Museum, que retiró la estatua de su fundador, Sir Hans Sloane, por su pasado esclavista.

Mientras EE.UU. y Europa se pliegan ante el grito reivindicativo de movimientos como el Black Lives Matter y revisan su pasado esclavista, en la Argentina gozan de buena salud la fantasía autocomplaciente de esclavos felices en tiempos de la colonia, el silencio público sobre sus traficantes y la aparente extinción de los afrodescendientes en la identidad nacional.

“La trata de esclavos fue un formidable negocio en el cual, virtualmente, todo vecino porteño estaba implicado”, dice a Ñ el antropólogo Norberto Pablo Cirio, referente regional de los estudios sobre afrodescendientes en el Río de la Plata y director de la Cátedra Libre de Estudios Afroargentinos y Afroamericanos que en la Universidad Nacional de La Plata, rastrea la memoria del régimen esclavista en la Argentina.

Vendedor ambulante de pescado. Buenos Aires, c.1901.

La esclavitud es invisible a los ojos

La construcción de una narrativa identitaria argentina con lazos europeos pero no africanos quedó meridianamente clara durante la visita que el presidente de España, Pedro Sánchez, hizo al país en junio de 2021 y fue saludado por su par local, Alberto Fernández, con una cita supuestamente fraterna: “Escribió alguna vez Octavio Paz que los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos en los barcos de Europa. Así construimos nuestra sociedad”, dijo el mandatario argentino mezclando a Paz con la letra de una canción del músico Litto Nebbia y, sobre todo, con la imagen cristalizada y eficaz de una sociedad blanca.

Porque si bien el canon historiográfico admite la presencia de esclavos y con ello la práctica de la esclavitud, distintos argumentos han funcionado desde finales del siglo XIX para minimizar la reivindicación de ese vínculo hasta el presente.

Por un lado, la ausencia de un sistema de producción basado en plantaciones o minas dependientes de la mano de obra esclava habría implicado una presencia mínima y casi excepcional de personas sometidas, mientras la narrativa escolar los acomoda en tareas domésticas y servicios urbanos, como la elaboración de empanadas y el alumbrado público. Y, por otro, un trato humano casi familiar.

“De este modo el país pareció mantenerse relativamente al margen de la maquinaria esclavista y la población negra menguó rápidamente tras la abolición, en 1846, para desaparecer conforme finalizaba el siglo XIX”, completa Cirio en el artículo “La memoria oral sobre la esclavitud de los porteños descendientes de esclavos negros. Un queloides cultural”, elaborado para el catálogo de la exposición [In]visibles, en el Museo Pueyrredón, en 2019. Sin embargo, las cosas fueron muy distintas.

La Argentina fue parte de la red esclavista transatlántica desde la segunda fundación de Buenos Aires en 1580, siendo parte de la Unión Ibérica (España y Portugal) hasta 1640 –según puntualiza para Ñ la profesora Rafaela Capisciolto, coordinadora de la cátedra de la UNLP y diplomada en Promoción de Derechos y Políticas Antidiscriminatorias de Flacso.

De esta manera y durante el siglo XVII y hasta mediados del XIX el tráfico continuó y su contrabando fue corriente entre las elites civil, militar y eclesiástica. Los brazos de ese entramado se extendían más allá del territorio americano: hubo compañías expedicionarias a Angola, como la formada en Córdoba por Gabriel García, Álvaro González Enríquez y Lorenzo Garcés en 1594, cuya terminal era Potosí, en Bolivia.

Posteriormente, los historiadores hallaron documentos del derecho de Garcés a traer africanos esclavos, lo que hace presumir que fue un esclavista de experiencia. “Ese viaje –continúa la investigadora Capisciolto– duró dos años y en Motemo compró 34 esclavizados, pagando con cadenas de oro y harina, en lo que podría entenderse una de las primeras acciones de nuestro comercio exterior”.

Nadie quedaba fuera de ese formidable negocio que fue la esclavitud: tampoco los revolucionarios de Mayo (como el citado Larrea), que tenían esclavizado/as. “Quizás esto explique por qué, al menos los dos años posteriores a la revolución, no se debatió sobre la abolición; los esclavos no eran sujetos de derecho”, concluye Capisciolto.

Próceres de látigo en mano

Un elemento central en la recuperación de esta historia son los documentos, como los analizados por el sacerdote Pedro Oeyen, extitular de la Catedral de San Isidro, quien desempolvó los registros de esa institución buscando identificar a los esclavos de la zona norte. Pero otro registro es la memoria oral, en buena parte transmitida a los descendientes. La historiografía tradicional comenzó a atender sus aportes hace poco.

Esa es una de las materias con las que trabajan, con la dirección de Cirio y del secretario de la cátedra Augusto Pérez Guarnieri, los investigadores Rafaela Capisciolto (coordinadora de este grupo), Nahuel Aleìn Batic y Marcela Anastasio.

–¿Quiénes eran los propietarios de esclavos en la región?

Marcela Anastasio: Los propietarios pueden identificarse en un primer nivel con las compañías que los comercializan, luego con hacendados y familias aristocráticas. El tráfico se desarrolló desde el comercio, básicamente, con tratantes extranjeros; la extracción desde África y, desde el siglo XVII, el contrabando. El tráfico a Santiago de Chile y otros puntos del Virreinato del Perú fue alentado por la Corona desde el siglo XVIII, en detrimento de la ruta Cartagena-Lima. Si desde 1941 celebramos al 2 de septiembre como el Día Nacional de la Industria es porque ese día, en 1587, el obispo Francisco de Vitoria exportó manufacturas, pero eran una cobertura de su interés, contrabandear plata potosina al Brasil y se le pagó con 129 esclavizados, quienes fueron llevados a destino, lo que explica el inicio del tronco colonial de los afroargentinos del NOA. Tal tráfico fue una solución parcial al abastecimiento de mano de obra (más precisamente cuerpo de obra) esclavizada. El instrumento más efectivo a tal fin fue el “Asiento de Negros” logrado por Francia e Inglaterra tras el Tratado de Utrecht y el contrabando. Con la creación del Virreinato del Río de la Plata Buenos Aires pasa a ser, puerto habilitado para el comercio de ultramar, practicado por españoles y extranjeros.

–¿Cuántas personas esclavizadas vivían en Buenos Aires?

Bartolomé Benincasa, junto a otros fotógrafos, lideraba un estudio en el llamado “barrio del tambor”. EL suyo quedaba en la Calle Buen Orden (hoy Bernardo de Irigoyen 726). Por eso, varios de sus clientes tenían origen afroargentino. En este caso, una niña no identificada posa en su retrato de comunión.

Nahuel Batic: El estimativo de la población afro en Buenos Aires entre fines del siglo XVIII y principios del XIX era el 35%; en Córdoba eran el 44%, 54% en Santiago del Estero, 46% en Salta, 52% en Catamarca y 64% en Tucumán. Toda esta población era explotada en trabajos domésticos, oficios urbanos (zapateros, cocheros, etc.) o rurales (zafra, vendimia, etc.) y, en las esclavizadas, la satisfacción sexual del amo, uno de los orígenes del mestizaje. Córdoba, por ejemplo, tuvo alta recepción de personas esclavizadas destinadas a las actividades y productividad estancias jesuíticas pudieron sostener su actividad y productividad gracias a esa explotación, incluso por la Iglesia. Así, no solo los jesuitas se implicaron en el tráfico (en 1613 compraron siete y los enviaron a Asunción para el molino de trigo y un trapiche para la caña de azúcar para saldar deudas y mantener “a diez de los nuestros”), también estudiaron sus lenguas. Un proyecto en el que está abocado nuestro grupo de estudio es una doctrina “en lengua de Angola” hecha en Córdoba a principios del siglo XVII de la cual pudimos restituir su autoría, pues se publicó anónima. Tal documento se posiciona, así, en testimonio lingüístico más antiguo de la presencia africana en la actual Argentina.

En San Isidro, el sacerdote Pedro Oeyen revisó los libros parroquiales desde 1731 en adelante y analizó los bautizos que recibían las personas africanas al llegar al país. Para el religioso, “bautizarlos era el modo de incorporarlos a la cultura local, de darles identidad”, según explicó a Ñ. En rigor, era lo contrario: anular su identidad y marcarlos con la de sus amos. Esos apellidos, casi tres siglos después, siguen nombrándolos y, con eso, denunciando a sus compradores.

–¿Por qué los apellidos de los esclavistas locales como Guillermo Brown, Bernardino Rivadavia o Juan Manuel de Rosas, por caso, no están asociados a la trata de personas como sucede ahora mismo con mescenas y filántropos en EE.UU. y Europa, fundadores de universidades y de museos, de quienes rehúyen las actuales gestiones a cargo de esas instituciones?

Augusto Pérez Guarnieri: Hay personas que se reconocen argentinos/as del tronco colonial –es decir, descendientes de esclavizados/as durante el período de gestación de este país–, cuyo mejor distintivo es la portación de apellidos de quienes esclavizaron a sus ancestros, como Rosas, La Madrid, Thompson, Díaz Vélez, Belgrano, Murature, entre otros. Esta nominación, que estudiamos fundamentalmente desde la historia oral –un campo de estudios que escapa a la incumbencia de la historiografía de cuño tradicional– y, en los casos pertinentes, la constatación en textos de la época, indican que descienden de personas esclavizadas en las haciendas patricias, de la alta burguesía, de militares, de próceres y del clero. Por ejemplo cada monje de la Iglesia de Santo Domingo tenía en su celda un esclavizado para su servicio y hasta existía una adaptación de la biblia con omisiones intencionadas en justificar la explotación humana, “la Biblia de los negros”, recuerdan los mayores en las entrevistas efectuadas. Esa iglesia fue un espacio tan relevante para los afroporteños que la llamaban “la Iglesia de los Negros” y hemos documentado fotografías de sus procesiones, pues tenía una cofradía que funcionó hasta circa 1940. Es importante mencionar que a los esclavizados se les imponía, ya en África con el bautismo, un nombre, con lo que toda marca lingüística de ancestría era virtualmente borrada. Las excepciones que documentamos no llegan a la docena, por ejemplo, Cirio entrevistó a un afrosalteño apellidado Lunda, nombre de un reino africano en lo que hoy es el centro-sur de África y, de hecho, tiene conciencia de tal origen. También hay apellidos destacados en ámbitos que ilustran diversas capas de estos procesos violentos. Tal es el caso de Zenón Rolón, reconocido músico y compositor afroporteño (1856-1902) que se perfeccionó seis años en Italia. Según la historia oral que este año documentamos a sus descendientes, tras buscarla a lo largo de una década, Rolón es un apellido que responde a Marie Rolén, africana o francesa de ascendencia afro que vino con la promesa de que iba a casarse con un porteño patricio y Zenón fue fruto de su violación. El amo se negó a reconocerlo, aunque prometió que nunca le iba a faltar dinero, cuestión que cumplió y ese viaje fue prueba de ello. En los últimos años hay una emergencia de los movimientos de reivindicación identitaria afroargentina, con acciones como organizar eventos e instalar efemérides en varias partes del país. Sin embargo, aún no hay acciones directas respecto a los esclavistas, en comparación con las organizaciones afro de países como Estados Unidos. Aquí la dinámica de la etnogénesis afroargentina se da de modo intermitente, aunque parece plantearse ahora un trabajo de largo plazo. Distinto es el caso de los movimientos de reivindicación indígena, que discuten políticas de reconocimiento desde hace décadas en diversos niveles y han realizado acciones de desmonumentalización –como el de las estatuas del general Roca– pero el Estado-nación les reconoció el derecho a la autoadscripción y la prexistencia con la suscripción a convenios internacionales, como el 169 (OIT), y, lo ue es fundamental, con la última reforma de la Constitución Argentina, en 1994 (algo que no ocurrió con los afroargentinos), aunque esto no implique una solución a los procesos de violencia y marginilización vigentes–. En el terreno de la hipótesis, quizás en la medida en la que las organizaciones continúen su puesta en valor y autoafirmación, esas acciones de denuncia y visibilización de esclavistas se registren en el país, aún con la complejidad de tal disrupción. Si aún la sociedad discute, académica y coloquialmente, la existencia de los afroargentinos o el reconocimiento de una matriz racista cuando las expresiones “negro/a”, “negro/a de mierda”, “cabecita negra”, y otras, se esgrimen como insulto, ¿qué pasará cuando discutamos qué próceres, funcionarios y religiosos se beneficiaron como esclavistas? Está pendiente un avance en estos temas pero una acción de este tipo incomodaría a los defensores de lo instituido, que seguramente persistirán en la estrategia de negación o minimización de estos procesos.

–Además de servirles, en muchos casos el sometimiento de las esclavas además fue sexual, dando origen a mestizos (algunos célebres). ¿De qué manera incluso algo tan evidente fue silenciado y qué personalidades de la historia argentina tienen ancestros africanos?

Norberto Pablo Cirio: Algunas personalidades de la historia con ancestros africanos son el sargento (post mortem) Juan Bautista Cabral –correntino–, el payador Gabino Ezeiza –afroporteño– y el político Bernardo de Monteagudo –tucumano–, y la Cátedra está trabajando su historia oral con descendientes de los dos primeros. El silencio impuesto a estos procesos se relaciona con lo que podemos llamamos “racismo científico” en el que la ciencia, al servicio de las élites, ha fundamentado por décadas la teoría de las razas y la certeza de la inferioridad del afro. Al identificar estos procesos podemos entender los modos en los que la hegemonía nacional decretó un certificado de su defunción biocultural, que recién está problematizándose: no son contables en los censos, no son identificados sus rasgos en nuestra cultura, no son ubicables en los mapas y no son registrables en los museos. Para la mayoría de estas personalidades y la narrativa nacional, la asunción de una ancestralidad afro equivaldría a un problema porque, desde nuestra perspectiva, ello parece obedecer al prejuicio de que “aquí todos somos blancos hasta que se demuestre lo contrario”.

–La bonhomía supuesta de los amos argentinos no parece llevarse bien con la normativa elaborada tanto por la Corona Española como por el gobierno de Buenos Aires reglamentando el castigo que se podía aplicar a los esclavos: ¿qué establecían estos códigos?

Rafaela Capisciolto: La Corona Española promulgó en 1789 el Códice Negro. Constaba de 13 capítulos que reglamentaban la esclavitud en los territorios españoles. Los capítulos IV a XIII tratan sobre el régimen disciplinario, que incluía castigos como azotes, encadenamiento, maza o cepo, grilletes, prisión, mutilación de un miembro o la muerte. E Esta fue resistida por los esclavizadores y dejada sin efecto en 1794 ya que buscaba también regular a los propietarios, que debían evangelizar y respetar a los esclavizados. Se conocen juicios de estos por maltrato, tortura y explotación, por lo que queda al desnudo la idea de su trato benigno –de arraigo en el sentido común y algunas publicaciones académicas actuales–, por lo que cabe preguntar de qué benignidad hablamos cuando partimos del hecho de esclavizar a un ser humano. Tal violencia no era solo física, la simbólica fue tanto o más atroz, por ejemplo al prohibirle sus nombres, practicar sus religiones y tocar el tambor, algo en apariencia anodino. Esto último estaba prohibido incluso por bandos como el promulgado en Buenos Aires en 1766: “Se prohiben los bailes indecentes que al toque de su tambor acostumbran los negros; si bien podrán públicamente bailar aquellas danzas de que usan en la fiesta que celebran en esta ciudad, todo bajo de la pena de doscientos azotes y de un mes de barranca”. Visto el empoderamiento que dió y da el tambor a los afroargentinos, que en muchas partes sigan practicando una música que reconocen propia –como el candombe, género del que hay 14 tipos autóctonos–, indica que esos bandos fueron valientemente desobedecidos y hasta cabría adjetivar a esta música de subversiva en tanto narra otra visión de la Historia, la incontada, la negada, la insonorizada.

(In)Visibles. Una interpelación sobre el legado de los afroargentinos.

–Si la Asamblea del año XIII derogó la esclavitud en la Argentina, ¿por qué hasta 1861 hubo personas esclavizadas?

Rafaela Capisciolto: Más allá de 1861 también. Las familias esclavistas consideraron que el fin de la esclavitud, si bien era necesario por ser acorde a la civilización, la humanidad y la religión, debía ser gradual para no afectar su derecho de propiedad. Recién en 1853 se estableció la libertad de las personas esclavizadas en la Constitución Nacional en un artículo, por cierto, no exento de contradicciones. Con todo, en Buenos Aires se efectivizó al unirse a la Confederación Argentina, en 1861, aunque según la historia oral recabada siguió varios años más, dado, por ejemplo, origen a la familia Murature, con congoleños comprados por Valentín Alsina, quien los entregó al capitán de marina José Félix Murature. La Asamblea Constituyente de 1813 decretó la Libertad de Vientres, que convertía en liberto a quien naciera de madre esclavizada desde el 31 de enero. Estaba obligado a servir en empleos domésticos o en el ejército hasta su mayoría de edad (16 en los hombres, 20 en las mujeres). Además, las madres, los padres o incluso hermanos mayores debían pagar al amo por su manutención y cuidado con lo cual, en lo fáctico, la esclavitud siguió sin una mejora sustancial para las víctimas. Otra prueba de que el trato benigno fue un eufemismo es la fuga de esclavizados a casas de otros afros, al monte, al desierto o a la selva. Ello lo desarrollamos en otro proyecto de la Cátedra, sobre la geografía afroargentina, detectando una docena de kilombos (término bantú que significa “gran unión”) en Jujuy –el más antiguo–, Entre Ríos, Santiago del Estero, Buenos Aires, Río Negro, La Pampa, Misiones, Corrientes y Chaco.

–¿Cuándo comienza a discutirse este borramiento de los afrodescendientes de la historia argentina?

Norberto Pablo Cirio: Desde mediados del siglo XIX se dan procesos de invisibilización. Por sentido común y parte de la bibliografía -incluso entre la más reciente publicada- sobre el tema se cree que la población afro “se extinguió”, cuestión que es falsa no solo porque así lo demuestran nuestros estudios y una incipiente producción académica sino por los propios afroargentinos del tronco colonial, quienes desde su empoderamiento en pos de su visibilización y recuperación de derechos reclaman al Estado “ser reconocidos en la Historia”. La memoria oral de los que padecieron la esclavitud fue, en buena parte, transmitida a sus descendientes, aunque este aspecto nunca interesó a la historiografía convencional, más entusiasta de los porcentajes y el derrotero de los barcos. “¡No cuenten barcos, cuenten la historia!”, nos reclamaba con amor María Isabel Platero, en La Plata, hasta el año pasado, cuando murió, casi centenaria. Esta frase nos lleva, entonces, a preguntarnos, ¿qué es la historia para los afroargentinos? En la certeza de que no hay antropología que no sea colaborativa, nuestra investigación sobre la memoria oral y escrita de la trata esclavista de africanos en la Argentina procura, por ende, trabajar desde el horizonte epistemológico de las víctimas de los esclavizados, desde sus memorias, compartiendo, entusiastas, el camino del saber. El borramiento de los afroporteños como grupo con capacidad de gestión comienza a ser cuestionado a fines de los años 90 del siglo XX. En esta línea, honramos a la institución pionera, hoy la más antigua en funcionamiento, la Casa de la Cultura Indo-Afro-Americana “Mario Luis López”, creada en 1988 en Santa Fe (como se aprecia, no todo comienza en Buenos Aires). Los objetivos macro son generar un espacio común de lucha contra la intolerancia y la discriminación y la visibilidad de esta cultura como parte fundante y activa de la identidad nacional. Como dice Jésica Lamadrid, de la Asociación Misibamba, Comunidad Afroargentina de Buenos Aires, “en la Argentina viven los que estaban, los que vinieron y los que fueron traídos”. En efecto, en 2007 se creó en Merlo esta asociación, que nuclea a los afroargentinos del tronco colonial –de hecho, es la que creó el término– y cambiaron su estrategia de visibilización con el objetivo de recuperar derechos, por ejemplo a una historia inclusiva. “Todos no se van a morir, alguien va a quedar para contarlo”, es una frase de Rita Lucía Montero –actriz y cantante afroporteña– y que se decía en su familia desde los tiempos de su ancestra del Congo esclavizada por el almirante Brown. A propósito de este, se trata de una figura de relevancia que tuvo patente de corso durante la Guerra de Brasil y estuvo implicado en la trata esclavista, lo que motivó a que este año, en ocasión de la participación de la Asociación Misibamba en una gala del Teatro Colón, se denunciara su condición, uno de los primero antecedentes de acciones directas relacionadas con los esclavistas. Y aquí estamos, colaborando con los afroargentinos estableciendo diálogos, vinculando testimonios y documentos para visibilizar y sonorizar los procesos que incluyen al país en el trágico listado de naciones esclavistas.

–En EE.UU. y en Europa vemos que mecenas o filántropos, que fundaron universidades y museos, son condenados ahora por esclavistas. ¿Qué opinan ustedes, como especialistas, sobre esta clase de relectura?

Augusto Pérez Guarnieri: Como investigadores entendemos que el carácter científico de los análisis que realizamos tiene ciertos condicionamientos como la demanda de objetividad tendiente a sostener la veracidad de los hallazgos, por un lado, así como la necesidad de asumir una posición no-etnocéntrica y decolonial, por el otro. Solo al conocer en profundidad los procesos de memorias y contra-memorias existentes con relación a los traumas de la esclavitud estamos en condiciones de comprender las demandas y las acciones como denuncias públicas, cancelaciones y desmonumentalizaciones. Esto no nos ubica en un espacio de provocación, aprobación o desaprobación de condenas conducentes a demoler ciertas figuras, narrativas y retóricas, nos compromete a dotar de veracidad y facilitar el encuentro entre el presente etnográfico y la Historia (escrito así, con mayúscula), ya que en ese diálogo entre los afroargentinos y sus ancestros –a través de documentos, imágenes y sonidos– estarán las respuestas, las propuestas y las futuras acciones. Nos proponemos vincular y contrastar la Historia escrita con la oralidad, a través de la etnografía, entendiendo el período gestacional del país como una zona de contacto donde culturas dispares se encontraron y entrechocaron bajo relaciones de colonialismo y explotación. Todo movimiento conduce a un encuentro, por lo que entendemos que detrás de esas condenas o denuncias hay muchas de voces que merecen ser (re)escuchadas y silencios que deben ser callados: “Oíd mortales, el grito sagrado (y negro)” pues, recordemos que, cuando se comenzó a cantar el Himno Nacional, las “rotas cadenas” no aludían, evidentemente, a la maquinaria de la esclaviud, institución que en la Argentina, ya independiente, funcionó al menos hasta 1861.

“El milico” (1880), acuarela de Eduardo Sívori. / Colección Mario López Olaciregui.

–Señalan en su trabajo que la esclavitud fue “un formidable negocio en el cual, virtualmente, todo vecino porteño estaba implicado”. ¿Hay registro de la existencia de excepciones (personas que pudiendo tener esclavos, decidían no hacerlo?

Norberto Pablo Cirio: La frase acerca de que todos estaban implicados, no hace alusión a que los vecinos de Buenos AIres hayan tenido en su mayoría esclavizados trabajando dentro de sus fincas u hogares, sino al hecho de que los esclavizados formaban parte activa de la vida socio-económica porteña. Hacia 1800, si los esclavizados hubieran podido cesar en sus funciones, la actividad económica de Buenos Aires se hubiera detenido por completo, por lo tanto, hay que reconocer que se trataba de una sociedad afrodependiente, si se nos permite el neologismo. Tal es el caso de Fernando Máximo Alfaro que, prosiguiendo la tradición esclavista iniciada por su padre en Córdoba, agenciaba para los corsarios de Patagones rescatando barcos negreros que cubrían la ruta África-Brasil, recibiendo pagos por los esclavizados ingresados y proveyendo de los mismos a comerciantes y viajeros. Uno de ellos fue Luis Vernet, quien en 1826 le compró 31 para poblar las Islas Malvinas, territorio donde, precisamente, el primer argentino nacido fue, justamente, un afro, del que solo e sabe su nombre, Daniel. Dicho de un modo ligeramente distinto, todos los ciudadanos participaban de un entramado, complejo y en formación, en el que los esclavizados/as interactuaban subordinados a las fragilidades y necesidades de familias, comerciantes, militares y clérigos.

* Débora Campos, periodista formada en TEA y en la UBA, donde es docente concursada. Se especializó en escritura creativa en Flacso. Escribió en Página/12, Télam, Veintitrés, D&D y en medios de Galicia, de donde procede su familia. Es miembro correspondente de la Real Academia Galega, presidió la Asociación Internacional de Estudos Galegos e integra la Cátedra Galicia-América (Unsam). Es editora en la revista Ñ.