Yassin al-Haj Saleh*
aljumhuriya.net, 30-4-2025
A l’encontre, 6-5-2025
Traducción de Correspondencia de Prensa, 7-5-2025
¿Triunfó la revolución siria con la caída del régimen de Assad? ¿Lo que observamos desde diciembre de 2024 es realmente una revolución exitosa, cuyo camino ha sido largo y sinuoso?
Esta pregunta tiene importancia conceptual, ya que requiere una comprensión profunda de los casi catorce años transcurridos en Siria entre el inicio de la revolución y la caída del régimen. También tiene peso político, ya que la respuesta determinará la forma en que los actores públicos aborden la realidad actual de Siria y su futuro después de Assad.
Es poco probable que se llegue pronto a una comprensión detallada: la historia de estos catorce años será escrita y reescrita durante décadas. Sin embargo, el debate político no sólo es posible, sino necesario, para aclarar nuestra reflexión en un momento crucial sin precedentes en la historia de nuestra generación.
Para el autor de estas líneas, esta cuestión tiene una dimensión personal. He dicho en varias ocasiones que la revolución siria ha fracasado y que los demócratas sirios deben basar su visión política en esta realidad que nos obliga a la reflexión.
Para algunos, la caída del régimen -y la explosión de alegría que le siguió tras años de melancolía- parecía demostrar que me equivocaba, y algunos de mis amigos ya me han expresado este punto de vista. Pero yo me mantuve escéptico, a pesar de que, en aquel momento, no tenía ni los argumentos ni la energía para defender mi postura.
Lo que sigue es un primer intento, precisamente, de hacerlo.
¡Hay ganadores!
Probablemente, ésta era la única forma en que el régimen de Assad podría haber caído: a manos de una coalición de fuerzas islamistas suníes ideológicamente coherentes y aguerridas, favorecidas por un contexto regional e internacional favorable. Sin embargo, el tortuoso curso de los años que siguieron a la revolución pone en tela de juicio cualquier suposición de una continuidad homogénea, aunque sea mínima, entre marzo de 2011 y diciembre de 2024.
Lo que comenzó como un conflicto sirio-sirio, primero pacífico y luego, hasta mediados de 2012, mixto (pacífico y armado), se convirtió después en un enfrentamiento suní-chií con apuestas regionales crecientes, que implicaban principalmente a Irán y a ciertos Estados del Golfo. Esta fase continuó hasta el acuerdo ruso-estadounidense sobre armas químicas de septiembre de 2013 [acuerdo entre el secretario de Estado estadounidense John Kerry y su homólogo ruso Sergei Lavrov sobre la eliminación de las armas químicas en Siria «¡antes de 2014!»], que marcó el inicio de una internacionalización a distancia, seguida más tarde por intervenciones militares directas: Estados Unidos en 2014, Rusia en 2015 y Turquía en 2016.
A medida que el control se les escapaba gradualmente a los revolucionarios sirios, la revolución quedó sepultada bajo una creciente cantidad de conflictos no revolucionarios -sectarios y regionales- y fue finalmente recalificada como una «guerra contra el terror» que, de hecho, rehabilitó al régimen de Assad.
Los años transcurridos desde 2016 estuvieron marcados por la miseria y la desintegración, lejos de cualquier revolución. Marcaron la derrota de la revolución, el dominio de las fuerzas sectarias en su seno, el colapso total del Ejército Sirio Libre [FSA, una coalición de grupos rebeldes formada el 29 de julio de 2011, que sufrió transformaciones en 2013] y la subordinación de la oposición política a Turquía.
Durante este periodo también surgió una «entidad suní» en Idlib, en un contexto de creciente fragmentación nacional. Las fuerzas dominantes dentro de esta entidad se formaron sólo en parte por procesos internos de radicalización, militarización y sectarización, alimentados por la experiencia de las comunidades suníes de violencia sistemática, masacres y el uso discriminatorio de armas químicas y bombas de barril [que consistes en barriles llenos de explosivos como shrapnel, petróleo o armas químicas, y fragmentos metálicos como clavos que son proyectados como metralla, ndr] contra ellas. Sin embargo, estas fuerzas eran igualmente el resultado de formas globalizadas y antisociales de nihilismo islámico arraigadas en Irak años antes de la revolución siria.
La actual facción gobernante (Hayat Tahrir al-Sham-HTC) no tuvo ningún papel en las primeras fases de la revolución siria y no emana de la sociedad siria. Su presidente de transición es un antiguo yihadista que operó bajo varios alias en Irak, donde pasó sus años de formación luchando contra los estadounidenses y el nuevo gobierno chií iraquí. Durante años, esta figura poco conocida dirigió el grupo yihadista salafista Jabhat al-Nosra en Siria.
Al igual que su grupo, hostil en palabras y en actos a la revolución de 2011, a sus símbolos y a su formación nacional, está arraigado más en un nihilismo salvaje y transnacional que rechaza tanto nuestras sociedades (organizaciones sociales) como el mundo en general que en la dinámica del levantamiento sirio, que comenzó como una intifada popular en el contexto de la Primavera Árabe. Pertenece más bien a una minoría elitista y conspirativa, proclive a la disidencia, cuyas ideas y modelo no pueden servir de base a una amplia mayoría social o política, y cuya propia composición está en total contradicción con el nacionalismo, la democracia, la historia siria e incluso la noción de sociedad siria o cualquier forma de orden político moderno.
Es nihilista por esta razón, no sólo porque rechaza radicalmente el sistema político, sino porque niega los fundamentos mismos de la existencia política colectiva.
Con el tiempo, Hayat Tahrir al-Sham (HTC) se fue distanciando del nihilismo extremo que sigue manteniendo el Estado Islámico. Adoptó gradualmente el lenguaje de la revolución siria y dejó de rechazar su bandera, mientras seguía operando desde una posición claramente suní supremacista.
Junto al HTC, la coalición que derrocó al régimen -la «Operación Disuasión de la Agresión» [lanzada el 27 de noviembre de 2024]- incluía facciones rebeldes y corruptas sin causa oficial y con un largo historial de abusos, principalmente contra los kurdos de Afrin [sobre todo en enero de 2018], pero también contra toda la población del norte de Siria bajo su control, actuando de hecho como mandatarios de Turquía.
En este contexto, ¿se puede seguir considerando la caída del régimen de Assad como una victoria de la revolución, que resurge de sus cenizas, al igual que los que emergieron de las entrañas de la cárcel de Saidnaya [«matadero humano»] y de los servicios de seguridad de Assad?
La caída dio lugar a una alegría generalizada y justificada en toda Siria, alimentada por la ausencia de todo temor a masacres, represalias o destrucción. Una alegría alimentada además por la esperanza de que el fin del régimen traería la paz, el levantamiento de las sanciones occidentales y el inicio de la recuperación económica.
Sin embargo, muchos de los que celebran esta victoria no se sienten victoriosos. La caída del régimen se ve menos como una victoria de la revolución de 2011 que como un triunfo de la denominada «entidad suní».
Este grupo, que sufrió años de masacres, desplazamientos y pobreza tras la revolución, desarrolló un fuerte sentimiento de victimización y un gran deseo de venganza, impulsos poco adecuados para la fase posterior a Assad y más propensos a alimentar la discriminación, el extremismo y la irracionalidad.
Una dinámica que estalló el pasado mes de marzo en forma de violencia genocida en la costa, dirigida contra muchos alauíes pacíficos, tras una revuelta limitada de los restos de las fuerzas del régimen. [El 6 de marzo, se produjo una ofensiva pro-Assad de antiguos soldados y milicianos. Las fuerzas de seguridad del régimen tomaron represalias y grupos internos y externos reprimieron brutalmente y asesinaron a miembros de la población civil].
Es justo decir que el conflicto con Assad no habría durado ni conducido a la caída del régimen si no hubiera estado profundamente arraigado en la comunidad suní. Pero esto no borra el profundo giro del conflicto hacia una trayectoria sectaria y exclusivista, que ahora se materializa en realidades políticas e institucionales…
¡Pero no la revolución!
Propongo estas reflexiones para comprender mejor la cuestión central: ¿triunfó realmente la revolución de 2011 con la caída del régimen a finales de 2024?
Hay dos respuestas prefabricadas que predominan. La primera, expresada principalmente por quienes forman parte de la llamada «entidad suní» o quienes ven la revolución como un golpe suní y no como un movimiento de liberación nacional, insiste en que sí, que la revolución triunfó claramente.
La segunda rechaza esta afirmación y describe el resultado como una toma del poder por los islamistas armados y afirma que Siria se encuentra ahora bajo el yugo de extremistas considerados terroristas por la ONU y las grandes potencias. Independientemente de que llame o no explícitamente al derrocamiento del nuevo régimen, su razonamiento conduce a ello.
Es probable que quienes comparten este punto de vista no lloren la caída de Assad (algunos sí lo hacen), pero tampoco se alegran. Lo que sigue es un intento de ir más allá de estas dos respuestas hacia una comprensión más matizada y menos polarizada de lo que realmente representa la caída de Assad.
Para reafirmar nuestra posición, la caída del régimen de Assad es un acontecimiento verdaderamente monumental. No se trata de una opinión personal. Este régimen estuvo definido por los lazos de sangre y la corrupción hasta su caída final, como demuestran la prisión de Saidnaya y su gran dispositivo de seguridad. Ese régimen gobernó durante demasiado tiempo, derramó la sangre de su propio pueblo, se apoderó de sus bienes, reforzó el sectarismo y cambió la soberanía nacional por la protección extranjera [iraní y rusa], en detrimento del territorio, la sociedad y los recursos de Siria.
En términos un poco anticuados, era un régimen no nacional -un régimen de traición nacional- que había que derrocar. Pase lo que pase después, eso no cambia el hecho de que Siria necesitaba urgentemente dar la vuelta a esta página sangrienta y estancada de su historia si quería tener alguna posibilidad de sobrevivir.
No se puede sobrestimar la magnitud del acontecimiento. Fue una convulsión tectónica que no dejó de lado nada de la sociedad, el pensamiento o la identidad colectiva. Las alianzas y rivalidades se redefinieron, surgieron nuevas polarizaciones y la gente se vio tironeada en todas direcciones antes incluso de poder comprender lo que estaba ocurriendo, como si se viera atrapada en las réplicas de un gran terremoto.
Esta comparación con una catástrofe geológica no pretende negar el papel activo desempeñado por los sirios. Más bien, intenta transmitir la fuerza bruta de lo que ocurrió y la forma en que esta fuerza está moldeando las acciones de los propios sirios, haciéndolas tan volátiles e inestables como el momento actual. Y esto sumerge a todos en una crisis.
Hoy, ningún sirio, especialmente los que participan en la vida pública, es inmune a esta crisis ni insensible a este inmenso e inesperado cambio en nuestro mundo. Incluidos los vencedores.
Vivimos un periodo de transición fértil pero desorientador que exige reflexión, a pesar de que deje poco espacio para otra cosa. Vivimos en un estado de flujo, una situación informe y aún maleable cuya configuración final depende, al menos en parte, de nosotros. Esto es lo que significa estar en un estado intermedio: un periodo en el que las cosas, las personas y las ideas existen en una transición histórica, un caos en el que el viejo mundo se desvanece un poco más cada día, mientras que el nuevo lucha por tomar forma. Este es también el estado de nuestro análisis: intermedio, provisional y en gran medida experimental, que lucha por encontrar un lenguaje y tropieza en la lucha, que habla de realidades informes y que él mismo corre el peligro de hundirse en la incoherencia.
Una cosa es la magnitud del acontecimiento y otra muy distinta afirmar que la revolución ha triunfado. Derrocar el régimen era un objetivo central de la revolución siria, pero como medio para un fin superior, no como un fin en sí mismo.
La revolución aspiraba a construir una nueva Siria libre, basada en la igualdad, la dignidad, el Estado de derecho y libre de sectarismo y tortura. En este sentido, no, la revolución no triunfó. Y varios meses después de la caída de Assad, no hay señales de que nos estemos acercando a los objetivos que una vez la definieron.
La revolución de 2011 fracasó. Se derrumbó, tanto a mediados de 2012 como en la primavera de 2013 o, más indulgentemente, cuando el régimen y sus aliados recuperaron el control del este de Alepo a finales de 2016. La caída del régimen es de un orden completamente diferente: es innegablemente histórica, pero no es la victoria de la revolución. La brecha entre ambas es inmensa, insalvable.
Lo que duró desde 2011 hasta diciembre de 2024 fue el conflicto sirio, una lucha en la que participaron muchas fuerzas, algunas de ellas sirias, pero la mayoría, incluidas las más poderosas, no lo eran.
¿Realmente terminó el conflicto con la caída del régimen? Esa era la esperanza, sobre todo porque la caída del régimen fue, en gran medida, una victoria siria.
Pero hay muestras de lo contrario: las masacres de alauíes, los actos de venganza constantes, el caos en materia de seguridad y la determinación desenfrenada de la facción dominante por monopolizar el poder indican que el conflicto sigue muy vivo.
Otro nihilismo
A la luz de lo expuesto, el autor se acerca más a la segunda respuesta negativa a la pregunta «¿triunfó la revolución?», aunque comparta pocos puntos de vista más con sus partidarios.
En particular, se distancia de la afirmación -a menudo implícita en los discursos sobre «terroristas» y «extremistas»- de que ahora hay que derrocar el nuevo orden imperante por todos los medios. Esto refleja una preocupante mala utilización de términos como «terrorismo» y «extremismo», despojados de sus fundamentos morales, legales y conceptuales y reducidos a etiquetas simplistas para grupos específicos – etiquetas a menudo utilizadas en contextos que son en sí mismos extremos, incluso nihilistas.
Definido correctamente, el «terrorismo» es el ataque contra civiles para lograr objetivos políticos, una definición que sitúa a sus usuarios más frecuentes, como Estados Unidos, Israel y el desaparecido régimen de Assad, entre los principales autores de tales actos en el mundo.
El término también se utiliza fácilmente de forma errónea con fines sectarios, aplicándose implícitamente sólo a los islamistas suníes armados. El «extremismo» funciona de forma similar: ya no describe el rechazo a la negociación, el compromiso o la coexistencia, sino que simplemente designa a determinadas formaciones ideológicas: los islamistas y, anteriormente, los nacionalistas palestinos.
No es el lenguaje de la revolución, del pensamiento crítico o de la política democrática. Es un lenguaje manido, elitista y autoritario, impregnado de discriminación y racismo, y carente de todo potencial emancipador. Peor aún, a menudo aparece en una retórica hostil y cargada de ira, violencia verbal y emocional que se dirige no sólo contra movimientos políticos o ideologías, sino contra comunidades enteras.
Quienes así se expresan no llaman a la revolución, no trabajan para llevarla a cabo y no renuevan la lucha democrática en un contexto diferente.
En la medida en que puede discernirse una política, ésta se basa en el potencial explosivo de las divisiones heredadas y en la esperanza de obtener apoyo internacional para derrocar el orden actual.
Hay algo profundamente nihilista en esta actitud, que guarda un parecido asombroso con el nihilismo islámico que surgió en Siria en 2012: un rechazo furibundo de la realidad, indiferente a las consecuencias y motivado por la hostilidad hacia la propia sociedad, al igual que el desprecio de los yihadistas por la propia humanidad de nuestra sociedad contemporánea.
Una política arraigada en esta doble hostilidad es, por su propia naturaleza, extremista. Rechaza la política, la negociación y el compromiso, lo que hace imposible formar una mayoría social o política significativa en torno a ella.
Antiextremismo, propolítica
Siria necesita una fase de transición tranquila, libre de violencia, provocaciones y agendas impuestas. Debe ser un momento para recuperar el aliento, restablecer los servicios públicos, levantar las sanciones, permitir el retorno a gran escala de los desplazados y avanzar en los esfuerzos por descubrir el destino de los desaparecidos.
Esta transición también requiere acuerdos políticos para las regiones con situaciones particulares, en los que Damasco realice concesiones significativas, apoyando formas de gobiernos locales o de «autoadministración» que preserven la unidad nacional y reduzcan la injerencia extranjera.
Es preferible hacer concesiones a las comunidades locales y étnicas de Siria – drusos, kurdos, alauíes – que seguir una política de fuerza, que acabaría dependiendo del apoyo de las potencias regionales o internacionales.
Hoy, la pacificación es el enfoque correcto, tanto a nivel interno como externo. Ofrece las mejores condiciones para que la sociedad siria avance hacia la moderación y para que los actores públicos se reagrupen y reorienten. La política de fuerza que devastó Siria bajo Assad no le servirá de nada hoy.
Algunos se preguntarán: ¿por qué esperar? ¿Por qué no enfrentarse a los nuevos dirigentes, como hicimos con los antiguos? La respuesta reside tanto en la prudencia como en el realismo. Existe poco apoyo social para una política de este tipo, incluso entre las comunidades de las que algunos dependen. Ni los kurdos de Jezirah, ni los drusos de Souëida, ni siquiera los alauitas -a pesar de las masacres- buscan ahora la revolución o la revuelta armada.
Al contrario, la reivindicación general es la de un sistema más pluralista, más representativo y más descentralizado, realmente justo y emancipador, seguido por el momento por medios políticos.
¿Pero puede cambiar esto? ¿Podría surgir una coalición revolucionaria de grupos suníes no árabes y de algunos suníes árabes no conservadores? Sólo si los dirigentes actuales se orientan hacia el extremismo, es decir, si rechazan las soluciones políticas, podría empezar a tomar forma una trayectoria de este tipo. O, dicho en términos matemáticos: el extremismo de los dirigentes, multiplicado por la duración de sus políticas extremistas, podría acabar dando lugar a una nueva coalición revolucionaria.
Pero una coalición de ese tipo debe verse como una fuerza capaz de contrarrestar el extremismo, construir una causa pública común, ganar la batalla por la hegemonía y avanzar hacia la moderación y la inclusión, en contraste con la retórica exclusivista y exaltada tan común hoy en día entre los críticos de la actual administración.
De hecho, estamos frente a dos tipos de tendencias extremistas dentro de la actual estructura gubernamental. En primer lugar, están los impulsos extremistas salafistas o yihadistas, o los dos, que captan la atención de los medios de comunicación y generan miedo social, pero no son los más peligrosos. En segundo lugar, están las tendencias centralistas extremistas, encarnadas en la Declaración Constitucional y la formación del gobierno, que parecen motivadas por el deseo de concentrar el poder en manos de un pequeño grupo situado en la cumbre. Estas tendencias centralistas son menos espectaculares que el extremismo disperso de los salafistas y los yihadistas, pero son más peligrosas a largo plazo.
En lugar de resolver un problema, se ha creado uno nuevo: la estabilidad institucional que la Declaración Constitucional y la formación del gobierno pretenden garantizar no es viable dada la fragmentación social y geográfica del país. Los esfuerzos para lograr la estabilidad institucional deberían haber seguido a la resolución de estos problemas sociales y geográficos, y no haberlos precedido.
Al actuar así, Ahmed al-Charaa y su equipo pusieron la carreta delante de los bueyes. Hicieron un traje a medida demasiado ajustado para Siria, que no le gusta a nadie; de hecho, lo correcto sería rechazarlo.
Nadie sabe cómo se va a resolver este problema. Por un lado, es inconcebible que los drusos [véase la nota sobre la noticia al final del artículo] o los kurdos acepten el marco institucional actual. Por otro lado, una solución impuesta por la fuerza parece imposible (y por supuesto indeseable).
Lo más oportuno hoy en día es iniciar una reestructuración seria y negociada del Estado actual, en particular de la Declaración Constitucional, del gobierno y de los procesos de formación militar, para superar las divisiones actuales, romper con el centralismo asfixiante que ha marcado la historia de Siria y responder con flexibilidad al pluralismo real de la sociedad siria.
Esto implica dar dos o tres pasos hacia atrás, hacia donde estábamos antes del pasado marzo, para poder avanzar con más firmeza. Lo más acertado sería que la creación de instituciones públicas fuera precedida de soluciones políticas, y no al revés.
La política implica negociación, compromiso y concesiones mutuas, soluciones intermedias e instituciones instauradas para apoyar el consenso emergente.
Pero si se le cierra la puerta a la política, entonces se le podrá abrir la puerta a la revolución, aunque sólo sea al cabo de un cierto tiempo. Y nadie debe engañarse pensando que esta regla se aplica a los demás, pero no a sí mismo.
*Yassin al-Haj Saleh pasó 16 años, de 1980 a 1996, en las cárceles de la dictadura siria de Hafez al-Assad. Es autor de varios libros sobre la revolución siria, la prisión, la tortura y la violencia genocida del régimen, entre ellos The Impossible Revolution: Making Sense of the Syrian Tragedy (Hurst, Londres, 2017). Es cofundador y miembro del consejo editorial de Al-Jumhuriya.
***
Los drusos y el gobierno de transición. Y la «injerencia» israelí
Traducción al francés, FSD
Traducción al castellano, Correspondencia de Prensa

Desde el 29 de abril de 2025, dos localidades del sur de Damasco, de población mayoritariamente drusa, se han visto inmersas en disturbios de seguridad con tendencias sectarias. Tras la difusión en las redes sociales de una grabación de audio en la que se atacaba al Profeta, atribuida a un druso, grupos armados extremistas procedentes de fuera de la región llevaron a cabo ataques en Jaramana y después en Achrafyat-Sahnaya. Estos ataques provocaron enfrentamientos con los grupos armados drusos locales. Las fuerzas de Seguridad General tuvieron que intervenir, en coordinación con los dignatarios locales, para detener los enfrentamientos e intentar restablecer el orden y la calma. Estos enfrentamientos causaron víctimas entre los civiles y los miembros de las fuerzas de seguridad general.
Israel aprovechó la oportunidad para intervenir en Ashrafvat-Sahnaya con drones que causaron bajas entre los ciudadanos drusos y una víctima en la seguridad general. ¡Una intervención que fue llevada a cabo en nombre de la protección de los drusos! El verdadero objetivo era profundizar la división entre los sirios para justificar el fortalecimiento de la presencia militar de Israel en el sur de Siria.
El 1° de mayo de 2025, el gobierno de transición anunció que se había llegado a un acuerdo con los habitantes de Jaramana para reforzar la seguridad y entregar las armas al Estado. Dicho acuerdo incluye la formación de una comisión conjunta para hacer frente a las tensiones en las dos regiones.
El Partido Socialista Progresista Druso del Líbano se asoció a este acuerdo y espera que sea respetado por todas las partes para garantizar con ello la calma y la estabilidad en la región.
La posición de la comunidad drusa de Siria fue formulada el 1° de mayo en un comunicado emitido por sus jeques y dignatarios. El comunicado subrayaba el rechazo a la división de Siria y afirmaba que Soueida forma parte de una Siria unificada. También pidieron que «la representación del Ministerio del Interior y de la policía judicial dentro de la gobernación de Soueida quede reservada únicamente a los miembros de la gobernación, mientras que la seguridad de la carretera Soueida-Damasco sea responsabilidad del Estado». Este acuerdo entró en vigor el 2 de mayo.
Estos acontecimientos se inscriben en un contexto de crecientes indicios de que Israel intenta explotar a los drusos para imponer su intervención en Siria, en un momento en que Damasco afirma que todos los sectores del pueblo sirio tienen los mismos derechos.
En la noche del 1° al 2 de mayo, un ataque israelí tuvo como objetivo los alrededores del palacio presidencial de Damasco. La noche siguiente, 18 ataques israelíes tuvieron como objetivo Damasco, Hama y Daraa.
-Fuentes en árabe:
– https://www.alquds.co.uk/??????-??????-??-??????-???-?????-????/
– https://www.alquds.co.uk/?????-???-??????-???-???-??-?????-?????/