Colombia – La región de Arauca, golpeada por la violencia guerrillera. [Marie Delcas]

La región de Arauca, golpeada por la violencia guerrillera

M. Delcas (Saravena, Colombia, enviada especial)

Le Monde, 17-1-2022

Traducción de Correspondencia de Prensa, 20-1-2022

El Ejército de Liberación Nacional y las disidencias de las FARC luchan por el control de la región rica en petróleo en la frontera con Venezuela.

Los muros de Arauca hablan de guerra. Con pintura negra, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) recuerda que tiene 55 años. Y los disidentes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que han vuelto. Las disidencias son los guerrilleros que no quisieron firmar el acuerdo de paz con el gobierno colombiano en 2016 o que, desde entonces, han pasado a la clandestinidad. Los dos grupos armados, que se disputan esta región de llanuras y sol, ganado, petróleo y narcotráfico, han desenterrado el hacha de guerra.

El 2 de enero se encontraron 23 cadáveres en los alrededores, algunos de ellos en las orillas del río Arauca, que separa Colombia de la vecina Venezuela. «Contrariamente a la versión inicial de los hechos brindada por las autoridades, no se registraron combates en territorio colombiano», dijo José Luis Lasso, funcionario de derechos humanos del municipio de Saravena. Los asesinatos fueron todos selectivos. Desde entonces, el número de víctimas ha aumentado a 33, de las cuales 17 en el municipio de Saravena. También ha habido una docena de intentos de asesinato, un ataque con granadas, un autobús incendiado y amenazas de todas partes.

«¿De qué sirve vivir, trabajar, educar a nuestros hijos para que sean personas honestas y generosas, si la vida aquí no vale nada? » se pregunta entre lágrimas Luz Estela Mateus, psicóloga escolar de Saravena. Su padre fue asesinado cuando ella era adolescente, su marido unos años después y Dany, su hermano de 19 años, el 7 de enero. En plena luz del día. Los asesinos se marcharon en moto ante la mirada aterrorizada de los transeúntes, que se dispersaron rápidamente.

«Para tranquilizarse, la gente dice que, si alguien es asesinado, debe de haber una razón, continúa Luz Estela. Pero eso no es cierto, mi hermano era un joven sin historia, lleno de planes. » Dany acababa de comprarse una moto de segunda mano: eso podría haber engañado a los asesinos, que a veces detectan a sus víctimas por su vehículo. O por el color de su camisa. El conflicto local adquirió la apariencia de una vendetta. Y la espiral de venganza es amenazante.

Control de las rutas de la droga

Saravena suele estar muy animada por la tarde, pero estos días todo es silencio al caer la noche. En los alrededores de la comisaría, que está atrincherada tras sacos de arena, no se permite la circulación de coches. «Nadie ha olvidado la pasada guerra entre las guerrillas del ELN y las FARC. » Duró casi diez años y dejó cientos de muertos, antes de que las dos organizaciones firmaran una tregua en 2013. Tres años después, las FARC entregaron sus armas, dejando que el ELN ocupara el espacio. Los guerrilleros del ELN son hoy más reacios a ceder, ya que los miembros de las antiguas FARC están muy divididos.

El ELN, heredero de la revolución cubana y de la teología de la liberación, se estableció en Arauca hace más de treinta años siguiendo la estela de las compañías petroleras, a las que se les pedía un rescate por los secuestros y los ataques a los oleoductos. La organización armada, menos poderosa que las FARC y mucho menos estructurada, apostó a la proximidad con las organizaciones sociales. Después de habers negado, durante cierto tiempo, todo vínculo con el tráfico de cocaína, los «elenos» acabaron gravando el tráfico y disputándole a las FARC el control de las rutas de la droga.

«Desde hace varios meses, el conflicto entre los grupos armados es inminente, afirma Juan Pappier, de Human Rights Watch. Los desacuerdos incluyen los cultivos ilícitos y el reclutamiento forzoso. El ELN acusa a las disidencias de las FARC de obligar a los campesinos a plantar coca, de alistar a la fuerza a los jóvenes y de brutalizar a la población.»

El 4 de enero, el presidente, Iván Duque (derecha radical), anunció el envío de dos batallones del ejército – unos 600 soldados – para reforzar la seguridad en la región. Y acudió allí el domingo 16, acompañado de su ministro de Defensa y su equipo. Pero aquí, el despliegue militar es recibido con escepticismo. «Enviar más armas cuando una región está en llamas es echarle aceite al fuego», deplora el padre Helber Giraldo. Como hace quince años, los defensores de los derechos humanos y la Iglesia católica ruegan a los grupos armados que negocien un alto el fuego.

«Al Estado sólo le interesa el petróleo”

Arauca, que es tan grande como cuatro departamentos franceses y tiene una población de apenas 260.000 habitantes, comparte una frontera de casi 400 kilómetros con Venezuela. La militarización de esta zona parece tanto más peligrosa cuanto que Bogotá y Caracas, que no dialogan desde hace tres años, se acusan mutuamente de los problemas que allí se acumulan. Iván Duque señala al «régimen de Nicolás Maduro, que ampara y protege a los grupos armados». El presidente venezolano sospecha que Bogotá quiere desestabilizar su país, con el apoyo de los estadounidenses.

En un vídeo publicado en las redes sociales, Antonio García, miembro de la dirección del ELN, acusa a los disidentes de las FARC de haber sido infiltrados por el ejército colombiano. La ofensiva del ejército venezolano en abril de 2021 contra un campamento de disidentes colombianos al otro lado de la frontera y el reciente asesinato de tres líderes históricos de la antigua guerrilla de las FARC en Venezuela están alimentando las tensiones y los recelos entre los grupos armados.Affrontements de groupes armés non étatiques dans le département d'Arauca en Colombie

«El conflicto en la región no puede reducirse a un enfrentamiento entre mafias, afirma el defensor de los derechos humanos Juan Carlos Torregrosa, que vive en Saravena. Sin política social, sin inversión en educación y en sanidad, la situación seguirá siendo explosiva. El Estado, al que sólo le interesa el petróleo, es en parte responsable de la situación actual.» Sospecha que el nuevo despliegue militar decidido por el presidente Iván Duque busca proteger las instalaciones petroleras más que a la población. En las afueras de la ciudad de Arauca, capital del departamento, dos retenes militares permanentes marcan los límites del campo petrolero de Caño Limón.

Los partidarios del acuerdo de paz de 2016 creen que su aplicación, y en particular sus disposiciones agrarias, habrían permitido al Estado recuperar el control de las regiones rurales del país, olvidadas durante mucho tiempo. Iván Duque no tomó esta decisión. A dos meses de las elecciones legislativas y a cinco de las presidenciales, algunos temen, como el conductor Samuel Pérez, que «la gente [tenga] la tentación de votar lo más a la derecha posible para demostrar que rechaza la violencia de la guerrilla».

Proximidad y terror

Según las autoridades, más de 200 familias ya han abandonado la región. «En Arauca, hagas lo que hagas, te acusan de complicidad con uno u otro grupo armado», explica Jairo G., un agricultor de 42 años que prefiere no dar su nombre. Estaba obligado a vender mis verduras a quien las comprara y a alquilar mi barco a quien lo pidiera, civiles o guerrilleros.» El 4 de enero, un vecino le advirtió de que su vida corría peligro. En 24 horas, Jairo y su familia habían abandonado su parcela y sus tres cerdos para refugiarse en Bogotá, en la casa de un viejo tío. 

Sobre el terreno, el ELN y los disidentes cuentan con una estrecha red de informadores y de milicianos vestidos de civil. «Aquí todo el mundo tiene un hermano, un vecino o un amigo de la infancia que se ha alzado en armas», recuerda el padre Giraldo. La relación entre la población civil y los movimientos armados es de proximidad y terror. En confianza, la gente habla de los líderes guerrilleros por sus nombres de pila. Pero si temen ser escuchados, comunican con las manos para no mencionar los nombres de las organizaciones armadas en voz alta: tres dedos para el ELN, cuatro para las FARC. «Los grupos armados reclutan a niños sin preocuparse de su formación política como antes», continúa el sacerdote. Ya no se ve a los guerrilleros dando lecciones de marxismo a los aldeanos. Los líderes históricos de las organizaciones han dado paso a una joven generación ávida de poder y dinero.»

«Al dolor y las lágrimas hay que añadir el costo colectivo de la violencia que, al sembrar la desconfianza y la discordia entre los ciudadanos, destruye los procesos comunitarios y la vida asociativa, tan esenciales cuando el Estado está ausente», añade Older Cáceres, activista de izquierda y candidato a las elecciones legislativas del 13 de marzo.

El padre Giraldo insiste: «La gran mayoría de los civiles sólo quiere una cosa: acabar con las armas y vivir en paz. «Para decirlo, los habitantes de Arauca cuelgan, aquí o allá, banderas blancas en las ventanas de sus casas. Desde su exilio, Jairo G. resume con un suspiro: «Nuestra culpa, la de los araucanos, es haber nacido donde nacimos.