Uruguay – Pandemia, distanciamiento social y miedo al contagio. [François Graña]

La Diaria, 3-2-2021

Correspondencia de Prensa, 8-2-2021

“Normalmente en el año hay de 1.200 a 1.500 muertes por infección respiratoria aguda grave… No nos tenemos que dejar llevar por la pasión y debemos ser firmes, solidarios pero sobre todo proactivos… tomar la muerte como parte de la vida, saber que hay muertes por infecciones respiratorias graves y apelar a la sensatez”, declaraba Daniel Salinas, ministro de Salud Pública, el 31 de marzo del año pasado.1 El semiótico Fernando Andacht calificó esta sorprendente intervención como una “bofetada de sobriedad” contrastante con “el clima de sobreprotección y de alarma interminable” supurado por los grandes medios, y muy especialmente por la televisión. Significativamente, el ministro se llamó a silencio luego de esta declaración, y su retorno a la palestra pública mostraba un Salinas vuelto al redil de quienes se limitan a velar por un cumplimiento estricto de las normas de “aislamiento social”.

¿Aislamiento social? La ley que reglamenta el derecho constitucional de reunión en el marco de la pandemia, aprobada en diciembre, se refiere a las “medidas de distanciamiento social”; idénticos términos se emplean en el proyecto alternativo presentado por la oposición. El sistema político todo ha adoptado la expresión “distanciamiento social” para aludir a la separación física entre personas con que se procura reducir el contagio viral. Descartada por absurda la hipótesis de un complot mancomunado de gobierno y oposición, ¿cómo explicar este casi unánime quid pro quo entre “físico” y “social”, como si se tratara de la misma cosa?

No hace falta ser sociólogo ni psicólogo para comprender que la maraña de relaciones sociales en que nos involucramos de por vida desde nuestro nacimiento desborda ampliamente el contacto físico. El flujo incesante de la vida social se vale de signos cuya comunicación –al menos desde la invención de la escritura– no requiere imperativamente de copresencia física. Medios de comunicación masiva, internet, celulares y redes sociales se combinan para dar lugar a un denso entretejido de relaciones sociales a distancia cultivadas por un número creciente de personas que les dedican varias horas al día. Estamos siempre socialmente próximos, sea cual sea la distancia física entre las personas en comunicación.

Lo antedicho es evidente por sí mismo, ha ingresado al sentido común desde larga data. Somos, en el sentido más profundo del término, seres sociales; nuestro yo pensante, sintiente y actuante se constituye en interacción social simbólica con los demás. Pero entonces, ¿no es disparatado eliminar la distinción entre “físico” y “social”? Esta cancelación de una diferencia tan radical en la que incurren personas inteligentes y cultivadas no puede explicarse por ignorancia ni por inadvertencia. En mi hipótesis, trasluce la persistencia de un cientificismo decimonónico de consecuencias nefastas para la propia salud y bienestar humanos en contexto de pandemia. El tratamiento exclusivamente biológico de la covid-19 es un búmeran: produce el efecto contrario al deseado.

La integración del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), constituido en los inicios de la pandemia, es a mi juicio una clara manifestación de este cientificismo. El GACH tiene al frente un trío de coordinadores de credenciales científicas intachables. Rafael Radi, su coordinador general, es bioquímico, investigador en ciencias biomédicas, actual presidente reelecto de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay y primer uruguayo miembro internacional de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos. Fernando Paganini, matemático e ingeniero eléctrico, está a cargo del Equipo Científico de Datos del Grupo. Henry Cohen, connotado gastroenterólogo y expresidente de la Academia Nacional de Medicina, coordina el área del Equipo Científico de Salud.

La estructura del GACH muestra que se ha priorizado el prestigio científico meritocrático antes que la especialidad. De otro modo no puede explicarse, por ejemplo, la ausencia de infectólogos o epidemiólogos en un equipo llamado a coordinar, precisamente, la prevención y el tratamiento de una enfermedad infecciosa (estas y otras especialidades están presentes en el equipo ampliado del GACH: me refiero estrictamente al perfil de quienes son sus referentes centrales para el gobierno, la prensa y la ciudadanía toda). Se desprende de esta preferencia por “pesos pesados” al frente del grupo que un equipo de científicos de alto rango –sea cual sea su área– coordinará mejor el abordaje de la pandemia que un equipo de especialistas en salud que conjugue experiencia clínica con saber teórico sobre prevención y tratamiento de infecciones virales. Con todo respeto por sus notorios méritos académicos y profesionales, no me parece que la gestión de la pandemia sea asunto de bioquímicos, matemáticos o gastroenterólogos, aunque tengan sin duda saberes específicos valiosos para aportar.

Pero hay un segundo sesgo: la ausencia de representantes de ciencias humanas y sociales en el equipo coordinador del GACH (que como es sabido, sí están presentes en el equipo ampliado). Esta circunstancia dice más que mil palabras sobre el enfoque predominante de la pandemia, limitada a su sola dimensión biológica. Este enfoque sólo se ocupa de los cuerpos de las personas, así reducidas a entidades biofísicas y bioquímicas. Bajo una mirada exclusivamente biomédica de la pandemia, la sociedad se presenta como un conglomerado de individuos que deben ser tomados de uno en uno para auscultar su estado de salud. La inevitable contigüidad física de quienes comparten el espacio urbano es un obstáculo a ojos de una “doctrina del contagio” 2 que se vería plenamente realizada con el aislamiento individual total. Ante la obvia imposibilidad de lograr tal cosa, se espera que un sostenido discurso atemorizante, combinado con la vigilancia policial, logre el máximo acercamiento posible al ideal de la atomización absoluta.

Visto desde una perspectiva exclusivamente higiénico-sanitaria, el miedo se presenta como el camino más corto para evitar el contagio. Quien así piense justificará la exageración, la simplificación y la supresión radical de la duda o de la opinión diferente: ¿qué más da, si así se logra el cumplimiento sin desmayos de los protocolos sanitarios? Los grandes medios –y muy particularmente la televisión– han adoptado este discurso atemorizante con pasmosa unanimidad. Día a día, la población es bombardeada con verdaderos “partes de guerra” que dan cuenta de nuevos contagios, internaciones y muertes; la distinción entre SARS-CoV-2 y covid-19 –entre portador del virus y enfermo– ha sido virtualmente abandonada, lo que lleva a confundir “casos activos” con “enfermos de coronavirus” cuando es sabido que estos constituyen una ínfima porción de aquellos; no se habla de la existencia de los importantes márgenes de error del hisopado (test PCR) 3; las voces científicas autorizadas que disienten con la estrategia sanitaria predominante son ignoradas o, peor aún, estigmatizadas. Todo vale para infundir un miedo que contribuirá a mantenernos sanos, parece leerse en la filigrana de tales prácticas comunicacionales. “Este bombardeo constante de información puede provocar una mayor ansiedad, con efectos inmediatos en nuestra salud mental”, alertaba la influyente cadena británica BBC News hace ya muchos meses; “el miedo al contagio nos lleva a ser más conformistas y primitivos, y menos receptivos a la excentricidad”.4

Se sabe desde larga data que un estado psíquico inestable o estresado afecta el sistema inmunológico (Hipócrates sugería una relación entre estrés y cáncer, ¡hace 2.400 años!). Las personas con altos niveles de ansiedad suelen padecer enfermedades cardíacas; asimismo se ha asociado una personalidad poco asertiva y proclive a reprimir sus sentimientos con la predisposición al cáncer y a las enfermedades autoinmunes. El estrés de intensidad moderada es una respuesta a situaciones percibidas como amenazantes que mantiene al organismo en alerta y produce la adrenalina que estimula las defensas inmunitarias. Pero si el factor estresante se vuelve duradero, la función benéfica del estrés se torna su contrario y comienza a deprimir las respuestas inmunes. Los efectos inmunodepresores del estrés han sido ampliamente estudiados en las últimas décadas.5

La estrategia sanitaria anclada en el temor al contagio es terreno fértil para el pánico, predispone a la obediencia ciega y a la delación del transgresor, desestimula la solidaridad.

Si hacemos foco exclusivo en los aspectos epidemiológicos desentendiéndonos de las implicaciones sociales, anímicas, afectivas y psicológicas de la pandemia, la distinción entre la sociedad humana y un rebaño de ovejas parlantes se vuelve superflua. La estrategia sanitaria anclada en el temor al contagio es terreno fértil para el pánico, predispone a la obediencia ciega y a la delación del transgresor, desestimula la solidaridad, invita a un “sálvese quien pueda” individualista e intolerante.

Parecería que se nos prefiere quietitos, atemorizados, aislados y obedientes. Pero la tesis de una conspiración gigantesca es infantil; creo más bien en una convergencia no intencional que el paradigma cientificista-higienista imperante ha hecho posible. De lo contrario, ¿por qué no se habla de la importancia del vínculo afectivo y social para contrarrestar el estrés? ¿Por qué se insiste en fogonear el miedo que –precisamente– deprime los ánimos y debilita las defensas inmunitarias, tal como lo han demostrado las propias ciencias biomédicas y en especial las neurociencias cognitivas y la más reciente psicoinmunología? ¿Por qué no se informa que nuestras defensas se fortalecen con la respiración profunda al aire libre tomando las ya obvias precauciones repetidas, esas sí, hasta el hartazgo? ¿Por qué no se habla mucho más de la importancia de una dieta alcalina y del consumo de probióticos naturales para fortalecer el sistema inmunológico, que constituye la barrera más importante a la enfermedad? ¿Por qué nadie habla de estrechar los lazos de empatía, amistad y amor, que reconfortan el espíritu y por tanto nos fortalecen como unidad psico-bio-física que somos?6

La covid-19 es una enfermedad respiratoria aguda que puede resultar grave para las personas inmunodeprimidas, en especial las muy mayores, y que suele no pasar de una gripe fuerte en personas saludables, en especial las muy jóvenes. Pero a la pandemia del SARS-CoV-2 se ha sumado la del miedo que, paradójicamente, realimenta la propia emergencia sanitaria propiciando la inmunodepresión. Y, más preocupante aún, esta singular pandemia de temor debilita los lazos comunitarios, llama a la desconfianza entre vecinos y alienta la sumisión acrítica a la autoridad.

Nunca es tarde para recapacitar, apostando a la extraordinaria capacidad humana de resiliencia.

* François Graña es doctor en Ciencias Sociales.

Notas

  1. El Observador, 31.3.2020
  2. Andacht, F. (2021): “La agridulce y muy ancha grieta del kisch pandémico”. Extramuros n° especial.
  3. Basile G. (2020): “Enfermos de desarrollo: Los eslabones críticos del Sars-Cov2 para A.Latina y el Caribe”. Revista sobre acesso à Justiça e Direitos nas Américas. Brasilia, v.4, n.3, ago/dez 2020, p.189.
  4. Borger-Kämmerer (nov.2020): “La revisión por pares externos de la prueba RTPCR para detectar SARS-CoV-2 revela 10 fallas científicas importantes a nivel molecular y metodológico: consecuencias de los resultados falsos positivos
  5. Coronavirus: cómo el miedo a la enfermedad covid-19 está cambiando nuestra psicología”.
  6. Sánchez et al. (2007): “Estrés y sistema inmune”. Revista cubana de hematología, inmunología y hemoterapia v.23 n.2, La Habana. Moscoso, M. (2009): “De la mente a la célula: impacto del estrés en psiconeuroinmunoendocrinologia”. Liberabit v.15 n.2 Lima jul./dic. 2009. Klinger, J. et al. (2005): “La psiconeuroinmunología en el proceso salud enfermedad”. Colombia Médica Vol. 36 Nº 2, 2005 (Abril-Junio).