Brasil – ¡Amnistía Nunca Más! Luego de 40 años, el pasado de impunidad vuelve a estar en disputa. [Esquerda Online]

Ajuste de cuentas: luego de 40 años, el pasado vuelve a estar en disputa ¡Amnistía Nunca Más!

Paula Alves/Vinicius Machado/Camilla Paulino *

Esquerda Online, 14-1-2023

Traducción de Correspondencia de Prensa, 17-1-2023

La lucha por la memoria es tan antigua como la historia de la humanidad. El cultivo de la memoria es una lucha contra el olvido. En el límite, puede entenderse como una lucha de la vida contra la muerte – y la historia de Brasil está impregnada de torturas seguidas de muertes violentas, del pillaje que produjo innumerables cadáveres: algunos enterrados, y muchos otros cayendo en el olvido. El ocultamiento sistemático, que abarca décadas y siglos, se materializa a través de sucesivas ofensivas contrarrevolucionarias burguesas, imperialistas y coloniales contra nosotros. Demonizar, distorsionar o borrar nuestra memoria es aniquilar la acumulación histórica de nuestras luchas pasadas. Forma parte de una estrategia ideológica permanente para ejercer el Poder sobre las clases populares. Pero la buena noticia es que el pasado ha vuelto, está en disputa y es hora de avanzar en nuestra estrategia.

Repasando las últimas décadas del siglo XX, vemos que el terrorismo de Estado y los crímenes de lesa humanidad, promovidos por la dictadura militar-empresarial contra el pueblo brasileño y sus clases populares, fueron indultados a través de la Ley de Amnistía 1, en un acuerdo republicano pactado desde arriba y tutelado por las cúpulas militares durante el período de nuestra transición democrática. Tan meticuloso esfuerzo sirvió a los generales para salvar el pellejo, sí, pero no sólo: fue también para acometer la destrucción de nuestra memoria, de las luchas y resistencias silenciadas por la dictadura con un baño de sangre. Esta es una de las causas de lo que llamamos «amnesia general» en la sociedad brasileña, cuando el tema es la historia y la política.

En una sociedad como la nuestra, tan marcada por el olvido, no es de extrañar el poco aprecio por los valores democráticos. Un hecho que se ha verificado en los últimos años, de forma exhaustiva, con recurrentes reclamaciones que claman por la «intervención militar» en las protestas callejeras. No es de extrañar que la defensa abierta del legado de una de las épocas más oscuras de la historia brasileña, de la que el expresidente Jair Bolsonaro es un subproducto, quede impune y tenga resonancia en sectores de las capas medias fascistas por el bolsonarismo.

El ápice fue la intentona golpista en Brasilia que, apoyada por generales, nos dio una clara lección: es irracional y poco práctico para una convivencia social que promueva la dignidad seguir escondiendo tanta suciedad bajo la alfombra. Mientras no saldemos cuentas con nuestro pasado, éste volverá a perseguirnos en forma de terror golpista. Y cuando se trata de asumir la responsabilidad por el futuro de Brasil, posponer esta tarea democrática pendiente/incompleta es algo que ya no se puede considerar.

Desde el golpe de Estado contra la presidenta Dilma Rousseff en 2016, pasando por la desenfrenada ocupación de cargos políticos por oficiales en retiro y en servicio activo de las FFAA, las ventajas presupuestarias amasadas por la corporación y finalmente la adhesión automática a los proyectos económicos ultraliberales desde Temer hasta Bolsonaro (destructores de nuestro tejido social), la abundancia de datos de la realidad nos revela lo evidente: las Fuerzas Armadas no sólo nunca abandonaron la política, sino que fueron el motor del ascenso neofascista de Brasil, beneficiándose directamente de la devastación social.

Ahora la buena noticia es que, tras años difíciles de profundas derrotas, los vientos empiezan a cambiar a nuestro favor. La rápida popularización de un grito tan politizado como «Sin Amnistía», coreado desde la toma de posesión del presidente Lula, pero atascado en nuestras gargantas desde hace más de 40 años, debería habernos dado una señal incluso antes del atentado de Brasilia: los vientos están cambiando. Tenemos que ser decisivos.

Ha llegado el momento de reunir fuerzas, coraje y mucho debate político para luchar eficazmente por la Memoria, la Verdad y la Justicia. En virtud de esta prioridad, debemos actuar en consecuencia.

Estamos ante una oportunidad para que las fuerzas populares movilizadas y organizadas sienten por primera vez en el banquillo de los acusados al generalato brasileño. Desde 1985, nunca ha habido un mejor momento nacional e internacional para luchar por el derrocamiento de la tutela militar. Y nunca las Fuerzas Armadas han estado tan desmoralizadas como ahora. Una comprensión dialéctica de la intentona golpista en Brasilia nos lleva a percibir que, si por un lado el terror fascista nos alarma por su gravedad, por otro, y de forma contradictoria, produjo una oportunidad histórica para iniciar una Justicia Transicional en Brasil.

También es necesario decir que estamos con el presidente Lula para que destituya al ministro de Defensa, José Múcio, salvaguardia bolsonarista y militar. Múcio está encubriendo a nuestros enemigos y representa una amenaza concreta a nuestros intereses populares, a los de la Nación y al objetivo de reconstruir Brasil después de la devastación bolsonarista. También es una medida urgente ampliar el barrido a los generales oficiales ya probadamente vinculados al bolsonarismo, pasándolos a retiro. Destituir a Múcio y acorralar a todo esta oficialidad en el retiro es una necesidad inmediata para cuya ejecución el presidente Lula contará con el apoyo popular. Entonces será posible inaugurar un debate nacional sobre los cambios estructurales en las Fuerzas Armadas.

Se ha abierto una ventana de oportunidad histórica para saldar cuentas con nuestro pasado y eso es inequívoco. Es hora de aprovecharla, porque sabemos que las oportunidades históricas, tan escasas, no son eternas. Y cuando se cierran, el resultado puede seguir siendo trágico. Son tiempos para ser responsables y tener claro que el momento político es demasiado privilegiado para desaprovecharlo.

Por eso, la consigna «Sin Amnistía» no puede limitarse a ser sólo un instrumento político de exigencia de castigo a Bolsonaro y su familia. Evidentemente sí, forma parte de la tarea coyuntural. Pero «Sin Amnistía” debe ser también el puente que nos conecte con una estrategia de lucha mucho más amplia. De recuperar las tareas democráticas incompletas, y de promover una Justicia Transicional efectiva por primera vez en la historia de Brasil.

* Militantes de Resistencia, corriente del PSOL.

Nota

  1. La Ley de Amnistía fue decretada por la dictadura militar en 1978, permitió la liberación de presos políticos, el retorno de los exiliados y una tutelada apertura política. Vigente hasta hoy, opera como una auto-amnistía del terrorismo de Estado. Durante sus anteriores 14 años de gobierno, Lula y el PT aceptaron ese “acuerdo republicano” que pactó, de hecho, la impunidad de los crímenes de lesa humanidad. Ningún militar ni policía ha sido juzgado. (Redacción Correspondencia de Prensa)