Nicaragua – Geopolítica, «falso consenso» y represión: la estrategia de Ortega de cara al 2022. [Oscar-René Vargas]

Revista Abril, 5-1-2022

Correspondencia de Prensa, 6-1-2022

Nadie sabe bien cuál será el próximo movimiento de Ortega y eso es parte de su poder. Su capacidad de mantener ocultas sus próximas jugadas, de despistar a propios y extraños, sigue igual de vigente quince años después de haber regresado al poder. Por su parte, Rosario Murillo mantiene una influencia determinante en la elaboración de las políticas cotidianas y se ve a sí misma como protectora y garante de la estabilidad del régimen. La vicepresidenta ha demostrado su habilidad para manejar s en los tortuosos senderos del poder.

Cómo el poder corrompe: una historia política conocida

Nuestra historia, cuando es estudiada rigurosamente, es capaz de esclarecer nuestro presente. Formalmente, medios y analistas dan por sentado que Ortega pretende instaurar una dinastía como parte de su legado político; como la de Anastasio Somoza García, Luis Somoza Debayle y Anastasio Somoza Debayle (1936-1979).

No se puede entender la consolidación del régimen dictatorial si no se toma en cuenta la connivencia de los poderes fácticos, la desatención por parte de los EE. UU. y, por último, la colaboración de los partidos comparsas y demás políticos zancudos. La práctica del nepotismo por parte de la dictadura demuestra el deseo de aferrarse al poder más allá del 2026 con el claro propósito de establecer una nueva dinastía familiar.

La imposibilidad de atender la realidad es un trastorno propio de los Ortega-Murillo. La prioridad absoluta se la confieren a su objetivo político personal: mantener el poder para ensalzar su nueva dinastía. Es decir, ignoran las exigencias de la realidad socioeconómica, y cifran sus esperanzas de sobrevivir en el endeudamiento, el apoyo de los poderes fácticos y la insensata creencia en la invulnerabilidad de su poder. Cuando se impone esa actitud de fondo negacionista e ilusoria, el poder dictatorial trata de impedir la difusión de la realidad que les deslegitima.

La narrativa oficial tiene el objetivo de tapar su propia esencia totalitaria acusando a sus adversarios de ser “golpistas” para justificar su práctica represiva. La narrativa oficial sirve no tanto para deslegitimar una oposición por el momento ineficaz, sino más bien para impedir la construcción de un horizonte de cambio y pensar en futuros alternativos. Es decir, la narrativa oficial apunta a el “statu quo”.

Ortega se mantiene en la cúpula gracias al apoyo de los círculos de poder, lo que resulta en un capitalismo de amiguetes y gánsteres que actúan como aves de rapiña saqueando al país para su beneficio propio. La corrupción de la administración orteguista es evidente para todo el mundo. A la sombra del poder se utilizan los organismos oficiales para hacer negocios fabulosos.

La comunidad internacional ante la impunidad reinante

La corrupción y la impunidad que imperan en los círculos de poder cimientan el sistema dictatorial. Este sistema permite y facilita la evasión fiscal y el blanqueo de capitales ilícitos. En los círculos de poder existen personalidades con suficiente capital político y económico para blanquear cualquier tipo de ingreso o para borrar los rastros de transacciones financieras ilegales. Aquí no hay inversión productiva de capital, sino especulación y robo. El país se encuentra en una cadena interminable de violencias y despojos mientras que hombres de mano saquean y asesinan impunemente a ciudadanos de la Costa Caribe para quedarse con sus medios de existencia. Las comunidades de la Costa Caribe (indígenas y mestizos) son víctimas de la hipocresía de la clase dominante (política y empresarial). Como siempre, unos reciben dinero mientras otros ponen los muertos. Asimismo, unos se declaran favorables al “diálogo” mientras que otros son encarcelados por pensar diferente.

De momento ni norteamericanos ni europeos se plantean derrocar a Ortega. Advierten, sin especificar, de mayores sanciones en caso de continuar la escalada dictatorial y represiva. Sin embargo, no contemplan penalidades económicas para arrinconar al dictador a negociar. Mientras tanto, Ortega se ha mantenido tozudamente firme ante la ausencia de sanciones con dientes que lo obliguen a retroceder. Sabe que se encuentra en un endeble equilibrio político que al primer paso fallido lo haría deslizarse al abismo, de ahí su conducta inmovilista y represiva.

Desde la aprobación de la Ley Nica Act, en diciembre de 2017, EEUU ha buscado como forzar a Ortega a ceder espacios, sin que las presiones hayan sido suficientes y eficientes para obligarlo a negociar una salida democrática. Lamentablemente, EEUU y la Unión Europea han sido incapaces de poner en marcha una estrategia exitosa. Sin duda el corregimiento hacia Rusia y China es para EEUU es un disgusto mayor e incrementa el riesgo de relaciones más complejas con la comunidad internacional. Todo indica que el sueño de Ortega es “jugar en las grandes ligas” de la geopolítica mundial con el riesgo de terminar siendo la “hierba de la pelea de los elefantes”.

La Ley Renacer (noviembre 2021) y la Resolución de la Unión Europea (diciembre 2021) no tienen amenazas concretas ni mellan las cooptadas instituciones dictatoriales. Mientras Ortega no vea que las sanciones debiliten sus pilares de sostenimiento, su estrategia seguirá siendo ganar tiempo y perpetuarse en el poder ante las sanciones. Todo parece indicar que Ortega está dispuesto a seguir tirando de la cuerda (incrementando la represión, buscando protegerse bajo el paraguas de sus socios estratégicos, renunciando a la OEA, emitiendo declaraciones en contra de Colombia, considerando a EEUU un problema sistémico, etcétera). Ortega promueve una “estrategia pesada” para obtener concesiones internacionales que garanticen su permanencia en el poder y un rol en el tablero geopolítico regional.

La estrategia geopolítica de la dictadura sandinista

Ortega ha tomado en cuenta que el mundo está cambiando y sabe aprovecharse de las múltiples crisis geopolíticas actuales. Por ejemplo: las grietas que sufren los EE. UU. por los poderosos embates domésticos y foráneos tales como la crisis migratoria. Europa no se queda atrás, dividida como está por el coronavirus, sus olas migratorias y el conflicto en Ucrania. No pasa desapercibido el ascenso del protagonismo mundial de China a través del comercio y las inversiones, así como el resurgimiento del papel de Rusia desde 2006. En ese contexto Nicaragua ha entrado a una interfaz sumamente delicada que definirá la geopolítica de la región en los próximos años como parte de un teatro más de la batalla geoestratégica en un mundo tripolar (EEUU, Rusia y China). Por buscar aliados internacionales que la saquen de su aislamiento internacional y le permitan mantenerse en el poder, Daniel Ortega mete a Nicaragua en batallas geoestratégicas de las que desconocemos las consecuencias.

Los riesgos de una ruptura del actual “equilibrio” inestable de la sociedad nicaragüense y sus repercusiones en la región centroamericana son enormes, producto de la combinación de las cinco crisis, del proceso de implosión en algunos de los pilares de sostén de la dictadura y por el incremento del aislamiento internacional. Todo esto afecta el sistema económico-financiero sandinista, acrecentaría la desigualdad social e incrementaría la migración hacia los EEUU.

En este contexto de tensión creciente, Ortega ha decidido mantener a los presos políticos encarcelados. Exige de manera concreta y directa que todas las sanciones sean anuladas para poder entablar una negociación. EEUU y la Unión Europea siguen apostando a que una salida de la crisis sea por la vía electoral, lo que paraliza cualquier sanción que golpee de manera contundente los pilares de la dictadura. Mientras tanto, Ortega repite que “EEUU y sus aliados deben poner fin de inmediato a sus habituales actos hostiles contra nuestro país” (sic).

Ciertamente, ha habido sanciones individuales, pero Ortega las considera asumibles ante los avances de su objetivo estratégico: ganar tiempo para permanecer en el poder. Apuesta que a través de la represión va a alcanzar sus fines sin necesidad de ceder. Es verdad que las declaraciones de EEUU y la Unión Europea se han endurecido, pero no han tenido ningún efecto en fracturar ninguno de los pilares de la dictadura. Si las sanciones no son suficientemente contundentes, excluyendo la acción militar, la voluntad de Ortega irá avanzando en su objetivo estratégico principal: construir una dinastía familiar igual a la somocista.

Nicaragua no es solamente un territorio de paso para el narcotráfico. Los vínculos crecientes entre el narcotráfico, la política, el ejército, los paramilitares y los tres brazos del poder estatal, más la corrupción e impunidad dibujan los contornos de una narcodictadura. En este contexto, es comprensible que Ortega haya perdido el beneplácito de EEUU, así como de algunos sectores del capital local e internacional. Estos son factores que entran en simbiosis acelerando las tendencias corrosivas que ponen en peligro el equilibrio inestable. Esta descomposición afecta las relaciones entre EEUU y Nicaragua, vinculadas por el comercio, las inversiones, las remesas y la comunidad migrante. Todo indica que la política de EEUU busca contener la erosión del tejido social y económico ya bastante deteriorado.

Oposición: los vicios de una cultura política autoritaria

A muchos líderes de la oposición les ha costado trabajo deponer sus egos para armar una coalición en la que todos tiren hacia el mismo lado: derrotar a la dictadura. Han invertido mucho de su tiempo en la mecánica electoral pero no logran consolidar una estrategia unitaria que permita crear un contrapoder. Tampoco tienen en mente que la derrota electoral de 1990 es recordada como una tragedia para Ortega y resuena aún en la cabeza de la elite orteguista, razón por la cual no aceptan convocar elecciones transparentes.

Persiste la práctica de la cultura política tradicional: por un lado, serruchar el piso a los liderazgos político emergente dentro de la oposición con el propósito de desprestigiarlos, sacarlos del juego y prepararse a establecer un nuevo pacto con la dictadura aduciendo al pragmatismo político. Por el otro lado, se implementa la política de apaciguamiento con la ilusión de que Ortega terminará haciendo concesiones.

Ortega está consciente que puede ser derrotado y por eso insiste en su política de mano dura contra la disidencia interna para evitar el proceso de implosión. Al mismo tiempo, usa como instrumento de consolidación una narrativa que descansa en el culto a su persona, en valores como la familia tradicional, la instrumentalización de la religión, los vínculos espirituales y el patriotismo sandinista.

Hay que tomar conciencia que la mayoría de los nicaragüenses están preocupados por sus bolsillos y el costo de la vida. Los que perdieron el empleo están preocupados por la falta de oportunidades y su empobrecimiento. Miles de jóvenes migran por el desempleo, la represión y la ausencia de oportunidades para progresar. Para los jóvenes menores de 29 años, la dictadura Ortega-Murillo es el sistema en el que han vivido toda su vida adolescente. Estos jóvenes tienen conciencia de que este sistema no da ni dará respuesta a sus necesidades más elementales. Al final, prefieren emigrar. Por eso es que algunos miembros de la jerarquía católica abogan por el “diálogo” como la única salida a la crisis política y económica.

El principio del fin

Abril 2018 marcó el inicio del fin del ciclo político de Ortega, de la misma manera que el asesinato de P.J. Chamorro caracterizó el principio del fin del ciclo político de Somoza. El sistema orteguista entró en barrena y los engranajes del poder comenzaron a chirriar. Se formó una especie de tormenta perfecta: pérdida de legitimidad, fractura de su base social, condena internacional, fisura con el gran capital, ruptura con la iglesia católica, desafección de sectores de la clase política tradicional, etcétera. Sin embargo, Ortega insiste en la estrategia de “vamos con todo y nulo entendimiento” para evitar su caída. Aunque estratégicamente Ortega está derrotado, sobrevive gracias a la represión y a la existencia de una elite conservadora, corrupta y de mentalidad anticuada.

Desde 2018 la dictadura vive un período de equilibrio inestable permanente. El orteguismo ha demostrado ser demasiado débil para frenar su decadencia y demasiado fuerte para abdicar pasivamente; el movimiento popular ha sido demasiado fuerte para evitar ser aplastado y demasiado débil para deponer sin organización ni estrategia a Ortega. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones políticas no son aún lo suficientemente curtidas y experimentadas para poder romper un aparato de represión bien lubricado y articulado.

El “arte de gobernar” de Ortega se debe por entero a los equilibrios inestables que modifican las relaciones de fuerza en un sentido preciso: debilitamiento estructural de la dictadura, pero sin provocar su derrumbe. La táctica de Ortega es lograr con simulacros de diálogos una suerte de “democracia ficticia”, combinada con medidas demagógicas para permanecer en el poder.

Conclusión

En el año 2022, todo parece indicar que la evolución del régimen irá hacia un endurecimiento de la represión selectiva mientras se maquilla en “falsa democracia”. Dado el reflujo del movimiento popular, Ortega puede transferir el centro de gravedad de la política hacia el ala pactista de las elites. Represión y simulacro democrático son dos formas combinadas del ejercicio del poder. La dictadura sabe alternarlos según la correlación de fuerzas políticas del momento. Pero este zigzag no es capaz de esconder las contradicciones y las fisuras internas que existen al interior de los círculos de poder.

Los poderes fácticos se arriesgan a seguir apoyando a Ortega porque el dictador se siente fuerte y protegido. Es un asunto de percepciones. Son parte de la maquinaria de poder de la dictadura y saben que, en caso de dificultades, podrán contar con el dictador. Hay que tener claro que, para el gran capital, ni la democracia ni los derechos humanos están por delante de sus ganancias. En las relaciones con Ortega pesa el evidente interés económico y sus propios intereses, aumentando, de esa forma, su dependencia, su vulnerabilidad y la ausencia de independencia frente al poder.

Las fuerzas de oposición real buscan una estrategia para derrotar a la dictadura, pero mientras tanto, como Sísifo, van y vuelven con su roca sin encontrar una estrategia y se enredan en la fragmentación política. Ahora es como si la roca estuviera en la cima, con la disyuntiva de rodar por una pendiente suave o despeñarse por algún abismo debido a la falta de una estrategia unificada para derrotar a la dictadura. La lucha política se ha vuelto más compleja, pero no imposible. El reto es gestionar la complicidad y construir un contrapoder para vencer.