Foto: Vista de un graffiti del artista lituano Mindaugas Bonanu que representa a Donald Trump besando a Vladimir Putin, Vilnius, Lituania, 04 de agosto de 2016. ANSA/VALDA KALNINA
Más allá de la geopolítica melancólica: entrevista a Izquierda por Ucrania
Un laboratorio para una izquierda de resistencia y solidaridad en oposición al pacifismo del statu quo.
Emma Catherine Gainsforth*
MicroMega, 30-12-2025
Traducción, Faustino Eguberri
Correspondencia de Prensa, 17-1-2026
El colectivo «Sinistra por Ucrania» (Izquierda por Ucrania) nació en Italia en respuesta a la invasión rusa del 24 de febrero de 2022 para expresar solidaridad con el pueblo ucraniano. Hoy lanza un proyecto más amplio que tiene como objetivo en primer lugar repensar ese terreno común de la izquierda que se ha fracturado claramente con la guerra de Putin, un proyecto1 que apunta hacia una izquierda internacionalista capaz de reconocer imperialismos, autoritarismos y fascismos, distanciándose del campismo, reivindicando una posición concreta y coherente junto a todos los pueblos oprimidos y el derecho universal a la vida y a la paz. Entrevistamos al colectivo sobre las modalidades de este nuevo camino y sobre las reflexiones que derivan de él.
¿Cómo surgió la idea de lanzar un nuevo «Laboratorio Internacionalista para una Izquierda de la Resistencia y la Solidaridad”?
Se necesita una larga premisa que explique el camino que nos llevó a esta decisión. En primer lugar, la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022 fue un shock para mucha gente. Nos encontramos ante una invasión de un país soberano, en plena Europa, con brutalidades de todo tipo infligidas a la población civil. Sin embargo, con fosas comunes a pocos kilómetros de Kiev, una buena parte de la izquierda italiana, pero no solo italiana, se apresuró a hablar de provocaciones de la OTAN, de una guerra por poderes, del nazismo de Azov, de rusófonos perseguidos. En resumen, se desplegó el muestrario que debía servir para comprender y a veces para justificar al invasor, llegando incluso a poner en duda la realidad de las masacres y de las fosas comunes de Buča, en perfecto estilo negacionista, que se acompañaba de un revisionismo de la historia ucraniana – pensemos en el Holodomor.
En segundo lugar, nos dimos cuenta de la increíble transversalidad de estas tomas de posición: no se trataba solo de posiciones atribuibles a algún partido o a alguna secretaría. La situación era aún más generalizada de lo que pensábamos: desde los llamados intelectuales, profesores universitarios, hasta la base más militante, existía un rencor hacia el pueblo ucraniano y los pueblos del este en general, bastante generalizado. Ya se ha escrito mucho sobre esto y por qué ocurrió y no queremos volver sobre ello. Sigue siendo un tema de debate. Sin embargo, el punto más impactante fue la total falta de empatía hacia un pueblo invadido y oprimido. Esta actitud era explícita, a veces asumía rasgos de desprecio flagrante, algo que nunca se había visto en la izquierda.
Finalmente, lo que era y sigue siendo lo más conmovedor: de forma muy espontánea partimos de un grupo de personas que compartían la misma consternación y tratamos, a través de las redes sociales, de hacer información correcta, de desmontar la falsa mitología que se había empezado a construir en torno a la cuestión ucraniana, pero pronto nos dimos cuenta de que esto no era suficiente, de hecho, no funcionaba. Me trae a la mente un viejo y polémico debate entre Noam Chomsky y Slavoj Žižek 2 que tuvo lugar alrededor de 2013 sobre la ideología. Chomsky sostenía que la tarea del intelectual era desenmascarar la mentira: si la gente conociera los hechos reaccionaría; por lo tanto, la batalla debe hacerse a partir del análisis empírico y los datos. En cambio, Žižek afirmaba por el contrario que la ideología no es solo información falsa, sino la misma forma en que vivimos la realidad y, por lo tanto, incluso conociendo los hechos, seguimos comportándonos de la misma manera. En este sentido, la ideología es lo que hacemos incluso cuando sabemos que algo es falso porque está arraigado en el deseo y los hábitos. Damos este ejemplo porque al principio nos movimos de manera más en línea con la idea de Chomsky para luego descubrir que, en este momento, Žižek tenía toda la razón: ya casi cuatro años de la guerra contra Ucrania, a pesar de la evolución de la situación, las lecturas y las posiciones dentro de la izquierda no se han movido ni un solo milímetro. Nos atreveríamos a decir que más que ideológico nos encontramos ante un fenómeno casi de tipo «religioso». Las diferencias son de naturaleza axiomática (indemostrable ndt) y cuando son de naturaleza axiomática la dialéctica es completamente ineficaz. Algunos de nosotros todavía hoy intentamos de manera encomiable el camino del diálogo, otros no, lo consideran tiempo perdido y han pasado a preguntarse «¿qué hacer?”.
De ahí el razonamiento que nos lleva a los conceptos del Laboratorio, que es tanto un proceso como un proyecto. Nos dimos cuenta de que estamos en un momento histórico extremadamente peligroso para la izquierda. Ya hoy la izquierda está totalmente fuera de cualquier camino significativo de transformación material a nivel planetario. Pero hay más: si el siglo XX vio el fracaso de los intentos materiales de realización de la utopía socialista, esta utopía -aunque vaga y escasamente declinada en la realidad histórica- todavía estaba presente. Ahora, la crisis interna provocada por la historia ucraniana, con los primeros indicios que podemos remontar a la falta de apoyo a las llamadas primaveras árabes en la década anterior, ha hecho explotar literalmente incluso el último terreno común en el que, en cierto sentido, toda la izquierda podría encontrarse: el del análisis. En resumen, el terreno común del análisis que parecía ser más o menos estable hasta febrero de 2022 estaba constituido por un camino que va desde el análisis crítico de lo existente, hasta la representación de un ser alternativo al presente, hasta su realización material. Desde entonces también este terreno ha desaparecido, y la principal consecuencia es que nos encontramos ante no simplemente un problema político sino ante un enorme problema cultural que, si no se resuelve, podría determinar el fin de un pensamiento, de una concepción del mundo, de una Weltanschauung de izquierda perteneciente al siglo XXI, un desastre de dimensiones históricas inimaginable a la luz de la evolución social y política de estos últimos años.
Todo esto nos ha llevado a abordar la cuestión en términos de laboratorio: si el problema antes de ser político es cultural, entonces debemos buscarnos, organizarnos a partir de algunos simples denominadores comunes, con la conciencia de que no somos pocos sino de que estamos realmente muy dispersos, y debemos empezar a construir de nuevo a partir de algunos principios fundamentales simples. La resistencia y la solidaridad forman parte de este denominador común, así como el rechazo de un pacifismo abstracto y metafísico que no puede afectar en absoluto a la evolución de los procesos materiales en curso. Nuestra acción, por lo tanto, se centra tanto en el lado cultural, en la reconstrucción compartida de una Izquierda digna de este nombre, como en uno mucho más práctico en el apoyo de las Resistencias y la Solidaridad hacia todos aquellos pueblos que, hoy y en el futuro, pagarán cada vez más en su propia piel las expansiones y los reordenamientos territoriales en las futuras áreas de influencia decididas por un puñado de muy pocas potencias presentes en el mundo. En este caso, para nosotros, no hay ninguna diferencia «campista»: tratamos de la misma manera al opresor estadounidense, ruso, chino o israelí.
¿Cómo nació el grupo? ¿Qué iniciativas han emprendido hasta ahora? ¿Qué comentarios ha recibido de personas que originalmente no formaban parte de su grupo?
Como se ha subrayado, el grupo nació de forma espontánea a partir de contactos sociales y de la voluntad de algunos de reaccionar a este estado de cosas: tenemos redes sociales a través de las cuales hacemos diariamente información y elaboración de pensamientos. Nuestro grupo es extremadamente abierto, cualquiera que nos siga sabe muy bien cuál es nuestro enfoque y a menudo pide colaborar con nosotros. Seguimos creciendo. La respuesta es excelente y también bastante inédita. Como señalamos antes, la ruptura en el plano del análisis ha tenido consecuencias interesantes. Si una vez, a partir de la dimensión analítica de la crítica del presente, las diferencias en la representación y en la realización de la alternativa se movían por las vías de una menor o mayor radicalidad, trivializando al extremo, del moderado reformismo a la revolución, y las divisiones dentro de la izquierda estaban predominantemente situadas en esta dirección, hoy las divisiones son también otras. Si examináramos las firmas de nuestro documento, podríamos encontrar personas tanto moderadas y católicas como comunistas, socialistas o anarquistas. Creemos que esto sucede precisamente porque la falla que todos percibimos como principal no se basa tanto en la mayor o menor radicalidad del proyecto y de la acción, sino precisamente en la lectura del mundo contemporáneo. Si eres católico, socialdemócrata, anarquista o incluso comunista, es esta lectura diferente lo que nos une y la elección de la resistencia y la solidaridad se adapta bien a esta heterogeneidad, como ocurrió, por ejemplo, en la resistencia en nuestro país, o como ocurre hoy en Ucrania, y como históricamente las prácticas solidarias han unido a menudo el mundo de la izquierda con el católico.
En este momento las adhesiones y las ofertas de ayuda a nuestro camino se están produciendo de manera muy natural: nuestro denominador común es muy claro. Como iniciativas más allá de una constancia y una atención bastante precisa al uso de los medios sociales, en marzo de 2025 realizamos una “jornada de dos días» en Milán en la que, además de las intervenciones italianas, hemos acogido a distancia a voces ucranianas como las de Hanna Perekhoda, Yuliya Yurchenko, Olersander Kyselov, también las del pequeño pero combativo sindicalismo de la izquierda estadounidense, como la de John Reimann.
Muchos de nosotros, además, llevamos a cabo acciones de solidaridad concreta en Ucrania, llevando ayuda material a personas desplazadas civiles en zonas de guerra, a menudo con riesgo de la vida. El ejemplo de Giuditta Rescue Team, hoy Rescue team APS, es muy significativo para nosotros. Uno de nuestros objetivos es relacionarnos con todas aquellas realidades que hacen de la solidaridad activa su misión.
¿Qué tipo de perspectivas ves para colaboraciones con otros sujetos similares a nivel europeo o internacional?
En lo que respecta a Ucrania, en concreto, no tenemos ninguna intención de hablar de los y las ucranianas, sino con las ucranianas y los ucranianos en carne y hueso. Nuestras referencias políticas son la izquierda ucraniana, organizaciones como Sotsialnyi Rukh, la revista Commons, Solidarity Collectives, activistas sindicales de Zakhyst Pratsi, etc. También estamos en contacto con ENSU – European Network for Solidarity with Ukraine (Red europea de solidaridad con Ucrania). Seguramente podríamos hacer más si tuviéramos más fuerza en nuestro interior pero, poco a poco, estamos creciendo.
Sin embargo, también es interesante lo que se está moviendo fuera de la cuestión ucraniana o, al menos, lo explosiva que ha sido la cuestión ucraniana no solo en Italia o en Europa, sino también en la izquierda del resto del mundo. Un ejemplo entre otros: Kavita Krishnan fue miembro desde hace mucho tiempo del Partido Comunista de la India (Marxista-Leninista) Liberación (CPI-ML), un partido de izquierda radical en la India. Hoy es una firmante de nuestro documento y ha dimitido de su partido precisamente en polémica con el partido por su posición «campista» contra Ucrania. Nos hemos dado cuenta de que la división que recorre toda la izquierda desde febrero de 2022 tiene dimensiones internacionales y en esa dimensión hay que abordarla. Llama mucho la atención que los mismos problemas y las mismas divisiones se refieran a mundos cultural y políticamente diferentes, sean transcontinentales pero, una vez más, el denominador común en el que trabajamos ayuda a salvar las distancias y a poner las diferencias en un segundo plano.
Además, para nosotras y nosotros son muy importantes los contactos con el mundo de la izquierda de Oriente Medio, no hablamos y no apoyamos solo la causa palestina: tener a nuestro lado y a veces como firmantes de nuestro documento también a exponentes de la izquierda siria o iraní es fundamental.
En vuestro texto habláis explícitamente de una «izquierda muerta por dentro» y decís que no queréis ir a su funeral. ¿Por qué crees que se ha llegado a esto?
Aquí se abre una verdadera caja de Pandora. Necesitaríamos un largo trabajo de análisis para entender el por qué sucedió. Hay algunos componentes que deberían analizarse en profundidad, diría que hasta cierto punto se puede intentar una breve lista. En primer lugar, la izquierda hoy parece incapaz de leer la transformación del mundo si no con lentes del siglo XX. En este sentido, quizás ya en 2016 Enzo Traverso había dicho casi todo en su libro Melancolía de izquierda: después del colapso del socialismo real, la izquierda perdió el horizonte del futuro y de la utopía, la memoria de las luchas del siglo XX se volvió melancólica, más de conmemoración que de proyecto. Esta «nostalgia» podría no ser regresiva: podría convertirse en un recurso crítico, si se utiliza para releer el pasado sin mitificarlo. Pero esto no sucedió, y la crisis de la izquierda proviene de haber reemplazado la idea de emancipación por la de simple gestión de lo existente.
Esta visión de las cosas, que ya era evidente en 2016, es exactamente lo que llevó a la izquierda a girar sobre el análisis geopolítico, además a menudo incorrecto y referido «melancónicamente» a un mundo que ya no existe. La izquierda se coloca a menudo en la posición de observadora del presente en ausencia total de un proyecto autónomo de transformación: hace casi cuatro años que oímos hablar de inminentes desastres nucleares y de que aumentan las facturas de gas. Pero lo que queda en el fondo o que se ignora son las realidades de los pueblos que pagan el precio más alto. La posición extrema en este sentido es el «campismo»: si quisiéramos volver a los orígenes del pensamiento de izquierda, el «campismo» es aquello que hace que uno ya no se siente a la izquierda del rey como fue en 1789, sino que se busquen nuevos reyes, enemigos del tuyo, para sentarse exactamente a su derecha, aunque estos reyes sean incluso peores que los tuyos. La ausencia de proyecto autónomo, la lectura errónea del presente, el carácter irreal en lo concreto de las soluciones propuestas, la falta casi total de empatía hacia los pueblos oprimidos por un opresor que no es «occidental» (si esta palabra todavía tiene un significado…) han llevado a la izquierda a no ser creíble, a estar fuera de juego en la transformación del mundo, y sustancialmente a acelerar su suicidio en este siglo.
Nosotros, simplemente, no queremos ir a su funeral, porque sentimos la necesidad de construir otra izquierda, capaz de proyectos en términos internacionales: en el proceso histórico en curso, de regresión política y social generalizada, pensamos que esto es indispensable. El fin de la izquierda, de una concepción progresista del devenir histórico es también la lápida de la tumba de la democracia.
¿Cómo se articula hoy, en vuestraopinión, un proyecto verdaderamente internacionalista y cuáles son sus supuestos?
Como hemos dicho anteriormente, partimos de denominadores comunes, de una lectura del mundo que, nos hemos dado cuenta, es más compartida de lo que parece, incluso en diferentes continentes. La joven izquierda del Este, en este sentido, es indispensable y no solo en términos generacionales. Hay figuras de intelectuales notables nacidos a principios de este milenio, pero la importancia de estas figuras reside también en otra razón: han probado en su piel la experiencia del imperialismo y del colonialismo ruso y del socialismo real y, posteriormente, han probado en su piel la rapiña del capitalismo sufrida después del colapso de la Unión Soviética. En este sentido, no están condicionadas en su análisis y en su acción por ningún mito que, en cambio, caracteriza la parte más occidental de nuestro continente. Tenemos mucho que aprender de ellas y ellos. Al mismo tiempo, nos gustaría profundizar el diálogo con el mundo de la izquierda árabe y asiática en general, un mundo muy amargado por las posiciones de la izquierda «occidental». A partir de las acciones de apoyo a la resistencia y a la solidaridad concreta, preparar un terreno común sobre el que construir un camino compartido y un proyecto en primer lugar cultural, capaz de actualizar la cultura de la izquierda y convertirla en patrimonio compartido para transformarse solo en una segunda fase en un proyecto más específicamente político. En cuanto a América Latina, hay alguna posición similar a la nuestra, aunque en este caso existe un problema y una excusa muy importante con respecto a las posiciones «campistas»: el peligro imperialista en América Latina lo tienen encima de sus cabeza y es muy probable que los Estados Unidos vuelvan a ocuparse de manera más decidida de su “patio trasero». A todos esos pueblos siempre y en cualquier caso va nuestra solidaridad y el apoyo a su posible resistencia.
También con respecto a la forma que habéis adoptado, ¿habéis hecho una reflexión sobre el tipo de organización que serviría hoy a la izquierda?
Sin duda, una organización en red que sabe relacionar la subjetividad en varias partes del mundo. En este sentido, la tecnología utilizada inteligentemente permite contactos y superar barreras lingüísticas importantes. También por este motivo hemos incluido una mención a la seguridad informática necesaria para nuestra acción. Sin embargo, sobre el tipo de organización es necesario reiterar un concepto ya expresado. Durante décadas hemos sido acosados por contenedores de izquierda sin contenido, o al menos sin un contenido capaz de realizar algo en la materialidad de la historia. No necesitamos, en este momento, un paquete, un embalaje cautivador en el que haya algo escaso o completamente inútil. Debemos ocuparnos del aspecto cultural, de la creación de contenidos compartidos y de la creación de la solidaridad internacional e internacionalista antes de pensar en los contenedores. Sabemos muy bien que es un trabajo enorme, tal vez una utopía, pero tenemos que intentarlo: hace muchos años en una camiseta producida por el comercio justo y solidario se decía una frase de Emil Cioran: «Una vida sin utopía sería una vida irrespirable». Probablemente un poco para todas y todos nosotros esta es la situación en la que nos encontramos y por la que hemos decidido seguir adelante.
*Emma Catherine Gainsforth, editora de MicroMega y traductora.
-Traducido al castellano a partir de Entre les lignes entre les mots, 8-1-2026
-Artículo original en italiano, MicroMega, 30-12-2025
Notas