Brasil – 2 de octubre, una encrucijada. [Valerio Arcary]

Esquerda Online, 5-10-2021                                                                                

Traducción de Correspondencia de Prensa, 6-10-2021

1. En las movilizaciones callejeras del 2 de octubre acumulamos fuerza, y una esperanza permanece viva en el movimiento, pero no superamos los límites que la campaña Fuera Bolsonaro ha conocido hasta ahora, lo que nos deja en una encrucijada. El balance merece destacar tres elementos:

a- las protestas alcanzaron una capilaridad de 300 municipios, con manifestaciones en todas las capitales, que movilizaron, sumadas, a unos cientos de miles. La campaña de Fuera Bolsonaro tiene una audiencia masiva, pero no ha logrado llevar a millones a las calles. Hay una constancia, una perseverancia, un compromiso en el activismo. Incluso en un contexto menos peligroso de la pandemia, en el que el peligro de contagio sigue estando presente, pero es un poco menor debido al avance de la vacunación, no hubo ningún cambio en la calidad, sólo alguna variación cuantitativa para un poco más o un poco menos. Fueron actos que pueden caracterizarse como la movilización de una vanguardia ampliada del área de influencia de los movimientos sociales y partidos de izquierda más organizados.

b- en la superestructura, lo que prevaleció fue un reposicionamiento de la oposición liberal de derecha, después de la sorprendente carta de disculpa de Michel Temer en nombre de Bolsonaro. Aun así, se produjo una ampliación del arco de alianzas políticas, pero no en las calles, incluso después de las provocaciones fascistas de Bolsonaro el 7 de septiembre. La inmensa mayoría de los actos eran de gente de izquierdas. La incorporación de una veintena de partidos, tanto de centro-izquierda como PDT, PSB, Rede, Solidaridad, disidentes de partidos liberales de centro-derecha como Ciudadanía, DEM, MDB, PSD, PSDB, e incluso de la extrema derecha en ruptura con el bolsonarismo como PL, Podemos y Novo no sumó adhesiones. Lo más importante, por desgracia, fue el descuido de Ciro Gomes, que, abordado por los abucheos mientras pronunciaba un discurso, un riesgo previsible, decidió denunciar que el «fascismo rojo» sería igual al fascismo verde-amarillo, una aberración. A continuación, fue víctima de un intento de agresión física, en un episodio grotesco y lamentable. No hay razón para esperar que un próximo acto, incluso con una ampliación de los liderazgos que representan a sectores de la burguesía para el impeachment, pueda atraer a los sectores medios conservadores descontentos.  

c- si sólo se consideran las condiciones objetivas para salir a la calle contra Bolsonaro, están más que maduras, incluso podridas. Los límites de las movilizaciones son las condiciones subjetivas. Las secuelas de la pandemia seguían siendo agudas en septiembre, con una tasa diaria de contagios superior a 15.000, sin tener en cuenta el subregistro, y de muertes superior a 500, con cierta desaceleración. El desempleo tuvo una oscilación en el margen del 1%, pero sigue castigando a unos 14 millones, con sólo 30 millones de trabajadores del sector privado, menos de un tercio de la población económicamente activa. La inflación se ha disparado al 10% anual, pero supera el 20% si se considera la cesta de la compra de la clase trabajadora. 

2. Los análisis no deben ser ni optimistas ni pesimistas. El método del marxismo es el realismo revolucionario. Somos la mayoría social, pero la presencia en los actos sigue estancada. Una forma de ver esta dinámica es subrayar sus límites. Otra es destacar que la fatiga no se impuso, algo notable después de un cierto desgaste tras cuatro meses. Ambas cosas son ciertas. ¿Hemos llegado al límite? ¿Cuál es la dinámica que prevalecerá? En realidad, una campaña para intentar desplazar a un gobierno como el de Bolsonaro debe ser vista como un proceso, con oscilaciones, y requiere perseverancia. No se acaba hasta que se acaba, y aún nos queda este año el reto del 15N (15 de noviembre) y, a continuación, el 20N (20 de noviembre) organizado por el movimiento negro. Pero es inevitable que no haya una situación explosiva de ánimo de lucha. No debemos refunfuñar, es inútil. La cuestión es comprender esta subjetividad de las masas populares. ¿Por qué, después de todo? Tres factores, por desgracia, parecen principales:

a- la primera es la incredulidad. La tendencia que se viene imponiendo en la base social de los movimientos sindicales, feministas, negros, juveniles y populares es que el impeachment no es posible. La gente no se lo cree. Las masas sólo salen a la calle por millones cuando creen en la inminencia de la victoria. Y Bolsonaro parece blindado en el Congreso Nacional. Una angustia y un rencor enormes pueden permanecer contenidos durante un largo período, y explican por qué el «reloj de la historia» es lento. Los motivos de esta duda o inseguridad son variados.

b- La segunda es la expectativa electoral de que Bolsonaro pueda ser derrocado en 2022. A medida que pasa el tiempo, y se multiplican los sondeos de opinión, parece imponerse la apuesta por derrotar a la ultraderecha en las urnas. El cálculo se basa en la experiencia de los últimos treinta y cinco años de elecciones ininterrumpidas. Pero también se alimenta del miedo a que las movilizaciones radicales contra los fascistas despierten reacciones aún más radicales del bolsonarismo que, como todo el mundo sabe, tiene gran influencia en la oficialidad de las Fuerzas Armadas y de los cuerpos policiales del Estado.

c- La última es el peso de la experiencia acumulada tras tantas derrotas en los últimos cinco años. Pasó el golpe institucional contra Dilma Rousseff, Temer asumió y cumplió su mandato, Lula fue condenado y encarcelado, Bolsonaro fue elegido, se aprobaron las contrarreformas laborales y de la seguridad social, se vitoreó la Ley de Techo de Gasto, continuaron las privatizaciones con Eletrobrás y Correos. La gente está, políticamente, dolida. Las heridas hacen retroceder la conciencia.

3. Muchos en la izquierda más combativa también han alertado que la ausencia de Lula no puede ser ignorada. No se equivocan. Hacen bien en criticar porque es inexplicable, o incluso imperdonable, que el principal  liderazgo popular opte por no acudir a los actos, ni siquiera enviar un vídeo grabado para que se proyecte en la gran pantalla, incluso después de la apoteosis fascista de Bolsonaro el 7 de septiembre. Una difusión sistemática de los actos a través de videos en sus redes sociales, y la expectativa de su presencia habrían fortalecido mucho la campaña de Fuera Bolsonaro. Es un argumento serio que todavía estamos en estado de alerta sanitaria, y Lula tiene 75 años, ha tenido cáncer, estuvo en prisión más de un año, y debe protegerse. No era imposible sortear los peligros de contagio organizando un servicio de seguridad riguroso. Pero no es razonable exagerar el papel de Lula. El núcleo duro de la dirección del PT ha apostado por la estrategia del desgaste, el quietismo, evitando provocar a los fascistas con un palo corto, favoreciendo la ocupación de espacios para que Lula se imponga como catalizador del malestar social para 2022. Pero hay que ser lúcido a la hora de evaluar la relación social de fuerzas, y reconocer que no depende de la voluntad de la dirección del PT derrocar a Bolsonaro este año. La valoración que atribuye a Lula toda la responsabilidad de la encrucijada en la que se encuentra la campaña de Fuera Bolsonaro no es correcta. Los contrahechos son legítimos, porque en la lucha social y política siempre hay un campo abierto de posibilidades. Pero no todo es posible. Incluso si Lula se hubiera comprometido, sigue siendo una hipótesis poco probable que millones de personas hubieran respondido. El PT es el mayor partido de izquierda, pero no tiene la misma fuerza que hace dos décadas. Tampoco tienen razón quienes insisten en la propuesta de avanzar hacia la preparación de una huelga general para derribar al gobierno. Desgraciadamente, no hay condiciones para construir una jornada de huelga general. Una convocatoria, aun suponiendo el movimiento de un aparato de cientos de coches sonoros, y miles de funcionarios sindicales a las puertas de las grandes empresas, resultaría, ineludiblemente, en este momento, un rotundo fracaso. No basta con que las condiciones objetivas sean terribles. Es indispensable que los subjetivos también estén presentes. Finalmente, se han hecho otras dos críticas:

a- algunos consideran que existe un problema político. Sostienen que hay un error en el programa de agitación de los Frentes Brasil Popular y Pueblo sin Miedo. Sostienen que la prioridad de la convocatoria deben ser las demandas más sentidas y no el lema «Fuera Bolsonaro». Hay una pizca de verdad en esta crítica. Pero también es cierto que la vacuna en el brazo y la comida en el brazo estaban siempre presentes en todos los mensajes. En la lucha política no hay atajo, eslogan «mágico» o abracadabra. No es izquierdismo político que el eje de la campaña sea «abajo el gobierno». Todas las encuestas y opiniones disponibles confirman que, especialmente entre la gente pobre de las ciudades, hay una mayoría que considera al gobierno un desastre.

b- algunos observan que el formato de actos-concentración, sin marchas y con dos horas y media de discursos es poco atractivo. Pero no es razonable imaginar que un formato más combativo, con marchas, o más lúdico, con más música, sea suficiente para atraer a millones.

Reconocer que estamos en una encrucijada es admitir que tenemos un dilema ante nosotros. Un dilema es una elección difícil. Pero hay que mantener la campaña de Fuera Bolsonaro, e insistir en la preparación de los actos de noviembre, sin descanso, sin aristas. Nada es más importante. La lucha contra los neofascistas será larga y dura.

* Valerio Arcary, historiador, militante de la corriente Resistencia/PSOL, columnista de Esquerda Online.