Afganistán – Las lágrimas de cocodrilo de Washington por las mujeres afganas. [Gilbert Achcar]

Mujeres combatientes del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) desfilan en Kabul durante la retirada de las tropas soviéticas en febrero de 1989. Foto: Patrick Robert/Sygma.

A l’encontre, 16-9-2021

Traducción de Ruben Navarro – Correspondencia de Prensa, 18-9-2021

Toda la clase política estadounidense llora por la situación de las mujeres afganas bajo el nuevo régimen talibán. Son lágrimas coherentes con una retórica de hace veinte años que presentaba el deseo de liberar a las mujeres afganas del yugo talibán como una motivación clave para la invasión de Afganistán liderada por Estados Unidos, motivación sólo superada por el objetivo inmediato de erradicar a Al Qaeda en respuesta a los atentados del 11 de septiembre.

Es un pretexto muy hipócrita. La falta de sinceridad es particularmente transparente desde la perspectiva de la Guerra Fría, cuando los Estados Unidos apoyaron a los fundamentalistas patriarcales contra un partido que trataba de hacer avanzar la causa de las mujeres afganas.

La pretensión de actuar en nombre de las mujeres afganas también podría haber sido utilizada, e incluso de manera más convincente, para justificar los diez años de ocupación soviética de ese pobre país. Después de todo, bajo el gobierno del Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA), apoyado por los soviéticos, se dieron pasos cruciales para intentar emancipar a las mujeres afganas de las cadenas patriarcales tradicionales. Un informe publicado el 14 de marzo de 2003 por el International Crisis Group (ICG), organismo asesor de la OTAN, detalla las medidas aplicadas por el régimen del PDPA y el fuerte deterioro de la condición femenina que se produjo tras su caída. Como lo resume diez años después, en 2013, un informe del mismo ICG:

«Tras el derrocamiento de Daoud [Mohammad Daoud Khan, presidente de la República de Afganistán del 17 de julio de 1973 al 27 de abril de 1978] con un golpe militar, el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) prometió a las mujeres la igualdad de derechos, la educación obligatoria y la protección contra los matrimonios forzados, concertados y precoces. Los sucesivos regímenes del PDPA también promovieron el empleo femenino. Cuando los talibanes tomaron el poder a mediados de los 90, el 70% de los profesores, casi la mitad de los funcionarios y el 40% de los médicos de Afganistán eran mujeres».

Claro está que el ICG criticó el régimen del PDPA y la ocupación soviética por su brutalidad y por la torpeza con que fueron implementadas medidas como el fin de la segregación en las escuelas, pero no cabe duda de que los años del PDPA se caracterizaron por un importante esfuerzo para mejorar la situación de las mujeres afganas en las zonas (mayoritariamente urbanas) bajo el control del régimen. Mientras tanto, la oposición islámica al régimen del PDPA, dominada por fundamentalistas de línea dura, era fuertemente contraria a los derechos de las mujeres: la diferencia entre los muyahidines de los años ochenta y principios de los noventa y los talibanes es apenas de matices en el mismo extremo del espectro cromático, no una diferencia cualitativa. Como señala el informe del ICG de 2013: «Los muyahidines utilizaron su control sobre los campos de Pakistán para imponer su interpretación idiosincrática del papel de la mujer a la población refugiada, con el apoyo del régimen del general Zia-ul-Haq [1978-1988, presidente de la República Islámica de Pakistán], que compartía su versión puritana del Islam.»

Además del apoyo de la dictadura militar pakistaní, los muyahidines contaban con el respaldo del más antiguo y cercano aliado musulmán de Estados Unidos, el reino saudí, que también es bien conocido por su atroz trato a las mujeres. Sin embargo, Washington decidió apoyar a estas fuerzas en su lucha contra el régimen del PDPA y sus padrinos soviéticos.

Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad nacional de Jimmy Carter de 1977 a 1981, fue noticia en 1998, dos años después de que los talibanes tomaran el poder en Kabul, por una entrevista que concedió a un semanario francés (Le Nouvel Observateur, 15 de enero de 1998). Tras jactarse de que su administración le había dado a la URSS «su guerra de Vietnam», que «condujo a la desmoralización y finalmente a la desintegración del imperio soviético», se le preguntó si se arrepentía de «haber favorecido al fundamentalismo islámico, de haber dado armas y consejos a los futuros terroristas». Brzezinski respondió cínicamente:

Afganistán1809 IIPero Brzezinski, al menos, no trató de excusar a los talibanes, como lo hizo Zalmay Khalilzad, quien, tras servir en los Departamentos de Estado y de Defensa en las administraciones de Reagan y Bush padre, fue embajador de Estados Unidos en Irak y luego en Afganistán bajo el mandato de George W. Bush. Después, fue designado por Donald Trump para negociar con los talibanes y desempeñó este papel hasta el final de la retirada estadounidense en agosto pasado. El 7 de octubre de 1996, Zalmay Khalilzad explicó en el Washington Post: «Basándome en conversaciones recientes con afganos, incluidas las diversas facciones talibanes, y con pakistaníes, estoy convencido de que verían con buenos ojos la reanudación de las relaciones con Estados Unidos. Los talibanes no practican el tipo de fundamentalismo antiamericano que practica Irán; su integrismo se acerca más al modelo saudí.»

Seguramente, las feministas van a apreciar la profunda preocupación de Khalilzad por los derechos de las mujeres, que no es más que una muestra del doble criterio que aplica Washington desde hace mucho tiempo al censurar el fundamentalismo islámico de Irán y justificar a su vez el de los saudíes, a pesar de que, en comparación con estos últimos, los primeros son casi un modelo de democracia y de emancipación femenina. Lo que impidió la reanudación de los informes que Khalilzad había recomendado no fue la situación de las mujeres afganas. Fue el aumento de los ataques de Al Qaeda contra objetivos estadounidenses, lo que llevó a Bill Clinton a ordenar un ataque con misiles contra las bases de Osama bin Laden en Afganistán en 1997. El resto de la historia es bien conocida: el 11-S y los 20 años de presencia estadounidense en el país devastado por la guerra que condujeron al desenlace catastrófico que el mundo presenció en agosto.

Se puede discutir si la situación de las mujeres fue en general más avanzada bajo la República Islámica de Afganistán patrocinada por Estados Unidos (2004-2021) que bajo el régimen del PDPA. Sin embargo, contrariamente al PDPA, el régimen patrocinado por Estados Unidos tuvo que adaptarse a la tradición patriarcal encarnada por los antiguos aliados afganos de Washington, los muyahidines, que habían luchado contra el PDPA y la ocupación soviética y que mantuvieron su dominio sobre el nuevo régimen (véanse las secciones sobre los derechos de las mujeres y las niñas en los sucesivos informes anuales de Human Rights Watch sobre Afganistán).

Además, las mujeres de las zonas rurales, donde vive la inmensa mayoría de los afganos, fueron las primeras víctimas de la guerra dirigida por Estados Unidos y sufrieron enormemente a casusa de esa guerra. La Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA) denunció enérgicamente esta situación. Y a pesar de los insistentes llamados a la inclusión de las mujeres en el proceso de paz que Washington llevó a cabo con los talibanes bajo el mandato de Barack Obama, Donald Trump y Joe Biden, la participación de las mujeres siguió siendo marginal. Las promesas de moderación que EE.UU. decía haber conseguido de los talibanes ya demostraron no ser más que una broma, la que podría haber sido hilarante si la situación no fuera tan trágica. (Publicado en Jacobin, 14-9-2021)

* Gilbert Achcar es profesor en SOAS, Universidad de Londres. Sus libros más recientes son Marxism, Orientalism, Cosmopolitanism (2013), The People Want: A Radical Exploration of the Arab Uprising (2013), y Morbid Symptoms: Relapse in the Arab Uprising (2016)..