Brasil – «El mejor camino para la izquierda es la unidad». [Guilherme Boulos – Entrevista]

Conversamos con Guilherme Boulos, líder del Movimiento de Trabajadores Sin Techo (MTST) y último candidato a la presidencia de Brasil y a la Alcaldía de São Paulo por el PSOL (Partido Socialismo y Libertad).

Jacobin, 24-2-2021

Traducción de Valentín Huarte

Correspondencia de Prensa, 27-2-2021

-El gobierno de Bolsonaro atravesó situaciones contradictorias durante las últimas semanas: si, por un lado, pareció perder espacio en la disputa con el gobernador de São Paulo, João Dória, por el tema de la vacuna, por otro lado hizo una demostración de fuerza con la victoria de sus candidatos a la presidencia de la Cámara y del Senado. Al mismo tiempo, enfrentamos la convergencia de distintas crisis –sanitaria, social, económica, ambiental– que tienden a profundizarse. ¿Cómo caracterizas la situación actual del gobierno y cuáles son los caminos para que las izquierdas logren interrumpir el rumbo genocida del presidente?

Desde el punto de vista social, el gobierno de Bolsonaro está en un momento de fragilidad. Tiene los peores índices de aprobación de su historia. Su imagen comenzó a caer por la postura irresponsable que tuvo al comienzo de la pandemia, y la solución que encontró para evitarlo, o al menos para contener un posible impeachment, fue la alianza con el centrão.

La alianza con el centrão no comenzó con la elección de Arthur Lira para la presidencia de la Cámara. Bolsonaro consumó esta alianza con el centrão hace aproximadamente un año, cuando repartió espacios en el gobierno, decidió sacar a un bolsonarista ideológico para poner a Ricardo Barros [PP-PR] como líder de su gobierno en la Cámara y buscó una articulación más estrecha basada en un toma y daca con estos sectores.

Eso le garantizó cierta estabilidad en el parlamento durante el período: aun si no logó avanzar con su agenda moral, con su agenda más extremista, se salvó de un movimiento de impeachment más fuerte. Por otro lado, la percepción a nivel social es negativa. Y empeoró mucho a comienzos de este año a causa de tres factores: la vacuna, es decir, la postura criminal de Bolsonaro frente a la vacuna; el episodio de Manaos, sobre todo por el incumplimiento del gobierno frente a la falta de oxígeno, aun cuando diez días antes sabía que eso podría suceder; y por el fin del auxilio de emergencia.

El auxilio de emergencia garantizó hasta cierto punto la popularidad de Bolsonaro durante el segundo semestre del año pasado, porque fueron 68 millones de personas las que se beneficiaron de este plan, y la mayoría no sabía que Bolsonaro fue presionado para implementarlo, es decir, que no era una política propia. Por lo tanto, cuando se terminó el auxilio en medio de una crisis económica enorme, con 14 millones de desempleados, esto conllevó una caída de popularidad, que es lo que observamos el mes pasado.

Los desafíos de la izquierda para enfrentar al bolsonarismo en 2021 se plantean en este contexto. Veo mucha gente hablando de 2022, anticipándose a 2022. Pero creo que todavía tenemos batallas importantes en 2021. Una de ellas es la lucha contra el hambre. Esta se expresa en la exigencia del retorno del auxilio de emergencia. Y hay que decir que este ya está en la agenda del Congreso Nacional. Hasta Bolsonaro y Paulo Guedes comienzan a admitir la posibilidad de algún tipo de retorno del plan con un valor de 200 reales, que era lo que pretendían inicialmente, y proponen al mismo tiempo contrapartidas absurdas, como el «contrato de trabajo verde y amarillo». Es decir, la contrapartida por acceder un beneficio es la pérdida de derechos sociales. Pero entonces no es un beneficio, es una extorsión.

Este es un debate importante que se desarrollará en Brasil durante las próximas semanas y es necesario que logremos influir en él. No solo en el debate público, sino también en la iniciativa política. El MTST, por ejemplo, retomó la campaña del fondo solidario para la distribución de alimentos en las periferias de las grandes ciudades brasileñas. A partir de marzo comenzará a realizar comidas solidarias en los barrios populares para distribuir alimentos y organizar a las comunidades alrededor del combate contra el hambre. Esa es una primera gran batalla que enfrentaremos en 2021. Será una batalla contra el hambre, la miseria y las carencias.

La segunda batalla tiene que ver con el tema de la vacuna. Hay que exigir la vacunación para todos, y enfrentar a Bolsonaro que, a su modo, comenzó a recular en su discurso antivacuna recurriendo a fake news, diciendo que él siempre defendió la vacuna, que nunca estuvo en contra, etc. Es muy importante que se libre esta batalla. También hay que tomar posición en el debate acerca de cómo debe desarrollarse la primera etapa de vacunación.

Por ejemplo, debemos defender que los profesores y profesionales de la educación entren en esa primera etapa como condición para la reapertura de las escuelas. Justamente por este tema se está desarrollando una huelga en São Paulo. También exigimos a la justicia que se priorice a la población en situación de calle en la vacunación, dado que es el sector más vulnerable y no tiene cómo protegerse porque no tiene casa en la que quedarse. Ese es un segundo desafío de 2021.

Y la tercer batalla es por el impeachment. Lo cual tiene sus dificultades, sobre todo cuando se considera la victoria que obtuvo Bolsonaro en las mesas directivas de la Cámara y del Senado, y más aún cuando se tiene en cuenta la imposibilidad de realizar movilizaciones de masas. Un impeachment, en cualquier momento histórico, surge a partir de las movilizaciones de masas, y la pandemia nos impide generar grandes aglomeraciones de personas y convocar a grandes manifestaciones, al menos en este momento. Pero la agenda del impeachment frente al desastre social, al desgobierno, a los más de 230 000 muertos en nuestro país, es una agenda que la izquierda debe mantener como prioritaria en 2021.

-Con la derrota electoral de Trump, Bolsonaro perdió a su principal aliado en el terreno internacional. Por otro lado, a pesar de que la política que Trump representa perdió una batalla, no quedó completamente afuera de la escena política estadounidense ni de la internacional. ¿Cuál es el impacto del fin del gobierno de Trump para el gobierno de Bolsonaro? ¿Cuáles son las lecciones que podemos sacar de este proceso para Brasil?

Bolsonaro sufrió derrotas importantes en 2020. Una de ellas, tal vez la más importante, fue la derrota de Trump. Pero también fue derrotado en las elecciones municipales. Es importante que no nos olvidemos de esto. El bolsonarismo perdió no solo aquí en São Paulo –donde sacamos al candidato de Bolsonaro de la segunda vuelta– y en Río de Janeiro, sino también en la mayoría de las capitales brasileñas. Tuvo una expresión electoral más bien magra.

La derrota de Trump deja a Bolsonaro absolutamente aislado desde el punto de vista internacional. Bolsonaro sostenía su desquiciada política exterior a partir de la relación con Estados Unidos y con Trump. Hizo propia la disputa con China, con la Unión Europea –especialmente con Francia– y con el Mercosur. Se convirtió en una especie de paria internacional y condujo la política exterior brasileña a una situación vergonzante.

Brasil quedó afuera de todos los debates importantes. Bolsonaro se convirtió en la comunidad internacional en un personaje con el que nadie quiere juntarse: cuando llega, la gente se aleja, sale, nadie quiere estar cerca de él, nadie quiere salir a su lado en la foto. Es evidente que esto tiene un impacto para Brasil: humilla al país, lo reduce y lo rebaja en el escenario internacional. Y Trump era su pilar fundamental, era el que le permitía sostener sus locuras haciéndolas pasar como una estrategia al decir que estaba alineado con Estados Unidos. Ahora ni siquiera esto es posible. Fue uno de los últimos gobiernos en reconocer la elección de Biden en Estados Unidos.

Pero, a su vez, la relación con EE. UU. no parece ser óptima. Por lo tanto, esto genera un aislamiento completo de Brasil en el escenario internacional, lo cual se volvió muy evidente con el episodio de la vacuna. Brasil salió a mendigar los insumos farmacéuticos y se metió en todo ese disparate con la India, que también es gobernada por la extrema derecha. Un acuerdo mal hecho, incapacidad diplomática, idas y vueltas para terminar trayendo solo 1 millón de dosis. Esto da cuenta de una política exterior completamente desastrosa, la peor de la historia nacional. Y, evidentemente, compromete también la soberanía y la situación de Brasil.

Sobre la derrota de Trump, creo que esta anuncia el inicio del fin del ciclo de extrema derecha que se inició en 2016. El Brexit y Trump dieron inició el ciclo de la extrema derecha internacional. Y en aquel momento se vendió la idea de que sería un ciclo de largo aliento. También cuando Bolsonaro ganó en Brasil, en 2018, el clima y el ambiente parecían indicar que la extrema derecha había llegado para quedarse, que estábamos solo al comienzo de una enorme avalancha.

Pero dos años después de la victoria de Bolsonaro y cinco después de la victoria de Trump, empezamos a ver que el ciclo de extrema derecha está sufriendo un enorme desgaste. No era solo Bolsonaro el que se apoyaba en Trump. Este representaba el pilar de la extrema derecha a nivel mundial. Su derrota debilita a esos gobiernos a nivel geopolítico, en el escenario internacional, y considero que crea las condiciones para que se replique una derrota similar aquí y en todo el mundo. El ciclo de extrema derecha podría tener un fin más precoz del que muchos imaginaban.

-Durante la pandemia, los frentes Povo Sem Medo y Brasil Popular convocaron caravanas de vehículos como forma de manifestación contra el gobierno. ¿Qué otras iniciativas ha adoptado o podría adoptar la izquierda sopesando, por un lado, la pandemia, y por otro, la necesidad de resistir al autoritarismo genocida?

Está claro que nadie supone que las caravanas resolverán nuestras vidas. En un momento como este, solo conseguimos manifestarnos de esta forma, lo cual evidentemente no deja satisfecho a nadie. Todos desearían convocar movilizaciones y desplegar centenares de miles o millones de personas en las calles del país. Hicimos esto en otros momentos en los que enfrentamos encrucijadas políticas en Brasil, incluso en batallas recientes, y si no estuviésemos en medio de la pandemia, estaríamos haciendo eso mismo. Es una situación muy delicada, porque mientras sentimos una necesidad urgente de movilizarnos, dado que la gente está muriendo, tiene hambre y el desgobierno hunde cada vez más al país y al pueblo brasileño en la miseria, tenemos al mismo tiempo una responsabilidad sanitaria.

Esto no implica no convocar a la gente a las calles. Muchas personas han salido. Hace no tantos meses, hicimos una campaña electoral con actos en las calles, y el año pasado hicimos manifestaciones contra el fascismo que también se desarrollaron en las calles. También este año vivimos una serie de manifestaciones simbólicas en las calles, siempre con el esfuerzo de preservar el distanciamiento. Pero la situación no permite realizar convocatorias masivas. En muchos de estos episodios no conseguimos mantener completamente el distanciamiento, y, por cierto, fuimos muy criticados por eso. La dificultad del momento, la angustia del momento, es justamente esa: la comprensión de la necesidad y de la urgencia de salir a las calles, por un lado, y la dificultad y la responsabilidad social y sanitaria que nos lleva a no hacer convocatorias masivas, por el otro.

¿Cómo sintetizar esto? Convocando caravanas de vehículos. Es lo que sucedió con las caravanas del 20 y del 21. Son manifestaciones simbólicas, pero cumplen un papel importante. Las caravanas que hicimos en enero cumplieron un rol importante y movilizaron a las personas. Sin embargo, cuando sea posible, cuando se reduzca la curva de contagios y se vacune a los grupos de riesgo, es decir, cuando las condiciones sanitarias lo permitan, tendremos que volver a las calles. Si la gente mira la historia del país, no ha habido ningún impeachment sin movilización callejera. No hay grandes conquistas sociales y políticas sin millones de personas en las calles.

Hoy hay un nivel de insatisfacción y de indignación con el gobierno de Bolsonaro que podría ser el caldo de cultivo para realizar movilizaciones y manifestaciones en las calles, semejantes a las que hicimos durante el período de Fuera Temer y durante todas las luchas recientes en Brasil. Pero ahora tenemos que esperar a que haya condiciones sanitarias mínimas para eso. Una vez que estas condiciones estén dadas, no escatimaremos medios a la hora de convocar a la movilización popular en Brasil. Espero que este momento llegue pronto.

-Aunque todavía estemos lejos, ¿cómo se vinculan estas tareas con las que deberá enfrentar la izquierda el año que viene y con las elecciones presidenciales? ¿Cuál crees que será tu papel y cuál el del PSOL en esta disputa? ¿Cuál debería ser el proyecto?

Creo que el mejor camino que la izquierda brasileña puede recorrer para 2022 pasa por buscar espacios de convergencia y de unidad. He defendido la construcción de mesas de diálogo con las principales referencias, con líderes y representantes del campo de la izquierda en Brasil, e intenté discutir un programa común, un programa mínimo. Hablé de esto la semana pasada y me interpretaron mal, en algunos casos debido a verdadera falta de comprensión y otras veces por mala fe. Esto no quiere decir que la izquierda y los partidos de izquierda no tengan un programa.

-El PSOL tiene su programa, el PT tiene su programa, todos tienen sus programas. La cuestión no es sacar el libro con el programa propio y decir: «Aquí está la solución». Hay que sentarse y construir puntos de vista en común en el campo de la izquierda. ¿Cuál es el programa mínimo para un proceso de reconstrucción nacional? ¿Cómo anticipa cada uno el escenario pos-Bolsonaro en Brasil? ¿Cuál es el método posible para la construcción de la unidad?

Creo lo siguiente: si la izquierda llega partida a 2022, con 3 o 4 candidaturas, corre el riesgo real de quedar fuera de la segunda vuelta por primera vez desde el retorno de la democracia. Corre el riesgo real de perder protagonismo en el debate sobre el proyecto de país. Creo que el mejor camino es buscar la construcción de una unidad sólida, y esa unidad sólida solo puede alcanzarse a partir de un debate de ideas, de puntos de confluencia y de un método, que puede ser también un método para escoger candidatos. Espero que logremos viabilizar esa mesa pronto, que otras direcciones en el campo de la izquierda de Brasil tengan la misma disposición para que lleguemos a 2022 en una mejor situación, en una que favorezca al país.

También quiero agregar otra cosa sobre las elecciones de 2022. En una parte de la izquierda, o mejor dicho, de la centroizquierda, empieza a hablarse de la necesidad de unirse con la centroderecha y de la necesidad de un frente electoral amplio contra Bolsonaro. Creo que tenemos que tener mucho cuidado con un debate de esta naturaleza. Fui uno de los primeros en defender, tan pronto como en 2019, que en lo que respecta a las pautas democráticas, la defensa de las libertades, el combate contra el autoritarismo y la necesidad de poner un freno a las locuras de Bolsonaro era necesario hacer coaliciones y acuerdos puntuales con quien fuera necesario. Es lo que pienso todavía.

Si Bolsonaro vuelve a avanzar con su discurso sobre el AI-5, cierra el STF o el Congreso, ataca la libertad de prensa, adopta medidas más violentas de justificación del uso de armas o se muestra intransigente en relación con el tema de la vacuna, debemos tejer alianzas con quien sea necesario. No hay que incurrir en ningún sectarismo a la hora de defender la democracia. Pero la disputa electoral es otra cosa. En la disputa electoral no estamos haciendo simplemente una coalición democrática contra un ataque bolsonarista. La disputa electoral es el momento de disputa del proyecto de país. Es el momento de movilizar la esperanza, la conciencia, disputar valores en la sociedad a partir de una visión sobre el futuro.

De ninguna forma la izquierda debe entrar en una disputa electoral secuestrada por la agenda de la centroderecha, que es la agenda neoliberal, en la cual coinciden con el bolsonarismo. La izquierda no puede entrar en una disputa electoral sin una posición clara sobre las privatizaciones, sobre el ingreso básico, sobre el tope al gasto público, sobre la inversión en salud y en educación, sobre el combate a la desigualdad, sobre la defensa de los servicios públicos y los derechos sociales. Y esa no es la agenda de la centroderecha.

Hoy estos sectores se autodenominan «centroderecha» o «centro democrático» gracias a Bolsonaro, porque hasta hace muy poco tiempo eran solo la derecha tradicional. No quiero decir –y quiero repetirlo para no ser mal comprendido– que no se puedan hacer acuerdos puntuales con estos sectores en contra de los arrebatos bolsonaristas, en defensa de la democracia: creo que podemos y debemos hacerlos, que esa es la política más justa. Pero desde el punto de vista de pensar un frente electoral, creo que este debe ser un frente de izquierda, e incluyo aquí a la centroizquierda, y debe levantar un programa de reconstrucción nacional basado no solo en la defensa de la democracia, sino también en la lucha contra la política neoliberal que está matando y masacrando a nuestro pueblo.

-El PSOL obtuvo muy buenos resultados en las elecciones municipales de noviembre, tanto en São Paulo, con la candidatura que encabezaste junto a Luiza Erundina, como en Belém, en donde resultó electo Edmilson Rodrigues. ¿Cuáles fueron las causas que explican estos resultados y cuáles son los desafíos en esta nueva situación en la que se encuentra el partido?

Creo que el PSOL creció de forma significativa y gradual en las últimas elecciones. Creo que la elección de 2020 fue un salto importantísimo para que el partido se afirme como un polo de reorganización y de renovación del campo de la izquierda en Brasil. Hay también una cuestión generacional. Esto quedó claro en las elecciones de São Paulo.

Nuestra campaña aquí en São Paulo logro movilizar de una manera extraordinaria a la juventud: obtuvimos el 65% de los votos entre la juventud de menos de 25 años, lo cual es muy importante. En este momento no fue suficiente para ganar las elecciones, porque nuestro adversario aquí en São Paulo obtuvo el 70% entre quienes tienen más de 60 años, y este es un sector cuantitativamente mayor. De todas formas, esto nos dice mucho sobre el futuro. Cuando la juventud se convence, se moviliza y se compromete con un proyecto, solo hace falta un poco de tiempo para que este proyecto gane cada vez más fuerza y hegemonía en la sociedad. Creo que esa fue una de las grandes victorias que tuvimos en las elecciones de 2020.

Otro punto que destacaría es que la votación más significativa para nosotros fue la de las periferias. Esto sucedió en Belém debido a la fuerza que tiene Edmilson Rodrigues, a las increíbles gestiones populares que realizó. Cuando recorrí las comunidades de Belém y de Terra Firme junto a Edmilson como candidato a la presidencia de la república en 2018, tuve la oportunidad de ser testigo del apoyo y del cariño increíbles que el pueblo tiene por él. Pero lo mismo sucedió en São Paulo. Esto también significa que apuntamos a otro perfil, que el PSOL está echando raíces populares que son esenciales.

El PSOL enfrenta el desafío de pasar de ser un partido con fuerza para elegir diputados y diputadas en el parlamento, un partido que dialoga con algunos nichos de la sociedad, a ser un partido que tenga capilaridad, que esté bien arraigado y que busque conquistar mayorías en la sociedad. Ese es el momento que transitamos en el PSOL. Creo que las elecciones de 2020 probaron que es posible realizar este pasaje, que el PSOL puede colocarse en ese lugar de ser un partido que se plantee como alternativa de poder, un partido que no sea solo crítico y necesario, que tenga la bancada más combativa y se ponga al frente de las grandes luchas, sino que también dispute la mayoría, que dispute la hegemonía a nivel social.

Aunque no es un camino fácil, es posible. Nuestras campañas mostraron que ese camino se construye con osadía, aceptando el desafío de hablar hacia afuera de la propia burbuja, de no quedarse predicando solo para los convencidos. Y también que este camino se construye con disposición a la amplitud y a la unidad. Hubo quienes creyeron que, para que surgiera una nueva izquierda en Brasil, era necesario que esta actuase con vistas a destruir a las otras fuerzas de izquierda, que se subiera a la ola antipetista porque, en el caso contrario, no habría espacio para un nuevo campo de izquierda.

Estamos demostrando que esto no es así, que es posible construir un campo de izquierda renovado, que dialogue con la juventud, que sintonice con los movimientos sociales sin abandonar ninguno de sus principios y que, al mismo tiempo, tenga vocación de amplitud y de unidad. Estos tal vez hayan sido los principales aprendizajes de las elecciones de 2020 para el PSOL, aprendizajes que colocan al partido en otro nivel y lo enfrentan al desafío de convertirse en una alternativa de poder.

* Lucas Oliveira es miembro de la Coordinadora Nacional de Insurgencia, corriente interna del Partido por el Socialismo y la Libertad (PSOL).