Jaime Pastor*
Viento Sur, 3-10-2026
Correspondencia de Prensa, 4-10-2026
La historia de la lucha de clases está llena de momentos y acontecimientos que suponen un antes y un después y se convierten en detonantes de protestas masivas y revueltas que expanden el campo de lo posible. Esta vez, el escenario político y social en el Estado español ha cambiado radicalmente en una semana: las manifestaciones y, sobre todo, la Acampada en Sol a partir del 26 de septiembre a raíz del indignante desahucio de Maricarmen, de 87 años, se han transformado en un estallido social que marca, como bien reivindica el Sindicato de Inquilinas, la apertura de “un nuevo ciclo político que viene de abajo”.
En esta ocasión, el protagonista ha sido el movimiento por una vivienda digna, transformado en punto de referencia y de encuentro de las diferentes luchas que se están desplegando en distintos frentes, como el de la educación, el feminismo o el ecologismo, así como en el laboral, en los frentes de lucha antirracista y antifascista, y en los que se dan frente a las muy diversas formas de precarización de nuestras vidas.
Buena prueba de todo esto es la confluencia de activistas de muy diferentes colectivos sociales y políticos y generaciones en las acampadas, que se han convertido en verdaderos lugares de encuentro, así como en las manifestaciones que se están extendiendo en muy diferentes lugares, e incluso el eco que está teniendo este estallido social y político a escala internacional.
Se está hablando mucho de la referencia al 15M de 2011 como antecedente y, sin duda, el más evidente en el plano simbólico es su inicio común en la Puerta de Sol en Madrid. Pero hay que recordar que en 2011 el contexto internacional y el detonante (la Gran Recesión de 2008 y el golpe austeritario de la troika y de Zapatero), así como los rasgos que caracterizaron a aquella generación, son muy diferentes de los de ahora, si bien existe un hilo de continuidad en la lucha por una vivienda digna que ya entonces era una de sus aspiraciones principales.
En este momento histórico, tras el fracaso del socioliberalismo y del populismo de izquierda y con la agravación de la crisis ecosocial y climática como trasfondo, el ascenso de un autoritarismo reaccionario y ultraliberal, que tiene en el genocidio de Gaza su máxima expresión, es la tendencia dominante a escala internacional a la que hay que combatir. Frente a ello, asistimos a síntomas esperanzadores con la emergencia, por fin, de nuevas resistencias y nuevos actores sociales y políticos cuyos discursos y demandas cuestionan, en mayor o menor medida, no sólo a un régimen político o a la extrema derecha, sino también a un capitalismo depredador de todo lo vivo. Es lo que expresan las muchas explosiones de protesta protagonizadas por la Generación Z en distintas partes del mundo, así como los nuevos procesos de repolitización que van más allá de una mera lucha por la regeneración política del sistema.
Ese mismo camino es el que se está iniciando aquí y ahora en este nuevo ciclo político abierto por el movimiento de vivienda. Basta pasearse por la calle Maricarmen, la avenida 26 de septiembre, la Komuna de Sol, o leer los lemas de pancartas, como “Make Israel Palestina Again”, que presiden la Acampada de Madrid, así como el ejemplo de autoorganización en torno a un nuevo modo de con-vivir en esas acampadas, en toda su diversidad, para comprobar esa confluencia simbólica de referencias e imaginarios.
La derrota de los dos Decretos de mínimos presentada por el gobierno de coalición en el Parlamento el viernes 30 ha sido una nueva gota que ha desbordado todavía más el vaso de la indignación y la rabia que atraviesa al movimiento. Y ha venido a confirmar también que la anunciada sorpresa del voto de Junts en contra de los mismos –pese a las concesiones que hizo el gobierno a sus exigencias en (su falsa) defensa de los pequeños propietarios–no fue tal: Junts comprendió muy bien que la lucha en torno a la vivienda es un conflicto de clases y no podía significarse con una abstención que podía alejarla del capital rentista que le apoya.
Después de esa derrota parlamentaria de unos Decretos que estaban muy por debajo de lo que exige el movimiento, parece probable que el lunes 5 de octubre Pedro Sánchez se decida a convocar elecciones generales para el 29 de noviembre. Si lo hace, no sólo será debido a esa derrota, sino también a que esa convocatoria se va a dar en un contexto muy distinto al que cabía temer tras la crisis de Ceuta y su utilización por el bloque reaccionario a fin de provocar una nueva ola de racismo y nacionalismo español que favoreciera su victoria electoral. Sin embargo, ahora el marco ha cambiado, tal y como lo expresan los gritos que recorren las protestas: “los invasores son los inversores”, o sea, el capital rentista encabezado por los fondos buitre transnacionales y no las personas racializadas que aspiran a un trabajo y a una vida digna.
No obstante, sabemos también que tanto factores de ámbito internacional –como las elecciones de medio mandato en EE UU o la guerra de Irán– o de ámbito estatal –como la inflación o la prolongación de la crisis de Ceuta– pueden influir en la evolución de la coyuntura política y en la dirección que puedan tomar los malestares sociales en los próximos meses.
Hacia la Huelga General por la vivienda
Sea cual sea la salida, este movimiento va a continuar por su camino, que desde el primer momento se ha mostrado crítico con la responsabilidad que tiene el líder del PSOE por la agravación de la crisis de la vivienda durante los 8 años de gobierno progresista.
La fuerza colectiva conquistada desde la lucha contra el desahucio de Maricarmen –que ha logrado una victoria inédita al lograr que pueda volver a su casa– le da legitimidad para proponer una Huelga General por una vivienda digna frente a un rentismo que ha quedado completamente deslegitimado ante la mayoría social. Una apuesta que seguirá adelante haya o no elecciones a corto plazo y “gobierne quien gobierne”, ahora y en la nueva legislatura, como afirma el movimiento.
Para ello la confluencia con todos los sindicatos laborales y los diferentes movimientos en lucha, como el de educación, que ya tiene su propio calendario de movilizaciones durante este mes, será fundamental porque se trata de una lucha del conjunto de la clase trabajadora.
Ya han expresado su apoyo algunos sindicatos, como la CGT y la Plataforma Sindical y, aunque con cautelas, las direcciones de CC OO y UGT se han abierto al diálogo con el Sindicato de Inquilinas sobre esa propuesta. Esperemos que se avance en este proceso porque, como han declarado estas direcciones sindicales en su comunicado conjunto (Tras el varapalo en el Congreso, UGT y CC OO llaman a la movilización social para dignificar el acceso a la vivienda), emitido el 2 de octubre, “la crisis de la vivienda es también una crisis de salarios. De poco sirven las subidas salariales pactadas en los convenios colectivos o el incremento del salario mínimo interprofesional si el alquiler o la hipoteca las absorben mes a mes”.
Sin duda, asistimos a un reto difícil que exige un trabajo enorme de autoorganización y unidad de acción de las distintas organizaciones sociales y políticas en los barrios y en los centros de trabajo, pero que puede contar con el apoyo mayoritario de la población, como acaba de publicarse en una reciente encuesta.
En ese proceso de movilización habrá que esforzarse por ir logrando conquistas parciales –como reducción del precio de los alquileres, contratos de alquiler indefinidos, vinculación de las subidas no con el IPC sino con el crecimiento medio de los salarios, expropiación de viviendas de los fondos buitre y de la banca, o limitar el alquiler al 20 % de los salarios– en este y en otros frentes que ayuden a seguir avanzando en la construcción de poder popular.
*Jaime Pastor es politólogo y miembro de la redacción de viento sur