Huella del Sur, 21-9-2026
Correspondencia de Prensa, 23-9-2026
La marcha del 19 de septiembre constituyó una feliz iniciativa motorizada por la izquierda, con vocación de amplitud. Fue la vía elegida como expresión del enojo acumulado frente a las políticas en curso. Con interpelación directa al gobierno nacional, en superación de los enfoques sectoriales que habían primado desde hace tiempo.
La convocatoria no hizo distinción de corrientes políticas ni de pertenencia a diversas organizaciones. Ponerla bajo la invocación de un clásico del rock de amplia vigencia (Tanto que ha sido objeto de una nueva y emotiva versión hace menos de un año) marcó un acierto adicional.
La grabación original de la marcha data de 1970, en pleno ciclo de rebeliones y puebladas en nuestro país. Un enlace entre dos épocas. Además la remisión a la bronca y a la música compuesta en su nombre pone la protesta en el terreno de las emociones. No sólo la de los daños efectivos que se sufren sino la del enojo contra ellos.
Las centrales sindicales y el peronismo en pleno se abstuvieron de cualquier participación en la marcha. Esta podía ser recorrida en su totalidad sin toparse con una sola pancarta o cartel identificado con alguna expresión de ese movimiento. Sin duda acudieron peronistas. Pero no encuadrados en ninguna agrupación.
Sería necia la no admisión de que una abstención con ese grado de unanimidad fue en contra de una asistencia aún mayor. A la vez marca la diferencia a favor de quienes tienen la congruencia y el coraje de sacar los reclamos populares a la calle.
Frente a los que siguen sentados en la mecedora de los compases de espera, las “prudentes” evaluaciones de la correlación de fuerzas y los cálculos electorales. Mientras lanzan guiños a los dueños de Argentina en procura de exhibirse como no peligrosos para sus intereses.
Al calor de la protesta.
El resultado cristalizó en una manifestación numerosa y heterogénea, con fervor compartido. Si bien no llegó a la reunión de una de esas multitudes desbordantes que cambian por sí solas el clima político. Habrá que seguir en la brega por la unidad y la ampliación de las auténticas expresiones opositoras.
Eso en la previsión de que el peronismo siga imbuido de la perspectiva electoral y de sus internas. Con la vista puesta en 2027. Y nada más que eso. Cargos y financiamiento parecen ser los objetivos más ansiados. Mientras lo que resta del “pueblo peronista” la pasa peor que mal.
Mientras tanto las luchas siguen. Con nuevas expresiones y con otras que se sostienen o reavivan después de un impasse.
Estos ya casi tres años de gobierno de Javier Milei han tenido sacudones de fuertes reclamos en reiteradas oportunidades. El déficit en todo caso ha sido la propensión a la lucha “cada uno por su lado”. Debilidad que se agravó porque se tiene enfrente un gobierno que ataca en toda la línea. Sin interrupciones. Con varias acciones y proyectos al mismo tiempo.
El año pasado muchas y muchos escribíamos que dados los buenos resultados en la ciudad de Buenos Aires y en otros lugares, Myriam Bregman tenía una base para convertirse en figura nacional. Hoy ya lo es, sin duda. Por su presencia constante en las protestas y los debates. Y la trepada en prestigio y popularidad que la ha puesto en la disputa entre los grandes personajes de la política.
La movilización del 19 no es un punto de llegada sino de partida. La anticipó la exitosa movilización contra la normativa desreguladora de la adquisición de tierras por extranjeros hace unas semanas atrás. La autoconfianza y la voluntad de pelea podrían crecer con fuerza en el porvenir inmediato.
La convocatoria marcó claridad en las consignas y una voluntad de movilización, de expresión en el espacio público del descontento que no existe en otras expresiones políticas, con el peronismo a la cabeza.
Se lanza además como lema el instrumental de lucha de les trabajadores a través de la huelga. Y se colocaron a la cabeza de la manifestación a diversas expresiones del movimiento social. Tuvieron además fuerte presencia las consignas antiimperialistas.
Puede debatirse la oportunidad y necesidad de la huelga general como consigna. En todo caso remite a las tradiciones del movimiento obrero. Y marca el deseo de empeñarse a fondo contra el poder patronal.
El pleno desenvolvimiento se halla en el futuro. Un objetivo es la multiplicación por varias veces de la muchedumbre reunida ese sábado. Y que esa convocatoria se torne exteriorización de la voluntad de darle a las luchas una articulación y un sentido político unívoco.
Una marcha como la del sábado es también un antídoto contra la distracción con la pequeña política mirada desde arriba. La que prefiere detenerse en los encontronazos entre los hermanos Javier Milei y Patricia Bullrich o entre Santiago Caputo y Karina Milei. Otro factor distractivo lo conforman ahora las especulaciones sobre si sectores del establishment apuntan a otro candidato para los comicios del año que viene.
Ni siquiera la perspectiva electoral en 2027 justifica hoy apartarse del combate contra los padecimientos del propio pueblo. Que las fuerzas de izquierda disputen de igual a igual la cabeza del poder ejecutivo por vía comicial el año que viene no es imposible. Pero parece improbable. Y a esta altura no cabe la espera de que un eventual gobierno peronista genere los cambios radicales que las clases populares necesitan.
Una mascarada en paños menores.
La marcha del 19 contiene además un sentido político evidente. La impugnación no sólo de “abusos” y “excesos” sino de todo un sistema económico, social, político y cultural. Cuya podredumbre habilitó en el pasado reciente una respuesta por derecha. Y ahora aparece la firme voluntad de la reversión hacia la izquierda del impulso crítico y los gritos de rabia.
Estas son épocas en las que la otrora “centroderecha” y hasta parte de la “centroizquierda” convergen en su mayor parte hacia el “libertarismo”.
El principal partido de oposición mientras tanto se fragmenta. Con sus facciones internas obsesionadas por el hallazgo del mejor camino para la vuelta al dominio del aparato estatal que confiere el manejo del poder ejecutivo y del presupuesto nacional.
Es momento para la elevación de voces potentes. Que denuncien la descomposición traída no sólo por la política económica y la sumisión absoluta hacia Estados Unidos. Se conmocionan asimismo las instituciones liberales. El poder judicial se subordina sin ambages al poder económico y a la política conservadora. El gobierno se apresta a la modificación en su favor del sistema electoral a un año de las elecciones.
El poder ejecutivo tritura las supuestas “convicciones republicanas” que hasta ayer sostenían buena parte de sus correligionarios y la casi totalidad de sus aliados.
Ha quedado demostrado con meridiana transparencia que las supuestas convicciones eran sólo una bandera de conveniencia para la legitimación de las operaciones contra el kirchnerismo. Ahora, con un gobernante que enarbola el programa de máxima del gran capital los reparos institucionales han pasado a cuarteles de invierno
Los partidos se encuentran atravesados por una crisis de creencias y valores. A menudo niegan su propia historia. La dirigencia se halla cómoda en la política a puertas cerradas, del sigilo y la negociación de pasillo. La herramienta de las redes sociales los subyuga.
Aún salen al espacio público, como el protocandidato Axel Kicillof el mismo sábado. Sin embargo tienen la mente puesta en las estrategias de campaña. No en la transformación social y la confrontación contra los poderosos.
El sindicalismo arrastra la pasividad burocrática exteriorizada como indiferencia hacia la suerte de sus representados. En la central más numerosa, la CGT, la orientación a los negocios y a la acumulación de bienes es cada vez más flagrante.
Necesitamos no dar por sentada la permanencia de la institucionalidad representativa. Una gran parte del empresariado sostiene una frenética impugnación de un regreso del kirchnerismo, previo triunfo electoral en 2027. Razonan, al menos en público, como si hubieran enfrentado en los años K un proceso del tipo de la revolución cubana.
De imponerse el propósito del actual oficialismo de supresión o suspensión de las primarias con beneplácito de “arriba” y con CFK proscripta la convocatoria electoral adquiriría rasgos farsescos. Aun así hay fuertes indicios de que es muy fuerte el impulso a hacer todo lo posible en pro de la garantía de la orientación “promercado” del próximo gobierno.
El pacto democrático de la década de 1980 ni entonces ni más tarde abarcó a las clases dominantes. Ya no se conforman con la preservación segura del capitalismo. No quieren ni siquiera el menor sobresalto.
Ni en forma de regulaciones y controles, ni de medidas tributarias o salariales. No parecen conformarse con menos que poderes plenos. Mediados a lo sumo por personeros con aptitud para la juntada de votos populares. En el cuadro actual la tentación de mediatización al máximo e incluso supresión de ese sufragio se encuentra a la vuelta de la esquina.
Ya tenemos a los tecnomagnates en plena elaboración de las posibilidades de reemplazo del sistema parlamentario por uno corporativo. Con grandes grupos empresarios no sometidos a ninguna regla o sólo a las que acuerden entre ellos, sin necesidad de mediaciones.
Por la perspectiva de izquierda.
La voz vigorosa, permanente y sin medias tintas es cada vez más sólo la de la izquierda Se alza frente a los múltiples ataques de los enemigos de clase. Y a las deserciones de quienes se supone apuntan a otras visiones. Es la que denuncia los atropellos del gran capital en modo “reformas de mercado” que recortan derechos y empeoran las condiciones de vida y de trabajo.
Es la única que se alza contra el cerrojo de la deuda, el sometimiento al Fondo Monetario Internacional y las facilidades ilimitadas para la inversión extranjera y local. Es además la voz más consecuente frente al extractivismo y el avasallamiento de hábitats y producciones populares en beneficio de las grandes empresas.
Ese patrimonio de la izquierda, para enriquecerse y expandirse lo suficiente tal vez necesite el mediano plazo. A la hora de afianzarlo resulta imperativo enfilarse desde hoy en la buena senda. La del vínculo inescindible con las masas explotadas y postergadas. De construcción de una alternativa política con aptitud para dar una batalla de alcance histórico con asiento nacional. Y proyección regional y mundial.
Nos encontramos en una situación mundial, regional y nacional que no tiene aún caracteres bien definidos. La suerte no está echada. El horizonte está abierto. El camino de la movilización está marcado. Resta ahora ensancharlo y profundizarlo. Cada vez está más claro que sólo puede hacérselo por izquierda.