Foto: El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, visita el mercado Hatikva de Tel Aviv en el marco de la campaña electoral del partido Likud, 22-10-2026. (Avshalom Sassoni/Flash90)
Las 50 sombras de la derecha: guía para las elecciones israelíes
Ben Reiff*
A l’encontre, 24-10-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 25-10-2026
La fachada de la democracia israelí ha quedado al descubierto en repetidas ocasiones a lo largo de los años, pero quizá nunca de forma tan descarada como en el Tribunal Supremo de Jerusalén hace tres semanas. En ese tribunal, un grupo de jueces de renombre hizo caso omiso de décadas de jurisprudencia al negarse a anular la decisión de la Comisión Electoral Central de inhabilitar a un candidato palestino —en este caso, el líder del partido Balad, Sami Abu Shehadeh— para presentarse a las elecciones del próximo martes, 27 de octubre.
El único motivo de su inhabilitación fue un artículo publicado el 8 de octubre de 2023, en el que Abu Shehadeh calificaba el ataque perpetrado la víspera por Hamás contra Israel como un «acontecimiento histórico de gran importancia». El Tribunal consideró que ello constituía un apoyo a la lucha armada contra Israel, lo que lo obligó a retirarse de la contienda electoral.
Tal decisión ya habría sido, de por sí, suficientemente abrumadora. Pero no puede entenderse sin tener en cuenta el hecho de que la legislación israelí también permite la inhabilitación de candidatos por incitación al racismo —mientras que candidatos judíos que aprobaron el lanzamiento de una bomba nuclear sobre Gaza (The Guardian, 23 de noviembre de 2023), pidieron la «aniquilación total» de sus ciudades, declararon que «solo debería haber un único castigo para todos los que se encuentren allí: la muerte» (Haaretz, 6 de noviembre de 2023) y exigieron que «todo el Líbano arda», siguen siendo libres de presentarse. Vaya usted a entenderlo.
Sin embargo, estas elecciones no se reducen únicamente al racismo de la extrema derecha israelí. Todos los partidos judíos de la Knesset, sin excepción, apoyan la inhabilitación de Abu Shehadeh, lo que pone de manifiesto la lealtad de la denominada oposición israelí cuando se trata de cuestiones relacionadas con la supremacía judía. Solo los partidos palestinos de la Lista Común (integrada por Hadash, Ta’al y el Balad de Abu Shehadeh) ofrecen una verdadera resistencia a las políticas de apartheid, limpieza étnica y genocidio que se han intensificado considerablemente bajo el gobierno saliente de Israel.
Paradójicamente, son la Lista Común y el partido islamista Ra’am quienes tienen en sus manos la clave para que la oposición pueda derrocar al primer ministro Benjamin Netanyahu. Las encuestas no podrían ser más claras: sin estos partidos árabes, el bloque anti-Netanyahu no alcanzará los 61 escaños necesarios para obtener la mayoría en la Knesset. Con su apoyo, podría derrocar a Netanyahu —cuyo propio bloque de fieles parece destinado a quedarse muy por debajo de la mayoría— prácticamente de la noche a la mañana.
Sin embargo, a pocos días de las elecciones, el bloque anti-Netanyahu parece incapaz de hacer lo necesario para enviar al primer ministro más veterano de Israel a su tumba política (y, tal vez, a su celda). El racismo, al fin y al cabo, no es solo una falta moral; también es una política desastrosa. Y en lugar de ganar con el apoyo de los partidos árabes, la oposición israelí se prepara para perder sin ellos.
La historia de dos bloques
Las anteriores elecciones, que tuvieron lugar a finales de 2022, pusieron fin a un estancamiento político que había llevado a los israelíes a las urnas en cinco ocasiones en menos de cuatro años: un prolongado referéndum sobre Netanyahu que le hizo perder brevemente el cargo de primer ministro en la cuarta votación, antes de recuperarlo en la quinta. Las elecciones del martes 27 se celebran en un contexto muy similar, en el que se enfrentan una coalición pro-Netanyahu, formada por partidos de extrema derecha y ultraortodoxos, y una alianza más laxa de partidos de centro y de derecha que tratan de destituirlo.
Además del futuro político de Netanyahu, los principales temas en juego en estas elecciones incluyen el costo de la vida, el servicio militar obligatorio de los judíos ultraortodoxos, una investigación estatal sobre las deficiencias en materia de seguridad relacionadas con los acontecimientos del 7 de octubre, así como el deterioro de la imagen de Israel en el extranjero. Las políticas que explican este deterioro siguen estando claramente ausentes del debate, salvo por la denuncia casi unánime del nuevo documental «NAZA» (de Yuval Abraham y Rachel Szor).
El bloque pro-Netanyahu agrupa a los partidos del actual gobierno —el Likud, Otzma Yehudit, el Partido Sionista Religioso, el Shas y el Judaísmo Unificado de la Torá—, así como a otras dos figuras de la extrema derecha que desean unirse a ellos. La primera es Ofer Winter, un alto mando militar retirado al frente del nuevo partido Amcha Yisrael, cuyo programa electoral gira en torno a la expulsión de los palestinos de Gaza. (En las encuestas, Winter se sitúa en el límite del umbral electoral del 3,25 %; si queda por debajo, perderá todos sus votos, lo que beneficiará a la oposición.)
El segundo es Moshe Feiglin, uno de los personajes más peculiares de la política israelí, cuyo partido libertario Zehut se presenta en una lista conjunta con el Partido Sionista Religioso de Bezalel Smotrich. Entre las «grandes frases clásicas» de Feiglin cabe citar: «Cada bebé de Gaza es un enemigo», «Maten a todo lo que se mueva» y, en esencia, que Hitler tenía razón, pero en lo que respecta a las personas malas. El Likud y el Partido Sionista Religioso Zehut firmaron un acuerdo sobre los votos excedentes, lo que significa que los votos a favor de Netanyahu podrían acabar reforzando a Feiglin y a Smotrich, y viceversa.
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El bloque opuesto, formado por los partidos contrarios a Netanyahu, está liderado en esta ocasión por el exjefe del ejército israelí Gadi Eisenkot, quien dirige el nuevo partido Yashar. Se le atribuye la elaboración de la «doctrina de la Dahiyeh», una estrategia militar desarrollada en el Líbano y basada en la destrucción masiva de infraestructuras civiles con la esperanza de enfrentar a la población local contra Hezbolá, lo que prefiguraba la doctrina de aniquilación aplicada en Gaza durante los últimos tres años.
Gadi Eisenkot también participó en ello: formó parte del gabinete de guerra de Netanyahu durante los meses más sangrientos de la ofensiva israelí, incorporándose a sus filas casi inmediatamente después del 7 de octubre, antes de dimitir en junio de 2024 debido a la obstrucción por parte del primer ministro de un acuerdo sobre los rehenes.
Entonces, ¿qué propone? Eisenkot ha afirmado en repetidas ocasiones que no se crearía ningún Estado palestino bajo su mandato como primer ministro, llegando incluso a criticar a Netanyahu por haber apoyado anteriormente una solución de dos Estados. Se muestra a favor de la construcción de nuevos asentamientos judíos en la zona C, que representa el 60 % de Cisjordania bajo control total israelí, y no descarta la construcción en la zona E1, especialmente controvertida [ya que separa Jerusalén Este de Cisjordania].
En Gaza, el Líbano y Siria, Eisenkot desea conservar al menos una parte de los territorios que Israel ocupó militarmente bajo el gobierno saliente. Además, declaró recientemente que el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben Gvir, «probablemente había hecho un buen trabajo en las cárceles», donde más de 100 palestinos han fallecido desde el 7 de octubre como consecuencia de torturas sistemáticas, negligencia médica y privación de alimentos.
Entre los demás dirigentes de la futura coalición de Eisenkot figuran el antiguo presidente del Consejo de Colonos, Naftali Bennett (líder del partido «Juntos»), que desea anexionar la zona C de Cisjordania; Avigdor Liberman (Yisrael Beitenu), el antiguo ministro de Defensa de Netanyahu, quien declaró en noviembre de 2023 que «no hay inocentes en Gaza»; y Yair Golan (Los Demócratas), exjefe adjunto del Estado Mayor, quien recomendó matar de hambre a toda la población de Gaza hasta que Hamás liberara a los rehenes. (El Partido de los Reservistas – Nuevo Partido Económico, una nueva alianza de centro-derecha cuyo objetivo es hacer cumplir el servicio militar obligatorio en las comunidades haredim y luchar contra el aumento del costo de la vida, probablemente también se uniría al bloque anti-Netanyahu si lograra superar el quórum electoral.)
Sin embargo, lo que distingue a estas figuras del actual gobierno es, ante todo, su voluntad de apaciguar la indignación mundial contra la política de Israel.
Con este objetivo, Eisenkot se comprometió a tomar medidas enérgicas contra el «terrorismo judío» en Cisjordania (sobre todo porque «perjudica al proyecto de colonización»). Probablemente intentaría impulsar el plan de 20 puntos de Trump para Gaza, que Netanyahu bloquea. Las propuestas destinadas a expulsar a dos millones de palestinos de la Franja de Gaza ya no estarían en la el programa con él. Eisenkot también pondría fin a la ofensiva del gobierno contra el poder judicial israelí y podría dedicar más recursos a la lucha contra los grupos mafiosos a los que se ha dejado actuar libremente en las comunidades palestinas de Israel. Solo hay un inconveniente: este bloque no cuenta con los votos necesarios.
La cuadratura del círculo
Según las encuestas más favorables, el bloque anti-Netanyahu obtendría entre 50 y 55 escaños (de los 120 que componen la Knesset), por lo que le faltarían unos 10 escaños para alcanzar la mayoría. Afortunadamente para ellos, existiría una forma sencilla de salvar esa diferencia. Por desgracia para ellos, esa «forma sencilla» implicaría aliarse con los partidos árabes —o, al menos, contar con sus votos—, algo que los dirigentes del bloque «opositor» a Bibi descartan casi de forma unánime.
La próxima Knesset tendrá dos partidos árabes que representan a los ciudadanos palestinos de Israel [aproximadamente el 20 % de la población]: la Lista Común (que, según las encuestas, debería obtener entre 7 y 9 escaños) y Ra’am (entre 5 y 6 escaños). Mientras que la Lista Común es, en todos los aspectos, una fuerza política palestina, el líder de Ra’am, Mansour Abbas, ha tratado de restar importancia a la identidad palestina de su partido, haciendo hincapié en la lucha contra el crimen organizado en las comunidades árabes y hablando menos de Cisjordania y Gaza. Incluye a un diputado judío como número dos y se distanció de las raíces de su partido en el Movimiento Islámico con la esperanza de ampliar su base de apoyo dentro del bloque anti-Netanyahu. Pero no funcionó.
En 2021, Ra’am se convirtió en el primer partido árabe independiente en formar parte de un gobierno israelí, liderado por Naftali Bennett y Yair Lapid. Sin embargo, esta iniciativa estuvo marcada por fuertes tensiones, y el gobierno se desintegró al cabo de tan solo un año. Tras la caída del gobierno, Netanyahu, que había cortejado él mismo a Ra’am durante la anterior campaña electoral, declaró que «la experiencia había fracasado». Cuatro años después, mientras gran parte de la sociedad israelí está sumida en un fervor racista que alcanzó nuevos niveles tras el 7 de octubre, las posibilidades de que esta situación se repita parecen extremadamente escasas.
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En vísperas de las elecciones del martes, Yair Golan, el líder más «de izquierda» del bloque anti-Netanyahu, declaró que se aliaría con Ra’am, pero no con la Lista Común (que, en cualquier caso, no formaría parte de una coalición de gobierno). Avigdor Liberman votó a favor de excluir pura y simplemente a estos dos partidos de la contienda electoral y descartó en repetidas ocasiones cualquier colaboración con cualquiera de ellos. Naftali Bennett también se niega a aliarse con ellos, mientras que Eisenkot declaró durante una reunión a puerta cerrada con líderes beduinos que deseaba incluir a Ra’am en su gobierno, antes de desmentir estas declaraciones y afirmar posteriormente que ninguno de los dos partidos árabes formaría parte de su coalición.
Sin embargo, existe otra opción: un gobierno en minoría respaldado por los votos de los partidos árabes que no forman parte de la coalición, lo que en la jerga electoral se denomina una «red de seguridad». Un acuerdo de este tipo sería extremadamente inestable, pero fue precisamente lo que permitió a Yitzhak Rabin lograr la aprobación de los acuerdos de Oslo en los años noventa. 1 La Lista Común está dispuesta a desempeñar este papel si eso permite derrocar a Netanyahu, y Eisenkot dio a entender que veía esta opción con buenos ojos. Sin embargo, tanto Liberman como Bennett la rechazaron de plano.
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A menos que se produzca un cambio radical en los resultados del martes, ninguno de los dos bloques parece capaz de formar un gobierno viable en su configuración actual —a menos que varios de sus líderes se retracten de sus promesas, lo que desde luego no sería la primera vez en la política israelí—. Si quieren evitar la convocatoria de nuevas elecciones, ambos bandos deberán dar muestras de creatividad.
La opción más sencilla sería intentar atraer a desertores del bloque contrario. Según algunas fuentes, Netanyahu estaría considerando la facción de Naftali Bennett en caso de que se produjera un punto muerto (aunque la campaña de Bennett se centra en la aplicación del servicio militar obligatorio en las comunidades ultraortodoxas, lo que hace poco plausible una coalición con los partidos haredim), mientras que Eisenkot espera atraer a miembros del Likud de Netanyahu. Sin embargo, conseguir que se sumen más de un puñado de desertores sería una tarea titánica.
Por su parte, el presidente Isaac Herzog, a quien recae la poco envidiable tarea de supervisar el proceso de formación de la coalición, intenta orquestar otra posibilidad: un gobierno de «unidad nacional» que reúna a Netanyahu, Eisenkot y todos los demás partidos que deseen sumarse a ellos. La mayoría de la población prefiere esta opción antes que volver a las urnas unos meses más tarde.
Si Netanyahu llegara a la conclusión de que un gobierno de unión nacional es para él única vía para seguir siendo primer ministro, incluso en el marco de un acuerdo de rotación con Eisenkot, esta opción sin duda le resultaría atractiva —sobre todo si consigue el primer mandato como primer ministro y luego puede provocar la caída del gobierno antes de tener que ceder el poder a Eisenkot. Sin embargo, aunque algunos miembros del partido de Eisenkot parecen abiertos a este escenario, el propio Eisenkot lo descarta de forma inequívoca, al menos por el momento. Por su parte, Liberman, que podría parecer un candidato probable para formar parte de un gobierno de unión nacional, declaró que no se sentaría junto a Netanyahu «pase lo que pase».
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En resumen, vamos a vivir unas semanas, o incluso unos meses, caóticos, a medida que se barajen y se descarten estos distintos escenarios. Si nadie logra formar un nuevo gobierno, no quedará más remedio que convocar nuevas elecciones a principios del año que viene, mientras tanto Netanyahu seguirá siendo primer ministro en funciones.
No obstante, es fundamental señalar que hay muchas cosas que se pueden hacer con una mayoría en la Knesset, incluso sin formar gobierno. Si el bloque anti-Netanyahu, la Lista Común y el Ra’am controlan conjuntamente más de 60 escaños a partir del martes, podrían votar para sustituir al presidente de la Knesset y comenzar de inmediato a aprobar leyes independientemente del gobierno.
Podrían derogar las leyes de reforma judicial del gobierno saliente; crear una comisión nacional de investigación para examinar las deficiencias en materia de seguridad del 7 de octubre, algo a lo que este gobierno se ha opuesto con vehemencia; e incluso aprobar una ley que prohíba a una persona bajo investigación judicial ejercer el cargo de primer ministro, poniendo así fin de hecho a la carrera política de Netanyahu.
Dichos proyectos ya se están elaborando, aunque persisten las dudas sobre la capacidad del bloque para mantener su unidad ante la inevitable oleada de presiones ejercidas por Netanyahu y sus secuaces. Y sin la formación de un nuevo gobierno, la cuenta atrás para las próximas elecciones ya habrá comenzado.
*Ben Reiff es redactor jefe adjunto de la revista +972, en la redacción de Londres. Ha escrito para The Guardian, The Nation, New Statesman, Prospect y Haaretz, y ha participado en el programa «Listening Post» de Al Jazeera, así como en la emisora británica LBC. Además, es miembro fundador del colectivo editorial de Vashti Media.
-Artículo publicado en +972, 23-10-2026
Nota de A l’encontre
- Sobre los acuerdos de Oslo y su verdadero significado, véase el capítulo 2, «La política palestina y los acuerdos de Oslo», de la obra Palestina en el corazón del capitalismo mundial, de Adam Hanieh, Robert Knox y Rafeef Ziadah, Ed. Ámsterdam, 2026. ↩