Plaza de la Bastilla, París, 8-10-2026. © JULIEN DE ROSA / AFP
Céline Martelet
A l’encontre, 10-10-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 12-10-2026
Y, de repente, la avenida Voltaire de París empieza a vibrar este martes 6 de octubre por la tarde. Sin previo aviso. Subido a la parte trasera de un camión, un joven, que apenas ha cumplido la mayoría de edad, entona «La Marsellesa». «Vamos, hijos»: esas dos palabras bastan. Frente a él, una multitud compacta de estudiantes universitarios y de secundaria lo sigue. Una sola y misma voz. Ese himno, esas jóvenes y esos jóvenes lo conocen y lo aman. Seguramente más que yo, que prefiero el «Canto de los partisanos». Ellas y ellos han comprendido todo su significado.
Los hijos de la patria son ellos y ellas. Adolescentes que estudian en liceos más o menos favorecidos de París, de las regiones o de los barrios populares. La «escoria», como los llamó un expresidente de la República, condenado en varias ocasiones [Nicolas Sarkozy]. Las hermanas y los hermanos menores de la «escoria» están ahí, junto a sus compañeros que vienen de clases sociales más acomodadas. Esa juventud nunca vio el bulevar periférico de París como una frontera en Île-de-France (París y departamentos aledaños, incluyendo al más pobre de Francia metropolitana, Seine-Saint Denis). Tienen los mismos códigos, las mismas referencias, escuchan la misma música.
En esa acera de la avenida Voltaire, vi la rebelión, pero también sentí una alegría profunda, esa que siempre me oprime el corazón. En esa misma acera, se me llenaron los ojos de lágrimas e intenté contenerlas. Al volver a casa, me puse a reflexionar. Intenté comprender por qué me había conmovido tanto una «Marsellesa», ese cortejo que avanzaba con tanta rapidez hacia la plaza de la Nation. Como periodista, he cubierto muchas movilizaciones tanto en Francia como en otros lugares. Pero nunca antes había sentido una alegría semejante. De hecho, estoy segura de que es la primera vez que utilizo esta palabra en una publicación.
« Tasty crousty antifascisti »
Hay alegría en este movimiento estudiantil. Esa misma alegría que comparto cada día con mis dos adolescentes de la Generación Z, nacidos antes de 2012. «Hijos de la patria» que crecen en una de las ciudades más pobres de los suburbios de París. Todo va muy rápido con esta Generación Z. Estas chicas y estos jóvenes conversan, con frecuencia te contradicen, se sinceran mucho, lo analizan todo y se cuidan mucho de no hacer nunca comentarios racistas, sexistas, discriminatorios hacia las personas con discapacidad o clasistas. En las manifestaciones, en los bloqueos, se oye «Sexy nana» de la reina Aya Nakamura (con el rapero La Rvfleuze), «Gilet jaune» de Kopp Johnson, «Pilé» de Mauvais djo o incluso «No title» de Nodey, el himno de la Generación Z.
Se ríen, se disfrazan de Superman, de Batman o de vaca. Organizan «batallas de aura» (« farmear aura », ndt), y sus eslóganes dan en el clavo y hacen que los de las organizaciones sindicales parezcan totalmente anticuados. ¿Quién puede superar a «Fashion, pero no fascistas», «Tasty crousty antifascisti» o «Queremos el bachillerato, no la BAC [Brigada anti-criminalidad]»? Cuando la policía carga contra ellos, retroceden, se ahogan con los gases lacrimógenos que prueban por primera vez. Pero vuelven a la carga. Corren, se cuelan entre la multitud porque esta juventud tiene buena resistencia cardiovascular. Repiten las técnicas aprendidas en los videojuegos y en los mangas que devoran. Frente a ellos, la represión es desmesurada, como si estos adolescentes amenazaran la seguridad de nuestro Estado.
Ninguna comisaría, ninguna prefectura ni ningún edificio oficial ha sido objeto de ataques, pero nuestro Gobierno les envía fuerzas del orden sobreequipadas y armadas. Así pues, estas jóvenes y estos jóvenes corren sin cansarse y se organizan cada vez mejor. Su movilización está llena de humor y es politizada. Están muy lejos de los estereotipos que desfilan por los canales de información continua.
No, Apolline de Malherbe (presentadora de televisión, que no periodista, en medios conservadores, ndt), no es «una osadía», como ha repetido en directo en BFM TV, que dos jóvenes se hayan atrevido a colocar ante sus cámaras eslóganes que critican las posturas adoptadas en su plató. Estimada colega, me parece que tiene usted mucho descaro al no aceptar la más mínima crítica en su estudio con aire acondicionado. El periodista nunca debe dejar de dudar y no olvide nunca que se puede ser divertido y consciente. ¡Los payasos no son unos imbéciles!
Esta juventud nos muestra el camino
Esta Generación Z está llena de esperanza; si no, no estaría en la calle; sin embargo, ha crecido en un mundo que, en mi opinión, se desmorona un poco más cada año. Los y las estudiantes de secundaria que participaban en los bloqueos tenían menos de diez años cuando una oleada de atentados azotó nuestro país, a partir de 2015. Vieron la angustia en los ojos de sus padres. Estaban en el Paseo de los Ingleses de Niza el 14 de julio de 2016 [atentado terrorista que causó la muerte de 86 personas y cientos de heridos]. Mis dos hijos saben cómo tirarse debajo de las mesas en caso de alerta de atentado y quedarse callados si una persona armada entra en su colegio. Mis hijos han tenido que guardar varios minutos de silencio, uno de ellos en memoria de un profesor asesinado [Samuel Paty], al que degollaron en la acera de su liceo.
¿Qué adulto puede imaginar el impacto que eso supuso para ellos? Después, las autoridades les pidieron que se encerraran, que se confinaran durante casi dos meses y que siguieran las clases a distancia. ¿Acaso lo hemos olvidado ya, nosotros, los adultos? Desde el 7 de octubre, en las pantallas de sus teléfonos ven desfilar imágenes de un genocidio: palestinos y palestinas de su misma edad son masacrados y sometidos al hambre por un país que se proclama democracia. Y ahora son testigos del colapso climático de nuestro planeta. Ellos y ellas, que no son en absoluto responsables de nada.
Y, sin embargo, nuestros adolescentes están en la calle cantando «La Marsellesa», algunos envueltos en banderas francesas. No tienen odio, valoran la amistad, se ayudan mutuamente, se escuchan. «Son ingenuos»: ya puedo oír a los adultos, a sus abuelos nacidos durante los Treinta Gloriosos. No, no son ingenuos ni ingenuas. Tienen los pies bien anclados en la realidad que se despliega ante ellos en sus redes sociales.
Esta juventud nos muestra el camino: el de la rebelión, sea cual sea la forma que adopte. El de decir «no». Esa palabra que generaciones enteras, incluida la mía, nunca aprendieron a pronunciar. El de hablar, de expresar la ira porque es legítima. Las feministas llevan décadas gritándolo. Ahora le toca a toda una sociedad escucharlo: decir «no» es un derecho, y estar enfadado también. Hablar es liberador. Denunciar e indignarse es un deber para todo ser humano. Personalmente, ellos y ellas me devuelven la esperanza. Gracias a la Generación Z.
-Artículo original publicado en Politis, 9-10-2026
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«Sabemos adónde vamos y qué queremos»: en París, el movimiento de los estudiantes de secundaria no disminuye la presión
Mathilde Goanec, Dan Israel y Camille Labbé
Mediapart, 8-1-2026

Si el Gobierno esperaba que esta cuarta jornada de movilización nacional del movimiento de estudiantes de secundaria y universitarios le permitiera tomarse un respiro, se quedó con las ganas. De este jueves, 8 de octubre, quedará grabada la imagen de la plaza de la Bastilla, en París, abarrotada de manifestantes jóvenes, muy jóvenes.
Miles y miles de alumnos de secundaria y universitarios, respaldados por profesores, sindicalistas y padres, ocupaban cada metro cuadrado de la plaza en filas apretadas, coreando consignas y con pancartas en la mano tan llenas de rabia como siempre contra el Gobierno.
A nivel nacional, por supuesto, la afluencia no habrá sido comparable a la del 6 de octubre. Es cierto que el Ministerio de Educación Nacional habrá estimado que el 94 % de los liceos del país estaban «abiertos, ya fuera total o parcialmente».
Pero el símbolo de esta «toma de la Bastilla» juvenil, con sus decenas de personas trepadas al zócalo de la Columna de Julio, así como las múltiples manifestaciones en varias grandes ciudades de Francia, como en Montpellier, habrán mantenido una presión máxima sobre el Gobierno.
El Ministerio del Interior contabilizó 71 500 personas en las marchas y concentraciones, de las cuales 24 500 se encontraban en París. Además, estima que 55 000 personas participaron en acciones frente a centros educativos, aunque no todas se unieron a las marchas. (En general, hay que agregarle un 50% o más a las cifras oficiales, ndt)
La intervención del primer ministro, Sébastien Lecornu, el miércoles 7 de octubre a primera hora de la tarde, no logró calmar los ánimos. Es cierto que fijó una fecha «a finales de octubre» para «las primeras decisiones». Y aunque aseguró que «nadie puede permanecer indiferente ante las inquietudes [que expresan los alumnos y alumnas de secundaria]», también afirmó que el margen de maniobra presupuestario es mínimo.
Era poco probable que el ministro de Educación Nacional, Édouard Geffray, quien intervino el jueves 8 de octubre en el informativo «20 horas» de TF1, llegara cargado de muchas más promesas, aunque por la tarde hubiera anunciado un «plan de emergencia». Sin duda, sus anuncios no van a convencer.
Gobierno inaudible
En la multitud que se dirige hacia la Bastilla desde la plaza de la República, donde se habían dado cita previamente, la desconfianza salta a la vista. A sus 20 años, Chloé, estudiante de Derecho, ya ni siquiera reclama grandes anuncios, sino simplemente ser escuchada.
«Son ridículos, no están a la altura. Ni siquiera fingen escucharnos», se queja. «Eso aviva aún más la ira». A estas alturas, la joven ya no se hace ilusiones: «No tenemos ninguna expectativa. Solo queremos mostrar nuestra indignación».
Para una alumna del instituto Romain-Rolland de Ivry-sur-Seine (Val-de-Marne), el primer ministro no hizo más que «lanzar vagamente algunas migajas». «Necesitamos medidas concretas, presupuestadas y que se tenga en cuenta a los alumnos», coincide Morgane, profesora de matemáticas no afiliada a ningún sindicato del liceo Paul-Robert de Les Lilas (Seine-Saint-Denis). «¿Por qué nadie viene a los liceos a hacer una lista de lo que hemos denunciado, para que quede constancia de ello en algún sitio?», se pregunta. Eso ya sería un primer paso».
La propuesta del Gobierno de organizar «espacios de democracia» en los centros educativos indigna a Morgane, al igual que a muchos otros manifestantes. En su liceo, que reabrió el jueves de mañana, hubo tres asambleas generales, la última de las cuales reunió al personal, a los padres y a los alumnos.
«Nosotros, los profesores, dijimos que estábamos en contra de esta farsa de democracia escolar. Quieren que los ayudemos a hacer que los alumnos vuelvan a las aulas, pero no es nuestro trabajo encontrar una solución al caos que ellos mismos crearon», se queja la profesora. Estamos decididamente del lado de los alumnos. Además, conocemos perfectamente sus quejas. Por eso, nos declaramos en huelga».
Desigualdad de oportunidades
Las reivindicaciones no cambian, pero, poco a poco, se amplían para reflejar el malestar de una generación que continúa enfrentándose una y otra vez al marco demasiado estrecho en el que vive. A Lou y Charline, de 19 años, les cuesta mucho creer en la igualdad de oportunidades. A pesar de sus excelentes resultados escolares, entre los que destaca un 20 (nota máxima, ndt) en geopolítica en el bachillerato para una de ellas, ambas jóvenes expresan su desilusión con respecto a Parcoursup (sistema de selección de admisión a la universidad que se basa en un algoritmo y crea así enormes dificultades materiales -y decepciones- a los estudiantes y a sus familias, ndt).
«Me vi obligada a ir a la Catho [Instituto Católico de París —nota del editor], a un centro privado. No sé de dónde sacan eso de la igualdad de oportunidades», se indigna Lou. Más allá de la opacidad de los criterios de selección, lo que les indigna es la falta de lugares (en la universidad). «¡No pueden admitir solo a gente que tiene una nota media de 18 y cuyos padres son diplomáticos!», afirma Charline.
Sobre todo porque detrás de las notas escolares se esconden diferentes realidades sociales, de las que las jóvenes son muy conscientes: «Hay personas que tienen una buena nota media porque tuvieron acceso a la cultura desde muy jóvenes, a prácticas (pasantías) gracias a sus contactos. No es el caso de todo el mundo».
Charline también denuncia las desigualdades en la orientación académica: «En el liceo había muchísima segregación. Los negros y los árabes estaban todos en formación profesional o en la rama tecnológica, mientras que los blancos estaban en la rama general. Hacen como si no lo supieran, pero se puede ver».
Paloma, de 20 años, comparte esta misma opinión desde la Universidad de París-Nanterre (Hauts-de-Seine, oeste de París), donde lamenta la reducción de los presupuestos, la supresión de horas lectivas, el exceso de alumnos por clase y una administración desbordada. Para ella, la igualdad de oportunidades sigue siendo una promesa vacía de contenido: «Para tener éxito, todo el mundo debe partir del mismo punto, y no es así».
Yusra, de 20 años, y Soumeyya, de 19, son estudiantes en Nanterre. Manifiestan por primera vez en París, tras haber asistido tres días antes a la asamblea general de su universidad, que las convenció.
Quieren continuar la semana que viene, no tanto por sus propias condiciones de aprendizaje como para denunciar el futuro sin perspectivas que se les presenta y el desprecio de los políticos hacia ellas. «No escuchan, les da igual. Macron publica videos en las redes sociales; los diputados de la Agrupación Nacional (RN, extrema derecha) solo hablan de la delincuencia o de la inmigración. Me repugna la forma en que todo el mundo nos ve», explica Soumeyya.
«Nos dicen que no hay que quedarse solo con el primer grado universitario, pero ni siquiera con un máster se encuentra nada», se preocupa. Yusra, después de un año de pausa tras el bachillerato, no consiguió la licenciatura en sociología que deseaba y ahora estudia en la facultad de historia: «No es lo que yo quería; no sé muy bien qué hago aquí, y además la salida profesional es ser profesora, y no podré serlo porque llevo velo».
La esperanza puesta en el 17 de octubre y en las elecciones presidenciales
La amplitud de la indignación también se mide por la implicación, cada vez más notable, de los centros educativos más prestigiosos de la élite del país. Por primera vez desde el inicio del movimiento de los estudiantes de secundaria, la facultad de Assas, históricamente de tendencia conservadora, fue bloqueada, al igual que varios colegios privados parisinos, entre ellos la École Alsacienne, en el VIº distrito. (Institución privada muy prestigiosa por la que han pasado algunos miembros del gobierno actual. Fue objeto de denuncias por malos tratos a alumnos y estudiantes, ndt) Por lo tanto, para los manifestantes con los que habló Mediapart, no cabe ni hablar de dejar que el movimiento pierda fuerza. La coalición sindical ya convocó una nueva jornada de movilización y huelga para el martes 13 de octubre. «No somos estudiantes desorientados que no saben lo que quieren. Sabemos adónde vamos y qué queremos», afirma Liam, de 20 años, quien denuncia la presencia de amianto en las instalaciones de la Universidad de París-Est-Créteil (Val-de-Marne).
«Mientras no haya 10 000 millones sobre la mesa, seguiremos movilizándonos», repitió Sabrine Kharbach, portavoz de la Unión Estudiantil, en la manifestación, retomando la cifra que las organizaciones impulsoras tratan de imponer en el debate.
El jueves 8 de octubre, más que nunca, todas las miradas se centran sobre todo en la fecha del 17 de octubre, que lleva semanas circulando como un horizonte en el que podría surgir un nuevo movimiento equivalente al de los Chalecos Amarillos. Frente a la columna de la Bastilla, una pancarta anuncia: «Revolución 2.0. Nos vemos el 17 de octubre». Una pancarta convoca a un «octubre rojo».
«Será una fecha histórica», afirma convencido Moussa, de 17 años. Mahmoud, militante de la CGT de la Federación de Organismos Sociales, también lo espera. «¡Por supuesto que nuestro papel como sindicalistas es estar ahí! Necesitamos un movimiento social global», afirma con entusiasmo.
Dos horas después del inicio de la concentración en Bastille, la policía rodeó a los manifestantes en medio de una gran confusión. Solo unas pocas calles quedan abiertas para la salida, que tiene lugar de forma muy gradual. La tensión va en aumento y la multitud se dirige hacia la plaza de la Nation, impulsada por una «manifestación espontánea» de varios miles de personas.
Varios jóvenes expresan su verdadera esperanza: «La fecha clave son las elecciones [presidenciales de 2027]. Es necesario que la gente vaya a votar», comenta Chloé. Moussa no tendrá la edad necesaria para votar en esas elecciones. «Pero es necesario que la gente vaya a votar», espera.