Satorzulo Gorria, octubre de 2026
Correspondencia de Prensa, 12-10-2026
La vivienda se ha convertido en una máquina de expulsar a la clase trabajadora de sus propios barrios
Hay momentos en los que esperar deja de ser una opción.
El 11 de noviembre es uno de ellos.
Los sindicatos de clase —CC OO, UGT, CIG, ELA y LAB, junto al Sindicato de Inquilinas— han convocado una huelga general para poner sobre la mesa una realidad que ya nadie puede esconder: millones de personas trabajan, cobran un salario y, aun así, no pueden permitirse vivir dignamente.
No es una crisis pasajera.
No es un problema individual.No es que los jóvenes «no quieran independizarse». Es un modelo.
Un modelo que convierte la vivienda en mercancía, el alquiler en negocio y el salario en una fuente permanente de transferencia de riqueza hacia quienes poseen los pisos, el suelo y el dinero.
NOS ESTÁN EXPULSANDO
Miremos alrededor.
Trabajadores que comparten piso hasta los cuarenta años. Familias que destinan una parte insoportable de sus ingresos al alquiler. Jóvenes obligados a marcharse de sus pueblos y ciudades porque no pueden pagar una vivienda. Personas que viven con el miedo permanente a una subida de renta, a perder el empleo o a no poder hacer frente a la próxima factura.
Y mientras tanto, viviendas vacías.Fondos de inversión acumulando propiedades.Grandes propietarios haciendo negocio con una necesidad básica.Barrios enteros transformados en escaparates turísticos mientras quienes trabajan en ellos son expulsados.
Después nos dicen que el problema es la falta de oferta.
Nos dicen que hay que confiar en el mercado.
Nos piden paciencia.
Paciencia mientras nos echan de nuestras propias ciudades.
Pues no. Se acabó la paciencia.
CUANDO EL ALQUILER SE COME EL SALARIO, LA VIVIENDA ES UNA LUCHA OBRERA
La patronal ya ha reaccionado. CEOE y Cepyme consideran inadmisible la huelga porque, dicen, la vivienda no es una cuestión laboral. Es difícil imaginar una afirmación más alejada de la realidad cotidiana.
¿De qué sirve negociar una subida salarial si el alquiler se lleva inmediatamente ese incremento?
¿De qué sirve trabajar ocho horas, diez o doce si el salario no permite pagar un techo?
¿De qué sirve tener empleo si ese empleo no garantiza unas condiciones mínimas para vivir?
La vivienda es una cuestión laboral porque el salario también se paga en forma de alquiler.
Cada euro que aumenta el alquiler es un euro menos para vivir. Cada vivienda convertida en activo financiero es una vivienda menos al alcance de quien necesita habitarla.
Cada familia expulsada por una subida abusiva es una familia que paga las consecuencias de un negocio que otros consideran perfectamente legítimo.
Por eso la patronal está nerviosa. Porque esta vez no hablamos solamente de convenios, salarios o jornadas.
Hablamos de algo mucho más profundo: de quién tiene derecho a vivir en nuestras ciudades.
EL NEGOCIO DE UNOS ES LA VIDA DE TODOS
Las derechas ya han escogido. PP y Vox han cargado contra la huelga. No sorprende.
Durante años hemos escuchado el mismo discurso: el mercado lo resolverá, regular es atacar la propiedad, intervenir los alquileres es una amenaza, construir vivienda pública no es suficiente o simplemente no es necesario.
Pero el mercado ya ha hablado. Y su respuesta es ésta: alquileres disparados, emancipación imposible y trabajadores expulsados de los lugares donde trabajan.
Cuando una vivienda deja de ser un hogar y se convierte en un activo financiero, alguien gana. Y alguien pierde.
Ellos hacen negocio. Nosotros pagamos.
No hay neutralidad posible.
Y AL GOBIERNO HABRÁ QUE EXIGIRLE ALGO MÁS QUE RESPETO
Pedro Sánchez dice que respeta la huelga. Perfecto.
Pero no necesitamos que un Gobierno respete nuestra protesta. Necesitamos que escuche por qué protestamos y actúe en consecuencia. Respetar el derecho de huelga es una obligación democrática. Garantizar el derecho a una vivienda digna también debería serlo.
Lo que falta es convertirlo en realidad, y eso significa mucho más que declaraciones. Significa vivienda pública, significa intervenir donde el mercado expulsa a la población, significa limitar la especulación.
Significa proteger a quienes alquilan. Significa poner freno al poder de los grandes propietarios y fondos de inversión, y significa asumir algo que durante demasiado tiempo se ha querido ocultar: la vivienda no puede estar sometida únicamente a la lógica del beneficio.
QUE HABLEN AHORA LOS PARTIDOS
También habrá quien diga que la huelga llega demasiado cerca de las elecciones.
¿Y qué?
Precisamente por eso.
Si las elecciones sirven para que los partidos pidan nuestro voto, la huelga puede servir para exigirles que expliquen qué piensan hacer con nuestras vidas.
Que hablen. Que se retraten. Que expliquen cuánta vivienda pública van a construir. Que digan qué límites están dispuestos a poner a los grandes propietarios. Que expliquen qué harán para impedir que nuestros barrios se conviertan en mercancía. Que digan claramente si consideran la vivienda un derecho o una oportunidad de negocio.
El 11N puede obligarles a escoger.
Y nosotros también tendremos que escoger.
NO ES LA PRIMERA VEZ QUE NOS DICEN QUE NO SE PUEDE
Nos dijeron que no se podía reducir la jornada. Que no se podía conquistar el descanso semanal. Que no se podía construir una sanidad pública. Que no se podían mejorar las pensiones. Que no se podían conseguir vacaciones pagadas.
Y cada generación de trabajadores tuvo que escuchar que sus reivindicaciones eran exageradas, irresponsables o imposibles.
Hasta que la gente se organizó, hasta que se movilizó, hasta que paró.
La historia de los derechos sociales no es la historia de los regalos concedidos desde arriba.
Es la historia de las conquistas arrancadas desde abajo.
Por eso importa recuperar la huelga general. Porque durante demasiado tiempo nos han querido convencer de que no podemos cambiar nada. De que solo queda adaptarse.
De que cada problema es individual. De que si no puedes pagar el alquiler es porque no ganas suficiente.
De que si no puedes emanciparte es porque eres demasiado exigente. De que si te expulsan de tu barrio es porque «el mercado funciona así».
No.
El mercado funciona así porque alguien ha decidido que funcione así.
Y lo que se decide políticamente también puede cambiarse políticamente.
EL 11N ES UNA PREGUNTA
No será solamente una huelga. Será una pregunta. ¿Quién tiene derecho a vivir en nuestras ciudades? ¿Quién decide cuánto cuesta una vivienda? ¿Para quién se construyen nuestros barrios? ¿Para quienes los habitan o para quienes especulan con ellos?
Y, sobre todo: ¿qué estamos dispuestos a hacer para cambiarlo?
El 11 de noviembre no se trata de pedir permiso.
Se trata de demostrar que detrás de cada alquiler hay una familia, detrás de cada desahucio hay una vida y detrás de cada salario hay horas de trabajo. Se trata de recordar que quienes levantan las ciudades también tienen derecho a vivir en ellas.
Que quienes limpian, cuidan, transportan, enseñan, construyen y trabajan en nuestros barrios no pueden ser expulsados de ellos.
Que una sociedad no puede llamarse justa mientras convierte el derecho a un techo en un privilegio reservado a quien puede pagarlo.
Por eso, el 11N, que se escuche.
Que se escuche en las empresas. En los despachos. En los parlamentos. En los fondos de inversión.
En las oficinas de la patronal. Y en cada barrio.
Porque la vivienda no es un negocio.
Porque nuestros barrios no están en venta.
Porque trabajar no puede significar vivir para pagar un alquiler.
Porque nadie debería ser expulsado de su propia ciudad.
El 11 de noviembre tenemos una oportunidad.
No para pedir que nos escuchen.
Para obligarles a escuchar.
EL 11N, HUELGA GENERAL.
EL 11N, QUE SE PARE EL PAÍS.
Y QUE EMPIECE A CAMBIAR LA VIDA DE QUIENES LO SOSTIENEN.