Foto: Paulo Pinto/Agência Brasil
Valerio Arcary*
Esquerda Online, 28-10-2026
Traducción de Correspondencia de Prensa, 29-10-2026
1 Lula ganó y Flávio Bolsonaro huyó. La historia se aceleraró abruptamente. Nada volverá a ser como antes. La inversión era difícil, e incluso improbable, pero se confirmó, una vez más, que nada es imposible cuando la clase trabajadora se pone en marcha, inspirando a la mayoría de los oprimidos, como ocurrió en el movimiento «Diretas Já» de 1984 y en 1992, durante la campaña «Fora Collor». No fue solo una campaña electoral, aunque todo dependiera del resultado en las urnas. Hubo un levantamiento cívico-electoral democrático con impulso revolucionario. Quizá una forma de «revolución democrática» del siglo XXI, ante la amenaza fascista. La sorpresa del resultado de la primera vuelta, con Flávio Bolsonaro por delante de Lula, y el peligro real e inmediato de que la extrema derecha conquistara un «poder total» en las instituciones, fue el detonante que activó una alerta general. ¿Qué habría ocurrido si Lula hubiera quedado en primer lugar? No podemos saberlo. ¿Se habrían despertado millones de personas, hasta entonces políticamente inactivas, a una militancia febril y arrolladora? ¿Habrían salido los estudiantes de las universidades para ser la chispa que arrastró a mujeres y hombres, de distintas generaciones, hacia un activismo frenético en las calles y en las redes sociales? Pero no fue solo el miedo. El miedo por sí solo no moviliza. El miedo por sí solo conduce a la desesperación. La otra fuerza motriz del auge, igual de importante o incluso más, fue la confianza en que era posible ganar. El nombre de esa fe es la esperanza. En 2018, vivimos un momento trágico con la elección de Bolsonaro padre. En 2026, un momento cómico con la huida precipitada de Bolsonaro hijo. Lo que es cierto y más importante es que quedó demostrado, de forma irrefutable, el poder social de choque de la clase trabajadora brasileña, el mayor proletariado de América Latina.
2 Brasil vivió, durante las tres semanas previas a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, una experiencia excepcional, arrolladora e inesperada de movilización política de masas. La victoria electoral de Lula el domingo 25 de octubre es incomparable y no tiene precedentes. El giro tuvo un «impulso revolucionario», algo nuevo, y fue garantizado por el compromiso de una vanguardia de millones de personas. El empoderamiento de la irrupción de las masas en una ola roja que ocupó las calles y se apoderó de las redes sociales fue toda una «lección». La gente descubrió que, cuando se une en la lucha, tiene una fuerza de impacto arrolladora. Desde la Avenida Paulista hasta la playa de Copacabana, desde Porto Alegre hasta Belém, desde Salvador hasta Brasilia, desde Belo Horizonte hasta Recife, desde Curitiba hasta Fortaleza, en todas las capitales, pero también en ciudades medianas e incluso pequeñas, hubo las mayores manifestaciones de la historia. Fueron actos de izquierda, de una izquierda diversa y plural, en los que se ovacionaba a Lula. La avalancha cambió la relación social y política de fuerzas: durante diez años nos encontramos en una situación reaccionaria y defensiva. Las «placas tectónicas» de la estructura de la sociedad se desplazaron. Ahora estamos a la ofensiva y se abrió una situación transitoria. Pero nada está garantizado de antemano. Todo está en juego. Dependerá, sobre todo, de dos factores: (a) de la capacidad de iniciativa, la audacia y la determinación del gobierno de Lula; (b) del mantenimiento de la disposición a la lucha popular. La «ola roja» puede quedar en nada. La construcción de una segunda «ola» será, por lo tanto, el reto estratégico. La extrema derecha sufrió la mayor derrota de su historia y se encuentra ahora, de forma transitoria, sin liderazgo. Pero se reorganizará. Además del apoyo de la Casa Blanca, cuenta con posiciones institucionales en los gobiernos estatales y en el Congreso más sólidas que antes. Si las masas retroceden, por las más diversas razones, puede estabilizarse una situación de estancamiento en la lucha de clases. Si mantienen la confianza en que es necesario ir más allá, podría abrirse una dinámica de radicalización prerrevolucionaria. Tanto la evolución del Gobierno —si avanza o si pacta— como la evolución de la fuerza de las calles —si se mantiene y crece hacia nuevas formas de democracia directa y autoorganización, más «ligeras y rápidas», sean o no embriones de poder popular— definirán nuestro destino.
3 Aprender de la experiencia de la «ola roja» será crucial para el futuro de la izquierda. Este es uno de esos momentos en los que debemos recurrir al buen método del «empirismo leninista». Esto significa estudiar, minuciosa y pacientemente, lo que ocurrió, ya que fue inesperado e inédito, sorprendente y colosal. Nada fue tan decisivo como el impulso de una lucha ininterrumpida y permanente, día tras día. De pronto, contábamos con una «infantería», una «armada» y una «fuerza aérea». La «infantería» fueron las marchas por las calles que hicieron temblar plazas y avenidas. La «armada» fue la acción en los océanos de Internet del ejército de Lula, un nuevo y fantástico instrumento de lucha que incorporamos a nuestro «arsenal», organizado por iniciativa del «general» Janones, eludiendo los algoritmos de las grandes empresas tecnológicas. La «fuerza aérea» fue el equipo de campaña que definió la agenda de Lula, así como los programas de televisión y radio, reforzado por la participación de, entre otros valientes luchadores, Ana Elisa de Minas, Jones Manoel y Rosa Amorim de Pernambuco, Guilherme Cortez de São Paulo y, en Rio Grande do Sul, de Manuela D’Ávila, lo que puso de manifiesto la renovación de la dirección de la izquierda. Sería injusto no recordar el papel que desempeñaron los artistas, liderados por Paula Lavigne, del colectivo 342 Artes, y el compromiso de Mídia Ninja, el «cañón» más poderoso de nuestra «artillería». Pero tan importante fue la unidad de los partidos, de los frentes «Povo Sem Medo» y «Brasil Popular», del MST, la CUT y la UNE, del MTST y del MNU, de las organizaciones feministas y LGBT, ecologistas e indígenas. Fue esta unidad la que permitió que la «ola» popular que surgió de abajo hacia arriba, de forma espontánea y creativa, garantizara el giro electoral con la obtención de diez millones de votos más para Lula.
4 Hay muchas formas de ganar o perder unas elecciones. Hay derrotas electorales que abren el camino hacia una victoria política, como ocurrió en 1989, ya que, a pesar de la elección de Collor, se consolidó la presencia de un partido de izquierda independiente y de masas liderado por un obrero metalúrgico. Hay victorias electorales que abren el camino hacia una derrota política, como en 2014, ya que, a pesar de la remontada de Dilma Rousseff frente a Aécio Neves, el Gobierno de coalición liderado por el PT dio un giro brusco y nombró a Joaquim Levy para aplicar un ajuste fiscal que llevó al país a la recesión. Ahora, en 2026, no nos encontramos ante dos momentos distintos, sino ante dos elecciones diferentes. En la primera vuelta prevaleció una línea de campaña «fría» que calculaba una victoria ya en la primera vuelta. La apuesta era que la defensa del legado del gobierno, en comparación con el mandato de Bolsonaro, unida a la celebración de la biografía de Lula, desde la inauguración en el estadio de Vila Euclides, sería suficiente. No fue así. En la primera vuelta tuvimos una derrota electoral y política. Electoral porque la extrema derecha vivió una «apoteosis»: lo ganó casi todo. Política porque nos quedamos a la defensiva ante la agenda impuesta por la maniobra de Mendonça en el Tribunal Supremo Federal (STF) de «Fuera Xandão, fuera Lula», repitiendo la táctica de criminalizar a la izquierda por corrupción. La lucha política precipitada en el seno de la izquierda ante el peligro inminente de la derrota favoreció un giro de emergencia, que pasó por el anuncio de nuevas reformas —el compromiso con la aprobación del fin de la jornada laboral 6×1, el aumento de la Bolsa Família, la prohibición de las apuestas en línea (Bets), los productos adelgazantes, la universalización de la enseñanza integral—, entre otras, que nos permitieron evitar lo peor y garantizar el acceso a la segunda vuelta.
5 La segunda vuelta fue otra elección, enfrentada «al rojo vivo» como nunca desde 1989, y culminó con la mayor victoria electoral y política de la izquierda brasileña de todos los tiempos. El «broche de oro» fue la rocambolesca huida de Flávio Bolsonaro, probablemente orquestada por la CIA. Todo fue extraordinario. El reajuste del equipo de campaña resultó decisivo, ya que, en cuatro semanas —entre el final de la primera vuelta y la segunda—, el equipo se defendió y anunció más reformas que en los casi cuatro años de gobierno. No menos importante fue el papel de Lula en el debate decisivo de Globo, cuando respondió a las provocaciones de Bolsonaro y, con dignidad y altivez, levantó la mano de nueve dedos y reivindicó, con orgullo y educación, su condición de obrero frente al miliciano. Pero lo más importante fue la fuerza del compromiso de las mujeres, especialmente de las pobres, negras y de los barrios periféricos; la irreverencia de la juventud; la conmovedora combatividad de las personas mayores; el valor de la juventud indígena; y la conciencia existencial de las personas LGBT. Estos son los rostros de la clase trabajadora del siglo XXI. Sin embargo, las grandes victorias plantean grandes retos. Trump aún no reconoció la victoria de Lula, atacó la imparcialidad del proceso electoral, facilitó la huida y le otorgó asilo a Flávio Bolsonaro. La reacción burguesa comenzó al día siguiente, mostrando sus garras con la fuga de capitales. Disputarán el Gobierno «desde dentro y desde fuera». Los liberales ya exigen un ministro de Hacienda comprometido con el dogma ultraliberal del ajuste fiscal. Algunos sectores del Congreso, si no el propio presidente del Senado, apuntan a la defensa de un indulto para Jair Bolsonaro en el marco de la «pacificación». Es decir, esto no ha sido más que el comienzo; la lucha continúa..
*Valerio Arcary: Profesor titular jubilado del IFSP. Doctor en Historia por la USP. Militante trotskista desde la Revolución de los Claveles. Autor de varios libros, entre ellos «Nadie dijo que fuera fácil» (2022), publicado por la editorial Boitempo.