Una de las figuras con un testimonio crucial en Carne de Cañón, Carola Figueredo, junto a la encargada de la edición del libro, Sofía Naara.
Evangelina Bucari
Revista MU, la vaca, 17-9-2026
Correspondencia de Prensa, 24-9-2026
A 50 años del golpe de Estado, el Archivo de la Memoria Trans reunió en un libro testimonios individuales, relatos colectivos y el registro del Juicio Brigadas, el primero que toma como víctimas del terrorismo de Estado a mujeres travestis trans. El libro no habla solo de violencia, sino también del humor, la amistad, la resistencia y las formas que ellas inventaron para poder seguir vivas. Pistas sobre dónde encontrar claves para el futuro.
Cuando Carola Figueredo mira una foto, no ve solamente lo que quedó fijado en el papel ya descolorido. Ve quiénes estaban alrededor, el lugar donde fue tomada, el cumpleaños de alguna amiga, una fiesta de fin de año, una casa que funcionaba como refugio. Ve una época en la que posar en un espacio público podía ser imposible y peligroso para una mujer travesti trans.
“Los pocos momentos en que nos sacábamos fotos eran en lugares cerrados”, recuerda. Podía ser el cumpleaños de una conocida o una reunión con las compañeras. “No teníamos lugares públicos, espacios públicos, porque no podíamos hacerlo. Teníamos literalmente una persecución de odio”, explica Carola.
Durante años, aquellas fotografías permanecieron guardadas en álbumes íntimos. Eran imágenes de una vida que casi nunca aparecía en los registros oficiales, salvo bajo las marcas de la persecución, los prontuarios policiales o los expedientes que las nombraban para criminalizarlas. Cuando Carola ingresó al Archivo de la Memoria Trans, en 2017, comenzó a mirarlas de otra manera. “Ahí empezamos a tomar conciencia de la historia de la fotografía”, asegura. Cada imagen podía ser una prueba de existencia, una puerta hacia un recuerdo y una pieza de un relato colectivo que había sido mantenido en silencio.
Esa historia está en el centro de Carne de cañón. Memorias travestis trans de la dictadura 1976-1983, el libro editado por la Editorial del Archivo de la Memoria Trans Argentina con prólogo de la abogada Ana Pipi Oberlin, integrante del Ministerio Público Fiscal, quien participó en numerosos juicios por delitos de lesa humanidad y violencia institucional.
La publicación reúne testimonios narrados en primera persona, relatos colectivos y el registro escrito del Juicio Brigadas, en el que la justicia incorporó las declaraciones de mujeres travestis y trans que fueron secuestradas y llevadas al Pozo de Banfield.
En sus páginas aparecen las voces de Ornella Teté Vega, Sonia Beatriz Torrese, Valeria del Mar Ramírez, Mónica del Valle, Julieta González, María Ivone, Brigitte Carla Gambini, la de Carola y muchas otras. Brigitte, además, reconstruye la historia de Janet Derganz, la primera persona trans que figura oficialmente como desaparecida en la Argentina. Hay recuerdos individuales, pero también narraciones construidas entre varias, porque en esta historia casi nunca el “yo” puede separarse por completo del “nosotras”.
“En un mundo donde nuestras voces siguen siendo casi invisibles, editar un libro relatando lo que vivimos tantas es un acto de resistencia necesario”, dicen desde el Archivo al presentar la publicación.
El Archivo de la Memoria Trans fue fundado en 2012. Su origen estuvo ligado al reencuentro de compañeras que habían sobrevivido a la persecución, al exilio, a la violencia policial y al abandono estatal. Primero, fue un grupo de Facebook, un espacio donde podían reconocerse, reencontrarse y saber quiénes seguían vivas.
Sofía Naara, que trabaja en el Área de Entrevistas del Archivo y estuvo a cargo de la edición de Carne de cañón, encuentra en ese nacimiento una huella directa de la lucha de organismos de derechos humanos. “Hay algo del origen del Archivo muy inspirado en la lucha de Madres y Abuelas”, explica. María Belén Correa, fundadora y directora del Archivo, había visto un documental en el que le preguntaban a una de las Madres cómo habían podido construir un archivo sin tener nada. “La respuesta fue sencilla y enorme: tenían lo más importante, la memoria de las sobrevivientes”, relata Sofía.
El proyecto de hacer un libro sobre las experiencias de la comunidad travesti trans durante la dictadura existía desde hacía años. Era, dice Sofía, una cuenta pendiente. Las entrevistas que le dieron forma se realizaron entre 2019 y 2026, y a medida que se acercaba el cincuentenario del golpe, la urgencia se volvió más clara.
Para editarlo, Sofía cuenta que trabajó con el Nunca más en la mano, porque comprendió que estaban construyendo un registro que también venía a completar una ausencia fundamental. “Lo que se armó desde el Archivo fue un Nunca más dedicado a la comunidad trans”, asegura. “Aporta conocimiento, visibilidad, existencia, testimonios. Puede parecer redundante decirlo, pero es muy importante porque no estaban al alcance”, explica la editora, y a medida que habla se le va haciendo un nudo en la garganta.
El Archivo conserva miles de fotografías, cartas, pasaportes, documentos de identidad, recortes periodísticos, diarios personales, legajos policiales y otros objetos. Pero no se limita a reunir materiales: los identifica, los conserva, reconstruye sus contextos y vuelve a ponerlos en circulación. Desde 2024, además, desarrolla un registro de entrevistas audiovisuales a adultas trans mayores. Sofía cuenta que ya realizaron 83 entrevistas a compañeras sobrevivientes. “No solo a la dictadura, sino a la policía, a la persecución, a la sociedad, a todo lo que las violentó”, aclara.
Carola trabaja en el área de conservación. Aprendió a limpiar fotografías, manipular papeles frágiles y a proteger materiales que durante décadas sobrevivieron de casa en casa, en valijas, cajones o sobres. Habla del trabajo técnico, pero enseguida aparece otra dimensión. “Cuando compartimos tantas historias, nos vuelve el corazón a la mente”, dice, y enseguida agrega, emocionada: “No es solamente a la mente y a los ojos, es al alma. A veces siento que nosotras estamos ahí adentro”.
Una resistencia luminosa
Ana Oberlin recuerda que recibió la invitación para escribir el prólogo en un momento de tristeza y preocupación. Se acercaba un nuevo 24 de marzo y circulaban discursos que relativizaban los crímenes de la dictadura y hasta la posibilidad de indultar a condenados por delitos de lesa humanidad. La lectura del libro, sin embargo, le devolvió algo que creía debilitado: la esperanza.
“Si bien es un libro que cuenta un montón de violencias −describe la abogada−, me pareció muy hermoso encontrar en muchas de las historias esas historias de resistencia”. No solo las de quienes atravesaron la ferocidad de la dictadura, sino también las de quienes enfrentaron violencias posteriores que, en algunos casos, se profundizaron durante la democracia.
“Hace sentir un inmenso orgullo de lo que se puede crear en este país, incluso desde el horror”, explica. Para ella, esas historias forman parte de una tradición más amplia del movimiento argentino de derechos humanos: la creación de estrategias colectivas para sobrevivir, resistir y transformar el dolor en acción. “Ese horror −afirma− puede convertirse en un motor”.
Carne de cañón cuenta secuestros, torturas, violencias, abusos sexuales, hambre, miedo, persecución policial y expulsiones familiares. Describe vidas marcadas por un Estado (y una sociedad) que las castigó sistemáticamente por existir. Pero también habla de las amistades, las complicidades, los apodos, de quienes sostuvieron nombres, se rieron juntas y construyeron formas de seguir vivas.
Sofía recuerda que casi no hay un episodio doloroso que no esté cruzado por alguna forma de humor. “Hay escenas altamente complejas, pero atravesadas por esa forma que ellas tenían para enfrentarlas”, cuenta. Por eso, durante la edición, se buscó preservar el modo singular de narrar de cada una. En el capítulo de María Ivone, por ejemplo, las detenciones y las situaciones de extrema violencia conviven con escenas de la vida cotidiana y con la personalidad luminosa de la narradora: su uniforme de enfermera “color patito”, sus plumas y su recuerdo de haber sido “la loca de los carnavales”.
Carola también vuelve sobre la risa. “¿Cómo manteníamos esa alegría? Mezclábamos el humor con lo cotidiano”, resume. Habían naturalizado una forma de vivir bajo persecución, de ser “carne de cañón”, pero no por eso dejaron de construir momentos felices. Recordaban los cumpleaños, los festejos, el final y el comienzo de cada año. “El dolor nos hacía valientes, nos daba fuerza para pelear. Era una forma de resistir ante tanta injusticia”, asegura. Ana encuentra allí una de las mayores potencias del libro: su capacidad de desafiar la idea de que después de una violencia extrema solo quedan personas quebradas o condenadas a ocupar para siempre el lugar de víctimas. “A pesar de la violencia que el Estado y el mundo cis imprimieron sobre los cuerpos de las personas trans y travestis, aparece esa resistencia, esa forma de pelear y esa búsqueda creativa, también de alegría”, señala. “Eso me da una sensación de futuro, de esperanza”, asegura.
Juicio Brigadas
El Juicio Brigadas comenzó en octubre de 2020 y juzgó crímenes cometidos en los centros clandestinos de detención conocidos como Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes y El Infierno, que funcionaron en dependencias de la Policía Bonaerense.
Durante décadas, las historias de las mujeres travestis-trans secuestradas en esos lugares habían permanecido fuera de los procesos de Memoria, Verdad y Justicia. Algunas detenciones no habían quedado registradas, muchas sobrevivientes habían muerto jóvenes o se encontraban fuera del país. Otras habían convivido tantos años con la violencia estatal que no se reconocían a sí mismas como víctimas del terrorismo de Estado. Ana comenzó a investigar esos hechos mucho antes de que fueran incorporados al juicio. En 2018, conoció a integrantes del Archivo y juntas comenzaron a buscar a las sobrevivientes. Hasta entonces, el testimonio de Valeria del Mar Ramírez había sido considerado de manera aislada y más vinculado con su militancia que con la persecución relacionada a su identidad de género.
“Estaba presente la idea de que casi no había sobrevivientes”, recuerda la abogada. El trabajo del Archivo resultó decisivo para encontrar a las compañeras y reconstruir sus historias. “El trabajo que hacen es impresionante e imprescindible. Lo necesitamos”, asegura.
Finalmente, un grupo aceptó declarar. En abril de 2023, Carla Fabiana Gutiérrez, Paola Leonor Alagastino, Julieta González, Analía Mártires Velázquez y Marcela Daniela Viegas Pedro contaron ante el Tribunal Oral Federal Nº 1 de La Plata los secuestros, las torturas, las violaciones y los trabajos forzados que sufrieron en el Pozo de Banfield. Fue la primera vez que un juicio de lesa humanidad se enfocó en las declaraciones de cinco mujeres trans y travestis víctimas de la dictadura. Por primera vez pudieron hablar como sobrevivientes y ser escuchadas por la justicia.
Pero sus testimonios no solo permitieron reconocer los delitos cometidos contra ellas. También aportaron información sobre otras víctimas del terrorismo de Estado. Algunas escucharon nacimientos de bebés en el centro clandestino, otras pudieron identificar a represores o relatar lo que ocurría en las celdas próximas.
Para Ana, hasta el juicio Brigadas la comprensión judicial sobre el terrorismo de Estado estaba “sesgada e incompleta”. No solo faltaba reconocer a esas mujeres como víctimas sino también faltaba escuchar todo lo que ellas sabían. “Sus violencias y todo lo que habían vivido eran directamente ignorados por el sistema judicial y, al mismo tiempo, al excluirlas, la investigación también perdía información esencial sobre el funcionamiento de los centros clandestinos”, señala.
En marzo de 2024, el juicio culminó con doce condenas. La sentencia reconoció como delitos de lesa humanidad la persecución, los secuestros, las torturas, las violaciones y la reducción a servidumbre sufridas por las mujeres travestis y trans en el Pozo de Banfield. Por primera vez, esas violencias específicas fueron juzgadas como parte del terrorismo de Estado.
La democracia que no llegó
Cada uno de los relatos del libro deja algo en claro: la dictadura terminó en diciembre de 1983, pero para las personas travestis y trans la persecución no terminó. “El 83 no significó ninguna libertad ni ningún cese de la persecución”, resume Sofía. Carola lo dice todavía de forma más directa: “No tuvimos una democracia. Fue una falsa democracia para nosotras. Por eso le llamamos posdictadura militar”.

Los códigos contravencionales continuaron habilitando detenciones arbitrarias. La policía siguió hostigándolas, encerrándolas y expulsándolas del espacio público. “Teníamos una ley que nos juzgaba, que nos condenaba. Esa persecución de odio no dejó de existir”, recuerda Carola.
Ana advierte que muchas de esas prácticas conservaron los métodos aprendidos durante el terrorismo de Estado. Cambiaron las figuras legales, pero no necesariamente la violencia. Antes eran los códigos de faltas; hoy pueden ser las acusaciones por narcomenudeo u otras formas de criminalización. “Cambian el ropaje de legalidad que a veces se les da a esas violencias, pero no cambian las violencias”, afirma la abogada.
Por eso, el libro no construye una frontera rígida entre dictadura y democracia. Las protagonistas recuerdan los años 70, pero sus historias avanzan hacia las décadas siguientes y muestran cómo la persecución estatal, la expulsión familiar, la falta de trabajo, el acceso restringido a la salud y la violencia social formaron parte de una misma trama.
La segunda vida
Para Carola, el cambio decisivo llegó en 2012, con la sanción de la Ley de Identidad de Género. “Ahí nosotras conocimos la libertad. Verdaderamente pudimos decir: hoy somos libres”, sostiene.
Carola habla de una “vida primera” y una “vida segunda”. La primera estuvo marcada por la persecución policial, los calabozos y la imposibilidad de ser reconocida por su identidad. La segunda comenzó cuando tuvo acceso a un documento, a nuevos espacios y a derechos que hasta entonces le habían sido negados.
“A partir de 2012 empezó a cambiar todo para nosotras. Tuve la oportunidad de tener una vida nueva, una vida segunda”, cuenta. Pero enseguida aclara que ese cambio no fue igual para todas. “Muchas compañeras mayores –señala Carola– continúan sin acceso a empleos formales, otras siguen en el trabajo sexual y las políticas de inclusión laboral no siempre se cumplen. No hay un cien por ciento de integración social. Para nosotras todavía falta mucho”.
A sus casi 64 años, Carola se reconoce como sobreviviente. Durante mucho tiempo se repitió que la expectativa de vida de las mujeres trans era de 30 o 35 años. Ella cuestiona que esa cifra se presente como un destino natural.
“Era por la calidad de vida que teníamos”, señala. La exclusión del sistema laboral, la expulsión familiar, el trabajo sexual como única salida y el abandono empujaron a muchas compañeras hacia contextos violentos. “Yo cumplí 64, pero muchas se quedaron en el camino por la calidad de vida que nosotras teníamos”, explica.
Sobrevivir, entonces, no es un hecho individual. Es también la consecuencia de haber construido refugios y familias allí donde el Estado y la sociedad habían dejado abandono.
Por eso, en Carne de cañón, las mujeres que hablan lo hacen por ellas mismas y también por quienes ya no pueden hacerlo. Nombran a las amigas, recuerdan a las compañeras asesinadas, reconstruyen escenas en las que alguien cuidó a otra, compartió comida, consiguió un lugar para dormir o hizo reír al grupo en medio del miedo.
Carola insiste en que la visibilidad es una forma de reparación. “Es poder visibilizar las historias. Una historia que nos mantuvieron toda una vida callada”, asegura. “Cuántas compañeras –se lamenta– se fueron con ese dolor y nunca lo pudieron contar”.
Publicar el libro permite que esas experiencias dejen de ser leídas como episodios aislados y obliga a revisar los relatos más consolidados sobre la dictadura y la democracia, todavía construidos muchas veces sin las vidas travestis y trans.
Para Ana, la incorporación de esas voces no se limita a completar un archivo del pasado. También brinda herramientas para enfrentar el presente, especialmente cuando vuelven a circular discursos de odio, expresiones que reivindican la dictadura y políticas que amenazan derechos conquistados.
“Es cuando más tenemos que hablar de lo que pasó y de lo que sigue pasando”, señala. También es el momento de aprender de “esas estrategias colectivas, esas complicidades, esas tramas de vínculos y de construcción colectiva” que las compañeras desarrollaron para enfrentarse al horror.
Carola llama resistencia a esa obstinación por seguir de pie. “Nosotras hoy somos libres gracias a haber resistido al maltrato, a la persecución policial, a los encierros, a los calabozos y a los castigos”, destaca. También pide continuar ese trabajo, “para que las nuevas generaciones tengan herramientas para defenderse y para que ninguna de las que quedaron en el camino vuelva a ser olvidada”.
El libro no disimula las violencias ni las heridas que siguen abiertas, pero tampoco deja que el horror tenga la última palabra.