Identificación de restos humanos encontrados en una fosa común, en el laboratorio del Instituto Nacional de Medicina Legal en Bogotá. AFP, Raúl Arboleda.
Madres de falsos positivos en Colombia
Tejiendo memoria y caminando justicia
Raúl Zibechi desde Bogotá
Brecha, 18-9-2026
Correspondencia de Prensa, 20-9-2026
Miles de jóvenes de barrios populares fueron asesinados en décadas pasadas por el Ejército colombiano, presentados como si se tratara de guerrilleros muertos en combate y desaparecidos. A esa práctica se la conoció como falsos positivos. Cada tanto, el descubrimiento de fosas clandestinas reaviva el horror. Brecha se reunió con integrantes de la asociación que nuclea a las madres de esos jóvenes.
«Lo soñé. Lo veía en un potrero inmenso, boca arriba y sangrando por la boca. Lo sentía en mi cuerpo como si fuera real», relata Doris Tejada, madre de Óscar Alexander Morales Tejada, desaparecido el 31 de diciembre de 2007 y asesinado el 16 de enero de 2008. «Desperté a mi esposo y le dije que estaba teniendo un sueño tan tremendo que sentía que de mi vientre me salía un dolor enorme y era la vida que se le estaba yendo. Ese sueño me llevó a reunir a mi familia y decirles que iba a buscarlo.»
A poco de desaparecer Óscar, Doris pudo ver por tevé cómo un grupo de madres en Ocaña, departamento de Norte de Santander, rescataban de la tierra los cuerpos de sus hijos. «Sentía que eso me estaba sucediendo a mí. Esos chicos estaban en una fosa común porque el ejército los había asesinado.» Doris se integró entonces a la asociación de Madres de Falsos Positivos (Mafapo) en el municipio de Soacha.
Óscar estuvo 16 años desaparecido y todo ese tiempo su madre lo buscó; hasta se hizo un tatuaje en el brazo con el rostro de su hijo. «Se cerraban todas las puertas y no me daban nada de esperanza. Pero seguí caminando y hace tres años y medio empecé a hacer unos zapatitos tejidos, y los regalaba en los conversatorios. Mi objetivo era tejer y regalar 6.402, que era en ese momento el número de desaparecidos reconocidos por la Jurisdicción de Paz.»
En 2024 Doris recuperó los restos de Óscar y le pudo dar «cristiana sepultura», según dijo a Brecha persignándose, pero siguió caminando porque necesita saber qué le hicieron. Estaba en una fosa común junto a otros 66 cuerpos. Doris está agradecida al presidente de entonces, Gustavo Petro, que apoyó financieramente la labor de la unidad de búsqueda de desaparecidos. «Cuando Óscar apareció yo ya había entregado 5.150 zapatitos. Fue un remolino de emociones, estaba contenta y triste a la vez. Fue un cambio de vida, ahora estoy en paz y regocijo en mi corazón. Puedo ir a llevarle flores y seguir trabajando para que esto jamás vuelva a repetirse.»
Premios
La práctica de los falsos positivos se inició en la década del 80, cuando arreciaba la lucha contra las guerrillas, y ya era común en los noventa, según documentos desclasificados de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, pero tuvo su momento de mayor intensidad entre 2006 y 2008, durante el gobierno de Álvaro Uribe (2002-2010).
El objetivo de los uniformados que asesinaban jóvenes era obtener recompensas varias (retribuciones económicas, condecoraciones, licencias especiales) por sus supuestos «éxitos» en la lucha contra con la guerrilla. Esos cuerpos valían. La forma de operar de los militares era muy similar a la de los narcotraficantes: acudían a barrios marginales con promesas de empleo en haciendas, se llevaban a jóvenes y terminaban ejecutándolos, no sin antes vestirlos con ropa de camuflaje. La gran mayoría eran enterrados en fosas comunes. Todo salió a luz en 2008, cuando los cuerpos de jóvenes dados como guerrilleros muertos en combate fueron descubiertos poco después en tumbas clandestinas en Soacha. 1 El mismo año, se supo que 27 soldados de la unidad de contraguerrilla Atila 1 del Batallón de Infantería Mecanizado número 6 de Cartagena habían sido destituidos por negarse a ejecutar a jóvenes desarmados.
La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), creada a raíz de los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla de las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) en 2016, actualizó el número de falsos positivos a 7.837. En 2023 el Estado pidió perdón a las víctimas y sus familias en un acto en el que el presidente Petro calificó como «genocidio» estos asesinatos.
Uno de los mayores éxitos de la lucha de las Madres es que cientos de oficiales fueron condenados por la JEP. Otros están siendo investigados. Varios altos mandos confesaron sus crímenes y ahora toda la sociedad colombiana conoce cómo actuaban los militares.
El relato textil
El tejido y la elaboración de telas es habitual entre las personas que defienden los derechos humanos o buscan a sus desaparecidos. Virgelina Chará fue una de las pioneras de esa práctica en Colombia al crear en 2014 la Unión de Costureros. En su tesis de maestría, la investigadora Laura Israel sostiene que «las prácticas textiles son un relato que se construye desde el pensamiento, el corazón, son un relato que guarda los recuerdos, los olvidos y los silencios, a partir de la anudación de símbolos».
Laura sigue a las Madres desde hace años y realiza laboratorios con ellas para comprenderlas y apoyarlas. Asegura que los textiles han incidido en las vidas de estas mujeres y se han convertido en un mecanismo no solo de narración, sino de memoria, denuncia política, social y resistencia frente a episodios de injusticia, pero también una herramienta de reparación emocional. «El trabajo textil las coloca en una vibración sensitiva e incorpórea que les permite conectar todas las partes de su cuerpo a este ejercicio artístico», dice.
Se trata de mujeres con historias de violencia desde la niñez, apunta Israel. «Al comenzar, los colectivos de madres tenían conflictos fuertes porque la violencia habita también en ellas», señala, apostando a que «el texto-tejido simbólico, las grandes telas, las muñecas quitapesares, los zapatos sean mecanismos de sanación. Coser juntas, por lo menos aquí en Soacha, es una suerte de juntanza femenina que abre la posibilidad de interpretarnos, reflexionarnos, entrelazarnos y dar paso a la construcción de nuevas narrativas simbólicas para la construcción de la memoria».
La voz ronca de Virreina explica los tejidos, aguja en mano: «No estamos remendando un pantalón o una camisa, estamos remendando un país que está roto. Remendamos un continente que a gritos está pidiendo un cambio del modelo político, económico y cultural. Y, muy en particular, la transformación del modelo educativo», dice sin soltar la aguja. Para ella se trata de unir a las familias, desmembradas por la guerra. Allí donde van, siguen cosiendo sus telas, ya sea en una charla pública, en un debate universitario o en reuniones con otras organizaciones. «Cosemos y arropamos los sitios simbólicos del país, donde han pasado hechos que han dejado víctimas, masacres y violaciones».
Laura lo explica de un modo más poético que académico: «Mafapo es una comunidad de mujeres que tras un episodio fatídico que dividió sus vidas y fracturó sus corazones se encontraron y se tejieron en torno a la similitud de sus historias, enfocándose en el trabajo colectivo de indagar y hacer memoria alrededor de hallar la verdad frente al asesinato de sus hijos y hermanos. Este ejercicio de resistencia y resiliencia les ha permitido narrar una y otra vez sus experiencias desde diversos lenguajes artísticos».
En una ronda donde convergen Madres y jóvenes hiphoperos de la periferia bogotana, alguien insinúa que la organización colectiva es como los tejidos, que empiezan con algunos hilos, pero no se terminan, porque un tapiz se conecta con otros y otros, mientras la memoria de los hijos e hijas sigue hilando sus vidas.
Nota
- En agosto pasado, con el terremoto que azotó a Colombia, en un cementerio de Valle del Cauca varias bóvedas se abrieron y dejaron al descubierto cadáveres vestidos con prendas de camuflaje militar y botas de caucho. Eran falsos positivos. ↩