Columna de humo tras un ataque militar israelí en ciudad de Gaza, visto desde el centro de la Franja de Gaza, el 6-10-2025. (Ali Hassan/Flash90)
Muhammad Shehada*
A l’encontre, 8-10-2025
Traducción de Correspondencia de Prensa, 12-10-2025
«Las palabras ya no tienen ningún sentido». Es uno de los sentimientos más comunes que escucho de sus familiares, amigos y colegas que están aún en Gaza. Dos años después del implacable genocidio perpetrado por Israel, no solo nos queda una estela de cadáveres y ruinas, sino también un brutal desvanecimiento del sentido mismo. Palabras como «atrocidad», «sitio», «resistencia» e incluso «genocidio» han perdido su significado a fuerza de repetirlas, incapaces de soportar el peso de lo que los palestinos han soportado día tras día, noche tras noche.
Durante los primeros días después del 7 de octubre, hablaba por teléfono con mis seres queridos en la medida en que era posible, sabiendo que cada conversación podía ser la última vez que oía sus voces. Por lo general, hablábamos de su angustia, su desesperación y su miedo a que la muerte se acercara a ellos. Algunos me mandaban sus últimas voluntades o su testamento; otros incluso empezaban a desear la muerte como un alivio a este apocalipsis sin fin.
Pero después de 24 meses, el silencio se ha impuesto. Todo ha sido dicho, cada sentimiento ha sido expresado una y otra vez, hasta el punto de quedar completamente vacío de sentido. Cuando hablo con quienes siguen atrapados en Gaza, su silencio va acompañado de la vergüenza de mendigar ayuda —una tienda de campaña, comida, agua o medicinas— y mi vergüenza es aún mayor, porque soy incapaz de conseguirles nada.
Mis seres queridos se han convertido en fantasmas de sí mismos. Han sido destruidos una y otra vez durante 730 días de bombardeos incesantes, hambruna y desplazamientos. Se ven reducidos a buscar comida y refugio, mientras que son atacados dondequiera que vayan. Cada aspecto de su vida se ha convertido en una lucha encarnizada por la supervivencia.
Quienes logran escapar de este campo de concentración quedan físicamente transformados. Hace poco me encontré con mi prima en las calles de El Cairo y no la reconocí. Antes era una mujer alta y sana, de unos cuarenta años, pero ahora estaba reducida a un esqueleto, con el rostro arrugado y ennegrecido, y los ojos hundidos y pálidos. Mi abuela, de 77 años, también salió esquelética y desde entonces está en cama, prostrada.
Para aquellos que aún están atrapados adentro, el daño físico es casi imposible de describir con palabras. Mi primo Hani está actualmente sitiado en la ciudad de Gaza, al no haber podido pagar el exorbitante costo de huir hacia el sur antes de que los tanques israelíes rodearan su barrio. Aunque solo tiene unos cuarenta años, la delgadez causada por la campaña de hambruna llevada a cabo por Israel le da el aspecto que tenía mi abuelo poco antes de morir a los 107 años.
Y eso sin tener en cuenta el costo psicológico del genocidio para la población de Gaza. La magnitud real de ese costo solo quedará clara una vez que terminen los bombardeos y los sobrevivientes recuperen la energía mental necesaria para procesar los recuerdos y las emociones que su cerebro ha reprimido durante mucho tiempo mientras estaban en modo de supervivencia.
Gaza se ha convertido en un lugar donde la muerte es tan constante y la sobrevivencia tan comprometida que incluso el silencio habla ahora más alto que cualquier llamamiento a la justicia. Y el legado de este genocidio nos acompañará durante generaciones, porque Israel le ha conferido a cada habitante de Gaza una venganza personal.
«En el más allá, le pediré una sola cosa a Dios: que obligue a los israelíes a dedicarse también a la búsqueda de agua y comida bajo los bombardeos aéreos, todos los días, todo el día», decía mi difunto amigo Alí, antes de morir en un bombardeo aéreo el año pasado mientras caminaba cerca del hospital Al-Aqsa en Deir Al-Balah.
Cambio en el apoyo a Hamás
Es difícil predecir cómo el trauma colectivo resultante de la destrucción de Gaza moldeará las convicciones de los palestinos a largo plazo. Pero recientemente han surgido dos tendencias predominantes que parecen algo contradictorias.
Por un lado, existe un resentimiento creciente hacia Hamás por haber lanzado los ataques del 7 de octubre, incluso entre los propios miembros y altos dirigentes de la organización. Varios responsables árabes me han confiado que Jaled Meshaal, uno de los fundadores de Hamás y líder desde hace mucho tiempo de su buró político, así como otras personalidades afines del ala moderada de la organización, calificaron este ataque de «imprudente» y «desastroso» a puerta cerrada, al tiempo que criticaban la forma en que Hamás ha encarado la guerra.
Esta primavera también se caracterizó por varios días de manifestaciones populares espontáneas contra Hamás en toda la Franja de Gaza, exigiendo que el grupo pusiera fin a la guerra a toda costa antes de retirarse del poder. Pero esas manifestaciones fueron finalmente de corta duración, sobre todo después de que el Gobierno israelí [junto con los principales medios de comunicación «occidentales»] comenzara a explotarlas tanto para justificar su campaña militar como para desviar la atención de las atrocidades cometidas sobre el terreno.
Sin embargo, al mismo tiempo, el genocidio perpetrado por Israel y la amenaza existencial de una expulsión masiva de Gaza convirtieron a algunos de los detractores más virulentos de Hamás en sus más fervientes partidarios. Incluso entre quienes critican los acontecimientos del 7 de octubre, existe un temor generalizado de que, si Hamás es aplastado, Israel ocupará Gaza indefinidamente con una oposición mínima por parte de la comunidad internacional. Según este punto de vista, solo una insurrección militar continua de Hamás puede impedir el control permanente de Israel y la limpieza étnica completa del enclave.
Un ejemplo típico es el de una mujer llamada Asala, que solo tenía 7 años cuando unos militantes de Hamás asesinaron a su padre, coronel de la Autoridad Palestina (AP), durante el conflicto entre Hamás y Fatah en 2007. Esa pérdida devastadora la marcó de forma indeleble, alimentando un profundo odio hacia Hamás, un odio que mantuvo hasta la edad adulta. Antes de 2023, los criticaba regularmente en las redes sociales en términos muy virulentos, aunque seguía viviendo en Gaza. Pero a medida que se intensificaban los ataques israelíes, comenzó a elogiar a los militantes de Hamás por desafiar la presencia del ejército israelí en Gaza y vengarse.
De hecho, los horrores que Asala presenció durante 24 meses de bombardeos, desplazamientos y hambruna la habían transformado. «Las masacres aumentaron nuestro resentimiento hacia Israel», me confió. «[Los palestinos] deberían dejar de lado su rencor y dirigir su odio únicamente contra la ocupación israelí».
Del mismo modo, Mohammed, un periodista de investigación de Gaza que fue secuestrado y torturado por Hamás, se convirtió recientemente en un ferviente partidario de las facciones de resistencia armada en Gaza. Me confesó que el genocidio perpetrado por Israel, con el pleno apoyo de los gobiernos occidentales, había reforzado su convicción en la resistencia armada. «Hay personas que nunca han apoyado a Hamás ni a la resistencia, pero después de que Israel matara a sus familias, su punto de vista ha cambiado y ahora reclaman justicia», afirmó.
Este apoyo a la resistencia armada persistirá, e incluso se intensificará, mientras continúe el genocidio o si el ejército israelí se mantiene en Gaza después de un alto el fuego, impidiendo la reconstrucción. Pero si se firma un acuerdo permanente que prevea la retirada completa de Israel, el levantamiento del bloqueo asfixiante impuesto por Israel y un horizonte político visible, los habitantes de Gaza ya no tendrán motivos para aferrarse a la lucha armada. De hecho, muchos de los que apoyan la insurrección de Hamás serán los primeros en denunciar al grupo tan pronto como termine la guerra.
«La resistencia armada no ha logrado cambiar las cosas».
Lo que históricamente ha dado más credibilidad a la estrategia de resistencia armada de Hamás entre los palestinos no es el llamado a la violencia o al sacrificio, sino más bien el fracaso de todas las demás alternativas. La diplomacia, las negociaciones, las peticiones ante organismos y tribunales internacionales, la persuasión moral y la resistencia no violenta han sido recibidas con silencio por parte de la comunidad internacional, mientras Israel sigue matando a palestinos y palestinas y expulsándolos de sus tierras.
Antes del genocidio, cada vez que le preguntaba a un líder de Hamás por qué la organización no reconocía oficialmente a Israel y no renunciaba a la violencia, la respuesta era siempre la misma: «Abu Mazen [el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás] ya ha heccho todo eso y más aún, colabora con Israel. ¿Puede citar una sola cosa positiva que le hayan dado a cambio?». A continuación, describían cómo Israel no solo ignora las concesiones de Abás, sino que humilla, priva de financiación, castiga y diaboliza a la Autoridad Palestina.
Hoy, sin embargo, tras la guerra más larga de la historia palestina, se le planteará a Hamás la misma pregunta: ¿qué han conseguido con todo esto?
De hecho, los últimos dos años han socavado las principales razones que sustentaban el compromiso de Hamás con la resistencia armada. La primera era la convicción de que solo la fuerza militar podía desafiar eficazmente el bloqueo y la ocupación israelíes. Como argumentó en 2018 el veterano periodista israelí Gideon Levy, «si los palestinos de Gaza no disparan, nadie los escucha». Cuatro años después, un miembro del Knesset me dijo lo mismo: «En cuanto Gaza deja de lanzar cohetes, desaparece, y nadie se molesta en hablar de ella».
Pero después de cada escalada con Israel desde su llegada al poder en 2007, Hamás solo ha obtenido lo que los habitantes de Gaza llamaban «analgésicos y anestésicos»: una vuelta al statu quo anterior y algunas promesas verbales de flexibilización del bloqueo israelí que nunca se han materializado. Se trataba de la estrategia explícita de contención y pacificación aplicada por Israel.
Años antes de ser asesinado en un ataque israelí en Beirut en enero de 2024, Saleh Al-Arouri, miembro de Hamás, reconoció el fracaso de este enfoque en una llamada telefónica que se había filtrado. «Francamente, la resistencia armada no ha logrado cambiar las cosas», admitió. «La resistencia ha dado ejemplos heroicos y ha llevado a cabo guerras honorables, pero el bloqueo no ha sido roto, la realidad política no ha cambiado y no se ha liberado ningún territorio».
Hamás también defendía su enfoque como una forma de disuasión contra la escalada israelí en Cisjordania o Jerusalén. Esto quedó claramente de manifiesto durante la «Intifada de la unidad» de mayo de 2021, cuando Hamás lanzó cohetes hacia Jerusalén en respuesta al aumento del terrorismo de los colonos y al desalojo forzoso de familias palestinas de sus hogares en el barrio de Sheikh Jarrah. Pero tan pronto como se acordó un alto el fuego, al cabo de 11 días, Israel no hizo más que intensificar sus ataques en Cisjordania, y los dos años siguientes fueron los más mortíferos en ese territorio desde 2005.
También en 2021, los dirigentes de Hamás se dejaron seducir por la idea de una escalada importante en varios frentes que obligaría a Israel a satisfacer las reivindicaciones palestinas. Preveían una ofensiva desde Gaza y una intifada en Cisjordania, Jerusalén Este y el interior de Israel, junto con ataques desde Siria, Líbano, Yemen, Irak e Irán, mientras que las poblaciones árabes de Jordania y Egipto se levantarían simultáneamente y marcharían hacia sus fronteras con Israel, lo que pondría al Gobierno israelí entre la espada y la pared.
Sin embargo, después del 7 de octubre, esta estrategia también se vino abajo. Lo que había comenzado como un enfrentamiento limitado en varios frentes terminó cuando Israel logró alcanzar un alto el fuego con Hezbolá e Irán, mientras que la Autoridad Palestina e Israel reprimieron cualquier posibilidad de levantamiento popular. Solo los hutíes de Yemen siguen activos como último frente de este antiguo «eje de la resistencia».
«Los palestinos no pueden hacer nada»
Es poco probable que Hamás lance otro ataque como el del 7 de octubre en un futuro previsible. Muchos analistas coinciden en que lo que permitió que el asalto tuviera éxito fue que tomó a Israel completamente por sorpresa, un elemento sorpresa desaparecido desde hace mucho tiempo, al igual que la probabilidad de que Israel repita los mismos errores tácticos y de inteligencia.
Hamás es muy consciente de ello, por lo que, durante las negociaciones de esta semana sobre el último plan del presidente estadounidense Donald Trump para poner fin a la guerra, ha comunicado a los mediadores su voluntad de desactivar sus «armas ofensivas», conservando al mismo tiempo «armas defensivas» ligeras, como rifles y misiles antitanque. El énfasis en estas armas defensivas se debe al temor de que Israel se retracte de su retirada de Gaza o lleve a cabo incursiones regulares sin encontrar resistencia, como en Cisjordania.
Hamás también podría necesitar estas armas ligeras para hacer cumplir el alto el fuego y conseguir la adhesión de sus propios miembros, así como de otros grupos más pequeños pero más radicales. También podría considerar que un desarme completo crearía un vacío de seguridad en Gaza, que podría ser llenado por grupos salafistas y yihadistas o bandas criminales, como la milicia Abu Shabab, apoyada por Israel. Y, por supuesto, existe el temor a represalias sociales, a que la gente ataque a los miembros de Hamás en las calles.
Pero incluso si Hamás logra alcanzar un acuerdo para poner fin a la guerra, que incluya la retirada completa de Israel y permita al grupo conservar «armas defensivas», la resistencia armada —antes considerada la última carta que jugar tras el fracaso de las negociaciones, la diplomacia y los llamamientos a la moral— yace ahora en el mismo cementerio de estrategias fallidas. Dos años después del inicio del genocidio, lo que queda no es la convicción, sino el derrumbe: el del lenguaje, de la esperanza, de la política y de todos los llamamientos lanzados por los palestinos ante su aniquilación.
El año pasado, le pregunté a un alto funcionario de la Unión Europea qué pensaba que los palestinos deberían cambiar y qué consejos les daría a la Autoridad Palestina, a Hamás y al pueblo palestino. Después de pensarlo un poco, se recostó en su silla, desesperado. «Los palestinos no pueden hacer nada», admitió. «Ya lo han intentado todo».
En el mejor de los casos, el último plan de Trump pondrá fin a la guerra, pero lo que perdurará no será una hoja de ruta, sino un vacío político. Y en ese vacío, los palestinos tendrán que enfrentarse a la más dura de las verdades: sea cual sea el camino que elijan —la sumisión silenciosa o la resistencia armada—, el mundo ya ha fracasado, no ha podido impedir el genocidio de su pueblo. Es un hecho irreversible.
Muhammad Shehada es escritor y analista político de Gaza. Es investigador invitado en el Consejo europeo de relaciones exteriores.
-Artículo original publicado en +972 Magazine, 7-10-2025