¡Alto al baño de sangre en Kivu del Norte!
Gauche Anticapitaliste, Bélgica, 30-1-2025
Traducción de Viento Sur, 8-2-2025
Correspondencia de Prensa, 8-2-2025
En la noche del domingo al lunes [27 de enero], el ejército del Movimiento 23 de Marzo (M23) irrumpió en la ciudad de Goma, capital de Kivu del Norte, en el este de la República Democrática del Congo (RDC), lo que marca una nueva escalada de violencia en la zona. Aunque la mayor parte de la ciudad está ahora en manos del M23, la situación sigue siendo muy incierta y todavía continúan los enfrentamientos localizados. Desde 2012, la región es escenario de conflictos entre el ejército congoleño (FARDC) y varias milicias armadas, de las cuales el M23, apoyado por el gobierno ruandés, constituye la principal fuerza (entre otros 200 grupos paramilitares). Tras la toma de Goma y mientras la situación sigue inestable, las tropas paramilitares se dirigen ahora hacia el sur del país, y es posible que su objetivo sea derrocar al régimen de Félix Tshisekedi.
Estos enfrentamientos sumieron a la región en una gran inestabilidad social y política, provocando el desplazamiento forzado de más de 400.000 congoleños y el establecimiento de varios campos de refugiados alrededor de la ciudad. Se estima que en los últimos treinta años, el saldo humano en Kivu del Norte ha alcanzado los 6 millones de muertos y más de 7 millones de refugiados.
Una guerra de 30 años
Este conflicto surgió tras el exilio en Kivu del Norte de generales hutus expulsados por el nuevo poder tutsi tras el genocidio de 1994. Estos antiguos oficiales de alto rango se organizaron entonces en una milicia y atacaron a los tutsis congoleños, provocando las dos guerras del Congo (1996-1997 y 1998-2002). Estos fueron el preámbulo de la situación actual, marcada por la intensificación sucesiva de la violencia en 2012 y 2021 y por la progresión militar del M23 en la región, a pesar de los intentos de las FARDC de recuperar el control del territorio. El último informe de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) denuncia un aumento muy fuerte de la violencia sexual en Kivu: más de 25.000 mujeres han sido tratadas, sin contar las que prefieren permanecer en silencio. En el suelo de Kivu están presentes numerosos metales estratégicos, en primer lugar oro, pero también estaño, litio, níquel, tantalio, cobalto y tungsteno, que se utilizan en teléfonos, automóviles, etc., aparatos eléctricos y numerosas producciones de industrias de alta tecnología, por ejemplo, aleaciones para aviones, cohetes y misiles). Estos recursos son codiciados por Ruanda, que alimenta el conflicto apoyando directamente al M23, y también interesan a muchas multinacionales que se abastecen en Ruanda, que no tiene ni una sola mina de coltán o tantalio pero que se ha convertido, en pocos años, respectivamente en el primer y tercer exportador mundial de estos “minerales de sangre”. ¡Un tercio del coltán mundial pasa por Ruanda y escapa de la RDC! La inestabilidad política y social resultante permite la explotación brutal de las poblaciones locales, incluidos los niños, en el trabajo minero, en beneficio de Kigali. Según la Autoridad Minera del país, en 2023 sus ingresos por exportaciones de minerales aumentaron un 43%, alcanzando más de 1.100 millones de dólares. Muchas potencias imperialistas dependen de estos minerales para implementar la transición “verde”. La situación de la región ilustra así las consecuencias del capitalismo extractivo y depredador al que están sometidos los países neocolonizados.
Por otra parte, el gobierno congoleño de Félix Tshisekedi no es capaz de poner fin al conflicto. Deslegitimado por una política cada vez más represiva hacia la población, una corrupción endémica dentro del Estado y fuertes sospechas de fraude electoral, el gobierno debe lidiar también con un ejército mal pagado e indisciplinado que no duda en colaborar con milicias hostiles al régimen para saquear los recursos y atacar a las poblaciones locales. Los tres días de silencio del presidente congoleño tras el asalto del 26 de enero reflejan claramente la incapacidad del régimen para responder a la escalada de violencia.
El silencio cómplice de la Comunidad Internacional
Mientras la perspectiva de una solución negociada bilateral está bloqueada, ya que Tshisekedi se niega a hablar con el agresor Kagame, todas las miradas se dirigen a las potencias internacionales implicadas directa o indirectamente en el conflicto. A pesar de la larga duración de las hostilidades y la catástrofe humanitaria resultante, la comunidad internacional ha mostrado una gran pasividad ante la interferencia de Ruanda durante muchos años. Este silencio se explica por los vínculos diplomáticos que Kigali mantiene con varios países capitalistas avanzados. Paul Kagame mantiene buenas relaciones con Estados Unidos, que le proporciona un importante apoyo económico, con Francia, cuyo ejército participa directamente en la formación de los oficiales de las fuerzas armadas ruandesas, y con China, que se beneficia del saqueo de los recursos congoleños por parte de Ruanda para financiar su industria a bajo costo como parte de su puesta al día tecnológica. Recordemos también el proyecto de reforma liderado por el gobierno británico de Boris Johnson y luego de Rishi Sunak, finalmente abandonado por el laborista Keir Starmer, que consistía en expulsar a las poblaciones inmigrantes del Reino Unido hacia Ruanda.
Así debemos entender la tibia reacción del Consejo de Seguridad de la ONU al final de una reunión de urgencia celebrada este domingo 26 de enero, tras la intensificación de la violencia en Goma tras la ofensiva liderada por el M23. China, por ejemplo, no ha nombrado al gobierno ruandés como uno de los responsables del conflicto para no envenenar sus relaciones con Kigali. Aunque Estados Unidos, Francia y el Reino Unido han denunciado la responsabilidad de Ruanda en el ataque, las protestas se han quedado en lo puramente verbal: todavía no se han tomado medidas concretas para obligar al ejército ruandés a retirar los 3.000 a 4.000 soldados actualmente presentes en la República Democrática del Congo y poner fin a su apoyo económico y militar a las milicias armadas. Kigali, sin embargo, depende en gran medida del apoyo de estos países: en 2012, cuando el M23 ya había conseguido apoderarse de Goma, la presión del gobierno de Obama sobre Kigali permitió a la RDC recuperar rápidamente el control del territorio y debilitar de forma permanente a la milicia paramilitar.
Esta hipocresía de la comunidad internacional ha sido denunciada durante muchos años por la población congoleña. Este martes 28 de enero, manifestantes atacaron varias embajadas extranjeras (la de Ruanda, pero también de Estados Unidos, Francia y Bélgica) en Kinshasa para expresar su ira ante la inacción de las potencias imperialistas.
La enorme responsabilidad de Bélgica
Gran parte de la tensión étnica en la República Democrática del Congo es parte del legado colonial belga. Las fronteras de los países africanos fueron trazadas en 1885 por la Conferencia de Berlín sin tener en cuenta las diversas responsabilidades históricas entre los diferentes grupos étnicos de la región. Además, ciertas rivalidades fueron deliberadamente inflamadas por las autoridades coloniales belgas, en particular las que existían entre hutus y tutsis, que condujeron al genocidio ruandés de 1994, y en las que se basa hoy el gobierno de Paul Kagame para justificar sus incursiones militares en Kivu del Norte afirmando defender a la población tutsi contra las milicias hutus en el exilio tras el fin del genocidio
Además, la República Democrática del Congo sigue hoy aplastada por una pesada deuda, heredada desde su independencia en 1960, y resultante de los préstamos contraídos por el gobierno colonial belga. Desde entonces, esta deuda cada vez mayor ha sido explotada por el FMI para imponer al país una política neoliberal que mantiene a la población en una situación de gran precariedad.
Por último, si bien es evidente desde hace años que la intervención militar de Ruanda en la República Democrática del Congo está provocando una situación humanitaria muy grave, Bélgica no ha puesto hasta ahora fin a su programa de cooperación al desarrollo con ese país, financiando así indirectamente a los rebeldes del M23.
Exigimos
-Alto el fuego inmediato en Goma y en toda la región;
-Tropas ruandesas fuera del territorio congoleño;
-Anulación de las deudas odiosas e ilegítimas de la RDC con Bélgica;
-Eliminación del “Memorando de Entendimiento sobre Cadenas de Valor Sostenibles de Materias Primas” y cooperación militar, firmado recientemente por la Unión Europea y Ruanda;
-Detener la interferencia: poner fin al apoyo de Ruanda a todas las milicias armadas y al apoyo económico y militar de las potencias imperialistas al gobierno de Ruanda;
-Autodeterminación del pueblo congoleño.
***
La República Democrática del Congo desamparada ante la agresión de Ruanda
Paul Martial
L’Anticapitaliste, 6-2-2025
Traducción de Correspondencia de Prensa
El rápido avance de las tropas ruandesas en la República Democrática del Congo, ilustrado por la toma de Goma, no permite aclarar las intenciones de Ruanda.
La capital del Kivu del Norte, Goma, ha caído. Las tropas conjuntas de la milicia M23 y Ruanda derrotaron el dispositivo de urgencia desplegado para defender la ciudad. Estaba compuesto por el batallón especial de la Monusco (Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en la República Democrática del Congo) y las tropas de Sudáfrica desplegadas en el marco de la Sadec, la estructura regional de África austral.
Incertidumbre sobre la política ruandesa
El avance del M23 y de las tropas ruandesas en el este del país, que incluye Kivu del Norte y del Sur, así como Ituri, parece inevitable. El presidente congoleño Félix Tshisekedi solicitó los servicios de una empresa de mercenarios rumanos que se suponía que marcaría la diferencia gracias al uso de drones. Pero no contaba con la eficacia de la defensa antiaérea y la interferencia GPS del ejército ruandés, que inutilizaron estas armas.
En los territorios conquistados, los milicianos del M23 han establecido una nueva economía que permite la explotación de coltán y oro, cuya producción va a parar a Ruanda. Las pérdidas para Kivu del Norte se estiman en 7 millones de dólares al mes. Más allá del aspecto económico, los objetivos de Ruanda siguen siendo vagos. De hecho, aunque el embajador itinerante de Ruanda para la región de los Grandes Lagos, Vincent Karega, declaró que los milicianos del M23 «continuarán en Kivu del Sur, porque Goma no puede ser un fin en sí mismo», el Ministerio de Asuntos Exteriores de Kigali lo desmintió de inmediato. Sin embargo, James Kabarebe, un importante dirigente del país de las Mil Colinas (Ruanda), reivindica las dos regiones como históricamente ruandesas.
Al mismo tiempo, Corneille Nangaa, líder de la Alianza del Río Congo (AFC), que afirma ser el ala política del M23, afirma: «Nuestro objetivo no es Goma ni Bukavu, sino Kinsasa, la fuente de todos los problemas». La AFC está haciendo un gran esfuerzo para tratar de unir a las diferentes milicias armadas, muy numerosas en la región. Dada la situación, no se descarta que algunos wazalendo (los patriotas en kiswahili) que luchaban junto a las fuerzas armadas congolesas cambien de bando.
Cualquiera que sea el objetivo de Ruanda, ya sea transformar la región oriental de la RDC en una especie de dominio o derrocar el poder para favorecer a un gobierno asociado, o incluso subordinado a Kigali, el desafío para Ruanda es la administración de estos vastos territorios.
La Repulica Democrática del Congo está aislada
Esto es, obviamente, un duro golpe para Tshisekedi, quien había hecho de la defensa de la soberanía su principal argumento electoral en las últimas elecciones presidenciales. Lanzó un llamado a la unidad nacional, exhortando a los jóvenes a enrolarse en el ejército. Anunció una contraofensiva que corre el riesgo de no ir más allá de la retórica, dado el estado de deterioro del ejército congoleño, sobre todo porque pocos países de la región están dispuestos a comprometerse militarmente.
En el plano diplomático, la situación no es mucho mejor. Es cierto que la mayoría de los países han condenado la toma de Goma, pero estas declaraciones no van acompañadas de medidas disuasorias. Los países occidentales no tienen muchas ganas de enemistarse con el presidente ruandés Paul Kagamé, que sigue siendo un fiel apoyo del bando occidental al proteger las infraestructuras de las grandes petroleras, entre ellas TotalEnergies, en Mozambique. Además, su liberalismo autoritario no les desagrada, por supuesto, a Trump y sus acólitos.
Las negociaciones también parecen estar en callejón sin salida. Tshisekedi rechazó la invitación del keniano William Ruto para reunirse con Kagamé. Prefirió viajar a Angola, donde el presidente João Lourenço ya ha mediado entre los dos países. Lourenço denunció la toma de Goma por parte de Ruanda, a riesgo de comprometer su neutralidad con Kigali.
En esta guerra, la población civil es la que paga el precio más alto de la agresión de Ruanda en la República Democrática del Congo, especialmente las mujeres y las niñas víctimas de violaciones y agresiones sexuales, las cuales se han multiplicado.