Ucrania – ¿Qué hace y qué piensa la izquierda ucraniana? [Jan Ole Arps]

Domingo por la mañana, estación de ferrocarril de Kiev. En la mayoría de las ventanas no hay luz se debido al corte de electricidad. Foto: Jan Ole Arps

Once meses de guerra

¿Qué hace y qué piensa la izquierda ucraniana?

Suministro eléctrico destruido, nacionalismo creciente y economía destrozada: ¿qué hace la izquierda ucraniana? Una visita a Kiev.

A l’encontre, 13-1-2023

Traducción de Correspondencia de Prensa, 14-1-2023

Sobre la cuestión de ir o no al refugio en caso de ataque aéreo, las opiniones difieren. «Si puedo, siempre voy», dice Brie, un activista de izquierda que trabaja en la reconstrucción de las regiones liberadas de Ucrania. «Nunca he estado en un refugio», anuncia con orgullo Aleksandr Skyba. «Tendrías que tener muy mala suerte para que te golpee -además, ¿qué es esa porquería?»

Skyba es maquinista de locomotoras y conduce trenes de mercaderías por todo el país; al principio de la guerra transportaban suministros de emergencia y personas que huían, ahora son materiales de construcción o equipos militares. El hecho de que no se preocupe demasiado por los ataques con proyectiles es preferible en su trabajo: los trenes funcionan, haya ataque aéreo o no. Por ejemplo, el miércoles 23 de noviembre, cuando el sistema de alerta empezó a sonar, poco después de la una de la tarde.

Ese día, Skyba nos invitó al depósito ferroviario, que incluía un viaje en tren. En el depósito al este de Dnipró, en Kiev, hay vagones de mercaderías. Es ahí donde los maquinistas vienen a recoger sus formularios para el transporte. Se respira un ambiente tranquilo. Al principio de la guerra, las jornadas laborales solían durar entre 20 y 30 horas, pero hoy en día es diferente. Después de casi un año de guerra, la economía se encuentra por el suelo, se han reducido las horas de trabajo, muchos trabajadores ferroviarios sólo trabajan un tercio del horario habitual y, por lo tanto, cobran menos. La mayoría de los colegas tienen problemas financieros, informa Skyba. Trabajar en las locomotoras antiguas es peligroso, las lesiones son frecuentes. La locomotora, cuya cabina está en mantenimiento, data de los años 70, modelo WL80. WL son las siglas de Vladimir Lenin.

Skyba es representante en Kiev del Sindicato Libre de Trabajadores Ferroviarios de Ucrania (VPZU), la alternativa más radical a la gran FPTU (Federación de Sindicatos del Transporte de Ucrania). Hasta ahora, han conseguido evitar los despidos. ¿Cómo? «Amenazamos a la dirección», sonríe Skyba. ¿Con qué? «Tenemos nuestros métodos». No dice nada más. Entonces, se corta la corriente, la locomotora se detiene en un pequeño bosque al sureste de Kiev. Los misiles habían cortado la electricidad en todo el país. En un momento dado, Skyba me dice: «Vamos a pie». Y avanza, caminando en la nieve.

Todas las centrales eléctricas, excepto los tres reactores nucleares que quedan en Ucrania, fueron impactadas por los misiles, las subestaciones eléctricas destruidas. Para no sobrecargar la red, todos los hogares se quedan sin electricidad a horas fijas, varias horas al día. Los más ricos invirtieron en generadores y se oye el zumbido de éstos por todas partes. El centro de la ciudad ofrece así una imagen de relativa normalidad: las tiendas están iluminadas, las carteleras publicitarias brillan, los bares y restaurantes están abiertos. Si uno se aleja del centro, las calles se vuelven más oscuras.

¡Que paguen los oligarcas!

Los ataques con misiles, inicialmente declarados por Moscú como reacción a la voladura del puente de Crimea, se han convertido en una táctica de guerra permanente del Kremlin. La destrucción del suministro energético es un acto de terror contra la población civil y, en tanto que ataque selectivo contra objetivos civiles, es un crimen de guerra. Pero Rusia no tiene el monopolio al respecto. Turquía está atacando la red energética de las zonas kurdas del norte de Siria. Arabia Saudita destruyó infraestructuras civiles en Yemen en 2015. La OTAN utilizó este método en 1999, en la guerra contra Serbia. Un portavoz de la OTAN explicó en ese entonces que ello demostraba que la OTAN podía «cortar los sistemas de suministro cuando lo quisiera». La amenaza de un apagón en Ucrania también es motivo de reflexión para quienes llevan mucho tiempo acostumbrados a la situación. «No te acostumbras a los tiroteos», dice Brie, activista de Socialnij Ruch (Movimiento Social). «Los ataques son siempre estresantes. Pero no te puedes imaginar cómo puede ser cuando tres millones de personas no tienen agua y están en apartamentos helados».

Socialnij Ruch es una pequeña organización de izquierda implantada en Kiev. Fue fundada en 2015 para construir una «nueva izquierda» socialista, democrática, feminista y ecológica. No es tan sencillo en estos tiempos, afirma Vitaliy Dudin, presidente de la organización: la ley marcial facilita a la policía la dispersión de las concentraciones; existe un sentimiento generalizado de que la sociedad debe mostrarse unida para no comprometer su defensa. «Pasará mucho tiempo antes de que podamos volver a la vida política normal con manifestaciones y huelgas». Así, Socialnij Ruch sólo critica los planes sociopolíticos del gobierno, no la defensa militar, que apoya. La organización de izquierda apoya las protestas contra el cierre de instituciones culturales en Kiev, cuyos fondos están siendo recortados, y las acciones de las enfermeras del oeste de Ucrania, que reclaman salarios pendientes de pago. El gobierno de Kiev viene deconstruyendo la legislación laboral en los últimos meses. Los subsidios por desempleo se han reducido a 6.700 jrivnia, unos 180 euros, y la duración de las prestaciones ha sido limitada a 90 días. El Estado se está quedando sin dinero. Los ingresos se han desplomado, la ayuda financiera internacional es absorbida por el elevado gasto de defensa.

«El neoliberalismo belicista del gobierno no ofrece perspectivas», dice Dudin. «En lugar de ir a buscar el dinero de los oligarcas, reforzar el sector público y desarrollar nuestra propia industria pública de armamentos, debilita nuestra sociedad y la hace más dependiente de los países de la OTAN. No creo que las personas que huyeron al extranjero tengan muchas ganas de trabajar aquí después de la guerra por salarios bajos. Muchos tratarán de quedarse en el extranjero».

Los activistas de Socialnij Ruch están convencidos de que existe apoyo en la sociedad para las ideas de izquierdas. Los ucranianos han hecho la experiencia de que lo único que funciona bien son los ferrocarriles públicos, que pusieron a salvo a decenas de miles de personas. No puede decirse lo mismo de la economía privada. «Ahora mismo estamos viviendo la crisis más grave en el suministro de energía y electricidad», afirma Vitaly Dudin. «Sí, Rusia es responsable de esto. Pero la gente se pregunta por qué estas empresas siguen en manos privadas. ¿Por qué pueden seguir enriqueciéndose a costa de nosotros?».

En los últimos años, el gobierno ha prohibido muchos partidos de izquierda, acusándolos de servir de brazo armado de Moscú. Aunque los activistas de Socialnij Ruch no consideran a muchos de estos partidos como organizaciones de izquierda: el signo de igualdad izquierda = nostálgico de la Unión Soviética = pro-ruso es un arma política que puede utilizarse contra cualquier orientación progresista. El auge de los sentimientos nacionalistas en Ucrania va acompañado de un rechazo a todo lo que se considera ruso.

A finales de octubre, Oleksij Danilov, secretario del Consejo Nacional de Defensa de Ucrania, pidió que la lengua rusa fuera prohibida en el ámbito público. Cuando Socialnij Ruch se opuso a ello, el grupo sufrió un ataque masivo desde la derecha hasta la izquierda. «Gran parte de nuestra sociedad civil adopta actualmente una postura muy proucraniana», afirma Sergei Movtschan. «Muchos, incluso en la izquierda, están de acuerdo con el destierro de la cultura y la lengua rusas de la vida pública». Sergei Movtschan es anarquista y participa activamente en Colectivos Solidarios, una red de apoyo a los combatientes de izquierda del ejército ucraniano. Anteriormente había documentado las actividades de la extrema derecha y observa con preocupación el auge del nacionalismo ucraniano. «Hay muchas personas en Ucrania que hablan ruso y les gustaría seguir haciéndolo.

¿Qué pasará con ellos?»

Sergei Mowtschan cree que el atractivo de los partidos prorrusos proviene principalmente del hecho de que mucha gente quería que su cultura cotidiana estuviera protegida. «La mayoría de la gente no votó a esos partidos porque estuvieran a favor de Putin, sino porque representan esa idea: ‘Representamos sus intereses como rusófonos’. La gente quiere proteger su lengua, su cultura, su comprensión de la historia, pero no quieren soldados rusos aquí»

La amenaza de la derecha

Sergei Mowtschan está preocupado por el rumbo que está tomando la sociedad ucraniana en la guerra. Los militantes de izquierda en Occidente se han preguntado a menudo si no es sobre todo la derecha la que saca provecho de la guerra. «Por eso nos parece tan importante que la gente de izquierda también luche en el ejército», afirma Sergei Mowtschan. «Si nosotros, la izquierda, no formamos parte visible de esta lucha, no tendremos futuro». Mowtschan espera que tras la guerra se inicie una competición entre las fuerzas políticas; quien no pueda presentar combatientes no tendrá ninguna oportunidad.

¿Quién ganará esta competición? «Nadie puede decirlo por el momento. Personalmente, creo que, si Ucrania gana la guerra o llega a una buena solución negociada, será considerado un éxito para Zelensky. Aunque luego pierda rápidamente su protagonismo, al menos ofrecerá la posibilidad de un desarrollo democrático. Pero si Ucrania pierde, si el resultado de las negociaciones es malo, entonces el revanchismo aumentará masivamente y, por supuesto, la extrema derecha encabezará esa oleada. Sé que mucha gente teme que una victoria ucraniana azuce el nacionalismo. Desde mi punto de vista, es lo contrario: si Ucrania pierde, aquí habrá una gran movilización de la derecha en las calles, probablemente se produzca un salto adelante de la derecha en la política.»

Yuri Shelyashenko, portavoz del Movimiento Ucraniano por la Paz, del que se desconoce la cifra exacta de miembros, ve las cosas de una manera muy diferente. «Casi nadie quiere participar en la guerra», dice Sheliashenko. «A la gente no le gusta luchar, matar y morir. Aunque actualmente, según las encuestas, el 80% está a favor de la guerra, pocos están dispuestos a alistarse en el ejército. La mayoría desoye las cartas de convocatoria o encuentra otras razones para no enrolarse en el combate. Se habla poco de ello. En nuestra cultura militarizada, la objeción de conciencia está estigmatizada. Yuri Shelyashenko ve a Ucrania como una presa a disputar entre los «atlantistas» y los representantes de una «Gran Eurasia».

Es algo que no convence a los activistas de Socialnij Ruch. El hecho de que muchos activistas de izquierdas occidentales se muestren escépticos ante la lucha contra el imperialismo ruso es motivo de decepción para ellos: «Sin duda les resultaría más fácil si Estados Unidos nos hubiera invadido», afirma Vladislav Starodoubtsev, estudiante de historia y también miembro de Socialnij Ruch. «Pero desgraciadamente no podemos presentarles esa opción». No es que estemos entusiasmados para ir nosotros mismos a la guerra. Algunos miembros del grupo se han alistado en el ejército, la mayoría no. El reclutamiento forzoso no está en el orden del día de Kiev, al menos hasta ahora. Sin embargo, Brie explica que hay soldados que quieren dejar el ejército, pero no pueden. Es un problema del que también oye hablar entre sus allegados. Pero nadie duda aquí de la necesidad de oponerse al ejército ruso. En Ucrania sigue habiendo libertades políticas, mientras que en Rusia hay una dictadura. «Para que haya negociaciones de paz serias», dice Vitaly Dudin, «el ejército ucraniano tendrá que conseguir nuevos logros.» 

* Jan Ole Arps visitó Kiev a finales de noviembre de 2022 y es redactor de la revista de debate de izquierdas analyse & kritik, en la que se publicó por primera vez una versión más extensa de este texto.

(Artículo publicado en el semanario Der Freitag, 13 de enero de 2023)