Brasil – La «tercera» vía no despega. ¿Por qué? [Valerio Arcary]

Esquerda Online, 16-10-2021

Traducción de Correspondencia de Prensa, 17-10-2021

La fractura política de la burguesía brasileña es la más importante desde el fin de la dictadura en los años 80. Esto es algo extraordinario. Las elecciones de 2022 serán diferentes, por la extrema gravedad de todo lo que ha ocurrido en los últimos treinta y cinco años, y su resultado es, al día de hoy, imprevisible. Quienes se dejan embriagar por las encuestas que indican una probable victoria de Lula cometen el más grave de los errores impresionistas: el facilismo. Subestimar a Bolsonaro será fatal.

Pero es cierto que se ha abierto una brecha en la clase dirigente. La gran división burguesa es un factor enorme. Una división posible por el cataclismo provocado por el gobierno de Bolsonaro. El costo del negacionismo fue terrible. La banalización de la barbarie por parte de un gobierno genocida, que funcionó acelerando el contagio de la pandemia, dio lugar a una tragedia humanitaria. Bolsonaro fue demasiado lejos, incluso para los estándares salvajes de sobreexplotación que prevalecen en Brasil.

El elemento más intrigante de la coyuntura de este último trimestre de 2021 es, pues, el embrollo de la incertidumbre y la vaguedad de la «tercera» vía contra Bolsonaro y contra Lula. Al fin y al cabo, esta es la apuesta prioritaria del núcleo central de la fracción más poderosa de la burguesía. Estamos ante una «crisis de dirección» de la clase dominante, la más importante de la periferia del capitalismo, que sigue dividida.

La polarización entre Bolsonaro y Lula no le interesa a los grandes capitalistas. Aunque las dos corrientes que se disputan la influencia entre el agronegocio y el capital comercial, industrial y financiero están muy unidas en torno al proyecto estratégico de choque económico-social, las diferencias políticas son insalvables.

El capitalismo brasileño puede adaptarse a un gobierno de Bolsonaro o a un gobierno de Lula, como lo ha demostrado la experiencia histórica. Pero una adaptación con grados muy diferentes de contrariedad y conflicto, desconfianza y tensión. Contra Bolsonaro, hubo algunos manifiestos. Contra Dilma Rousseff, un golpe institucional «con el Supremo, con todo». La facción más rica y fuerte quiere una candidatura propia que defienda la agenda liberal de ajustes y la preservación del régimen democrático-electoral.

La analogía de la lucha política con el ajedrez es divertida, pero engañosa. Es cierto que el ajedrez es un juego mucho más complejo que las damas. Al fin y al cabo hay piezas variadas con diferentes movimientos y posibilidades, pero sigue siendo sólo una lucha entre dos fuerzas. En la lucha política y social, aunque en las naciones urbanizadas prevalece la contienda de intereses entre las dos clases más poderosas, el capital y el trabajo asalariado, los conflictos son demasiado complicados para que la división se limite a estos dos campos.

Por tres razones fundamentales: a) ni la burguesía ni la clase trabajadora son tan homogéneas como para poder expresarse de forma unificada sólo a través de un partido; b) las capas medias, aunque, políticamente, fragmentadas son, suficientemente, importantes como para cumplir un papel desequilibrante en la definición de la relación social de fuerzas; c) existen, transversalmente a las clases, grupos sociales: militares, policías, intelectuales, artistas, religiosos y otros que tienen un peso propio.

Lo paradójico de la situación es que la división de la burguesía, entre apoyar una tercera vía o a Bolsonaro, parece insoluble. Ningún sector importante está dispuesto a apoyar a Lula, al menos en la primera vuelta. La respuesta más sencilla es que el campo responsable de la decisión, en primer lugar, el PSDB, el MDB y el DEM, partidos que obtuvieron buenos resultados en las elecciones municipales de 2020, aún no tienen un liderazgo competitivo para las elecciones presidenciales de 2022 y están dramáticamente divididos. Pero es un argumento «circular»: están divididos porque no tienen una candidatura viable, y no tienen un candidato porque están divididos.

La cuestión más sugerente del análisis es tratar de explicar este impasse, que revela una profunda decadencia. Esto nos lleva a tres consideraciones: a) por qué no se ha abierto un proceso de renovación y ha surgido un liderazgo incontestable, cinco años después del impeachment de 2016, y tras casi tres años de gobierno de extrema derecha; b) por qué no han logrado consolidar un partido o un frente nacional de partidos que apoye al proyecto de la tercera vía; c) por qué ni siquiera han formulado un discurso político, como expresión de un programa, que tenga una audiencia masiva.

La primera cuestión descansa en un fenómeno sociopolítico complejo: la elección de Bolsonaro como expresión carismática de un giro de la mayoría de la clase media hacia la extrema derecha, al calor de las acusaciones anticorrupción de la operación LavaJato, capaz de atraer también votos de sectores populares. Los tres principales partidos que, entre 1994 y 2016, constituían la representación política de la clase dirigente fueron desplazados por el arrastre radicalizado que provocaron al incendiar el país con el golpe institucional, disfrazado de impeachment, contra Dilma Rousseff.

El hechizo se volvió contra los hechiceros. Los cuadros que fueron seleccionados para representar a los grandes oligopolios capitalistas, durante los mandatos del PT, fueron quemados políticamente, triturados, decapitados por las investigaciones: Aécio Neves del PSDB en Minas y Sergio Cabral de Río en el PMDB, entre muchos otros. La improvisación de un nombre con credibilidad, y que pueda despertar confianza y expectativa en sectores del oficialismo que han tomado distancia de Bolsonaro no es sencilla.

El mejor ubicado sería João Doria, pero no tiene audiencia nacional, y se disputa un PSDB fracturado en las previas contra Eduardo Leite. Sergio Moro se construyó una imagen de «justiciero» en sectores de las clases medias, salió del país hace un año, no tiene la fuerza necesaria para disputarle a Bolsonaro su lugar en la extrema derecha, y Podemos es un partido “de alquiler”. Mandetta, del DEM, viene de Mato Grosso do Sul, un estado periférico del Medio Oeste, y tuvo sus cinco minutos de gloria sólo porque fue despedido por Bolsonaro. Rodrigo Pacheco tiene la ventaja de venir de Minas Gerais, el segundo colegio electoral, pero además de ser desconocido, es presentado por el PSD de Gilberto Kassab, que no tiene inserción nacional. Simone Tebet obtuvo cierta visibilidad con la CPI (Comisión Parlamentaria de Investigación), pero es muy poco probable que el MDB apoye una candidatura. Ninguno de estos precandidatos despierta simpatías entre las amplias masas populares.

Queda Ciro Gomes (PDT), que sigue en mejor posición, pero que aún no cuenta con el apoyo necesario en la clase dirigente. Por eso se reposiciona aprovechando el rencor antipetista, para intentar superar una preferencia de menos del 10%.

La segunda cuestión es que no se ha superado el declive del PSDB, como eje de un Frente de oposición de centro derecha liberal a Bolsonaro. Y no ha surgido ningún partido que pueda sustituirlo. Y todo indica que las dificultades de la fracción más fuerte de la burguesía para estructurar su representación nacional, ante el desafío de construir una candidatura que deberá enfrentar a Bolsonaro y el papel centrífugo del Centrão (partidos “de alquile”r: ndt), no serán superadas antes de las elecciones de 2022.

La tercera es la ausencia de un discurso convincente. La bandera de la defensa de las instituciones parlamentarias y jurídicas del régimen no parece tener aliento suficiente, salvo en sectores minoritarios de la clase media. La defensa de un choque de capitalismo con las privatizaciones tendrá que ser disputada con Bolsonaro, así como la campaña de lucha contra la corrupción. Sobre el desempleo, la caída del salario medio, la lucha por la vivienda, la crisis de la educación pública, las reivindicaciones de los movimientos de mujeres, negros, LGBTIA+, la defensa de la Amazonía o la causa indígena, tienen poco que decir.

Es poco probable, por tanto, que una tercera vía pueda imponerse frente a la polarización entre Bolsonaro y Lula. En otras palabras, la primera vuelta de las elecciones debería anticipar el tipo de polarización característico de la segunda vuelta.

Pero la izquierda no será más fuerte electoralmente defendiendo ideas de centro-liberales. Tendrá, políticamente, menos respeto y confianza. La izquierda, si la unificación es posible desde la primera vuelta, no debe renunciar a un programa de reformas estructurales y medidas anticapitalistas. Tampoco debe hacer alianzas con partidos podridos o liderazgos corruptos que nos desmoralicen.

Frente a la fractura burguesa hay una oportunidad histórica.

No debe temblarnos la mano.

* Valerio Arcary, historiador, militante de la corriente Resistencia/PSOL, columnista de Esquerda Online.