Ni Islamabad ni Kabul: un punto de vista de izquierda sobre la guerra entre Pakistán y Afganistán
Entrevista a Farooq Sulehria*
Alternative Viewpoint, 1-3-2026
Traducción de Viento Sur, 17-3-2026
Correspondencia de Prensa, 17-3-2026
Cuando se intensifican los ataques transfronterizos y el ministro de Defensa pakistaní declara la “guerra abierta” contra el gobierno talibán afgano, el arco largo de la política de Islamabad hacia Afganistán está sometido a fuertes tensiones. ¿Se trata meramente de un episodio más de una relación fronteriza volátil, o bien del efecto retroactivo de décadas de estrategia militarizada y políticas delegadas?
En esta conversación con Alternative Viewpoint, el activista, académico y periodista pakistaní de izquierdas Farooq Sulehria analiza la crisis desde una perspectiva estructural: el legado de la “profundidad estratégica”, la lógica “frankensteiniana” del patrocinio yihadista, el carácter ideológico del régimen talibán y los peligros del campismo en algunos sectores de la izquierda. Rechazando tanto el militarismo estatal como el autoritarismo teocrático, Sulehria sostiene que el enfrentamiento actual refleja una crisis más profunda del orden regional, cuyos costes recaerán de forma abrumadora sobre la clase trabajadora a ambos lados de la línea Durand.
El ministro de Defensa de Pakistán ha declarado una “guerra abierta” contra el gobierno talibán afgano. ¿Es esta escalada una ruptura táctica o marca el agotamiento de la tradicional doctrina pakistaní con respecto a Afganistán?
No es ni una ruptura táctica ni el agotamiento de la doctrina de la “profundidad estratégica”. La declaración refleja la creciente frustración de Islamabad ante un conflicto que se prolonga. Una declaración de guerra no se hace a la ligera; habría venido precedida de preparativos. Solo después de agotar otras vías, Pakistán designó como adversario al mismo régimen talibán al que en su día ayudó a llegar al poder. Irónicamente, el propio ministro de Defensa, Khawaja Asif, había expresado su gratitud cuando los talibanes derrotaron a EE UU y recuperaron el control de Kabul.
Los enfrentamientos fronterizos se han intensificado desde el pasado mes de octubre, dando lugar a ataques pakistaníes contra Kabul y otras localidades. Según se informa, Catar, Turquía y China facilitaron 65 rondas de conversaciones entre Kabul e Islamabad, todas ellas sin resolver la cuestión del Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP) . Mientras tanto, el TTP ha intensificado sus ataques dentro de Pakistán, operando desde santuarios en Afganistán. El año pasado se registraron cerca de mil atentados terroristas, la mayoría atribuidos al TTP.
Desde octubre, Pakistán ha cerrado su frontera y ha suspendido el comercio con Afganistán. Como país sin litoral, Afganistán depende en gran medida de Pakistán para el comercio de tránsito, incluido el acceso a India, y para importaciones esenciales como trigo, hortalizas y medicamentos.
Al mismo tiempo, se ha intensificado la militancia nacionalista en la provincia pakistaní de Baluchistán. Islamabad acusa a India de respaldar a los separatistas baluchis. El régimen talibán, por su parte, ha cultivado lazos con Nueva Delhi ‒para gran frustración de Islamabad‒, en parte para contrarrestar la presión pakistaní.
Durante décadas, Pakistán justificó el hecho de proporcionar refugios seguros a los talibanes afganos bajo la doctrina de la “profundidad estratégica” ‒la idea de que Afganistán serviría de “patio trasero amigo” en caso de conflicto con una India mucho más grande‒. Esa lógica sigue marcando el pensamiento de Islamabad.
El concepto de “profundidad estratégica” ha influido en la política de Islamabad durante décadas. ¿Se ha derrumbado ahora esta doctrina y, de ser así, qué podría sustituirla?
Al contrario, parece estar lejos de haberse derrumbado. Comentaristas cercanos al establishment han planteado la idea de un cambio de régimen en Kabul. Es difícil corroborar si Islamabad está persiguiendo activamente ese rumbo, pero no se puede descartar esa idea. Pakistán ha explorado históricamente golpes de Estado y maniobras políticas en Afganistán.
Esas ideas pueden ser poco realistas e incluso contraproducentes. Sin embargo, revelan la persistencia ‒incluso la obsesión‒ de la profundidad estratégica. La actual escalada refleja la desesperación de Islamabad por controlar un régimen talibán que ya no se comporta como un títere dócil.
Islamabad centra la crisis en los santuarios del TTP en Afganistán. ¿En qué medida este conflicto es resultado de la histórica implicación de Pakistán en la guerra por delegación y de su apoyo a grupos combativos?
Este es un caso clásico del monstruo de Frankenstein ‒o del aprendiz de brujo‒. Pakistán ha sido durante mucho tiempo tanto el origen como el caldo de cultivo del fundamentalismo islámico. Desde la llamada yihad afgana ‒denominada despectivamente “yihad del dólar” por sus detractores‒, el Estado fomentó lo que solo puede calificarse de industria de la yihad.
Inicialmente, esta infraestructura se dirigió contra la ocupación soviética de Afganistán; más tarde se orientó hacia India. La calificación de algunos militantes de “talibanes buenos” y otros de “talibanes malos” indica que la lógica política subyacente se ha mantenido intacta.
Al mismo tiempo, ¿cómo debemos evaluar la responsabilidad del régimen talibán? ¿Ha fracasado ‒o se ha negado‒Kabul a la hora de frenar la ofensiva transfronteriza por razones ideológicas o estratégicas?
El régimen afgano parece haber hecho poco por frenar al TTP. Algunos sostienen que carece de la capacidad para controlar plenamente al grupo. Hay afinidades ideológicas, limitaciones prácticas y cálculos geopolíticos en juego. Los talibanes también han utilizado la carta del TTP de forma estratégica, entre otras cosas para señalar su autonomía respecto a Pakistán y para cultivar vínculos con otros actores regionales, incluida India.
¿Debería considerarse el actual enfrentamiento principalmente un choque entre dos regímenes impulsados por preocupaciones de seguridad, ambos marcados por décadas de conflicto, en lugar de simplemente un caso claro de agresión y represalia?
Se trata de un choque de barbaries. Ninguna de las partes puede reivindicar superioridad moral. El régimen talibán ha institucionalizado lo que equivale a un apartheid de género y gobierna mediante el miedo y la intimidación. Su base social es limitada y depende en gran medida de los sectores religiosos extremistas. A su ez, el establishment militar de Pakistán gobierna a través de una visión del mundo securitizada, enmarcando cada cuestión como un asunto de seguridad nacional. El margen diplomático se reduce cuando ambos regímenes privilegian la coacción sobre la política.
En este trágico escenario, los civiles pagan el precio. Los afganos soportan condiciones infernales desde 1979. La población de Pakistán ‒especialmente en Khyber Pakhtunkhwa‒ ha sufrido enormemente desde el 11-S, atrapada entre la violencia talibán, las operaciones militares del Estado y un creciente conflicto sectario. Las intervenciones imperiales occidentales ‒desde la Guerra Fría hasta la Guerra contra el Terrorismo‒ sentaron las bases de esta catástrofe, pero los actores regionales la han afianzado desde entonces.
Desde su regreso al poder en 2021, los talibanes han tenido que lidiar con el colapso económico, el aislamiento diplomático y las tensiones entre facciones internas. ¿Cómo influyen estas presiones en su postura hacia Pakistán?
Poco después de consolidar su control, los talibanes dieron señales de distanciamiento de Pakistán. Reconocieron que Islamabad carecía de la influencia económica y diplomática necesaria para garantizar su legitimidad. En su lugar, buscaron estrechar lazos con China, Rusia, Turquía, los Estados del Golfo y, para irritación de Pakistán, con India.
La retórica antipakistaní de los responsables talibanes también tiene buena acogida a nivel interno, donde Pakistán es profundamente impopular. Esa postura les ayuda a consolidar su legitimidad interna.
Desde una perspectiva de izquierda, ¿cómo habría que caracterizar al régimen talibán hoy en día?
Ha habido una tendencia entre algunos a presentar a los talibanes como islamonacionalistas. El libro de Tariq Alí, La guerra de cuarenta años en Afganistán, refleja esta interpretación. No estoy de acuerdo. Los talibanes representan una de las formas más extremas de fundamentalismo islámico.
El nacionalismo hace hincapié en la lengua, la cultura y la identidad histórica compartida. El fundamentalismo islámico, por el contrario, subordina esas categorías a un orden religioso transnacional regido por la sharía. La cultura suele ser denunciada como impureza; la música y la danza se convierten en pecaminosas.
Algunos incluso presentaron a los talibanes como una expresión de la lucha de clases. Estas interpretaciones erróneas fueron los primeros indicios del campismo tras el 11-S, donde la oposición al imperialismo occidental llevó a algunos a idealizar a fuerzas reaccionarias.
Los talibanes afirman que están defendiendo la soberanía afgana. ¿Cómo se puede abordar esa afirmación de forma crítica?
Pakistán califica los santuarios del TTP de violaciones de la soberanía; los talibanes califican los ataques aéreos de violaciones de la soberanía. Cada uno invoca la legalidad cuando le conviene. Es un choque de barbaries. Uno puede simpatizar con Frankenstein o con su monstruo, pero el resultado es la devastación. Las verdaderas víctimas son los civiles a ambos lados de la línea Durand.
Las potencias regionales ‒China, Irán, Rusia y los Estados del Golfo‒ se han apresurado a pedir una desescalada. ¿Qué revela este episodio sobre la fragilidad del orden regional en general?
Un par de días después de la declaración de guerra de Pakistán, el ataque de EE UU e Israel contra Irán y la situación resultante han eclipsado el conflicto entre Pakistán y Afganistán. Este conflicto no es solo regional, sino que también pone de relieve el creciente número de guerras entre Estados-nación. Naciones Unidas se han vuelto cada vez más marginales. Por muy hipócrita y problemática que fuera el orden liberal global, la alternativa trumpista está demostrando ser aún más peligrosa. Por cierto, Trump ha elogiado el ataque pakistaní contra Afganistán.
Ambos países se enfrentan a graves crisis económicas. ¿Cómo se entrecruza la escalada militarizada con las realidades de clase?
Como siempre, las clases trabajadoras soportarán la carga enforma de desplazamientos, desempleo, la militarización y una austeridad cada vez mayor. El conflicto continuo en Asia Occidental agravará su sufrimiento.
En un conflicto entre un Estado poscolonial militarizado y un régimen teocrático, ¿qué principio debería adoptar la izquierda? ¿Cómo puede oponerse tanto al militarismo como al autoritarismo religioso sin caer en el campismogeopolítico?
Pakistán no puede derrotar a los talibanes sin adoptar una orientación genuinamente laica. Eso es fundamental. No se debe reconocer al régimen talibán, y hay que mostrar solidaridad con el pueblo afgano, especialmente con las mujeres que se enfrentan a un apartheid institucionalizado.
La izquierda no debe alinearse ni con Islamabad ni con Kabul. Nos oponemos a la guerra y exigimos justicia, democracia y rendición de cuentas. Debemos hacer responsables de crímenes de guerra tanto a los talibanes como a sus patrocinadores regionales o imperiales.
Es inquietante ver cómo incluso algunos autodenominados izquierdistas apoyan la escalada militar en nombre de la oposición al fundamentalismo. Esto refleja lo que yo denomino orientalismo interno: un enfoque chovinista del conflicto como una lucha entre civilizaciones.
¿Supone esta crisis una oportunidad para replantearse las políticas de seguridad en toda la región? ¿Existe hoy en día un espacio realista para la solidaridad progresista transfronteriza entre las fuerzas de la sociedad civil pakistaní y afgana?
En lugar de limitarnos a la solidaridad AfPak, necesitamos un proyecto más amplio que abarque todo el sur de Asia. Dentro de Afganistán, la sociedad civil se enfrenta a una severa represión, por lo que las redes de la diáspora se vuelven cruciales. También en Pakistán, las voces progresistas están marginadas.
Sin embargo, un proyecto de este tipo es urgentemente necesario. Nuestro periódico, Daily Jeddojehad (Lucha), dará unos modestos primeros pasos en esta dirección. Solo construyendo la solidaridad regional podremos hacer frente tanto al militarismo como al fundamentalismo.
*Farooq Sulehria es el editor de Daily Jeddojehad. Es profesor de la Universidad Nacional Beaconhouse, Lahore.