Lance Selfa*
International Socialism Project, 19-12-2024
Traducción de Correspondencia de Prensa, 21-12-2024
En 2014, dos politólogos hicieron una afirmación que parecía muy audaz: «si la elaboración de políticas está dominada por poderosas organizaciones empresariales y un pequeño número de estadounidenses ricos, entonces la pretensión de que Estados Unidos sea una sociedad democrática resulta seriamente amenazada». En 2024, esto quedó más claro que nunca cuando los multimillonarios ostentaron abiertamente su riqueza e influencia en el circo electoral estadounidense.
No solamente porque un multimillonario corrupto y nocivo, Donald Trump, ganó las elecciones presidenciales estadounidenses y que el hombre más rico del mundo (Elon Musk) utilizó su red social y su riqueza para conseguir un puesto como copresidente virtual. Los multimillonarios donantes demócratas apuntalaron primero y expulsaron después al presidente Biden de la carrera presidencial asegurándose de que su remplazante, la vicepresidenta Kamala Harris, llevara a cabo una campaña de centro-derecha favorable a los negocios.
En 2024, la oligarquía estadounidense dejó de esconderse. O, para ser más exactos, 2024 marcó el momento en que las tendencias oligárquicas, que han cobrado fuerza durante décadas, entraron en pleno auge. Unos meses antes de que Trump ganara unas elecciones muy disputadas, la Corte Suprema imperial, cuya impopularidad rivaliza con la de Biden, le concedió a Trump y a los futuros presidentes estadounidenses una amplia impunidad, incluso para cometer delitos durante su mandato.
Los liberales -los líderes del Partido Demócrata y sus organizaciones no gubernamentales (ONG), intelectuales, medios de comunicación y recaudadores de fondos asociados- dijeron que las elecciones de 2024 eran un referéndum sobre la democracia estadounidense. Incluso como un último esfuerzo desesperado para detener al «fascismo» que Trump encarnaría. Sin embargo, a pesar de la acalorada retórica, llevaron a cabo una campaña poco inspirada en defensa de un statu quo que la mayoría de los estadounidenses ya había rechazado. Se mostraron (una vez más) como un partido de centro-derecha más interesado en promocionar el apoyo de los republicanos «never-Trump» que en hacer campaña por un cambio real para el pueblo trabajador.
En ese proceso, mostraron su desprecio hacia la principal fuente de energía militante en 2024, el movimiento de oposición al genocidio de Israel en Gaza. Al ser uno de los dos socios en el apoyo bipartidista a Israel, en tanto que guardián clave de Estados Unidos en Medio Oriente, su apoyo a Israel no fue una sorpresa. Pero el grado al que llegó el establishment liberal -desde los rectores de universidades hasta el presidente de EE.UU.- para criminalizar el activismo político protegido, en principio, por la Primera Enmienda, debería recordarnos periodos anteriores de capitulación liberal, como la caza de brujas anticomunista de las décadas de 1940 y 1950.
En 2025, cuando la administración Trump busque ilegalizar el activismo propalestino o lleve a cabo deportaciones masivas, debemos recordar que los liberales ayudaron a allanarle el camino. Cuando la jerarquía del Partido Demócrata creyó que el hecho de apoyar el proyecto de ley de inmigración más restrictivo de la última generación era una hábil operación de ju-jitsu político contra Trump, debemos decir una verdad que molesta. Al competir para mostrarse «estrictos en la frontera», ya se le está cediendo terreno a la derecha. Y cuando a los votantes se les presenta el original (Trump) o la copia (los demócratas), casi siempre eligen el original.
A pesar de todos sus intentos de descalificar a Trump y de posicionarse «en la elección más importante de nuestras vidas», resulta revelador ver cómo los liberales y los dirigentes demócratas vuelven a «lo mismo de siempre» (bussines as usual). Biden, que a principios de 2024 presentó su presidencia comparándola nada menos que a una batalla de la Segunda Guerra Mundial contra el totalitarismo, la da la bienvenida a Trump -al que su propio vicepresidente llamó una vez «el Hitler de Estados Unidos«- para una cordial sesión fotográfica en la Casa Blanca. Desaparece incluso la «resistencia» liberal de 2017.
Entonces, ¿cuál es la alternativa? Una vía que 2024 debería haber cerrado definitivamente es el camino electoral hacia el cambio que representan los partidarios de la política reformista de Bernie Sanders/AOC (AOC, diputada de Nueva York Alexandria Ocasio Cortez). Desde el fallido desafío de Sanders a Hillary Clinton en las primarias demócratas de 2016, hemos oído a muchos socialdemócratas decir que reformar el Partido Demócrata es la única posibilidad significativa de que la izquierda tenga un impacto en la política estadounidense. Y, sin embargo, en 2024, con Sanders y AOC que apostaron, primero, «todo a Joe Biden» y, después, «todo a Harris», esa estrategia ha fracasado. Y el reproche que Sanders les hizo a los demócratas tras las elecciones por «abandonar» a la clase trabajadora es mucho menos creíble después de que Sanders y AOC proclamaran a Biden como el presidente más favorable a la clase trabajadora de todos los tiempos.
Los próximos años bajo la administración Trump serán sumamente difíciles, con muchas derrotas por venir. Pero también habrá luchas imprevisibles y heroicas que hagan retroceder lo que es, a pesar de los resultados electorales, un programa impopular de regresión social. Será en esas luchas, y no en el circo electoral multimillonario que acabamos de presenciar en 2024, donde los trabajadores podremos conseguir el cambio que merecemos.
*Lance Selfa es autor de The Democrats: A Critical History (Haymarket, 2012) y editor de U.S. Politics in an Age of Uncertainty: Essays on a New Reality (Haymarket, 2017).