Argentina – La montaña rusa peronista. [Pablo Stefanoni]

Alberto Fernández y Cristina Kirchner formaron un extraño tándem para recuperar el gobierno tras el paso de Macri. Ahora Fernández se ha convertido en el primer presidente peronista que no tiene el poder.

Ctxt, 2-8-2022

Correspondencia de Prensa, 3-8-2022

“Todo lo que dijeron que no iba a pasar, pasa y el presidente mira para otro lado”… “Usted [presidente] pasa a estar en la lista de los grandes mentirosos… pero cada mentira es una palada de tierra que abre su fosa, y ahí va a caer, en esa fosa que usted mismo está abriendo”… “Ahora va a ir a Estados Unidos… quiero saber qué va a hacer. Tenemos muchas riquezas todavía para entregar. ¿Qué les va a entregar?, ¿el litio?”… “Estamos en el medio del río sin salvavidas y con una sarta de hijos de recontra mil putas que nos quieren hundir”.

Las declaraciones pronunciadas el 30 de junio pasado son de la titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe Bonafini, que a sus 93 años se muestra muy activa en la política argentina, como una Pasionaria del kirchnerismo puro. Conociendo su tono radicalizado, podrían desecharse como un exceso más de alguien cuyo papel es más bien simbólico en el ecosistema político. Pero horas más tarde de pronunciar ese discurso, Hebe participaba en un acto de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner en la localidad de Ensenada. El lugar que ocupó, en la estratégica primera fila, y la aclamación que recibió de la militancia no dejaba lugar a dudas sobre lo que el kirchnerismo piensa de su presidente.

Aquí residen algunas de las claves de la crisis actual. Argentina –y el peronismo– se mueve al ritmo de una montaña rusa. La ministra que reemplazó a Martín Guzmán en Economía, Silvina Batakis, duró 24 días en el cargo: viajó a Estados Unidos a presentarse ante el Fondo Monetario Internacional (FMI) y mientras esperaba el avión de vuelta estaba siendo reemplazada. El excandidato presidencial y embajador en Brasil, Daniel Scioli, dejó la embajada –donde tejió relaciones de cordialidad tanto con Lula Da Silva como con Bolsonaro– y volvió al país para reemplazar a Matías Kulfas en el Ministerio de Producción. Asumió el 15 de junio; después de 43 días se anunció que volvía de embajador al país vecino. Entretanto, con un presidente con su poder licuado y una vicepresidenta que tiene más capacidad de veto y de daño que poder para definir un rumbo programático, recaló en el gobierno, como “superministro” de Economía, Sergio Massa, posiblemente el político más pragmático de Argentina.

Para entender la crisis intraperonista hay que retroceder un poco en el tiempo. En 2015, Cristina Kirchner dejó el poder con la Plaza de Mayo colmada de simpatizantes que la despidieron con la consigna “Vamos a volver” (“Volver”, en el peronismo, tiene una mística particular: Perón vuelve fue el lema que acompañó al movimiento durante los 17 años de exilio y proscripción del general). El problema era cómo. Pero eso quedaba para más adelante; tenía cuatro años para pensarlo.

Primero, esa posibilidad pareció disolverse mientras el nuevo gobierno de centroderecha liderado por el expresidente de Boca Juniors, Mauricio Macri, se consolidaba en el poder y tenía a raya al peronismo en su bastión –también bastión de Cristina–: el populoso conurbano bonaerense. Pero la economía hizo lo suyo. La salida del “populismo” que Macri imaginó como un acto de magia que garantizaría baja inflación y crecimiento resultó menos milagrosa de lo esperado y el peronismo (y Cristina) empezó a olfatear las posibilidades de realmente “volver”.

Manteniendo meses de silencio –y publicando un libro, titulado Sinceramente, que fue un super éxito de ventas– la expresidenta (2007–2015) se dedicó a tejer relaciones y suturar heridas en el interior del peronismo. Las encuestas –y el clima en la calle– mostraron que, si bien tenía una masa de seguidores que la hacían imprescindible para una victoria, ese apoyo le resultaba insuficiente para una segunda vuelta. “Sin Cristina no se puede, con Cristina no alcanza”, se resumió por esos días.

Fue entonces cuando, afecta a la guerra de movimientos y al secretismo político, Cristina anunció en mayo 2019 –de manera completamente sorpresiva en un cuidado vídeo distribuido en Twitter– que le había pedido a Alberto Fernández que la acompañe como candidato presidencial del peronismo para las elecciones de ese año.

La “anomalía” estaba a la vista. Como se repitió en las tertulias de esas jornadas, no es habitual que la “vicepresidenta” elija al “presidente”. Pero había algo más: tras ser jefe de Gabinete de Néstor Kirchner y más brevemente de la expresidenta, entre 2003 y 2008, Alberto Fernández se terminaría distanciando de Cristina y lanzando sobre ella durísimas críticas, a veces lapidarias, como cuando sostuvo: “El peronismo a lo largo de la democracia fue todo. Y eso no vale. El peronismo fue conservador con [Ítalo] Luder, fue neoliberal con [Carlos] Menem, fue conservador-popular con [Eduardo] Duhalde, fue progresista con [Néstor] Kirchner y solo fue patético con Cristina. Fue patético, fue el partido de la obediencia”. Y repetiría balances similares en los medios más hostiles al kirchnerismo, como los del Grupo Clarín para más inri.

Pero durante el gobierno de Macri, ambos Fernández volvieron a acercarse, cada vez más. Alberto comenzó a relativizar las críticas, que decía mantener, y a asegurar que Cristina nunca había robado, un tema sensible en virtud de los procesos por enriquecimiento ilícito. Y la historia terminó con el ya famoso “Le he pedido…” a Alberto Fernández que encabece el binomio. La jugada sorprendió a propios y extraños. El gran traidor, acusado de lobbista de Clarín y de Repsol en los programas televisivos militantes del kirchnerismo, era ahora amnistiado y proyectado a la presidencia.

Se trató de una apuesta por un peronismo más centrista y casi nadie imaginó que la relación con Alberto Fernández pudiera terminar bien. Pero inicialmente funcionó, y el binomio Fernández-Fernández dejó sin reelección a Macri, decepcionó a los antiperonistas que durante cuatro años se acalambraron los dedos tuiteando #NoVuelvenMás, y mantuvo expectantes a los kirchneristas que seguían cantando “Vamos a volver”. ¿Pero cuánto se podía confiar en un “traidor”?

Tras las primeras semanas de la pandemia, en las que Fernández aparecía como un competente profesor, comenzaron los problemas. Y la vice empezó a lanzar mensajes a su propio gobierno, a veces con cartas publicadas en las redes. En una de ellas, habló de “los funcionarios que no funcionan” y todos comenzaron a especular sobre cuáles eran. Luego vendría el ansiado acuerdo con el FMI para refinanciar el megapréstamo de 50.000 millones de dólares que la entidad le dio, de manera “polémica”, al gobierno de Macri.

Para el kirchnerismo, acordar con el Fondo era intragable, y Máximo Kirchner –hijo de Cristina– renunció a la jefatura de la bancada peronista en la Cámara de Diputados para expresar su disidencia. Pero, curiosamente, el kirchnerismo no promovió alternativas a ese acuerdo que buscaba evitar los catastróficos efectos de un default. Se limitó a un discurso antiajuste. El ministro de Economía, Martín Guzmán, un discípulo de Joseph Stiglitz, se convirtió en la ficha a derribar. Los ataques desde el kirchnerismo comenzaron a lanzarse a la luz del día. Pero antes que él cayó Matías Kulfas, el ministro de Desarrollo Productivo, enfrentado con los funcionarios kirchneristas que controlan el área energética, y con la propia vicepresidenta, por los subsidios a la energía (que benefician a los sectores más pudientes) y por la lentitud en la construcción del gasoducto Néstor Kirchner para sacar el gas del yacimiento Vaca Muerta.

Cristina, que siempre tuvo a Kulfas entre ceja y ceja, no le perdonó haber escrito un libro en el que comparaba la política económica de los “tres kircherismos”, y reivindicaba la de Néstor y criticaba la de ella. “Había escrito un libro contra nosotros, imaginate”, dijo en una ocasión. Muchos salieron a buscar el ejemplar de la editorial Siglo XXI escrito con un tono de divulgación y a la vez con la sobriedad de un economista.

Hablando de libros, hay otra anécdota reveladora. Para el 63 cumpleaños del presidente, en abril pasado, la vice le obsequió el regalo más envenenado que pudo encontrar por esos días: Diario de una temporada en el quinto piso. Episodios de política económica en los años de Alfonsín, del sociólogo Juan Carlos Torre, quien de joven fue funcionario en ese quinto piso del Ministerio de Economía.

La cosa empezó con sazón: “Hoy se lo mandé de regalo al presidente, para que después la vocera no diga que no le regalo nada”, dijo en un mitin Cristina tras revelaciones de Gabriela Cerruti de que la vicepresidenta no le respondía los mensajes al presidente. Luego vino el momentum del relato, por parte de una política que maneja los gestos y los tiempos con mucha eficacia: “Es un libro muy interesante, de extraordinaria actualidad”, prosiguió. Spoiler: el libro cuenta –entre otras cosas– cómo el gobierno de Raúl Alfonsín se fue a la mierda tras la firma de un memorándum con el FMI. Finalmente, tendría que entregar anticipadamente el poder en 1989 a Carlos Menem en medio de la hiperinflación… ¿Una extraordinaria actualidad?

Con una inflación a más del 60%, corrida cambiaria y hasta rumores de renuncia presidencial, el gobierno se encontró en un callejón sin salida. Alberto es el primer presidente peronista que no tiene el poder (o el segundo, si contamos la breve primavera de Héctor J. Cámpora en 1973).

“Cristina viene hablando cada quince días y en esa ‘gira’ se viene cargando de a una las columnas que sostenían a Alberto”, escribió el periodista Martín Rodríguez en una de las mejores columnas sobre el embrollo, que incluso fue comentada por el presidente. “Se sabe que el gabinete espera los discursos de CFK [Cristina Fernández de Kirchner] más o menos como los participantes de Gran Hermano esperaban los días de nominación”, prosigue la nota y pone el dedo en la dialéctica diabólica del gobierno: cuando Cristina le pide a Alberto que ejerza el poder (que “use la lapicera”, le dice), en realidad se lo está quitando. Algo así como: “¡Te ordeno que seas poderoso!”. Un gobierno en el que todos se pasan “discutiendo poder mientras nadie controla nada”. Y en el que si él realmente asumiera el poder, sería contra ella.

El epílogo provisorio de esta historia es paradójico: la llegada como “superministro” (veremos cuán pertinente es ese prefijo) de Sergio Massa, el epítome de los traidores según el kirchnerismo, posiblemente más que el propio Alberto en su momento. Massa no solo se alejó de Cristina, sino que formó el Frente Renovador, combatió electoralmente a la entonces presidenta y amenazó con meter presos a los corruptos (del gobierno cristinista) y barrer a los “ñoquis” (empleados que solo aparecen para cobrar a fin de mes) de la Cámpora, la agrupación juvenil liderada por Máximo Kirchner. Pero en 2019 Massa se sumó al Frente de Todos, la alianza panperonista tejida por ambos Fernández y, desde entonces, como presidente de la Cámara de Diputados, viene acercándose a Máximo Kirchner y a la vice, que a su vez es presidenta del Senado según establece la Constitución argentina.

Massa es un político con estrechos vínculos con Estados Unidos y con “los mercados”. Es un hijo político de los años 90, escribió Pablo Touzón, con niveles de pragmatismo que se volvieron memes y viene a tratar de salvar a un peronismo que dejó de rimar con orden y lo hace con caos autoproducido. Más allá de su título de abogado conseguido hace unos años, Massa es un político, y eso es lo que buscaba el peronismo para enfrentar la crisis. Veremos cómo funciona este gobierno peronista que pasó de tener dos a tres cabezas, aunque las tres no valen lo mismo. 

* Pablo Stefanoni, periodista e historiador. Investigador asociado de la Fundación Carolina. Autor de ‘¿La rebeldía se volvió de derechas?‘ (Clave Intelectual/Siglo Veintiuno, Madrid, 2021).