Rusia – Putin en Ucrania, la guerra en nombre del género. [Lénaïg Bredoux/Mathieu Magnaudeix]

Desde el inicio del conflicto, el presidente ruso ha denunciado en varias ocasiones las «llamadas libertades de género» en boga en Occidente y que Europa querría promover en Ucrania. Esta retórica está en el centro de su compromiso político y de su visión autoritaria del mundo.

Lénaïg Bredoux y Mathieu Magnaudeix

Mediapart, 30-4-2022

Traducción de Correspondencia de Prensa, 1-5-2022

En medio de la avalancha de propaganda del Kremlin, la obsesión de Vladimir Putin por las «supuestas libertades de género» ha pasado casi desapercibida. Sin embargo, el presidente ruso la ha convertido en uno de los argumentos que justifican, a su juicio, su política interior y exterior, hasta la invasión de Ucrania.

El 25 de marzo, en plena guerra, Putin aprovechó una ceremonia de entrega de premios de arte por videoconferencia para atacar la «cancel culture» o «cultura de la cancelación» que impera en Occidente, invocando la suerte de J. K. Rowling, la autora de Harry Potter, vilipendiada en las redes sociales por sus comentarios transfóbicos. «No les han gustado a los fanáticos de las llamadas libertades de género», dijo el presidente ruso, el que, luego, se atrevió a establecer un paralelismo con las sanciones impuestas a su país: «Y hoy intentan ‘cancelar’ nuestro país».

Putin provocó entonces una respuesta inmediata de Rowling en la red social Twitter: «Es mejor que las críticas a la cultura de la cancelación occidental no las hagan quienes masacran a los civiles».

Unos días antes, Putin también se había referido a los «traidores nacionales» en suelo ruso. «No juzgo a los que tienen una mansión en Miami o en la Riviera francesa, que no pueden prescindir del foie gras, las ostras o esas llamadas ‘libertades de género'», dijo.

Ucrania, una mujer que debe ser sometida

Para el Kremlin, Rusia está inmersa en una batalla de civilizaciones con Occidente y Europa -calificada como «Gayropa» por Vladimir Putin-, los que estarían ya debilitados y corrompidos por los movimientos feministas y LGBTQIA+. Esta batalla también se libra en Ucrania, donde en los últimos años se han desarrollado movilizaciones por la igualdad de derechos según el género y la orientación sexual (véase el artículo de Mathilde Goanec.) 

«En la propia Ucrania se abrió un espacio durante la Revolución Naranja de 2004 para la promoción de la igualdad de género y la defensa de los derechos de las personas LGBTQ», recuerda el investigador de Sciences Po [Ciencias Políticas, París] Maxime Forest. Un ejemplo de ello es Femen, un grupo feminista fundado en 2008 en Ucrania y ahora establecido en varios países, entre ellos Francia.

«Durante el Euromaidán [la revolución ucraniana de 2014 -nota del editor-], las cuestiones planteadas por estos movimientos encontraron una resonancia sin precedentes, que fue rápidamente cuestionada por la guerra híbrida lanzada por Rusia por el control de Donbass [la provincia oriental en el centro del conflicto -nota del editor-], una región asociada al mito viril del estajanovista», afirma Forest en un reciente artículo titulado «Ucrania: la guerra de género de Vlamidir Putin«.

Pero, continúa, «ni el peso de los partidos ultranacionalistas ni los ataques a las activistas feministas y LGBTQ en Ucrania están impidiendo el inicio de un debate público sobre el lugar de las minorías sexuales en el ejército o de las mujeres en la narrativa nacional».

Cómo sorprenderse, en este contexto, de que Vladimir Putin hablara de Volodymyr Zelensky, el presidente ucraniano -que también es judío- como si fuera una mujer, y como una mujer que debe ser sometida. La sentencia, pronunciada el 8 de febrero, dos semanas antes del estallido de la guerra, se tradujo de forma diferente según los medios de comunicación: «Te guste o no, querida, tendrás que aguantar», o «te guste o no, vas a sufrir, querida».

En ambos casos, la alusión es sexista y está impregnada de la cultura de la violación, a pesar de los posteriores desmentidos del Kremlin. La declaración provocó una respuesta de la portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki: «Cualquier broma sobre la violación indignaría a cualquier persona de nuestro gobierno».

«Esta forma de hablar de Zelensky y de su país equivale a convertir a Ucrania en una prostituta de Europa. Está en el corazón de la retórica masculinista de Vladimir Putin», analiza la investigadora Marie-Cécile Naves, autora de La Démocratie féministe. Réinventer le pouvoir (Calmann-Lévy, 2020). Según la politista, el presidente ruso es uno de los más destacados representantes de lo que se denomina «masculinidad hegemónica», concepto acuñado por la investigadora australiana Raewyn Connell.

«Esta forma de liderazgo la encarnan de forma muy estereotipada algunos líderes nacional-populistas como el presidente brasileño Jair Bolsonaro o el ex presidente estadounidense Donald Trump, pero también Vladimir Putin, que no duda en ponerse en escena en sesiones deportivas intensivas o los ejercicios militares», recuerda Clémence Deswert, doctorante en Ciencias Políticas de la Universidad Libre de Bruselas.

La virilidad como «valor político»

«Para Putin, sólo hay una forma de ser hombre: no ser gay, no ser trans. Es una hipermasculinidad que persigue a otras masculinidades», analiza Ruth Ben Ghiat, historiadora, profesora de la Universidad de Nueva York y autora de Strongmen: from Mussolini to the Present (Norton & Company, 2020), un ensayo sobre la naturaleza de los regímenes autoritarios, desde la Italia fascista hasta Donald Trump, pasando por Bolsonaro y Putin.

«Se ha esforzado en construir un culto a su propia personalidad. Se presenta como un hombre del pueblo, pero también como un superhombre cuyo destino es salvar a la nación rusa. Posa sin camiseta, mostrando su pecho desnudo como hiciera Mussolini antes que él, como hace Bolsonaro también, como hizo Trump, en cierto modo, al publicar una foto falsa con su cabeza en el cuerpo del Rambo interpretado por Sylvester Stallone.»

En efecto, se recuerdan las numerosas imágenes, fotos o vídeos que muestran al presidente ruso sin camiseta, a caballo, cazando o pescando, o con un kimono de judo, dejando al descubierto un cuerpo musculoso.

En los últimos años, el presidente ruso también ha escenificado una especie de internacional machista, «una internacional antigénero», como dice Marie-Cécile Naves. En 2020, Putin y Bolsonaro se felicitaron mutuamente por su virilidad: el brasileño, que había pedido a su país que dejara de ser «un país de maricas» frente al Covid, compartió un vídeo en las redes sociales en el que el presidente ruso alababa sus «cualidades masculinas».

En 2006, Putin había elogiado al presidente israelí Moshe Katsav, acusado de violación; desde entonces ha sido condenado a siete años de prisión. «Nunca hubiera esperado eso de él. Nos ha sorprendido a todos, y todos le envidiamos», dijo el presidente ruso. Luego añadió, a modo de broma: «Resultó ser un hombre fuerte, violó a diez mujeres.

Una lucha implacable contra los derechos de las mujeres y del colectivo LGBT+

La puesta en escena de esta «masculinidad hegemónica» ha ido acompañada en Rusia de una política extremadamente violenta hacia las mujeres y las personas LGBTQ+. «Ante el desafío de su reelección en 2012, lo convirtió en el núcleo de su ejercicio del poder», dice Maxime Forest, profesor investigador de Sciences Po París.

En ese momento, el régimen se vio desafiado por la movilización del grupo Pussy Riots y por el apoyo internacional que éste recibió. La Unión Europea fue acusada de trabajar para la «destrucción desde arriba de los valores tradicionales» en Rusia.

«En ese momento, Putin también se dio cuenta de que las movilizaciones feministas y LGBT, incluso en Rusia, tenían una verdadera capacidad desestabilizadora», explica la politóloga Marie-Cécile Naves. Les teme por su contenido y su forma, por su capacidad de organización, por su efecto de arrastre en el resto de la sociedad y por su difusión en los medios de comunicación.

El discurso del Kremlin se produce además en un contexto en el que varios países europeos han debatido en los últimos años el matrimonio de parejas del mismo sexo. Putin «ha elegido un caballo de batalla que le permitirá unir a toda la Europa conservadora: la lucha contra la ‘cultura homosexual'», recuerda Michel Eltchaninoff en su libro Dans la tête de Vladimir Poutine (Actes Sud, 2015, recién reeditado).

En 2013, el parlamento ruso, la Duma, prohibió la «propaganda homosexual». En 2017 despenalizó gran parte de la violencia contra las mujeres. En 2020 se modificó la Constitución para especificar que el matrimonio es la unión entre «un hombre y una mujer».

Putin ha hecho numerosas declaraciones homofóbicas, transfóbicas y sexistas. El año pasado se refirió a la identidad trans como «oscurantismo»: «Tengo un enfoque tradicional: una mujer es una mujer, un hombre es un hombre».

En 2020, el 8 de marzo, Día Internacional de los Derechos de la Mujer, dio las gracias a aquellas que, «de forma fantástica, […] consiguen hacerlo todo: mantener las comodidades del hogar, tener éxito en el trabajo y en la escuela, y al mismo tiempo seguir siendo encantadoras, bellas y femeninas».

En 2019, en la cumbre del G20 en Japón, se indignó porque «en algunos países europeos se les dice a los padres que las niñas ya no pueden llevar falda al colegio». Algo que no es cierto. El presidente ruso continuó: «Ahora hay de todo: se han inventado cinco o seis géneros […]. Ni siquiera entiendo lo que son».

Una retórica que viene de lejos

De hecho, dice la historiadora estadounidense Ruth Ben Ghiat, «el machismo es uno de los elementos esenciales del autoritarismo, y esto se olvida a menudo en los análisis históricos del fascismo y la propaganda. «Todo gira en torno al líder, él da el ejemplo, está en la cima de un poder vertical, es el único intocable. Es el que controla a todos y no rinde cuentas. Esta es la definición misma del machismo», argumenta.

Esta «glorificación virilista muy presente en el fascismo», según Marie-Cécile Naves, también tiene sus raíces en la historia rusa. La iconografía del hombre fuerte que domina la naturaleza y los elementos, que es invencible, es el cuerpo del zar que quería mostrar la invencibilidad de la nación», explica. También lo vimos en Stalin.

El investigador Maxime Forest señala «la influencia del pensador Ivan Iline», que «definió la nación rusa a través del prisma de una lucha despiadada entre el pueblo como organismo y el relativismo moral asociado al triunfo del individuo, que es el sello de Occidente». Este filósofo ruso, que nació en 1883 y murió en 1954 y fue expulsado por los soviéticos en 1922, está en el centro del pensamiento de Vladimir Putin.

Ivan Iline estaba también totalmente obsesionado con las cuestiones de género, que todavía no se llamaban así. El historiador estadounidense Timothy Snyder, en un artículo de la New York Review of Books, recuerda que Iline proyectaba su «ansiedad sexual» y subraya los paralelismos entre el filósofo y el presidente ruso.

«Iline» calificó en un principio a Rusia de homosexual, luego hizo una terapia con su novia y después culpó a Dios. Putin primero se sometió a años de sesiones fotográficas sin camisa […], luego se divorció de su esposa, después culpó a la Unión Europea de la homosexualidad rusa. Iline sexualizó lo que experimentó como amenazas extranjeras. El jazz, por ejemplo, era un complot para provocar la eyaculación precoz. Cuando los ucranianos empezaron a manifestarse a finales de 2013 a favor de un futuro europeo para su país, los medios de comunicación rusos agitaron el espectro de una «homodictadura».»

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LGBTQI

‘No soy gay’: un nuevo reality show homófobo se estrena en Rusia

Courrier International, 29-4-2022 

El programa, presentado, entre otros, por un diputado de extrema derecha abiertamente homófobo, presenta a ocho hombres encerrados juntos. Uno de ellos puede ganar dos millones de rublos si consigue ocultar su homosexualidad a los demás participantes.

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Captura de pantalla del programa.

El espectáculo presenta a ocho hombres, encerrados juntos, que observan a un policía haciendo un strip-tease o que tocan a ciegas las nalgas de hombres desconocidos. Pero, sobre todo, proclaman: «No soy gay». Pero uno de ellos miente y hay que adivinar quién es. En Rusia, este nuevo reality show emitió su primer episodio en YouTube el 25 de abril. Su copresentador no es otro que Vitali Milonov, el diputado de extrema derecha abiertamente homófobo que está detrás de la ley de «propaganda antigay» de 2013, según informa el diario británico The Times.

Están en juego dos millones de rublos (27.000 euros), que el supuesto gay podría ganar si nadie adivina quién es. De lo contrario, el dinero iría a parar a los otros concursantes. Cada episodio termina con una votación para el hombre sospechoso de ser gay. Una voz en off al principio del episodio establece el tono antioccidental del programa: «Encontrar un homosexual en este país es como encontrar un McDonald’s que funcione. Es cierto que hay algunos, pero no muchos y no mucha gente los conoce».

«Espero que desenmascaren rápidamente al homosexual», anuncia Vitaly Milonov a los participantes al principio del primer episodio, «haciendo el gesto de cortarse el cuello», dice el Times. Cuando los participantes designan erróneamente a uno de ellos para la votación al final del episodio, el diputado les dice: «Han matado a un inocente».

«Todo el espectáculo respira una homosexualidad reprimida»

Los candidatos deambulan en una casa decorada con imágenes pseudohomosexuales e incluso homófobas, como un formato gigante de dos ciervos y una cierva en pleno movimiento, o una reproducción del mural «Beso fraterno» del Muro de Berlín. A la entrada, gallos enjaulados, y durante todo el episodio, el grito del ave: en ruso, «piétoukh», «homosexual pasivo», es un insulto.

El periódico británico The Mirror agrega un comentario bajo el video que dice: «Todo el espectáculo respira una homosexualidad reprimida, lo que obviamente no es sorprendente.»

En Rusia, la homosexualidad fue despenalizada en 1993, pero el matrimonio entre personas del mismo sexo sigue estando prohibido, al igual que la «promoción» de la homosexualidad. Desde 2013, «decenas de homosexuales habrían sido torturados en Chechenia, una república del sur de Rusia, poblada principalmente por musulmanes», explica el medio británico.

Vitaly Milonov es miembro del partido gobernante de Vladimir Putin, Rusia Unida, desde hace más de diez años. Cristiano ortodoxo ruso ultraconservador, visitó recientemente la zona de guerra de Donbás, en el este de Ucrania, donde posó para una foto con el magnate pro-Kremlin Evgeny Prigozhin. Prigozhin, conocido como el «jefe de Putin», sería quien financia al grupo mercenario ruso Wagner.