Alemania – El resultado de las elecciones ha trastocado el sistema de partidos. [Angela Klein]

Viento Sur, 16-10-2021

Correspondencia de Prensa, 17-10-2021

En lugar del sistema bipartidista que teníamos desde 1949 hasta ahora, en el que el partido que pasaba a encabezar el gobierno obtenía por lo menos del 30 % de los votos, a veces incluso más del 40 %, ocupando así una posición dominante en las sucesivas coaliciones (salvo en el caso de una gran coalición, que contaba entonces con una mayoría de dos tercios en el parlamento), ahora tenemos una oferta mucho más variada. La diferencia en votos de cinco partidos se sitúa ya tan solo entre el 10 y el 15 %. En caso de una coalición semáforo1, y más aún en el de una coalición Jamaica (la Jamaica remite a los colores de la bandera de este país: negro, amarillo, verde), los Verdes y el FDP sumarían juntos más escaños que el SPD, lo que ha reforzado la posición negociadora de estos dos hacedores de reyes, que han decidido reunirse entre ellos antes de  dirigirse al SPD o la CDU. CDU, SPD y los Verdes tienen ahora la posibilidad de jugar en la misma liga.

El seísmo

Esto es fruto de la histórica caída en picado de la CDU, corolario de 16 años de gobierno de Angela Merkel. En siete (de un total de 16) Estados federados, la CDU ha perdido más del 10 % de sus votos tradicionales, y en otros tres un poco menos; entre ellos, todos los Estados federados del este del país, con la excepción de Berlín. En Sajonia, donde la CDU gobierna desde hace 30 años, ha ganado en apenas cuatro distritos electorales, el SPD en dos; en el resto ha pasado a manos de la extrema derecha (AfD). El panorama es similar en Turingia y en el sur de Sajonia-Anhalt. En el norte de este Estado, el mapa de mandatos directos2 se ha teñido de rojo y la CDU ha salido con las manos vacías.

La CDU ha perdido también en distritos tradicionalmente suyos de Renania-Westfalia, el Estado federado con más habitantes. En la ciudad catedralicia de Colonia, que gracias a la alianza de la cruz y la espada ha dado durante mucho tiempo la mayoría a la CDU, esta ha caído por debajo de la cota del 20 %. En ninguno de los cuatro distritos electorales de la ciudad ha logrado un mandato directo; hace cuatro años todavía pudo enviar a tres representantes elegidos directamente al parlamento federal. Uno de los distritos, en el sudoeste acomodado de la ciudad, ha dado la mayoría incluso a los Verdes.

Lo mismo ha sucedido en Aquisgrán, la ciudad de Armin Laschet [el candidato a canciller de la CDU]. Este no ha logrado concitar el apoyo de las víctimas de las graves inundaciones del verano, a pesar de los miles de millones otorgados por el gobierno federal: incluso en Ahrweiler, feudo tradicional de la CDU, esta ha perdido un 12,1 %, mientras que el SPD ha aumentado un 6 % y se sitúa ahora un poquito por delante de los democristianos. En el conjunto del país, la CDU ha cedido casi dos millones de votantes al SPD, más de un millón a los Verdes, 1,3 millones al FDP y un millón han optado por la abstención; en total ha perdido unos cuatro millones de votos en comparación con los resultados de 2017 (ha bajado de 15,2 a 11,2 millones), mientras que el SPD ha ganado en total unos 2,5 millones de votos.

La socialdemocracia ha logrado incrementos superiores a la media en el este y en Sarre (superiores al 10 %); es probable que en Sarre se haya beneficiado asimismo de la afluencia de votantes de Die Linke. El SPD ha obtenido 67 mandatos directos nuevos, perdiendo tan solo cinco. Es en este terreno, el de los mandatos directos, donde las pérdidas de la CDU han resultado más dramáticas: 89 escaños de elección directa, casi la mitad. En esto contrasta con la CSU [el partido democristiano de Baviera, aliado tradicionalmente con la CDU], que obtiene también el peor resultado de su historia, pero ha logrado de nuevo todos los mandatos directos, salvo uno, de su Estado federado. El peso de Baviera en el grupo parlamentario democristiano ha aumentado claramente.

Las causas

Las pérdidas electorales solo pueden achacarse en parte al candidato a canciller, que para buena parte del partido no fue una buena elección (particularmente en el este y, por supuesto, en Baviera [de donde es su rival en las primarias, que perdió]). En muchos aspectos, estos cambios ya se veían venir en elecciones precedentes, como por ejemplo en las municipales de Renania-Westfalia. La CDU ya se había situado antes de estallar la pandemia en el 25 %; la gestión de Merkel comportó entonces una nueva mejora, antes de que las pugnas entre los presidentes de los Estados federados la revirtieran. Es posible que esta tendencia de largo alcance tenga que ver con el hecho de que desde que Merkel anunció que dejaba la presidencia del partido, este no ha logrado encontrar a un sucesor o sucesora creíble.

Sin embargo, la causa de ello es en todo caso la pérdida de credibilidad de la CDU en ámbitos políticos en los que solía destacar: economía, pensiones, educación, y muy especialmente en el de la justicia social. Veamos el caso de las pensiones: desde hace bastante tiempo, el resultado de las elecciones viene determinado por las generaciones de más edad. La reforma de las pensiones impulsada por Konrad Adenauer en 1957, con la introducción del contrato intergeneracional y la adaptación dinámica del importe de las pensiones a la evolución del salario bruto medio, creó un caladero de votos estable para la CDU entre los y las pensionistas. Con el aumento de la pobreza entre la población de más edad, esta ventaja ha desaparecido: un proceso subterráneo que ahora ha aflorado. Así, entre el electorado de más de 60 años, el SPD ya supera en las encuestas a la CDU por 35 contra 34 puntos porcentuales.

Cuando Laschet centra entonces su campaña en la economía y proclama la necesidad de “liberarla de sus ataduras”, no es extraño que el SPD supere de lejos a la CDU en cuestiones de justicia social por 42 a 15 puntos y en pensiones por 32 a 24 puntos. Es más, incluso en el tema de los impuestos, la socialdemocracia ha adelantado a la CDU, ganando por 27 a 20 puntos, lo que indica hasta qué punto la gente considera que el sistema es injusto. Para Laschet, eso no tenía importancia y no hizo más que repetir la antigua respuesta de Müntefering de los años 2003-2005: social es lo que crea empleo; como si millones de personas no hubieran aprendido que a menudo no basta ni con dos empleos para llegar a fin de mes.

Según el instituto demoscópico Forschungsgruppe Wahlen, la mayoría de la población alemana lamenta la creciente desigualdad social y está a favor de subir los impuestos a las personas con ingresos más elevados, confiando en el terreno fiscal más en las propuestas del SPD. El SPD va por delante o está empatado con la CDU en todos los niveles educativos (graduados escolares, bachilleres). Desde el bachillerato en adelante, los Verdes superan al FDP. La clase trabajadora ha votado esta vez mayoritariamente por el SPD; hace cuatro años todavía le superaba la CDU. Los afiliados y afiliadas sindicales también han votado mayoritariamente por el SPD, pero con una ventaja todavía mayor para la socialdemocracia (SPD: +3,3 %; CDU: ‒4,9 %).

Cambio y persistencia

La situación política estuvo marcada en el verano y otoño de 2021 por dos tendencias opuestas: cambio y persistencia. Eso de ¡Seguid así! [el lema de campaña de la CDU] ya no funciona, pero tampoco se quería abandonar el modo en que Merkel gestionó las crisis. Esto ha dado pie, entre otras cosas, a que la gente reclame más previsión y asistencia por parte del Estado y a que el credo neoliberal haya perdido credibilidad, con lo que esto implica para el tema tabú de la deuda, que incluso los liberales del FDP van a abordar con creatividad. Este cambio de orientación es una de las razones que permiten que se forme una coalición semáforo. “En un país con muchos problemas, Olaf Scholz propugna un cambio que es el que mejor promete una continuidad cualitativa con respecto a una canciller Angela Merkel muy apreciada”, escribe el Forschungsgruppe Wahlen.

Cambio y persistencia han encontrado su reflejo en el comportamiento electoral de la población: el  40 % del electorado considera necesario que haya un cambio; el 60 % se inclina más por pisar el freno, porque teme que haya pérdidas. No es extraño que esta proporción varíe de una generación a otra. La CDU defendía en estas elecciones el ¡Seguid así! que nadie quiere, mientras que el SPD propugnó un cambio que no hace daño: el somnífero Scholz es la continuación del estilo de gobierno de Merkel, que se aprecia mucho. Entre los y las menores de 30 años ganan los Verdes y el FDP, bastante igualados entre sí (22 a 19 puntos porcentuales); la CDU no tiene nada que rascar en este grupo de edad. El FDP es más fuerte entre los hombres de menos de 30 años, pero entre los de más de 60 ha registrado pérdidas. La AfD [extrema derecha] es la fuerza principal entre todos y todas las votantes de menos de 60 años en los Estado del este.

El factor decisivo: ¿la persona o el programa?

“Nunca antes un candidato a canciller ha tenido menos prestigio”, escribe Forschungsgruppe Wahlen. La idea de que “al final siempre votas al partido” parece que ya no es válida. La fidelidad del electorado se ha debilitado claramente: en comparación con las elecciones de 2017, el SPD y los Verdes solo han logrado movilizar al 60 % de su electorado tradicional (aunque han sumado votos); la CDU y AfD al 50 %; el FDP tan solo el 40 % y Die Linke únicamente un 31 %. Esta pérdida de una parte de votantes tradicionales favorece una mayor personalización de las elecciones; la persona que encabeza la lista es más importante que el programa. Sin Scholz como candidato a canciller, el SPD no habría ganado y con Merkel como candidata, la CDU seguiría siendo el partido más votado. De este modo, la cuestión de ¿Qué candidato o candidata refleja mejor el estado de ánimo de la gente? adquiere más importancia que la de ¿Qué defiende?

Por otro lado, el fuerte aumento del voto por correo (alrededor del 50 %) hace que la votación sea menos sensible a los últimos avatares de la campaña electoral; refleje en mayor medida una valoración madurada y la gente ya no se decida tanto en el último minuto. A fin de cuentas, el resultado es más fidedigno.

Las consecuencia

Un factor decisivo de estas elecciones ha sido el hecho de que la CDU y la CSU no apoyaran unánimemente a su candidato a canciller. Diversos presidentes regionales de los Estados federados del este y de Baviera manifestaron públicamente, antes de la votación, sus reservas con respecto a Laschet. Y después de la votación, su propio partido lo dejó caer como una patata caliente. Se ha desatado una lucha encarnizada por la futura dirección del partido entre el ala neoliberal, el ala verde y el ala conservadora.

De hecho, la CDU ya se encontró una vez en una tesitura similar: en 1998, tras la derrota electoral que sufrió después de 16 años de gobierno de Helmut Kohl. En aquel entonces también se enfrentaron las diversas alas, afectadas además por el escándalo de las donaciones ilegales, que acabó asimismo con las perspectivas del príncipe heredero Wolfgang Schäuble, incapaz de renovar el partido a corto plazo. La CDU tuvo entonces la suerte de que apareciera Angela Merkel, como caída del cielo, quien se percató de que se le abría una oportunidad y reclamó la dirección. Pudo hacerlo porque no estaba contaminada ni pertenecía a ninguna de las camarillas internas.

Al hacer méritos, primero como secretaria general y después como presidenta, consiguiendo que la CDU se recuperara electoralmente, el partido no corrió de momento la misma suerte que otros partidos conservadores europeos, que se dividieron tras la caída del muro de Berlín. Pero aquello no fue más que un aplazamiento. Ahora, la tapadera Merkel ya no está y sus sucesivos intentos de preparar a una sucesora han fracasado. Hoy por hoy no se vislumbra en la CDU ninguna personalidad reconocida por todas las alas que pudiera hacerse con las riendas del partido. Otro partido de masas que se erosiona, con consecuencias que todavía nadie conoce.

Los Verdes

El resultado excelente de los Verdes es un claro reflejo del hecho de que las amenazas derivadas del cambio climático han pasado a constituir la principal preocupación de la gente: según las encuestas, la defensa del clima es para el 46 % la tarea más importante. Que los Verdes no lograran el resultado que prometía (aparentemente) la serpiente de verano parece más bien normal. Tales hipérboles son instantáneas que distorsionan la imagen real del estado de ánimo de fondo. Por eso tampoco es correcto evaluar el resultado de los Verdes a la luz de aquella ocurrencia. Queda el hecho de que han dado un salto del 9 al 14,8 % de los votos, fruto de su decisión de estar dispuestas a pactar a diestro y siniestro. Para convertirse en el partido de masas que pretenden les falta una base social más amplia, que tanto la CDU como el SPD siguen teniendo a pesar de sus retrocesos.

El FDP ha buscado nuevos caladeros de votos, pero apenas ha conseguido crecer (+0,3 %).

El partido Die Linke

La segunda peculiaridad de estas elecciones es la caída en picado de Die Linke, hecho que no tiene nada que ver con los fenómenos anteriormente descritos. Die Linke ha perdido en total dos millones de votos, reduciéndose así su número total de votos casi a la mitad. Ha cedido más de 800.000 votos al SPD y más de 600.000 a los Verdes. Donde más ha perdido el partido ha sido en los Estados del este, además de Sarre, Hamburgo, Bremen y Berlín, que hasta ahora eran sus bastiones. Si en 2017 obtuvo en todos los Estados del este porcentajes de dos dígitos, con un máximo del 14 % en la capital alemana, ahora solo supera el 10 % en Turingia (11,4 %) y Mecklemburgo-Antepomerania (11,1 %). El partido tiene que luchar ahora por su supervivencia parlamentaria.

Muchos atribuyen la derrota electoral a las disputas en relación con Sahra Wagenknecht. Sin embargo, el análisis de los resultados que hace [el sociólogo miembro de la Fundación Rosa Luxemburg] Horst Kahrs sugiere que las causas podrían ser más profundas. Aduce tres elementos: a) la división continua del partido en tres corrientes (Linke, Foro Socialista Democrático y Wagenknecht); b) el hecho de que Die Linke no haya conseguido desde 2012 penetrar más en el electorado del SPD; c) el hecho de que su política climática va más bien a la zaga de los Verdes.

A lo largo de toda la campaña, el perfil político de Die Linke ha permanecido muy anodino: con su lema de justicia social no ha logrado diferenciarse realmente del SPD, que ha utilizado ampliamente la misma consigna. En estas circunstancias, la polarización que se produjo hacia el final de la campaña entre Laschet y Scholz hizo que sin duda muchos y muchas votantes optaran al menos por el voto útil, o sea, por el SPD.

La división interna del partido tiene que ver con su génesis: mezcla híbrida de los restos del partido gobernante de Alemania del Este y de la expresión política del movimiento contra la reforma laboral Hartz IV, hasta hoy no ha hallado un núcleo programático común, un alma del partido. Aunque sigue obteniendo más apoyo que otros entre los sectores desempleados, Fuera Hartz IV ya no es su marca distintiva. Considera el planteamiento demasiado estrecho, cosa que es cierta si con ello se hace referencia al hecho de centrarse en las demandas de estos sectores.

El caso es que Hartz IV fue un cambio de sistema que permitió la transformación neoliberal de la sociedad. Desde este punto de partida se pueden explicar todos los problemas que tienen que ver con la extensión de la precariedad laboral y la desigualdad social. Y sería una clara línea de confrontación con el SPD, mientras que la demanda de justicia social no lo es. No se trata únicamente de la cuantía del subsidio de desempleo, sino fundamentalmente de la cuestión de si todo el mundo tiene un empleo que le dé suficiente para vivir o de si, a medida que disminuye el volumen total de trabajo, cada vez más personas tengan que aceptar unas condiciones de esclavitud. O sea, se trata de propugnar la reducción de la jornada laboral como pivote central de una concepción diferente del mundo del trabajo.

En el este ya ha perdido desde hace tiempo su prestigio como partido de la protesta a medida que se ha ido parlamentarizando, cediendo el espacio a la AfD. Por lo demás, el partido no llega a comprender que las cuestiones ecológicas constituyen el principal desafío que ha de afrontar la humanidad, que solo podrán resolverse sobre la base de la justicia social. En este terreno también podrían formularse respuestas distintivas que tengan que ver con las garantías sociales de una transformación ecológica. Defendiendo con tenacidad el abandono del carbón para 2030 y la limitación de la velocidad en las carreteras a 130 km/h, Die Linke se diferenciaría claramente de los Verdes, que renunciaron a estos objetivos en la misma campaña electoral. No está escrito que Die Linke tenga que erosionarse entre el SPD y los Verdes.

Si encima busca negociar su entrada en el gobierno, sin tener realmente nada que aportar, la campaña electoral se convierte en un espectáculo triste y penoso. El caso es que la izquierda puede ganar elecciones, como muestran justamente estas semanas algunos países vecinos. Hace falta una profunda renovación de Die Linke, una renovación que no se conseguirá a base de escribir textos y abrir debates, sino únicamente mediante la implicación en los conflictos sociales, en las empresas y los barrios, donde se pueden poner en práctica los valores de la solidaridad. Los movimientos extraparlamentarios vienen creciendo desde antes de las elecciones, y algunos de ellos también han registrado éxitos. Este es el punto de partida hacia la construcción de un partido ecosocialista merecedor de este nombre.

Mientras tanto, las negociaciones postelectorales apuntan a la formación de una coalición semáforo, lo que significa que los tres partidos implicados podrán acordar medidas encaminadas a fomentar con ahínco las energías renovables, pero difícilmente podrán consensuar medidas que permitan reducir la emisión de CO2. Los Verdes están dispuestos a renunciar a la limitación de la velocidad en autopista a 130 km/h, una medida que constituye un mínimo absoluto. La disyuntiva entre mercado y planificación será en el futuro cada vez más acuciante.

Notas

  1. Los colores que distinguen a cada partido son: negro = democristianos (CDU-CSU), rojo = socialdemocracia (SPD), verde = ecologistas (los Verdes), amarillo = liberales (FDP), rojo = izquierda (Die Linke). Así, una coalición semáforo implicaría a socialdemócratas, verdes y liberales
  2. En las elecciones alemanas, cada votante deposita dos papeletas: una para la elección por el sistema mayoritario de un candidato o candidata de la circunscripción respectiva (mandatos directos), y otra para la elección por el sistema proporcional de una lista de partido a nivel federal