Cultura – Jimi Hendrix, el músico que reformuló el instrumento. [Cristian Vitale – Ignasi Moya]

50 años de la muerte de Jimi Hendrix, gran gurú de la guitarra

C. Vitale

Página/12, 19-9-2020

Correspondencia de Prensa, 21-9-2020

“Quiero hacer música tan perfecta que se filtre a través del cuerpo y sea capaz de curar cualquier enfermedad”

El deseo no mutó en realidad para Jimi Hendrix. Poco después de hilvanar semejante frase durante una de las últimas entrevistas que dio a la prensa, murió. Fue el viernes 18 de septiembre de 1970. La versión “oficial” es que se ahogó en su propio vómito, camino al hospital. Que eso ocurrió por la impericia de unos enfermeros que lo pusieron boca arriba en la ambulancia, tras encontrarlo inconsciente en la habitación del hotel que compartía con Mónica Dannerman, su amigovia, en Notting Hill. Había mezclado barbitúricos con vino en cantidad. Una hipótesis más reciente, en cambio, habla de asesinato. Afirma James Wright en su libro Rock Roadie (2009) que en realidad lo mató Michael Jeffery. El presunto asesino era su manager y, según el libro, éste pensaba que Jimi estaba por abandonarlo, y no quería perderse el multimillonario seguro de vida que había contratado. La versión no es descabellada, dado que Wright era tan cercano a uno como a otro, y asegura que Jeffery se lo confesó personalmente un año después del hecho. Pero dos cabos sueltos nublan la posibilidad. Una es que el empresario ya no está para ratificar sus posibles dichos –murió en 1973-, y otra es que no se entiende por qué Wright demoró tanto en hacer pública la noticia.

Como fuere, James Marshall Hendrix ya no está. El infernal y poderoso dios de la guitarra lo devoró en sus fauces hace ya cincuenta años. Tenía 27, la misma edad que Brian Jones, Janis Joplin, Jim Morrison y Kurt Cobain cuando murieron. Al igual que el último, había nacido en Seattle, pero 25 años antes, en 1942. Del período que va desde su nacimiento hasta 1966, año de su llegada a Londres, se destacan algunas secuencias que reaparecerían de manera alegórica durante su corto pero intenso devenir. Se dice que lo habían expulsado de la escuela secundaria porque el negro intentó “avanzar” a una compañerita blanca. Poco después, en 1961, se alistó en el ejército como paracaidista -una decisión relacionada con evitar una condena por conducir autos robados antes que con el espíritu patriótico-, hasta que un severo esguince de tobillo (otros aseguran que lo echaron por inservible) sufrido durante un aterrizaje lo echó para atrás. El tercer mojón del joven Hendrix –y el más relevante- es que hizo sus primeras armas musicales junto a tipos negros: el pionero del soul Solomon Burke; el saxofonista King Curtis; Wilson Pickett; el cantante Curtis Knight, los Isley Brothers y los Upsetters de Little Richard, entre otros, hasta que formó su propia banda: la Jimmy James and the Blue Flames. Con ella sonaron las primeras versiones de “Foxy Lady”, y los covers “Like a rolling Stone” o “Summertime” en el derruido y mítico “Café Wha?”, del Greenwich Village.

Un paracaidista sobre Londres

Lo del Hendrix paracaidista opera como metáfora propicia para comparar con su llegada a Londres. Nadie absolutamente lo conocía cuando aterrizó en tierras británicas, precisamente como el paracaidista que había intentado ser en el ejército de Estados Unidos. Chas Chandler, bajista de The Animals, lo había escuchado tocar “Hey Joe” en el “Cafe Wha?” del Village -ese que solían frecuentar Bob Dylan, los Beatles y los Stones- y se la jugó entera por él. Tanto se la jugó que dejó su puesto en la banda de Eric Burdon y se convirtió en representante, productor, confidente, protector y amigo de ese anónimo guitar hero de 23 años. Le pagó los pasajes de ida. Lo vistió. Lo alojó en su departamento. Y le dio de comer, al punto que el mundo le debe a Chandler el hecho de que ese genio haya salido de la lámpara. También a Linda Keith, la mujer de Keith Richards que lo fogoneó tras verlo tocar con los Squires, en el The Cheetah Club. Y luego a Noel Redding y Mitch Michell, claro, que pronto se convertirían en la base rítmica de la Jimi Hendrix Experience.

El debut del fulminante trío fue a mediados de octubre del ’66, en el Novelty de Evreux, París, como telonero del cantante Johnnie Hallyday, y tuvo buena recepción. Pero para que la suerte del principiante no fallara en Londres, los finos ingleses tuvieron que ver a Hendrix arremolinar con su tormentoso sonido la escena del “Scotch of St. James”, en el premonitorio concierto de diciembre de 1966. El rock and roll expansivo, fuerte y hechizante del cherokee obnubiló miradas, oídos y cuerpos. Y ya no hubo forma de frenar el volcán sonoro que manaba de su guitarra zurda, esa que haría trastabillar el liderazgo del mismísimo dios blanco del blues, Eric Clapton, que lo “sufrió” en carne propia cuando lo vio tocar “Killing floor”, durante un concierto de Cream en la Universidad de Westminster.

En el tiempo que demora una nube pasar, Hendrix se transformó en el rey negro del blues blanco a través de hitos que se fueron concatenando. Primero el de noviembre del ’66, cuando John Lennon, Jeff Beck, Pete Townshend y Kevin Ayers, entre otros, quedaron impávidos antes sus inauditos trucos en el Bag O´Nails de Londres. Después, a comienzos del año siguiente, cuando el tipo prendió fuego la viola en el Astoria de Londres. Luego, claro, esos dos discos en hilera (Are you Experienced y Axis: bold as love) que devendrían determinantes para el acid rock salvaje, a cuatro canales, que marcó a fuego el año ’67. El talante revolucionario de temazos como el nostálgico “Spanish Castle Magic”, la bellísima “Little Wing”, “May this be love”, o esa oda a la danza indígena llamada “Castles made of sand” (algunos de ellos inspirados en lo que escuchaban Hendrix y Chandler en sus cotidianas recorridas por los pubs de londinenses) fueron nodales. Tanto que, de ser un poco conocido profeta en su tierra, Jimi pudo volver a Estados Unidos como un campeón. El Monterey Pop, festival en el que participó gracias a lo densos que se habían puesto Paul McCartney y Brian Jones con los organizadores, cayó rendido a sus pies cuando, hacia el final de su parte, el abismal y estrafalario violero volvió a inmolar su guitarra en fuego.

Amante negro, mujeres blancas

Eso del amor de Hendrix por las mujeres blancas no quedó en la anécdota escolar. En la tapa de Electric Ladyland (1968) hay alguna que otra bella mujer negra en el fondo, pero las que ocupan casi todo el foco central de la imagen son de esas rubias pulposas, desnudas, que probablemente Jimi trataba como a su guitarra… como un péndulo entre ternura y salvajismo. Sus inclinaciones sexuales, al contrario de ese mal trago que había tenido que pasar en el colegio, eran bienvenidas por las chicas de Carnaby Street. Tanto que la mala idea de castigar el atrevimiento iconográfico, a fuerza de censurar sus discos en algunos medios o en disquerías, no hizo más que aumentar el tenor de las fantasías sexuales colectivas, en una época que precisamente se esperaba y buscaba eso: la transgresión de hábitos y costumbres… el rechazo visceral a la moral victoriana.

En lo musical, Electric… ratificó lo que sus seres más cercanos sabían: el obsesivo apego de Hendrix al trabajo en estudio que lo llevaría hacer un show tras otro para bancar la construcción del suyo propio: el Electric Lady. Nadie podía entender los sonidos que el tipo le sacaba a su guitarra, así fuera a fuerza de tener que repetir treinta veces la toma de un solo. O de manipular el pedal wah-wah, los distorsionadores y las cajas de efectos cuantas veces quisiera. O de redimensionar el sonido a través de una pared de Marshalls al palo. O de improvisar riffs hasta parir lo desconocido. Cierto es que el minucioso trabajo en estudio venía de los discos iniciales –basta con escuchar el trabajo de guitarras al revés que implementa Jimi en “Are you Experienced?”, o el panning envolvente de “Exp”, por caso- pero fue en Electric Ladyland donde la perfección en estudio alcanzó su cenit. El trabajo de su voz en “Crosstown Traffic” no se puede creer. Tampoco cómo habla esa guitarra al comienzo de “Stil raining, still dreamin”, o la mística pieza que dedicó a su madre cherokee: “Gypsy eyes”.

El disco también significó llevar a cabo entre cuatro paredes un hábito que el guitarrista siempre había tenido los bares y sucuchos en los que se hizo: el de tocar tanto con conocidos como con desconocidos. Así fue que Jack Cassidy, bajista de Jefferson Ariplane, y el mismísimo Steve Winwood al órgano, lo ayudaron a sacar, a pura zapada, la imponente “Voodoo Chile”.

Retorno a las raíces

Los comienzos negros en Nueva York, en tanto, retornaron a la vida de Hendrix a mediados de 1969. En plena hechura del blusazo llamado “Lover man”, el reconvertido “Stone free” o la enérgica versión de “Bleeding Heart”, el clásico de Elmore James (temas que irían a parar al póstumo Valleys of Neptune), Jimi se distanció a las piñas de Redding. Al punto de jamás volver a juntarse con él, después del accidentado concierto en el Denver Pop Festival de junio del ’69. La relación entre ambos venía resquebrajándose desde las agitadas sesiones de Electric…, cuyo constante pulular de gente desconocida por el estudio (eso que muchos llamaban “circo”) terminó por colmar la paciencia de Redding. Tal situación, más algunas presiones de organizaciones activistas por los derechos de los negros, definieron la separación del grupo.

El efecto inmediato, claro, fue que Jimi se volvió a pintar de negro. Primero armó la Gypsy, Sun & Rainbows, con dos percusionistas afrolatinosos (Juma Sultan y Jerry Vélez); su viejo amigo del ejército, Billy Cox; el mismo Mitchell y otro amigo suyo que tocaba la guitarra rítmica: Larry Lee. Tal fue la banda con que se presentó en la mañana del cuarto día de Woodstock, ante treinta mil de las 400 mil personas que habían asistido, y la que lo acompañó hasta que dos de ellos (Lee y Vélez) decidieron irse, obligando a Hendrix a retornar al formato trío, junto a dos de su color: el mismo Cox y Buddy Miles en batería. La Band of Gypsys que grabó el epónimo disco en vivo (registrado el último día de 1969 en el Filmore East) en el que todos los géneros negros con acento en el soul confluyeron en una psicodelia radicalmente distinta a la conocida hasta entonces.

El ambiguo entendimiento entre Hendrix y el irregular Miles, sin embargo, terminó obstruyendo la continuidad del grupo, y 1970 reencontró a Jimi con Mitchell. De todas formas, no fue mucho lo que pudieron hacer, más allá de parte de lo que iba a ser otro disco doble (First rays of the new rising sun) o arrimar algo de rabia al festival de la Isla de Wight. Meses después del reencuentro con Mitch, la muerte sorprendió a Hendrix. Era como si la recuperación de su ciclo vital, pulsión de vida, se mezclara irremediablemente con su opuesto, dado por un complejo combo de drogas, viejos vacíos portadores de angustia, y descontrol. El talante pacifista y anti guerra de Vietnam de alguno de sus temas tardíos (“Machine Gun”, por caso) contrastaba con la radicalizada rispidez de ciertos Panteras Negras que insistían en acusarlo de traidor a su raza.

Durante el año cero de la década del setenta, Hendrix alternaba algunos días de esplendor, como el concierto que dio para casi medio millón de personas en el Atlanta International Pop Festival a principios de julio, con otros en los que no salía de su departamento, sumido en largos viajes de heroína, y con el cabello que se le caía de a mechones. Ya le fastidiaba tocar la Fender Stratocaster con los dientes, o ponérsela en la espalda. Se dijo que él mismo no pudo controlar lo que había creado. Se dijo que aquello era imposible ante la crueldad del show business. Se dijo que su carácter jodido le jugaba en contra en decisiones cruciales. Lo que no se dijo, todavía, es cómo diablos hizo para generar semejante obra. El secreto no está en la música abstracta, esparcida quien sabe dónde, sino enterrada junto a su cuerpo y el de su madre india en el Greenwood Memorial Park.

No existe forma de concebirla si no es pegada a sus huesos.

***

Se cumplen hoy 50 años de la muerte de Jimi Hendrix, el músico que hizo enmudecer a Eric Clapton

La guitarra que mató a Dios

I. Moya    

La Vanguardia, 18-9-2020

Según la autopsia que se le practicó, Jimi Hendrix murió en Londres el 18 de septiembre de 1970 a causa de la aspiración de su propio vómito por una intoxicación de barbitúricos . De este modo, el músico pasaba a formar parte del tristemente célebre Club del 27, esto es, jóvenes artistas fallecidos a esa edad en trágicas circunstancias; un club en el que le precedió otro guitarra, Brian Jones (1969) y en el que hay que anotar también, entre otros, los nombres de Janis Joplin (1970), Jim Morrison (1971), Kurt Cobain (1994) o Amy Winehouse (2011).

Pero lo cierto es que Hendrix no necesitaba de una muerte trágica para convertirse en leyenda. Su forma de tocar la guitarra, difícilmente comparable a ninguna otra en su momento –y aun después–, bastaba para que su nombre se hubiera mantenido entre los más destacados de la música del siglo XX.Cultura2109 II

De su indiscutible maestría con el instrumento que le propició la fama da fe una anécdota sobre sus primeros días en Londres en 1966, a donde había llegado procedente de Nueva York con cuarenta dólares en el bolsillo, siendo todavía un músico completamente desconocido. Según se cuenta (la anécdota parece cierta, aunque algunos detalles difieren según las fuentes), en aquellos días de finales de septiembre del 66, en plena efervescencia del Swinging London, el rey indiscutible entre los músicos británicos era el guitarrista Eric Clapton, que por aquel entonces formaba trío junto a Jack Bruce (bajo) y Ginger Baker (batería) en un grupo que devendría mítico en la historia del rock: Cream. La fama de Clapton era ya tal que en algunas paredes de la capital británica aparecieron pintadas con el lema “Clapton is God”. Clapton es Dios. Nadie se atrevía a toserle si de rasgar o puntear las seis cuerdas se trataba.

Cuando Hendrix se subió al escenario y empezó a tocar, Clapton quedó tan impactado que sus manos se le cayeron de la guitarra y se bajó del escenario

Hendrix era también un admirador confeso de Clapton y el caso es que, cuando llevaba en Londres escasamente una semana, se le presentó la oportunidad de acudir a un concierto de Cream y, gracias a la mediación de quien le había facilitado el viaje (que sería también su mánager, Chas Chandler), pudo subirse al escenario para tocar con ellos. Y cuenta la anécdota –o la leyenda– que en cuanto Hendrix empezó a tocar los acordes de Killing Floor , un blues eléctrico de Howlin’ Wolf de difícil ejecución, Clapton quedó pasmado, tan impactado que sus manos se le cayeron de la guitarra y se bajó del escenario. Tal es la impresión que el recién llegado le había causado. Hendrix acababa de matar a Dios. O, como mínimo, de bajarlo del cielo.

La historia también cuenta que la admiración mutua entre ambos guitarristas no se vio afectada por aquel encuentro, pero es una buena muestra de que la fascinación que producía Hendrix con su instrumento no era sólo cuestión de florituras, de colocarse –como hacía– la guitarra en la espalda, de  tocar las cuerdas con los dientes, de romper guitarras en el escenario o incluso pergarles fuego… Hendrix era un maestro y de eso se daban cuenta incluso otros maestros.

La anécdota resucita en el cincuenta aniversario de la muerte del músico norteamericano y la encontramos en alguno de los libros que, coincidiendo con la efeméride, llegan ahora a las librerías. Por ejemplo, el del periodista Jas Obrecht, Stone Free. De Londres a Monterrey: los nueve meses que cambiaron la historia del rock  (Libros Cúpula), una crónica precisa de los nueve meses que Hendrix pasó en Londres y que fueron determinantes para el despegue artístico del guitarrista. El autor recorre desde los prolegómenos de su viaje de Nueva York a la capital británica hasta el regreso a los Estados Unidos para participar en el histórico Festival de Monterrey.

Unos meses en los que formó junto a Noel Redding (bajo) y Mitch Mitchell (batería) la Jimi Hendrix Experience, la banda con la que realizó sus primeros conciertos en el Reino Unido y con la que grabaría su primer elepé Are You Experienced, que se publicó en mayo de 1967. El debut discográfico de Hendrix tuvo un excelente recibimiento y si no alcanzó el primer puesto en las listas de éxitos del momento se debió sin duda a que tuvo que competir con uno de los más grandes iconos de la historia de música popular, lanzado al mismo tiempo, el Sgt. Pepper’s Lonenly Hearts Club Band  de The Beatles.

Sin ser una biografía completa, el libro de Obretch, aun centrándose en un breve periodo de la vida de Hendrix, ofrece de todos modos un retrato bastante aproximado de la personalidad del músico, alguien que, efectivamente, cambió la historia del rock, no sólo por su música sino por su forma de tocar, por su apariencia y por lo que significaba en aquellos años sesenta del pasado siglo que un artista negro liderara un grupo de músicos blancos. De todos modos, quien prefiera una biografía más completa también podrá acudir al libro de Mick Wall Vida y muerte de Jimi Hendrix  (Alianza Editorial) de próxima aparición en octubre.

Hendrix en Mallorca 

Si la anécdota de Clapton es conocida por muchos de los fans de Hendrix, menos sabido es que el músico ofreció dos conciertos en España en el verano 1968. Fue en la discoteca Sgt. Pepper, de Palma, recién inaugurada. El local contaba entre sus promotores con Chas Chandler y Mike Jeffrey, mánagers de Hendrix, y ese es el punto de conexión que posibilitó aquellos conciertos, en unos años en los que las actuaciones de grandes estrellas internacionales del rock eran en España más bien escasas.

Los miembros de la Jimi Hendrix Experience fueron invitados por Jeffrey a pasar unos días en la isla, a cambio de lo cual únicamente debían ofrecer un concierto en el nuevo local. La cita tuvo lugar el 15 de julio para unos pocos escogidos, muchos de ellos extranjeros (entre ellos un buen grupo de marines norteamericanos, de escala en las islas) y unos pocos locales. Las –escasas– crónicas del espectáculo hablaron de un bolo con ciertos problemas de sonido que sin embargo no fueron obstáculo para que el público allí reunido quedara impresionado por lo que veían sobre el escenario. Pero la cosa no quedó ahí, al día siguiente Hendrix se pasó de nuevo por el Sgt. Pepper y mostró su predisposición a subirse de nuevo al escenario con su guitarra. Y lo hizo junto al grupo local Z-66, la banda que en aquellos días actuaba habitualmente en la discoteca y cuyo líder era el después conocido cantante mallorquín Lorenzo Santamaría. Fruto de algún modo de una casualidad, coincidiendo con la emergencia de Mallorca como destino turístico internacional, la actuación de Hendrix en el Sgt. Pepper de Palma ha quedado como un hito en la memoria cultural/musical de la isla.

Anécdotas al margen, siempre quedará su música, los sonidos que creaba con las seis cuerdas de su Fender Stratocaster, el modelo de guitarra que él contribuyó a convertir en mítico. Imprescindibles los álbumes que publicó en vida, los tres con la Jimi Hendrix Experience: Are You Experienced (1967), Axis: Bold As Love (1967) y Electric Ladyland (1968); y el directo Band of Gypsys (1970).

Los comentarios están cerrados.

Tema: Baskerville 2 por Anders Noren.

Subir ↑