Jean Stern*
Orient XXI, 2-4-2025
Traducción de Correspondencia de Prensa, 9-4-2025
En una película de una belleza asombrosa, llena de emoción, Alireza Ghasemi y Raha Amirfazli trazan el destino de tres refugiados de una familia afgana en Irán, un país que prefiere la hostilidad a la hospitalidad, a pesar de los discursos oficiales. Tierra de hermanos ilustra con una lucidez melancólica la universalidad de la brutalidad hacia su vecino.
«Bienaventurados los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios», decía Mateo. No sé si este compañero de Cristo tenía razón, porque, incluso con un corazón limpio, no siempre se es feliz. Sobre todo si, en este horrible primer cuarto del siglo XXI, se es un exiliado en un país hostil. Como un afgano en Irán. Desde la invasión soviética en 1979 hasta el regreso de los talibanes en 2021, casi cinco millones de afganos se han refugiado en Irán. Dos generaciones, que son el tema central de la magnífica película de los iraníes Alireza Chasemi y Raha Amirfazli Tierra de hermanos. La película fue galardonada con el premio del Festival de Sundance 2024, que reconoce lo mejor del cine independiente mundial, y es imprescindible verla. Se estrenó en Francia el miércoles 2 de abril.
Es una película política que nos arranca las entrañas, pero también es de una belleza sobrecogedora, gracias a un plano diáfano y blanco, como el aliento de la muerte. Después de la proyección, uno sale llorando, pero también lleno de rabia. Porque la película trata de una lacra universal, la hostilidad hacia los exiliados y la brutalidad que la acompaña. A veces se compensa con simples gestos de solidaridad, más individuales que colectivos. Lo vemos una vez más en Tierra de hermanos. Pensamos en esos millones de palestinos de Gaza y Cisjordania a los que Netanyahu y Trump quieren expulsar por las rutas del éxodo hacia los países «hermanos». Donde, como todos sabemos, no serán bienvenidos.
«Tres corazones puros»
La hipocresía, la mentira, el odio y la envidia son valores ajenos a los corazones puros. Como los de los tres personajes principales de Tierra de hermanos, tres seres maravillosos y delicados. Mohammad, Leila, Qasem. Son de la misma familia de refugiados afganos, y seguimos su destino en tres momentos, en tres lugares diferentes de Irán. Primero, una comisaría de policía devastada en un pueblo de montaña nevado y lúgubre. La blancura del paisaje le da una luz singular a la película. Muy suave, casi hipnótica. Luego descubrimos un chalet brutalista de los años 70 en una estación balnearia de la burguesía iraní amenazada por hermosos perros salvajes. Y finalmente, un taller de costura en el centro de un apartamento, en un suburbio tranquilo de Teherán.
Me limito a presentar el escenario, porque los giros del guion encierran tantas sorpresas que sería una pena revelarlas. En la primera parte de una película construida en tres tiempos, Mohammad, un adolescente inteligente de indiscutible belleza, desafía la nieve. Descubrimos a un chico atractivo y fuerte a todos los niveles. En bromas, en clases de mecánica, en inglés, en origamis de papel e incluso en yeso. Un policía iraní con una mirada pesada de deseo sin ambigüedades lo descubre a la salida de su colegio. El policía persigue a los indocumentados afganos para limpiar su comisaría apestosa y utiliza su poder para destruir a Mohammad.
En la segunda parte, encontramos a Leila, muy apegada a Mohammad al principio de la película, trabajando con su marido para iraníes ricos, estilo hipster, que consumen alcohol y tiran mucha más comida de la que comen. El retrato de estos oportunistas es feroz, y está pintado de forma cómica. Uno se pregunta qué nivel de corrupción pueden tener. Leila hace todo lo posible por complacer a su marido, su hijo y sus patrones.
Por último, Qasem, un tío de Mohammad. Qasem, que aparece al principio de la película en una comida familiar, se enfrenta a la atroz burocracia político-religiosa que decide el destino de los exiliados. La lógica de toda esta gente de Teherán es la misma que la de Washington, Londres o París. Primero humillar, luego adular, y mentir siempre. Qasem no puede, no quiere seguir mintiéndole a su esposa, una costurera atenta y amante.
La película acompaña los dolores invisibles de Qasem, Mohammad y Leila. Nos gustaría poder abrazar a estas tres personas, mandarles un mensaje de fraternidad. La universalidad de la película es tal que uno puede sentirse en todas partes. Me vienen a la mente un recuerdo de Calais [puerto francés donde naufragan los exiliados que tratan de llegar al Reino Unido.ndt], los testimonios de los periodistas, otro recuerdo de Niza, el juicio de Martine, una activista que acogía a exiliados en el valle de Roya [por donde llegan a Francia aspirantes al asilo político del mundo entero, después de meses, e incluso años de violaciones, secuestros, habmre, persecusiones. ndt]. El prefecto la acusaba de delito de solidaridad con las mismas palabras que su homólogo iraní. ¿Tierra de hermanos? También es Francia, y muchos otros países. Un policía intimida, pero un profesor no, y eso también se parece a Francia.
«La fuerza de la disimulación»
A lo largo de la película, entendemos que más que la mentira, que parece ser el principal cimiento del régimen iraní, es la disimulación lo que salvará a estos tres exiliados afganos de la peor de las sanciones para ellos: la expulsión, la pérdida de documentos, la falta de futuro. Leila, Mohammad y Qasem hacen todo lo posible por disimular, por construir escenarios que oculten su terror de tener que volver por el camino del exilio, pero al revés. La proeza de Tierra de hermanos es contar esos disimulos a la vez que los oculta.
Por supuesto, la película sólo podrá verse en Afganistán e Irán por vías indirectas. Razón de más para verla en Francia [y donde sea proyectada. ndt]. Los dos directores ya no están en su país de origen, lo cual, tristemente, ya no nos sorprende. El exilio es un movimiento perpetuo, y la aspereza de las relaciones sociales y de dominación con los exiliados es un hecho universal.
*Jean Stern.Trabajó para los periódicos Libération, La Tribune y La Chronique d’Amnesty International. En 2012 publicó Les Patrons de la presse nationale, tous mauvais en la editorial La Fabrique; en la editorial Libertalia: Mirage gay à Tel Aviv en 2017 y Canicule en 2020.