Entrevista a José Mauricio Domingues
Gabriel Brito*, de la Redacción de Correio da Cidadania
Correio da Cidadania, 18-10-2024
Traducción de Correspondencia de Prensa, 20-10-2024
Con las elecciones municipales prácticamente terminadas, ya que sólo falta una segunda vuelta en algunas grandes ciudades, Brasil observa unos resultados que revelan una victoria inequívoca de la derecha. Como explica el sociólogo José Maurício Domingues, no han hecho más que reforzar la tendencia establecida en 2016. Pero, más que eso, estamos ante un fenómeno de «re-oligarquización» de la democracia incompleta del país, un proceso amplificado por la anemia ideológica de la izquierda, que paradójicamente reproduce esta dinámica en sus propias estructuras.
En términos prácticos, el resultado de las elecciones es un reflejo reiterado de la recuperación de la dirección del Estado brasileño por parte del gran capital y sus grupos representativos, cuyo control del presupuesto se está profundizando hasta el punto de volver a situar al país en una senda insólita hacia un pasado que se remonta al inicio de la República.
«En Brasil, las cosas se complican por el hecho de que el neo-patrimonialismo -que algunos tontamente quieren negar o al que dan menos importancia- es muy fuerte en el funcionamiento del Estado y del sistema político en particular, como vimos en las últimas elecciones. Las enmiendas secretas o ahora Pix («El Pix permite aumentar la competitividad y la eficiencia del mercado«, entre otros puntos señalados por el Banco do Brasil, ndt), inventadas para sacar provecho de un presidente que, aunque autoritario, era débil en particular frente al Congreso, se han convertido en un mecanismo extremadamente perverso desde el punto de vista democrático e incluso para el funcionamiento del Estado», afirma el autor de “Uma esquerda para o século XXI – horizontes, estratégias, identidades”.
Mientras se amplifican análisis de diversos matices que declaran la muerte y la incapacidad de la izquierda para comunicarse, especialmente con las clases subalternas, Domingues sitúa el contexto actual en una perspectiva histórica, tanto dentro como fuera del país, que es la tónica de sus trabajos. Para él, ha habido un proceso de desdemocratización en marcha desde la década de 1970, en consonancia con el auge del neoliberalismo y su versión del capitalismo. En medio de ello, la izquierda se encuentra aún en un limbo de desmoralización y acomodación provocado por el fin de la Unión Soviética.
«En este sentido, el financiamiento público -y obviamente el financiamiento corporativo de las campañas aún más- es sólo un mal menor, porque independiza a los partidos de sus bases sociales (como lo hizo en gran medida el impuesto sindical, cuyo fin condujo a una crisis sindical sin precedentes) y de la militancia política. El problema se complica por el hecho de que los partidos están muy satisfechos con esta situación».
A nivel brasileño, ni siquiera un triunfo de Guilherme Boulos en la segunda vuelta de las elecciones contra Ricardo Nunes en la mayor ciudad del país cambiaría el panorama presentado aquí. Posiblemente, incluso podría empeorarlo, ya que refuerza la ilusión de unas administraciones de izquierdas que poco pueden aplicar de su programa real, rodeadas de parlamentarios conservadores y aliados del poder económico. Y su partido, el PSOL, que se ha presentado en política como una oposición socialista a los caminos tomados por el PT, representa de manera más clara los dilemas aquí debatidos.
«El PSOL está dividido entre una adhesión al lulismo sin ningún proyecto que lo diferencie y una política incapaz de comprender que necesitamos un bloque histórico amplio y renovado para retomar el camino empedrado de la democracia y el cambio social. Por su parte, el PT tampoco lo entiende. En el fondo, no sale de su perspectiva de hegemonía, que disfraza tras la fuerza de Lula. El hecho es, sin embargo, que las luchas sociales se han enfriado considerablemente en Brasil y reconstruir una izquierda en este contexto que sea combativa y amplia al mismo tiempo, que piense en Brasil de forma republicana y con un proyecto nacional, no es nada fácil.»
En términos generales, queda mucho camino por recorrer. Los ideales postcapitalistas o socialistas han quedado relegados a un segundo plano en la gramática de las luchas y percepciones populares. Pero en un contexto histórico de desmoronamiento del metabolismo capitalista, reflejado en las crecientes tragedias medioambientales, es absurdo afirmar que han perdido su significado. Queda por ver qué actores políticos y sociales serán capaces de amalgamar todas las frustraciones y deseos legítimos de los seres humanos.
«Las tecnologías han avanzado, la destrucción medioambiental se ha agravado con el cambio climático, la desigualdad ha aumentado, la gente sigue interesada en la política a pesar de su creciente oligarquización; en general respeta al Estado, aunque también apuesta a sus propias fuerzas para mejorar su vida. Le corresponde a la izquierda subrayar la dimensión de la organización y de las soluciones colectivas, sin oponerlas a las soluciones e iniciativas individuales, lo que también sería algo nuevo.»
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Correio da Cidadania: ¿Cuáles son sus primeras conclusiones sobre los resultados de las elecciones municipales en Brasil? ¿Qué puede decir sobre las correlaciones de fuerzas?
José Mauricio Domingues: Las elecciones de 2024 siguen la pauta de derrotas regulares de la izquierda en los últimos años. Con estas elecciones municipales se ha consolidado un país de centro-derecha, con gran influencia y una mayor consolidación aún de la extrema derecha. Recordemos que incluso en 2022, la victoria de Lula fue ajustada, contra un candidato que había cometido atrocidades durante la pandemia. Y la victoria de un frente amplio muy débil se debió en gran parte a la fuerza política personal de Lula, que siempre ha mantenido una posición ambigua sobre un frente democrático contra la extrema derecha.
Esta vez, si a Bolsonaro no le fue tan bien como le hubiera gustado, a su campo, que va de la derecha a la extrema derecha, no le fue mal en las elecciones, aunque lejos de la hegemonía a la que aspira, con un centro-derecha o centro simplemente que también avanza. En este sentido, pero sólo en este sentido, el escenario es nebuloso, a lo que se añaden las disputas dentro de la propia derecha y extrema derecha.
Correio da Cidadania: ¿Cómo valora la actuación de la izquierda? ¿Sigue habiendo un reflujo regular y continuo desde 2016?
José Mauricio Domingues: El resultado de la izquierda fue muy pobre, siguiendo el patrón establecido desde las elecciones municipales de 2016. El PT se mantuvo más o menos, pero para gracias a votos de otros partidos de la izquierda en sentido amplio, como en 2022. El PDT, el PCdoB y el PV obtuvieron muy malos resultados. El PSB resistió, pero el PSOL y Rede tuvieron muchas dificultades. Sin duda, en estos momentos, una improbable victoria de Boulos en São Paulo atenuaría -pero no invertiría en absoluto- esta situación de derrota.
Correio da Cidadania: Siguiendo con los resultados electorales, vemos una fuerte relación entre los miles de millones de reales acumulados por los parlamentarios, y más directamente un Centrão, fortalecido desde el gobierno de Temer, que fueron utilizados en las ciudades beneficiadas con una relación directa entre esos políticos y sus alianzas locales. En 2022, vimos también un alto índice de reelección en el congreso nacional, en una dinámica claramente vinculada al aumento de los fondos parlamentarios, como el famoso «presupuesto secreto». En términos generales, ¿estamos ante una restauración oligárquica, algo así como una reproducción «moderna» del fenómeno del coronelismo? ¿Este paralelismo le parece apropiado?
José Mauricio Domingues: El paralelismo es apropiado, sin duda. Debemos partir de la constatación de que la democracia liberal -representativa- es un régimen político mixto. Tiene elementos democráticos cruciales que debemos defender, como el debate abierto, la libertad de organización y manifestación, el derecho a votar y a ser votado, pero contiene un núcleo oligárquico allí donde ha existido y sigue existiendo. De hecho, así es como lo concibieron muchos de sus defensores iniciales. Se democratizó en el siglo XIX, pero desde la década de 1970 se ha vuelto más oligárquica a través de diversos mecanismos, en los que el dinero y los diversos aparatos del Estado, así como una estrecha visión neoliberal, han desempeñado un papel central.
En Brasil, las cosas se complican por el hecho de que el neo-patrimonialismo -que algunos absurdamente quieren negar o al que quieren dar menos importancia- es muy fuerte en el funcionamiento del Estado y del sistema político en particular, como vimos en las últimas elecciones. Las enmiendas secretas, o ahora Pix, inventadas para sacar provecho de un presidente que, aunque autoritario, era débil en particular frente al Congreso, se han convertido en un mecanismo extremadamente perverso desde el punto de vista de la democracia e incluso del funcionamiento del Estado.
Los parlamentarios se aseguran la reproducción de su poder político, los dueños de los partidos se hacen más fuertes y, al parecer, como hicieron (y siguen haciendo, aunque en menor medida) con la financiación empresarial, utilizan estas enmiendas para hacer «negocios» absolutamente opacos y probablemente impregnados de corrupción.
Correio da Cidadania: En 2021, hicimos una entrevista que finalizó marcada por la afirmación «Hay que desoligarquizar la democracia brasileña, incluso en la izquierda», que todavía tomaba como inspiración a Chile, que vivía su «estallido», idea que aparece central en su libro publicado ese mismo año. Recientemente, el politólogo uruguayo Raúl Zibechi publicó un artículo en el que profundiza en la idea de la «elitización» de la izquierda, noción compartida por la nueva dirigente socialista alemana, Sahra Wagenknecht. ¿Cómo sería esta oligarquización/elitización de la izquierda y cómo se puede invertir esta dinámica?
José Mauricio Domingues: De hecho, dado que la democracia liberal representativa tiene inevitablemente un núcleo oligárquico, se trata de un problema casi insoluble. La izquierda nunca le prestó atención porque creía que bastaba con romper el poder de las «clases dominantes» para resolver el problema. La propia izquierda careció de ambiciones políticas y trató el poder político como si no fuera un problema en sí mismo, reproduciendo el economicismo que siempre ha sido un obstáculo para ella. Los ciudadanos del «socialismo real», que yo prefiero definir como colectivismo autoritario, pueden decirlo. Todas las formas de poder, en la medida en que se presentan como verticales y jerárquicas, son un problema, aunque ellas mismas sean en gran medida inevitables en sociedades complejas como las sociedades modernas avanzadas en las que vivimos. Esto es lo que denunciaron los chilenos en las manifestaciones de 2019 y posteriores.
Al menos durante el siglo XX, los grandes partidos de izquierda organizaron a las masas, como hicieron el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán) y el PCI (Partido Comunista Italiano), el peronismo (aunque no era de izquierda) y, finalmente, el propio PT. Hoy en día, estos partidos funcionan en el vacío, no tienen vínculos fuertes con la sociedad y el sistema político societario (lo que a menudo se denomina vagamente «sociedad civil» y que en gran medida despolitiza la dinámica política de la sociedad, más allá del Estado). En este sentido, el financiamiento público -y obviamente el financiamiento empresarial de las campañas en mayor medida aún- es sólo un mal menor, ya que independiza a los partidos de sus bases sociales (como lo hizo en gran medida el impuesto sindical, cuyo fin condujo a una crisis sindical sin precedentes) y de la militancia política.
El problema se complica por el hecho de que los partidos están muy satisfechos con esta situación. Basta con ver la voracidad de la dirección del PT en relación con el multimillonario y escandaloso fondo del partido, que contamina incluso al PSOL. Puede ayudar a nivelar el terreno con los partidos de derecha, pero hace que las maquinarias de los partidos sean cada vez más autónomas. Debería ser drásticamente limitado, sin volver, por supuesto, a la infame financiación privada de las campañas, que debería restringirse incluso desde un punto de vista individual. Para democratizar la democracia, hay que democratizar ante todo los partidos, sobre todo los de izquierda. Pero eso es exactamente lo que los aparatos y especialmente sus direcciones no quieren hacer en absoluto.
Correio da Cidadania: Más concretamente el PSOL, que aún podría cambiar la percepción de la izquierda con una posible victoria de Guilherme Boulos en São Paulo, pero que no ha logrado ningún avance general, ¿no corre el riesgo de disolverse en la gelatina de la política parlamentaria y convertirse en un «partido más del orden»?
José Mauricio Domingues: En mi opinión, el PSOL ha cometido reiterados errores. En el momento del golpe parlamentario de 2016, sus opciones se vieron reducidas. Sus corrientes mayoritarias se aliaron sin ninguna crítica a Lula y al PT, denunciando lo que definían como mera persecución de la izquierda. Sin duda, la defensa de las instituciones democráticas era fundamental, pero el PSOL perdió su identidad en el proceso. Cabe preguntarse si el rechazo a Boulos no deriva en gran medida de esto: abrió su campaña presidencial diciendo que el presidente Lula era quien debía estar allí, algo absolutamente inédito. Se desgastó sin tener la fuerza de Lula.
E incluso si algunas de las críticas a la Operación Lava Jato tenían sentido (pero nunca convencieron a la mayoría de la sociedad brasileña, diga lo que diga la izquierda), esta corriente del PSOL ha llevado demasiado lejos su subordinación al PT. Por otro lado, el PSOL hizo bien en defender un amplio frente democrático contra Bolsonaro en las elecciones de 2022, aunque, una vez más, sus corrientes más fuertes se hayan subordinado demasiado al PT. Esto no cambia el hecho de que Boulos sea el principal candidato en São Paulo, ya que es el más PT o más lulista del PSOL, y así es como lo ven los votantes. Por otra parte, los grupos trotskistas del PSOL -aunque la mayoría de ellos también han apostado correctamente por el frente amplio democrático- no ven más allá de una supuesta organización a largo plazo de la clase obrera y de una política casi químicamente pura.
En otras palabras, el PSOL está dividido entre la adhesión al lulismo sin ningún proyecto que lo diferencie y una política incapaz de comprender que necesitamos un bloque histórico amplio y renovado para volver al camino empedrado de la democracia y el cambio social. El PT tampoco. En el fondo, no sale de su perspectiva de hegemonía, que esconde tras la fuerza de Lula. El hecho es, sin embargo, que las luchas sociales se han enfriado considerablemente en Brasil y reconstruir en este contexto una izquierda combativa y amplia al mismo tiempo, que piense a Brasil de forma republicana y con un proyecto nacional, no es nada fácil.
No hay vuelta atrás: el PSOL no puede ser el PT de los años ochenta, de hecho ni siquiera el PT puede volver a serlo, contrariamente a los deseos de algunos de sus dirigentes más a la izquierda, ciertamente minoritarios. Dado que internamente cuenta con un ala izquierda más fuerte y numerosa, a pesar de los que hoy dominan su aparato, el PSOL me parece que pone aún más de relieve los dilemas de la izquierda. En resumen, si se convierte en una imitación del PT, perderá incluso su razón de ser. Se convertirá en un «partido del orden» sin haber organizado siquiera las luchas sociales con una amplitud y una intensidad razonables.
Correio da Cidadania: Al mismo tiempo, vivimos un presente en el que las contradicciones e incluso las tragedias generadas por el metabolismo capitalista en su reproducción social, espacial y económica están creciendo más allá de las capacidades de defensa de la humanidad. ¿No debería esta «nueva normalidad» medioambiental acelerar el resurgimiento de una agenda radical en la izquierda?
José Mauricio Domingues: La agenda de la izquierda -o al menos de una parte de la izquierda, para ser más precisos- debe tener elementos muy fuertes de radicalidad. Desigualdades sociales brutales, cambio climático, desdemocratización, racismo, patriarcado y discriminación de la sexualidad heterodoxa: los problemas y las desigualdades no faltan. Es admisible que algunas de sus corrientes se inclinen más hacia el centro (aunque proponer la incorporación de Artur Lira 1 al gobierno es ya claudicar demasiado ante las oligarquías políticas dominantes). Este puede ser el caso del PT y del PSB. La esperanza de que esto cambie, que algunos expresan, me parece totalmente vana. Pero otras fuerzas sólo se justifican -y éste es el caso del PSOL- si están comprometidas con un programa radical y si las masas están organizadas.
En este sentido, tenemos que dejar de hablar de los «pobres» y empezar a comprometernos con los ciudadanos, los trabajadores, los plebeyos -excluidos de la política por las oligarquías políticas- y plantear propuestas que se enfrenten a un mundo que ha cambiado mucho en los últimos 50 o 35 años, si tomamos Brasil más directamente como referencia. Esto debe hacerse sin sectarismos y dejando de lado una visión pasada de la clase obrera revolucionaria que ya no existe, si es que alguna vez existió.

Las tecnologías han avanzado, la destrucción medioambiental se ha agravado con el cambio climático, la desigualdad ha aumentado, la gente sigue interesada en la política a pesar de su creciente oligarquización; en general respeta al Estado, aunque también apuesta a sus propias fuerzas para mejorar su vida. Le corresponde a la izquierda subrayar la dimensión de la organización y de las soluciones colectivas, sin oponerlas a las soluciones e iniciativas individuales, lo que también sería algo nuevo.
Y debemos combatir a quienes denuncian el identitarismo: una agenda de derechos universales no tiene por qué oponer las cuestiones culturales y de sexualidad, por no hablar del racismo o las cuestiones materiales del mundo del trabajo. Se trata de una solución falsa. Más aún teniendo en cuenta que estas cuestiones tienen una fuerte incidencia en amplias franjas de jóvenes. Por supuesto, no deben superponerse a otras cuestiones ni tomarse aisladas del resto. No sabemos exactamente cómo pensar el socialismo hoy, en un mundo de grandes empresas transnacionales, ni cómo llegar a él. Sin embargo, la izquierda no puede renunciar a un horizonte emancipador universal y todas estas cuestiones deben estar presentes en su agenda, bien equilibradas entre sí.
No tiene sentido capitular ante el conservadurismo de gran parte de la sociedad brasileña, ni inventar falsos problemas, Tratando de evitar un discurso moralista y acusador generalizado que aleja a la gente, que no tiene por qué entender las sutilezas del lenguaje ni las modas de comportamiento. Ése no es el papel de la izquierda. Nada es fácil en este sentido, pero renunciar a la crítica, al cambio radical y a la propia renovación es la antesala de una muerte en vida que puede durar mucho tiempo.
Además de estas dificultades nacionales y locales, el apoyo de muchos a Maduro y al régimen cada vez más autocrático de Venezuela, por no hablar de Nicaragua y de la complicada situación en Cuba, que pone de manifiesto las ambigüedades, por decir lo menos, de la izquierda con respecto a la democracia, así como un tercermundismo intempestivo, con apoyo a Rusia y esperanzas ingenuas en el nacionalismo chino -en lugar de una política exterior independiente y comprometida con la democracia, especialmente en América Latina- complican esta ecuación y traen más problemas.
Correio da Cidadania: ¿Seguiremos viendo a la ultraderecha al frente de la narrativa «antisistema» durante mucho tiempo?
José Mauricio Domingues: Es probable que así sea. Aparte de lo que se encuentra en algunos grupos trotskistas, la izquierda es demasiado «nutella», demasiado blanca. Si el gobierno de Lula y el PT se encargan del centro, está muy bien, pero dejar de lado el radicalismo social conduce a que figuras abominables ocupen ese espacio. Ahí es donde podría entrar el PSOL, pero la campaña de Boulos ha hecho lo contrario. ¿Por qué esforzarse por parecer centrista y ganar a toda costa unas elecciones? ¿No sería mejor apoyar una candidatura más de centro-izquierda, garantizar parte de su programa en una alianza de este tipo, manteniendo y profundizando al mismo tiempo un fuerte perfil de izquierdas?
Dejemos también de lado esa tontería de los «pobres de derechas». Los «pobres» -una expresión horrible para utilizarla políticamente. En realidad, es del ciudadano, del trabajador, de la plebe de quien deberíamos hablar -no nacen con vocación de ser de izquierda. Es la izquierda la que tiene que ser capaz, a través de su visión del mundo, su programa y su militancia, de ganar a estas personas para una visión del mundo de izquierdas, contra la espontaneidad de un mundo en el que el individualismo neoliberal desesperado está cada vez más omnipresente en la vida de cada uno.
Lo mismo ocurre con la idea de la antipolítica, una idea interesada de quienes se han instalado en el poder para eximirse de responsabilidad por los errores y las limitaciones de la izquierda. ¿Alguien admira o quiere la política que tenemos hoy y que hemos tenido en gran medida a lo largo de la república, como se ha puesto de manifiesto en los últimos años? ¡Tenemos que ser antisistema! No para destruir la democracia liberal representativa, por supuesto, sino para democratizarla e introducir innovaciones que la empujen en esa dirección, sin esperar una revolución soviética hoy imposible.
Sólo así seremos capaces de bloquear el crecimiento de un discurso oportunista, falsamente radical y profundamente neoliberal y autoritario, incluso criminal, pero seductor: una falsedad verdaderamente brillante. Hará falta tiempo para que esta postura, que va a la raíz de las cosas, dé sus frutos. Andaremos a tientas y también cometeremos muchos errores. Aunque no debemos desdeñar las alianzas necesarias y los gobiernos que bloquean el avance de la extrema derecha e incluso reducen el espacio para la derecha, si dan cabida a experiencias innovadoras, confiar a toda costa en el cortoplacismo no nos llevará muy lejos.
Debemos ser creativos, audaces. Por supuesto, esto también depende de la voluntad de la gente para organizarse y luchar. Estas energías están ausentes en el actual ciclo político de graves derrotas, falta de programa y de discurso, y desmoralización de la izquierda. Pero un nuevo ciclo que la favorezca sólo llegará si se realiza ahora el trabajo preparatorio para su surgimiento y maduración. Por supuesto, ante todo debemos reconocer que lo estamos haciendo mal y compensarlo, sin aferrarnos a soluciones fáciles y fantasiosas.
*Gabriel Brito es periodista, reportero de la web Outra Saúde y redactor de Correio da Cidadania.
Nota de Correspondencia de Prensa
- Arthur Lira, presidente de la cámara de diputados. Fue electo por el partido Progresista, partido conservador heredero de ARENA, que apoyó el golpe militar de 1964 y del PDS. Ganadero y empresario. Votó por el juicio a Dilma Roussef, la reforma laboral de 2017 y contra las denuncias presentadas por el Ministerio Público Federal contra Temer. ↩