Brasil – La victoria de Lula y el después. Los desafíos del nuevo gobierno. [Marcelo Aguilar – Camilo López Burian]

Acto de campaña en Florianópolis, Santa Catarina, en setiembre 2022. PT. Foto: RICARDO STUCKERT

La victoria de Lula y el después

Resurrección y reacción

Su triunfo representa una de las resurrecciones más impactantes y vertiginosas de la historia política mundial. Pero el bolsonarismo no parece dispuesto a aceptar el resultado ni a renunciar a su capacidad de movilización.

Marcelo Aguilar, desde San Pablo

Brecha, 4-11-2022

Correspondencia de Prensa, 4-11-2022

«Soy un ciudadano que tuvo un proceso de resurrección en la política brasileña. Trataron de enterrarme vivo, pero estoy aquí para gobernar este país», dijo Luiz Inácio Lula da Silva el domingo, en su primer discurso como presidente electo. Acababa de obtener más de 60 millones de votos y de derrotar al actual presidente, Jair Bolsonaro, que superó los 58 millones, en la elección más reñida desde la redemocratización. Su retorno a la presidencia representa una de las más impactantes y vertiginosas resurrecciones de la historia política: de ir preso en 2018 y ser masacrado mediática y jurídicamente a ser electo presidente de la república en 2022. Pero no vuelve solo, sino después de construir el más amplio frente de alianzas desde la salida de la dictadura cívico-militar. Lo dejó claro en su primer discurso: «Esta victoria no es mía, ni del Partido de los Trabajadores [PT], ni de los partidos que me apoyaron en la campaña, sino de un inmenso movimiento democrático que se formó por encima de los partidos políticos, de los intereses personales y de las ideologías, para que la democracia saliese victoriosa».

Renacer

En 2018, el entonces juez de la Operación Lava Jato –y luego ministro de Justicia de Bolsonaro–, Sergio Moro, condenó a Lula a nueve meses de prisión por, supuestamente, haber recibido un apartamento a cambio de favores otorgados a la empresa OAS en contratos con Petrobras (véase «El proceso», Brecha, 13-IV-18). El consenso mediático y el ambiente de revancha obnubilaron la legalidad e instalaron la semilla del bolsonarismo: para destruir al enemigo, vale todo. En su primera declaración cara a cara ante Moro, que ocurrió el 10 de mayo de 2017, Lula lo resumió así: «El objetivo es tratar de encontrar a alguien para criminalizarme. Ustedes son rehenes de la prensa brasileña». En esa misma declaración, Moro dijo que tenía la «convicción» de que el expresidente era culpable, repitiendo la frase que marcó el lanzamiento de la operación Lava Jato, el recordado día del Power Point, cuando el fiscal Deltan Dallagnol dijo que contra Lula no tenían pruebas, pero sí convicción.

El destino del expresidente estaba escrito. Iría a prisión, y fue. Estuvo 580 días en una celda solitaria en Curitiba. Sus derechos políticos fueron retirados. A pesar de liderar las encuestas para presidente, fue retirado de la elección y Jair Bolsonaro obtuvo la victoria. Pero la historia cambió de forma drástica. «Moro, que fue el artífice de esta historia de sacar a Lula de la política, pensó que lo había matado, pero no lo mató», dice a Brecha Marta Arretche, profesora titular del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de San Pablo. Irónicamente, fue un reportaje de prensa la llave para la resurrección de Lula: el Vaza Jato. Publicada por The Intercept Brasil, la serie de artículos demostró la parcialidad de Moro y la alianza ilegal entre juez y fiscales, y dinamitó la credibilidad de la operación de Curitiba (véase «Operación Vaza Jato», Brecha, 14-VI-19).

Una medida del Supremo Tribunal Federal, del jueves 7 de noviembre de 2019, en la que declaraba inconstitucional la prisión para los condenados en segunda instancia, sacó a Lula de la cárcel (véase «Rey sin corona», Brecha, 15-XI-19). Y una nueva medida del mismo tribunal, del 8 de marzo de 2021, anuló todas las condenas emitidas por la Justicia de Curitiba, liderada por Moro, y restableció al expresidente sus derechos políticos, lo que le permitió reposicionarse rápidamente en el tablero político, en momentos en que Brasil sufría las consecuencias de la pandemia de covid-19, agravadas por la negligencia de Bolsonaro (véase «Volvió al centro», Brecha, 19-III-21).

Lula sabía que enfrentaría un candidato a la reelección muy fuerte y, desde un principio, señaló que trataría de construir un amplio frente de apoyo. Arretche afirma: «Moro no lo mató, su regreso demuestra eso, pero sí lo hirió. Las encuestas cualitativas en los debates, en los que Bolsonaro explotaba el tema de la corrupción, mostraban que es el gran talón de Aquiles de Lula, o sea, el exjuez consiguió comprometer su credibilidad para un segmento del electorado». En parte, esto explica que haya tenido que trabajar alrededor de tantas alianzas y que la diferencia de votos en la elección fuera tan estrecha: «Solo Lula era una figura tan popular como Bolsonaro para poder derrotarlo, y solo Lula sería capaz de reunir el frente que consiguió reunir. A la vista está: el resultado dejó una diferencia de 2 millones de votos, por lo que quedó clarísimo que la presencia de Simone Tebet, de Marina Silva y el apoyo de políticos como Fernando Henrique Cardoso fueron muy importantes. Lula y el PT solos no habrían ganado esta elección, como tampoco la habrían ganado con una alianza únicamente de izquierdas». Y agrega: «Lula fue capaz de reunir ese frente, y no hay otro político brasileño que tenga esa capacidad. El escenario de hoy es que tenemos un líder de una facción de extrema derecha y el líder de un frente amplio progresista».

Lula resurgió una vez más y se consolida como uno de los mayores líderes políticos de la historia del continente. Pero, además de una resurrección política de película, la segunda vuelta de la elección dejó numerosas marcas. «El resultado de las urnas retira el aparato del Estado federal de las manos de la extrema derecha, eso no se puede negar y no es poca cosa», afirma el politólogo Rudá Ricci, doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Estadual de Campinas, quien, sin embargo, afirma que hubo un cierto «empate político»: «La victoria de Lula es hacia afuera, creció todavía más como personaje político, no solo en el país, sino especialmente en el exterior. La victoria de Bolsonaro es hacia adentro, consiguió salir fortalecido como la marca del crecimiento de la extrema derecha en Brasil». Para Ricci, «en la guerra contra la extrema derecha, el lulismo ganó una pequeña batalla, y nada más». Arretche, por su parte, afirma: «Bolsonaro empleó lo que tenía y lo que no tenía para ganar esta elección. Usó descaradamente la maquinaria pública y las iglesias, y llevó adelante una campaña sucia. A la luz de lo que hizo, la victoria de Lula es muy resonante».

La reacción

«Se fue a dormir.» Según informó la prensa brasileña, esa fue la respuesta que escucharon el domingo los aliados que trataron de hablar con el presidente tras la confirmación de la derrota. Al cierre de esta edición, el mandatario sigue sin saludar a su oponente y sin reconocer explícitamente su derrota. El clima de agitación ya se visualizaba desde temprano el propio domingo; durante la jornada electoral, la Policía Federal de Carreteras (PRF, por sus siglas en portugués), que tiene como objetivo fiscalizar infracciones de tránsito y reprimir crímenes en las rutas del país, violó una determinación del Supremo Tribunal Electoral y llevó a cabo más de 600 operaciones vehiculares de fiscalización, sobre todo en la región nordeste, bastión lulista. La PRF es una de las instituciones más permeadas por el bolsonarismo, y su director, Silvinei Vasques, pidió públicamente el voto para Bolsonaro el día anterior a la elección. El miércoles, el Ministerio Público Federal emitió un oficio en el que solicita a la Policía Federal que investigue a Vasques y su actuación durante la votación.

De todos modos, el mayor ataque al proceso electoral fueron los grupos bolsonaristas que salieron a cortar rutas en diversos puntos del país para protestar contra el resultado, pedir una intervención militar y «salvar a Brasil del comunismo». Los cortes se dieron en la mayoría de los estados del país, no sin incidentes. Algunas hinchadas de fútbol desbloquearon rutas por iniciativa propia y se registraron episodios de violencia, como un auto que atropelló decenas de personas en el interior de San Pablo. El silencio absoluto de Bolsonaro se rompió el martes por la tarde, cuando dio una conferencia de menos de dos minutos en la que dijo que «los movimientos populares son fruto de la indignación y el sentimiento de injusticia por cómo se dio el proceso electoral». Sin embargo, agregó que «no se pueden usar los mismos métodos de la izquierda» para protestar. Pero su foco era otro: dejar un mensaje de cara al futuro. «La derecha volvió de verdad al país» y «sus sueños están más vivos que nunca», afirmó el mandatario.

Para Arretche, Bolsonaro buscó remarcar que es «un líder de un movimiento de derecha con muchos votos, con capacidad de movilización, densidad electoral y representación parlamentaria que vino para quedarse», y así adelantó lo que va a ser la agenda de la extrema derecha en el próximo período. La académica agrega: «El hecho de que no haya reconocido la derrota es inédito, pero también es novedad que haya un movimiento social que paraliza las carreteras porque no acepta el resultado. No sabemos cuál es la expresión numérica de esto, pero ciertamente es una fuerza con capacidad de movilización y un discurso consolidado: que la elección fue fraudulenta, algo bien en la línea de Donald Trump». Para Arretche, «si esperamos de Bolsonaro comportamientos que sean compatibles con un gobernante tradicional, nunca vamos a entender su lógica. Él tiene la lógica de líder de un movimiento de extrema derecha. Es eso lo que siempre ha hecho, juega en la arena electoral, no en la gubernamental. Si lo vemos así, se trata de un líder muy exitoso. Vació a la derecha moderada y consolidó a la extrema derecha».

Bolsonaro volvió a hablarles a sus seguidores en la tarde del miércoles: «Sepan que estoy con ustedes, y sé que ustedes están conmigo, pero les pido que liberen las rutas por el bien de nuestra nación». Y añadió: «Sé que ustedes están decepcionados, están tristes, esperaban otra cosa. Yo también, y estoy tan decepcionado y triste como ustedes, pero tenemos que tener la cabeza fría. Las protestas y las manifestaciones son muy bienvenidas y son parte del juego democrático, pero hay algo que no está bien y es cortar rutas. Perjudica el derecho de ir y venir de las personas, que está en nuestra Constitución, y los cortes perjudican nuestra economía». Su hijo, Flavio Bolsonaro, senador por Río de Janeiro, había tuiteado: «¡Aplausos de pie a todos los brasileños que están en las calles protestando espontáneamente contra la falencia moral de nuestro país! ¡Confíen en el capitán!».

La transición

Luego de la ambigua rueda de prensa del presidente y en el mismo púlpito, el ministro de la Casa Civil, Ciro Nogueira, uno de los principales caciques del centrão, dijo que el presidente Bolsonaro lo había autorizado a iniciar la transición de gobierno. Quizás haya sido el dato más importante del día. Nogueira será el encargado de iniciar los trabajos, junto con el vicepresidente electo, Geraldo Alckimin, del proceso que comenzó este jueves.

Ricci cree que esta será una «transición de dos caras». La primera será, según el analista, «una cara institucional y civilizada, que va a seguir lo que dice la ley, o sea, nombrar un equipo de transición, abrir el Estado y los datos de gobierno para el equipo de Lula». Y la otra cara será «lo que viene en estos cuatro años, Bolsonaro organizando una oposición de masas radical». Ese movimiento ya está en marcha, con miles de personas en puertas de cuarteles en diversos puntos del país. En las protestas se ve de todo. En la ciudad de São Miguel do Oeste, en Santa Catarina, centenares de seguidores de Bolsonaro entonaron el «Himno nacional» haciendo el saludo nazi. En otras partes, los manifestantes llegaron a festejar golpes que en realidad no habían ocurrido, o el supuesto arresto del villano favorito del momento, el presidente del Supremo Tribunal Electoral, Alexandre de Moraes, algo que tampoco ocurrió.

El alcance de la desinformación y de las teorías conspirativas en los grupos bolsonaristas es inmenso, y las redes sociales son las principales vías de articulación de sus actos. Para Arretche, «lo más preocupante es que tendremos un país que se seguirá movilizado en torno a esta elección, que parece no haber acabado y que probablemente no va a acabar. Porque estos sectores no aceptarán el resultado y tienen la narrativa de que se les robó, creen que hubo un complot orquestado contra ellos». Ricci cree que «la lógica de la extrema derecha tiende a ser una lógica de cohesión, y la lógica de una alianza amplia, como la que le dio la victoria a Lula, es una lógica de dispersión. A pesar de que la imagen de Lula creció de forma muy acentuada, no consiguió organizar un ejército, y, a pesar de que la imagen de Bolsonaro sale muy mal, él sí consiguió formar uno. El peligro del bolsonarismo será mayor ahora».

Continuará

El asalto bolsonarista al Capitolio se adelantó y dio el tono de lo que puede venir. Además de la presión en las calles, el movimiento que responde al presidente saliente consiguió crecer y ocupar el campo institucional, y, según Ricci, lo hizo sin perder el vínculo con su base social más fanática. El analista cree que, en respuesta, el lulismo «tratará de pacificar el país y generar estabilidad, lo que hará con el otorgamiento de grandes espacios a los empresarios en el área económica, una política social y de infraestructura muy fuerte y el combate al hambre. Todo acompañado de una política diplomática muy agresiva, para recuperar credibilidad y atraer inversiones directas».

En su primer discurso, el presidente electo destacó el combate al hambre como su mayor prioridad y su compromiso más urgente, y también se refirió a la política externa, al afirmar que «el mundo siente saudades de Brasil, de aquel Brasil soberano, que hablaba de igual a igual con los países más ricos y poderosos, y contribuía con el desarrollo de los países más pobres».

Para explicar lo que se le viene a Lula, Ricci recuerda una anécdota. Cuenta la leyenda que, antes del partido entre Brasil y la Unión Soviética por la Copa del Mundo de 1958, el técnico brasileño llevó a Garrincha a un rincón y le explicó lo que debía hacer en la cancha para enfrentar al rival. El astro habría respondido: «Todo bien, señor Feola, ¿pero usted ya combinó con los rusos?». Afirma Ricci: «Todo eso que se espera que haga Lula suena bien, pero está el bolsonarismo, que no lo va a dejar tener paz y va a invertir en el caos. Lo que estamos viendo ahora con los camioneros y con las protestas va a ocurrir nuevamente el año que viene. Probablemente tendremos desabastecimientos, lockouts, provocaciones en la calle. No tengo dudas de que ese va a ser el tono». El politólogo afirma que «si Lula continúa con esa idea de mostrarse como estadista y sigue hablando solo con el campo institucional, sin organizar la base social, no va a conseguir las condiciones de gobernabilidad ideales. No es que vaya a haber golpe, pero se abren posibilidades para un avance todavía mayor de la derecha extrema, sobre todo en las municipales de 2024».

En su discurso de victoria, Lula trató de dar un mensaje de pacificación: «No existen dos Brasiles. Somos un único país, un único pueblo, una gran nación. A nadie le interesa vivir en una familia donde reina la discordia, es hora de reunir de nuevo a las familias, rehacer los lazos de amistad rotos por la propagación criminal del odio. A nadie le interesa vivir en un país en permanente estado de guerra. Este país precisa paz y unión, es hora de bajar las armas que jamás deberían haber sido empuñadas, las armas matan y nosotros elegimos la vida». No lo combinó con el adversario, pero en el partido de Garrincha no quedó un ruso sin driblar.

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Cinco desafíos para Lula

El presidente electo de Brasil deberá enfrentar un contexto muy diferente al de sus dos mandatos previos. Los frentes son múltiples, tanto en el exterior como en el interior del país.

Camilo López Burian

Brecha, 4-11-2022

Foto: Evaristo SA/AFP

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva merece ser vista en el marco de un proceso histórico más amplio. Por primera vez una persona ocupará tres veces el cargo de presidente en Brasil. Lula, el nordestino, el sindicalista, fundador del Partido de los Trabajadores (PT), un actor clave en la transición y la consolidación de la democracia brasileña, fue el elegido para esa distinción. Pero el escenario económico es bastante más desalentador que el de los tiempos en que gobernó.

Luego del ciclo de crecimiento económico que en el siglo XXI permitió el ascenso de Brasil hasta alcanzar el lugar de la sexta economía del mundo, vino una crisis que no fue únicamente brasileña. El fin del ciclo de las commodities fue la expresión local de una crisis más amplia que se inició en 2008 en las economías centrales. Esta crisis de la globalización implicó una gran transformación económica, cuyos impactos sociales produjeron descontento en la ciudadanía. Esto fue capitalizado por emprendedores políticos de ultraderecha. La crisis y el impeachment a Dilma Rousseff dieron paso a un gobierno de derecha liberal que fracasó. El contexto de la corrupción del sistema político visibilizó un claro momento de crisis hegemónica de las elites brasileñas. La política se judicializó y la justicia se politizó. Al decir de Antonio Gramsci: «La crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados». De esa crisis, pero con orígenes que vienen de muy atrás en la historia política brasileña, el bolsonarismo surgió como la expresión más acabada de las ultraderechas neopatriotas (antiglobalistas) latinoamericanas.

El mundo ya no es el de la primera década de los dos mil

Esta crisis de globalización implica también un momento de fuerte contestación del orden internacional. Esto se ve en el rechazo que los gobiernos encabezados por las ultraderechas neopatriotas muestran frente al multilateralismo, la integración regional, las agendas de derechos de las mujeres, el multiculturalismo y la diversidad, entre otros asuntos. También se expresa en las articulaciones de estos actores en espacios como el Parlamento Europeo, redes de think tanks o plataformas transnacionales, como la idea de iberosfera que promueve el ultraderechista partido español Vox. Este internacionalismo reaccionario muestra su capacidad de acción. Paralelamente, el orden internacional muestra su crisis en la guerra ruso-ucraniana y en las tensiones de las dinámicas globales.

En este contexto, el escenario global es diferente. Brasil en tiempos de Lula (2003-2010) buscó proyectarse en la región sudamericana y como actor global, con la construcción de autonomía como un eje rector. Con Bolsonaro, la política exterior brasileña tuvo un giro de 180 grados, apostando al alineamiento con Trump. Reconstruir procesos regionales, coordinar o liderar, reposicionarse globalmente en un momento de crisis del multilateralismo y de los regionalismos es un gran desafío para el futuro gobierno. En los gobiernos de Lula, la región y los BRICS fueron claves. Hoy el regionalismo está en crisis y los BRICS no son los mismos de mediados de los dos mil. El gran desafío es adaptar la estrategia a un escenario que cambió.

Hay mucho para hacer

La agenda de gobierno tiene muchas urgencias, expresadas en el discurso pronunciado por Lula la noche del domingo, destinado a muchos públicos: de Macron a los gobernadores brasileños, de Petro a Lacalle Pou, de los votantes del PT a los más radicales antipetistas y de los habitantes de la rambla de Ipanema a los de las comunidades más pobres del nordeste. La gran tarea es reconstruir el diálogo político, lograr que la lógica adversativa del «nosotros» y el «ellos» dé paso a una construcción política negociada y con deliberación. Para ello, la clave es un conjunto de políticas públicas esbozadas en ese discurso. El desarrollo como centro, con innovación tecnológica y sostenibilidad ambiental. Articuladas con este componente, las políticas sociales tienen un lugar central como forma de recuperar la cohesión social y atender la grave situación de una gran parte de la población. El descontento aparece en toda la región, lo que muestra un profundo malestar ciudadano con la política. Reconstruir el pacto social es un gran desafío.

Negociar apoyos en un escenario complejo

Para implementar políticas, se necesita apoyo y tener votos en el Congreso. El mapa legislativo muestra un Senado federal con fuerte presencia del bolsonarismo, incluso con la capacidad de ser una plataforma para tensionar el relacionamiento con el Poder Judicial. En la Cámara de Diputados, Lula necesita lograr, primero que nada, una base que le garantice controlar un tercio de los votos. Este es el número clave para evitar un impeachment y para bloquear transformaciones institucionales promovidas por una mayoría especial coordinada por la oposición.

Lula tuvo su fórmula presidencial con un antiguo oponente, el expsdebista (de PSDB: Partido de la Social Democracia Brasileña) Geraldo Alckmin, lo que constituyó una señal de tranquilidad para el mundo de las finanzas y la industria. Su coalición electoral en primera vuelta ya incluía partidos y figuras políticas muy diversas, que van desde la izquierda hasta antiguos miembros de la coalición legislativa de Bolsonaro. En segunda vuelta, la coalición se amplió incluso con algunos actores que otrora impulsaron el antipetismo. En palabras de Lula, parafraseando a Paulo Freire, era necesario «unir a los divergentes, para enfrentar mejor a los antagónicos». Junto con esta apelación necesitó hacer más gestos hacia el centro e incluso algunos que, aunque personales, buscaron contemplar posiciones conservadoras en materia moral.

Pero con estos apoyos no alcanza, habrá que negociar con el centrão, ese grupo informal de partidos que, sin identificación ideológica clara, brinda sus apoyos a cambio de recursos. El conflicto con este grupo fue una pieza clave en la caída de Rousseff. Podemos pensar que «el centrão no se vende, pero se alquila». Lula ya supo negociar con este grupo de partidos y con los que se aproximaron a él en el ciclo electoral. Controlar las presidencias de las cámaras es otro desafío, especialmente la de Diputados, por su poder de agenda. Los cargos ministeriales y en las empresas estatales serán claves para armar una coalición que dé la mejor base legislativa posible.

El mapa de los gobernadores tampoco es muy alentador. Los tres estados más poderosos (San Pablo, Río de Janeiro y Minas Gerais) no tienen gobernadores de la coalición de Lula. Igualmente, los gobernadores también necesitan negociar con el gobierno federal. El gobernador de San Pablo, el integrante de la coalición bolsonarista Tarcísio de Freitas, mostró ya en estos días un discurso más moderado y conciliador.

El sistema político brasileño, con un gran número de partidos, hace necesario que los presidentes construyan coaliciones. El federalismo impone la negociación entre los gobernadores estaduales y el gobierno federal. Lula deberá administrar recursos que generen incentivos para los diferentes actores en búsqueda de apoyos y cooperación. Si bien el escenario es muy complejo, ya pudo hacerlo, aunque no sin problemas. Recordemos la compra de votos en el Congreso en 2005 conocida como mensalão.

La oposición: la ultraderecha llegó para quedarse

El bolsonarismo articuló sectores de diversas fuerzas conservadoras, que incluyeron grupos de militares, grupos religiosos con pautas morales conservadoras, sectores del agronegocio y hasta grupos extremistas. El bolsonarismo votó muy bien. Eligió en las cámaras a representantes de los diferentes grupos que lo integran, incluso a exministros que han tenido un desempeño muy cuestionable en sus gestiones, como es el caso de los de Salud y Medioambiente. Pero el bolsonarismo no solamente será oposición desde los espacios institucionales, también lo será en todos los rincones posibles del espacio político, incluso desde las redes sociales. Allí, el discurso de odio y las noticias falsas han sido sus principales herramientas. La ultraderecha será un actor desafiante y poderoso.

Mientras termino estas líneas, hay manifestaciones con espíritu golpista en Brasil. Rutas cortadas, tensiones en varias regiones, personas pidiendo la intervención militar en la puerta de cuarteles, azuzadas por noticias falsas, y otras cantando el himno brasileño mientras hacen el saludo fascista. Si Lula logra recomponer el espacio de lo político, habrá logrado un gran gobierno. Para ello, el pueblo brasileño necesita satisfacer sus necesidades más urgentes. El desafío es enorme. Le atribuyen a Antônio Carlos Jobim la frase: «Brasil no es para principiantes». Lula no es uno. Por eso tiene un lugar muy relevante en la historia política de Brasil. El tiempo nos dirá cómo cierra un largo ciclo político que inició al hacerse sindicalista en la región metropolitana de San Pablo hace ya muchos años.